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domingo, 29 de abril de 2007

Escritores de raza

En el último cambio de siglo, como si de una vulgar epidemia se tratara, se extendió entre los especialistas y arrimados de la Literatura la expresión “escritor de raza”.
Aunque es evidente que se usa con claros tintes adulatorios, a mí siempre me resultó algo enigmática. Porque sospecho que es una de esas locuciones huecas, un mero barniz estilístico que pretende prestigiar más al que lo dedica que al que lo recibe.
Lo primero chocante es el propio término de “raza”. En estos tiempos en que todos tratamos de superar cualquier prejuicio racial, imagino que no se utilice para dividir en etnias o nacionalidades. Es decir, que cuando dicen que Cervantes era un escritor “de raza”, imagino que no estén afirmando que era de raza blanca, o cristiano viejo. Y es que la palabra “raza”, así, en castellano, todavía lleva encima una pesada carga, la de las connotaciones imperialistas que los largos años de dictadura le echaron encima —ya saben, “Día de la Raza”, “La furia española” y tantas otras máscaras con las que quiere embellecerse el totalitarismo—.

No, seguro que no van por ahí los tiros. Más plausible me parece que, continuando con la tradición popular española, que acuñó sentencias como “De casta le viene al galgo”, los aficionados a esta expresión se refieran a la vocación de los escritores, marcados biológicamente por la naturaleza para rellenar folios y folios, del mismo modo que los escarabajos hacen bolas o los afilapuntas sacan punta a los lápices. O sea, que también podría decirse que son “escritores natos”. Pero no. Lo que mola es decir que son “de raza”.

¿Por qué? Si me permiten una maldad, diría que por vanidad. Y es que todos se creen “purasangres”. Todos. Y eso que aún no se ha descubierto el gen que transmite el talento a los elegidos.

Ahora bien, pura sangre, pero ¿cuál? Hay autores de prosa lenta, estilo pausado y obras enormes. Mastines leoneses, supongo.
Los hay de obra breve y correosa, con mucho adorno que hace las veces de rizo. Caniches, diría yo.
No faltan aquellos que enseguida te hacen pensar en que llevan siempre a mano su reserva de licor. Serán San Bernardos, obviamente.
Otra clara raza sería la de aquellos escritores falderos, aupados en brazos de sus mentores, que ladran a diestro y siniestro en cuanto olisquean algún posible competidor. Animales ínfimos, con tendencia a desorbitar los ojos, como los chihuahuas.
También los hay de verbo musculado y estampa elegante, que oculta la debilidad de sus cuartos traseros. Boxers, con o sin orejas recortadas.
Los hay que antes de salir ya han llegado, pero con el riesgo de que su amo los cuelgue al final de temporada, como a los galgos.
Hay algunos exóticos, que lo mismo escriben sin puntos que te sacan una inquietante lengua azul. Serían los chow-chows de la Literatura.
Y quedan otros escribientes —primos carnales de los escritores—, ésos que utilizan las palabras como fauces, y ven a los demás como parte de la cadena alimentaria. Hienas, coyotes, chacales que acechan el más mínimo descuido del adversario.

¿Y yo, entonces? Yo, sin amo, sin collar, sin vacuna ni escudilla en la que me echen las sobras, ¿qué seré? ¿Un triste perro abandonado, recluido en la perrera a la espera de que alguien me rescate? ¿Un chucho callejero, mestizo, mezcla de todas las razas y de ninguna? Claro que a mí nadie todavía se ha atrevido a llamarme “escritor de raza”.

PS. El único y auténtico escritor de “Raza”, que yo sepa, fue un tal Jaime de Andrade, que —“francamente”— sonaba mucho a pseudónimo. Lo que no tengo tan claro es qué clase de perro sería.

viernes, 27 de abril de 2007

¿Intelectual yo?



Hace unos días, la exquisita poetisa Ana de la Robla me recriminó —no sé si más de veras o de broma— mi escaso toque “intelectual” al dedicar folio y pico al asunto de las faldas. Uno encaja como buenamente puede, pero vuelve a las andadas, y ayer el novelista Javier Pérez me clava un rejón por escribir dos páginas de fútbol. Vamos, que ya sólo me falta que me saquen una foto en camiseta, tirado en el sofá y bebiendo cervezas para acabar con mi ya bastante depauperado prestigio.
Pero lo malo, lo peor de todo, es que en el fondo tienen razón. Puedo parecer muchas cosas —incluso alguna buena—, y hasta serlo, pero yo no soy un intelectual; el término no me cuadra nada, ni como sustantivo ni como adyacente nominal.
Hace mucho tiempo ya que decidí no leer nada que me aburriera. Si descubro que un libro está mal escrito, con tecnicismos y pedantería, no vuelvo a tocarlo. Si los cuadros de una exposición no me gustan, lo digo. Si una obra de teatro me aburre, me duermo. Y no piso las filmotecas, porque de chavales Pilar y yo nos indigestábamos con el cine iraní y el chino, y cosas aún peores.
Y eso no es todo: me aburren los discursos solemnes; detesto a los conferenciantes engolados. Y la mayoría de los programas culturales de la tele me parecen un rollo —de hecho, tampoco me parecen muy “culturales”, precisamente—. No voy a las presentaciones de libros si no me invitan o conozco al autor. No escucho las tertulias radiofónicas, y la prensa la estoy dejando poco a poco —pero yo lo controlo, ¿eh?—. Escucho discos muy viejos y casi siempre los mismos; si son nuevos, suelen sonar a viejos. Y además, ya no me gusta nada ir por todos los saraos presumiendo de los premios que ganas y poniendo pose de escritor.
¿Intelectual? Nada de eso; a mí me gusta pisar charcos, perder el tiempo, pasar el rato… Charlar con los amigos y conocer a alguno nuevo. Dar vueltas por la playa, jugar al fútbol con el niño, ver partidos de baloncesto. Tirar piedras a la orilla de un río. Hablar por teléfono, decir chorradas intrascendentes, olvidarme de las fechas señaladas. Cocinar pizzas caseras, comer con los dedos, aprenderme los diálogos de los Hermanos Marx. Leer a Boris Vian y a Roland Topor, llamar a los timbres, andar en bicicleta. Cantar canciones malas de Siniestro Total, jugar a la pleisteision, caminar sobre el alambre (bueno, lo hacemos más bien sobre los bordillos de las aceras, pero le llamamos “el alambre”).
Si para ser escritor tengo que olvidar alguna de estas cosas… no sé, no sé. ¿Alguien podría hacerme una buena oferta? Por escrito y ante notario, claro.

Esos desconocidos tan familiares

Supongamos que, cada día, te levantas a las 7:00 —una desgracia muy común, lamentablemente—, y sales temprano a pasear al perro; te cruzas con el pastor alemán, el perro salchicha y con ese chucho raro de lengua azul y demasiado pelo. También pasas junto al barrendero y en el parque empiezan a trabajar tres o cuatro jardineros. El bar de la esquina está levantando la trapa. Dos muchachas, de uniforme colegial, charlan en la plaza, que ahora cruzan dos horrorosas maxiescuters. A lo lejos se oye el retumbar de una imponente custom. En el kiosco están descargando la prensa, y el furgón de la panadería se marcha tras entregar la mercancía. Frente a tu edificio, algunos jóvenes con mono de faena charlan animadamente en lenguas que desconoces, esperando que llegue el capataz. Un chica de bata blanca entra en un pequeño utilitario, y también se pone en movimiento ese megane cupé que tanto te gusta. Poco antes de alcanzar tu portal, un chico al que el traje le viene demasiado grande espera a que le recojan. Mientras abres la puerta, ves reflejado en el cristal el coche camuflado de los dos guardaespaldas de tu vecino, el concejal. Luego entras en casa y saludas a tu familia
—¿Qué, había algo por la calle?
—Qué va, nadie. Como siempre.
Están ahí, pero no les vemos. ¿O sí les vemos, pero les ignoramos? En la cola del pan, en la parada del metro o el autobús, en los pasillos de la facultad o a dos calles de casa, siempre están ahí. Son esas personas que ves todos los días, pero que ni siquiera saludas. Y te fijas en ellas mucho más de lo que crees —y no me refiero, exclusivamente, a esa chica o ese chico que te sonríe cuando os cruzáis—; te fijas tanto, que el día que faltan lo notas, les echas de menos.
No sé si es la rutina, la comodidad de las pautas automatizadas, la que hace que los identifiques como parte del paisaje; un paisaje vivo, humano, social, pero paisaje al fin y al cabo, porque cuando te encuentras con uno de estos “desconocidos que te suenan” en otro contexto te cuesta mucho reconocerlos.
Sucede que, en algunas ocasiones, empiezas a saludar a alguno, sin saber muy bien por qué. Y sigues sin saber su nombre, a qué se dedica o si le gustan los barquillos o le sienta mal la lactosa, pero entonces dejan de ser desconocidos. En ocasiones hay algún elemento que actúa de socializador, y se traba conversación; los perros suelen ser una excusa excelente para iniciar una charla banal.
Claro que, también, hay un punto a partir del cual, si no has establecido contacto, esa persona será un desconocido para siempre.
A mí —que me gusta pensar que soy tímido, aunque nadie me crea— siempre me asalta la tentación de dirigirme a esas personas, de decirles algo, de conocerles al menos un poco. Después de haberles visto tanto, tratas de averiguar a qué se dedicarán, por qué madrugan tanto, cómo les gusta el café…
Claro que suelo controlar mis impulsos, ya que mis intenciones serían seguramente malinterpretadas: ¿quién va a fiarse de un extraño, por mucho que le veas deambular por tu barrio o tu lugar de trabajo? Nos hemos tragado tantas películas, que ya vemos psicó/sociópatas por todas partes.
Y luego están los desconocidos a los que conocemos de sobra, aunque ellos no nos conozcan: actores, locutores, presentadores, famosos a los que consideramos parte de nuestra vida, a los que instintivamente te dirigirías con familiaridad, pero para los que somos absolutos extraños. A mí me pasaría con los escritores a los que he leído mucho, en especial con los poetas: has sentido que vivías su mundo, y hasta has construido tu propia imagen de él. Y luego te lo cruzas y no tienes absolutamente nada que decirle.

Hace muchos años, sentado en un tranvía de Colonia, empecé a reflexionar sobre este asunto, al notar que aquella mañana me faltaba alguien. Son los “desconocidos familiares”, pensé. Y hace unos días, al preparar estas líneas, me encontré con que todo esto ya se le había ocurrido a alguien: a Stanley Milgram, un psicólogo social fascinante. Él los llamó “familiar strangers”, y realizó un estudio sobre el tema en 1972, así que me lleva treinta y cinco años de ventaja.

El poeta Antonio Montesino diría que se trata de intertextualidad, aunque yo sospecho que lo que realmente sucede es que alguno de los dos —o Milgram, o yo, o quizá ambos— andamos algo cortos de creatividad. Porque, sinceramente, ¿a quién no se le había ocurrido esto ya?


PS. Hay otros desconocidos familiares aún más cercanos, en este mismo espacio. Uno soy yo. El otro eres tú.

jueves, 26 de abril de 2007

Lobos feroces





Nuestra amiga Jara (enhorabuena por el ascenso del Valladolid) nos acaba de enviar estas fotos del lobo Dux (la mascota del Cantabria Lobos) a punto de indigestarse.
Les deseamos mucha suerte en el playoff tanto a Los Lobos como a Los Barrios (el equipo de Jara), aunque seguro que este año el que subirá a ACB será Baloncesto León.

I love this game


Como si fuera una más de las leyes de Murphy, recuerdo que de chavales, en el instituto, todos dábamos por cierto un teorema no escrito, que aseguraba que, cuando no tienes pareja, nadie te hace ni caso, pero que en cuanto te echas novia, te salen ligues por todas partes (con la particularidad de que, si picas y aceptas alguna de las "ofertas" que te surjan, volverás otra vez al principio del proceso). Yo que no sé si aquella idea tenía base científica o era una simple teoría implícita, pero lo cierto es que, cada vez que tienes un buen plan siempre aparece una alternativa a considerar.
Este curso me he visto en la disyuntiva de elegir qué hacer los miércoles por la tarde. No es que me faltaran líos en los que meterme, más bien al contrario, pero resulta que el Aula de Letras de la universidad en la que trabajo ha programado un ciclo sobre poesía experimental, con talleres y conferencias de lo más recomendable, y la mayoría de los actos caen en miércoles. En miércoles por la tarde.
Y este curso, también, hemos retomado la "temporada regular" de baloncesto de la UC tras un año de sequía. Después de mucho dar la lata, Alberto, Óscar y yo hemos conseguido reunir a unos cuantos amigos para poder jugar un partidillo semanal. La base está en el Servicio de Informática de la UC (que resulta que no son tan "geeks" como podría deducirse de su oficio; bueno, o igual sí), aunque tenemos algún elemento de la Seguridad Social y hasta de La Bañeza.
¿Y qué día jugamos el "partido de las estrellas"? Pues los miércoles por la tarde, claro.

Poetas del mundo, perdonadme; yo iría con mucho gusto a todas las lecturas, conferencias y demás, pero sólo soy un pobre mortal, presa fácil para las tentaciones mundanas.
Por eso me paso los miércoles en el pabellón con Alberto ("déjame tirar un triple") Romón, Alberto Diez ("la mole"), Diego ("falla alguna ya, hombre"), Hugo "Iceman" Cortiguera, Toño "Yonosoybase", "Speedy" Recio, David ("no veo nada"), Sergio "Capitán Garfio" Romón, Dani ("El incansable") y Jorge ("No podemos jugar una hora más tarde") Pérez, más algún otro que sin querer se me olvida [para la próxima semana prometo foto de equipo, si es que no me vuelvo a olvidar de recargar la batería de la cámara).

Ah, sí, se me quedaba alguien. Al pequeñín de la foto le llaman Oscarón, aunque a veces también le llamamos cosas peores. Sobre todo yo, que llevo dos semanas bajo su estrecho marcaje, y ya tengo más cardenales que un cónclave. Menos mal que ayer, para rematar la victoria del equipo negro, conseguí delante de él una canasta inverosímil (y eso que los Harlem Globbe Trotters no vienen a Santander hasta el sábado). Menos mal, también, que no había cámaras para registrar el lanzamiento, ejemplo paradigmático de cómo no se debe lanzar nunca a canasta.

En fin, a quien corresponda: por favor, no programen actos interesantes los miércoles. No me hagan elegir, ahora que tengo plan.

miércoles, 25 de abril de 2007

Corazón tan blanco (y verde)

Asegura el escritor Javier Marías que se puede cambiar de opinión, de ideas políticas o incluso de religión, pero, en cambio, es absolutamente imposible cambiar de equipo de fútbol. Y lo ilustra con una anécdota de su infancia: cuando el Real Madrid decidió no renovar a Di Stéfano, el joven Marías y sus amigos decidieron mantenerse fieles a su ídolo y hacerse del Español, el nuevo equipo de don Alfredo.
Durante algunas jornadas siguieron al equipo, leían las crónicas, se animaban entre ellos… hasta que llegó el encuentro entre madridistas y periquitos. Y en ese momento descubrió que no se puede luchar contra la afición futbolística, y que siempre seguiría siendo merengue.
Claro que el caso particular de Marías no tiene por qué ser extrapolable al resto del mundo. Y, puestos a contar batallitas, cada uno podemos contar la nuestra.
Cuando yo era crío, en segundo o tercero de BUP, tuve una profesora encantadora que se llamaba María Candanedo —“Doña Mari”—, que acababa de regresar a León tras dos décadas de docencia en San Sebastián. Allí había sido tutora de Luis Arconada, con el que aún debía de mantener cierta relación.
En aquellos años —los tempranos ochenta—, el guardameta vasco era el estandarte del fútbol español: era el capitán de la selección y su equipo ganaría dos ligas consecutivas. Eso, aparte de que era un fenómeno. Claro que aún no había encajado el famoso gol de la “arconadina” en París, y tampoco había surgido la polémica porque jugara con medias blancas, en lugar de con aquellas otras con la bandera española (que, por cierto, siempre me gustaron; incluso tenía unas iguales).



Doña Mari —quizá por aquello de que La Palomera era un cole “rojo”— se había propuesto convertirnos al real-socialismo —no al socialismo-real, que eso lo hacía otra profesora, Nati—, es decir, en aficionados txuri-urdines. Como apoyo a su labor de proselitismo nos regalaba fotos de Arconada dedicadas y a punto estuvo de llevarnos de excursión a Atocha para que pudiéramos adorar en persona al idolatrado cancerbero. Algunos compañeros, como Vaquero, quedaron tan impactados que serían realistas para toda la vida; los demás, en mayor o medida, también estuvimos a punto de sucumbir.
La cuestión es que, durante aquel curso, yo empecé a jugar de portero, y andaba todo el día pidiendo la camiseta de Arconada, sus guantes y demás. Hasta que mi padre, madridista acérrimo, decidió tomar cartas en el asunto. Y empezamos a porfiar: que si es mejor el Madrid, que si Arconada le da mil vueltas, etc. Porque mi padre, que llegó a jugar en la Cultural Leonesa (y en el antiguo Ademar), no es que lo viera todo en blanco o negro, sino que era de ideas fijas: o blanco, o nada.
Quiso la casualidad que precisamente aquella semana se enfrentaran los dos equipos, en partido televisado, y mi padre me retó a que, después de ver el encuentro, decidiera qué equipo era mejor. Una propuesta descabellada, sobre todo si tenemos en cuenta que la Real había ganado la liga anterior, y que contaba con la mejor generación de su historia: Satrústegui, Zamora, López Ufarte… Vamos, la gran esperanza española para el inminente Mundial.
Debo confesar que no recuerdo muy bien cómo acabó aquel partido; ni siquiera sé si era de liga o de copa. Creo que había llovido y que no fue muy lucido. Lo que sí recuerdo es que aquel día decidí que mi equipo sería el Real Madrid. No sé si fue porque descubrí a Juanito, y sobre todo a Santillana —verdadero ídolo de mi infancia y culpable de mi temprano fracaso deportivo: por querer emularle, abandoné la portería, y ya no hubo manera de sacar provecho de mis dos pies izquierdos—, o porque mi padre ejercía sobre mí una influencia tan poderosa que yo terminaba por mimetizar sus opiniones, sus convicciones y hasta sus gustos.
Y debo confesar que se lo agradezco: nunca me arrepentí de aquella decisión. Porque transcurrieron muchos años, cambiaron las situaciones, formé mis propias opiniones, debatimos, discrepamos, discutimos y jugamos a todos esos entretenimientos que se dan entre los padres e hijos que de verdad se quieren —aunque a veces no lo parezca—. Supongo que le di muchos disgustos, pero al menos en una cosa creo que nunca le defraudé: los dos compartimos la misma afición futbolística. Ya, ya, puede parecer banal, pero en realidad no lo es tanto. Estoy convencido de que hay vivencias, generalmente infantiles y asociadas a estados de gran felicidad o infelicidad, que conforman tu personalidad de forma indeleble.

Muchos años después, quiso la fortuna —y las oposiciones, claro— traerme a Cantabria, esta vez con los roles trastocados: esta vez yo era el padre, y traía de la mano a un mocoso que empezaba a mirar para los balones como si fueran los seres más atractivos de la creación. Fuimos a vivir justo al lado de los Campos de Sport, en la Segunda Playa del Sardinero, de modo que nos pasamos todo aquel verano dando patadas a balones de fútbol-playa y mirando para el estadio. Como no podía ser de otra manera, acabamos yendo a ver un partido, luego otro, nos desesperamos con el equipo, probamos otra vez y al final acabamos sacando un bono.
A medida que avanzaba la temporada le íbamos cogiendo el gusto a la liga de verdad, la liga de los modestos. Acostumbrados al caballo ganador, los aficionados a los equipos grandes piensan que la competición se reduce a la lucha por el título, y ven como meras comparsas al resto de los equipos.
Sin embargo, la verdadera emoción no está en ver cómo los millonarios de las metrópolis juegan con sus cartas marcadas, tratando de influir en los arbitrajes y en las decisiones federativas. No, lo que de verdad conmueve es la tensión por eludir el descenso, la épica de los presupuestos escasos, la lucha contra el linier que siempre decide a favor del grande. Poco a poco, empezamos a sentirnos más y más cercanos al Racing. Hasta que llegó el partido contra el Madrid.
Cuando llegó el clásico, con el Sardinero a reventar y el equipo local haciendo una temporada nada brillante, estábamos algo indecisos: no queríamos ver perder a ninguno de los dos. O eso pensábamos. Porque en cuanto el Racing se adelantó, lo festejamos como locos. Y cuando el Madrid dio la vuelta al marcador, animamos a los verdiblancos. Al final ganó el Madrid, pero nosotros salimos del campo derrotados: ya éramos racinguistas.
Curiosamente, a la par que nosotros íbamos cambiando de equipo, mi padre empezó a interesarse por el Racing. Tanto, que al final acabó por hacerse también abonado —y eso que vive en León, a trescientos kilómetros del Sardinero—. Por eso, cuando leo las opiniones de Javier Marías sobre la imposibilidad de mudar de afición futbolística, recuerdo una frase de Graham Green, en una de sus últimas entrevistas, en la que aseguraba, desde las páginas amarillentas del ABC, «mis lealtades son bastante tornadizas».



—¿Sabes? Yo creo que tengo el corazón a rayas verdes y blancas —me dijo el niño hace unos días. No se preocupen, se le pasará; la fascinación por el fútbol, quiero decir. Lo del racinguismo, me temo, será una enfermedad incurable.

martes, 24 de abril de 2007

Aniversario


Quién lo hubiera pensado
hace diecisiete años
y algunas horas.
Yo te miraba y sólo veía
tu piel dorada,
la sonrisa eterna
de los diecisiete años.
Era mil novecientos noventa,
pero podría haber sido
el principio de los tiempos.
Era en León, en aquel instituto
donde malgastábamos las tardes
publicando revistas de literatura.
Te veía llegar
con aquel vestido rojo
y me temblaba la voz
al hablar en público.
Cuántas noches en vela,
cuánto deseo;
cuántas veces tuve que rondarte
hasta robarte un beso.
Cómo saber entonces
que sería para siempre.
Y ahora me miras
y ya sabes
lo que quiero decir
sin necesidad de palabras.
Que te miro y sólo veo
tu piel dorada
la sonrisa eterna
de los diecisiete años.

[El 24 de abril de 1990 Pilar y yo empezamos a salir. El 24 de abril de 1998 nos casamos. Incomprensiblemente, todavía me soporta. Gracias, mi amor; sobre todo, por los años que vendrán.]

domingo, 22 de abril de 2007

Menéndez 1 - Ramos 0

Ayer se disputó el torneo del Club de Tenis Calasanz, en el que el pequeño Menéndez (alias "Marqués de Mantua") consiguió pasar la primera ronda. El joven Ramos, no. Esto arroja un resultado global en este 2007 de 1 a 0, a favor de los Menéndez.

Y vamos calentando motores, porque en breve:

Las raquetas ya están en todo lo alto.

Lo difícil es que te lean

Hace un par de días me llamó completamente eufórico mi amigo —digamos que míster X.—, que es un escritor de éxito que publica sus libros en una de las editoriales más grandes del planeta.
—¡Me debes unas cañas, tío! —me espetó desde el otro lado del satélite (habría dicho hilo telefónico, que suena muy a “Selecciones del Reader’s Digest", pero creo que me llamaba desde un móvil).
—Hecho —le dije—; pero ya me explicarás qué habíamos apostado.
La cuestión es que mr. X estaba en Barcelona ajustando unos flecos de su contrato editorial, así que aprovechó para acercarse a saludar al editor, con el que ya había trabajado tiempo atrás. Y, cosas de amigos, me había sugerido que le enviase una copia de mi novela, pues podría interesarle.
Pues me cuenta mr. X que, una vez en su oficina, le preguntó al editor qué le había parecido el libro.
—¿Lo cuálo? —vino a responder, aproximadamente, el profesional.
Después de unas cuantas explicaciones, y de calcular una fecha aproximada, el editor se dirigió a un armario de dos puertas, se peleó un poco con los fardos de papel, y finalmente rescató de entre un centenar de manuscritos mi desvalida novela. Sin tocar, claro.
Me asegura mi amigo que, mientras le quitaba el polvo de cinco meses que tenía encima, le prometió que le echaría un vistazo.
—Hombre, es que ahora, sabiendo ya viene recomendada… —se justificó el editor.
Pues es una gran noticia; esto quiere decir que al menos alguien va a hojear —u ojear, no lo tengo muy claro— el libro.
De todos modos, el propio señor X me advirtió de que no me hiciera demasiadas ilusiones:
—Él me dijo que la iba a leer, pero eso no quita que, según salí por la puerta, no la volviera a meter otra vez en el armario…
En fin, que te debo unas cañas, y unas rabas de propina.

¿Qué hay debajo de las faldas?



Puede parecer algo intrascendente —y seguramente lo es—, pero no podemos negar que se trata de un asunto que ha interesado e interesa —y de qué modo— a los varones de todo tiempo y lugar: ¿Qué misterios se ocultan bajo las faldas?
La fascinación es tal, que incluso los niños intentan, a la menor ocasión, levantar alguna, para comprobar por sí mismos si valía la pena arriesgarse a recibir una bofetada.

¿Por qué esa atracción? ¿Será por el carácter volátil de las faldas, que mecidas por el viento se convierten en aves de colorido plumaje? ¿Será que nuestra febril imaginación las convierte en pasadizos a otras dimensiones, en trampantojos que prometen los más variados delirios? ¿Será mera simpleza masculina?

Escoceses aparte, lo que esta cautivadora prenda esconde suele ser una nueva pieza de ropa, aunque esta vez mucho más íntima. Y estacionaria. Porque el invierno es triste, mal momento para las faldas, que ocultan leotardos y leggins. No así el otoño y la primavera, que ven florecer las medias y pantis, y mucho menos el verano.

Hay medias de muchas clases; pueden ser de seda, de licra o de nailon, pueden ir con costura o sin ella (aunque, en tiempos de carestía, no ha faltado quien se pintara una línea que trepara del tobillo hasta la falda, para simular una inexistente media). Las hay lisas, de colores, estampadas... Las hay gruesas y las hay de rejilla, que no sabemos si abrigan, pero desde luego sí que suelen subir la temperatura... de los varones que las observan.

Claro que los chicos le llamamos a todo medias, y no es así. Las medias propiamente dichas vienen por parejas, y mueren poco antes de alcanzar las ingles. El problema es que, para sujetarse, necesitan de otras prendas auxiliares, lo que aumenta sobremanera las preocupaciones de los varones.





Aunque hay medias que incorporan una tira elástica, el aderezo por excelencia es la liga; tan clásico, que apenas se utiliza en las bodas para acompañar a la corbata en las subastas que se hacen a los postres. Sin embargo, hay otro elemento cargada de una inmensa fuerza fetichista, y que excita la imaginación de casi todos los hombres: el liguero.

El liguero, en realidad, no es casi nada, apenas un cinturón que recorre la cintura, del que penden tirantes que, asidos a las medias, la mantienen en su sitio. Y sin embargo, a pesar de su sencillez, resulta cautivador; cuando imaginamos a una mujer ardiente, nuestra mente la dibuja con liguero. Nada más excitante que el viejo mito de la dama refinada, tímida y virginal en público, y volcánica e insaciable en la intimidad. Además, está el encanto retro: si hay prendas más cómodas y más prácticas, usar este artilugio demodé es un claro guiño a la seducción.


Por otro lado están los pantis, que son de una sola pieza y recubren piernas y caderas hasta desembocar en el ombligo, más o menos. Esta versión moderna de las medias tiene todas las ventajas típicas de la modernidad: son más calientes, más cómodas, más fáciles de poner, etc. Son, además, el perfecto complementante de las minifaldas, pues evitan que cualquier desliz deje al descubierto más superficie de la deseada. Esta prenda, no obstante, no produce en el varón los mismos efectos que su antecesora. Cierto que deja ver —o entrever— tanto como la media, pero no sugiere lo mismo. Y es que el punto fuerte de las medias (con liga o con liguero) es el abanico de posibilidades que ofrece, la hipotética disponibilidad que pregona. No es necesario que suceda nada, basta con que «sea posible» que ocurra. Cualquiera que haya salido con una chica con pantis lo sabe.

Y nos queda la ropa propiamente interior. Dice una estadística que acabo de consultar (y que no debe de ser muy fiable, porque la he sacado de internet) que un 88% de las mujeres occidentales usa tanga, una moda imparable desde el cambio de siglo.


El tanga. Esa prenda, mítica hace apenas una década, que creíamos patrimonio exclusivo de las deidades brasileñas. ¿Quién no escuchó a alguna chica decir: «pero cómo pueden ponerse eso, si se mete por todas partes; madre mía, qué incomodidad»? Y resulta que, antes de acabar la frase, ya estaba en la tienda probando su nueva lencería.
La explicación es estética, claro: el tanga evita que, al vestir ropa ajustada, se marque el contorno de la ropa interior. Y tienen razón. Esa liberación de las nalgas es una auténtica alegría social. Pero que nadie piense que el tanga es una seña de identidad juvenil, que tiene algo de contestatario o reivindicativo. No, amigos. Si queréis dejar de idealizar el tanga como si fuera una prenda fetiche, tan sólo pensad en que incluso los usa... vuestra madre.



Porque las madres lo que han usado toda la vida no era precisamente tanga, sino una prenda capaz de cortar de raíz todo pensamiento libidinoso: la faja. La faja, una especie de suplicio medieval, es un calzón liliputiense reforzado que se supone que cumple una doble función: abrigar y comprimir. Frío seguro que quita, pero también debe de cortar la circulación, y hasta reducir el riego. Y es que esta prenda tan púdica, con su característico color "carne", siempre me hace pensar en los medievales cinturones de castidad —que, por cierto, algunos sostienen que jamás existieron, al menos no como nosotros imaginábamos—.

Y es que lo oculto debajo de la falda tiene el encanto del misterio; ese no saber qué habrá, que nos espera si conseguimos levantar su vuelo. Este interés puede hasta convertirse en obsesión —en internet, que todo lo categoriza, hay un nueva clase de perversión, la de mirar bajo la falta, pero como se alude a ella en inglés (upskirt) nosotros aún podemos no darnos por enterados—. Lo más curioso es que a los varones nos gusta ver cómo asoma, por ejemplo, un tanga. Pero no conozco a ninguna chica que se emocione cuando lo que asoma es un calzoncillo o, caso más extremo aún, se insinúa, vergonzante, el estrecho canal que separa dos nalgas; es decir, una vulgar raja del culo.


Finalmente, me gustaría que colaboraseis (vosotros y vosotras) en esta pequeña encuesta, para determinar de una vez por todas qué ###%&## es lo que hay debajo de las faldas.



viernes, 20 de abril de 2007

El síndrome Kennedy-Toole


Llevaba unos días queriendo continuar con la “Historia de una novela”, pero claro, tampoco quería aburriros con mis lamentos de pretendiente frustrado. A todos los que nos quedamos fuera del reparto del pastel editorial nos encanta hacernos la víctima: es que no me leen, es que no tengo padrino… Algunos incluso se lo toman muy mal, y acaban “somatizando” el problema.
Un caso extremo fue el de John Kennedy-Toole, el autor de una de las mejores novelas de la historia de la literatura universal, “La conjura de los necios” —aderezada además con la trágica historia del autor, que la engrandece hasta proporciones casi mitológicas—.
Kennedy-Toole (1937-1969) no consiguió que nadie publicara su novela, y se lo tomó tan mal que acabó suicidándose con apenas treinta y dos años, no sin antes haberse bebido medio Nueva Orleáns. Y luego, tras su muerte, su madre también se tomó el asunto de la publicación como algo personal, aunque lo hiciera de modo mucho más práctico: empezó a tocar todas las puertas hasta que consiguió que alguien le hiciera caso. Le llevó once años, pero al final un tal Walker Percy —que empezó resistiéndose mucho, hasta que por fin se atrevió a echar un vistazo al manuscrito, pensando que sería tan malo que podría rechazarlo antes de acabar el primer párrafo— descubrió lo evidente: era una obra maestra. Luego vino el éxito, los premios, las ventas millonarias y esas nimiedades que a todos los escritores traen sin cuidado, especialmente si llevan una década criando malvas.
Treinta y dos años y ya se sentía fracasado. Da pánico pensarlo, ¿verdad?; especialmente a mí, que ya he superado esa edad, y sigo los pasos del bueno de Johnny —aunque sólo en lo del rechazo editorial, claro—. Qué faena le haría a mi pobre madre, teniendo que ir de despacho en despacho, con un manuscrito debajo del brazo, mendigando un poco de atención para su malogrado primogénito. La pobre tendría que teñirse el pelo de blanco, arrugarse, vestir un pañolón negro y llevar la novela atada con cuerdas, para intentar conmover a los fieros editores. Claro que yo dejaría viuda, que podría ir con el huérfano y un cartelito de esos con cuatro faltas bien puestas, pidiendo una “hoportunidá, ke má bale ezcribí que de rová”. Espero —y ellas seguro que más— que al final no me alcance el síndrome de Kennedy-Toole, porque tuvo un final de lo más desagradable, un asunto feo de tubos de escape y gomas.

Menos mal que yo suelo ser bastante pesimista para estas cosas; enseguida me convenzo de que “igual faltaba calidad”, asumo mis culpas y paso a otro asunto, porque obsesiones tengo ya de sobra.
Así que, después de la colección de cartas de rechazo que tengo acumulada en el escritorio, ya casi había perdido toda esperanza de que la novela llegase a ver la luz.

Hace unos días, sin embargo, hablé con Antonio Colinas, que tuvo la deferencia de leer “El método Coué” —y enterito— y me insufló muchos ánimos.
El bañezano, que recibía estos días un merecido homenaje en su ciudad natal —y mía de adopción—, me contó que incluso él mismo tuvo que sufrir una larga espera antes de publicar su primera novela, “Un año en el sur”. Y eso que ya era un poeta conocido. Y aún diría más: y eso que ya era Antonio Colinas, nada menos.
Y es que Colinas fue muy caritativo: me dijo que el libro es bueno, que merecía ver la luz, y que si no lo hacía no era por sus méritos o deméritos sino por los caprichos del llamado “mercado editorial”. Y me recomendó paciencia, claro.
Yo, por si acaso, voy a ir llevando el coche al taller, a ver si se puede evitar que salga humo por el escape, no sea que un mal día me dé por querer triunfar a lo Kennedy-Toole.

jueves, 19 de abril de 2007

CARIBE / Quien haga sexo con hombres ira a prision

Impacta el titular, ¿verdad? Aparece hoy en la prensa. Como reclamo para lectores es realmente bueno; otra cosa es que sea algo inexacto.
Me imagino que si eres una mujer heterosexual, con el billete en la mano para pasar una semanita loca en el Caribe, te acabe de entrar el pánico. ¿Me detendrán si ligo? ¿Y si hago sólo sexo oral, como Clinton? ¿Serán esas las llamadas "relaciones de riesgo"?
Claro que luego, cuando lees el texto de la noticia, enseguida se va al traste el asunto.
Tantas expectativas para ocho líneas escritas a toda prisa. Sic transit...

miércoles, 18 de abril de 2007

Alicia vuelve a casa


No, no se trata de una novela inédita de Lewis Carrol; Alicia es un nombre que lleva varias generaciones en mi familia; lo estrenó mi abuela, que tuvo la inmensa fortuna de recibir un nombre tan discreto, mientras a todas las niñas a su alrededor —el mundo rural leonés de principios del siglo XX— las condenaban a ser llamadas Eduviges o Custodia de por vida. Luego mi madre heredó el nombre y se lo regaló a mi querida hermana, que es de quién quería hablar antes de dar este paseo por los cerros de las Maravillas.

Mi hermana Alicia vuelve a casa; después de recorrer el mundo durante los últimos quince años, dentro de unas semanas se instalará en Madrid, espero que definitivamente. Y es que acaba de firmar un contrato para ser directiva-superintendente-general-manager ejecutiva —o más todavía— para España y Portugal de una empresa reaseguradora de nombre tan americano como impronunciable. Un fichaje de altos vuelos, vamos, un traspaso entre multinacionales de esos que nos dejan a los peatones con la palabra en la boca y la mirada atónita. Si hace dos días nos peleábamos por el asiento del coche, y ahora seguro que le ponen hasta chofer.

Alicia pasó diez años en Alemania; al final vivía a caballo entre Colonia y Toronto, y acabó mudándose a Zurich, aunque el 2006 lo pasó casi entero en Hong-Kong. Siempre trabajando; vaya rollo, ¿verdad? Y además, esa manía viajera que tiene: que si México, que si Japón, Australia, Nueva York… si es que tiene que ser agotador tanto paseo. Así está tan delgadita, de no parar. Y vete tú a saber qué le darán de comer por esos mundos de Dios.

Y ahora Madrid. Ironías del destino, porque ella siempre dijo que no le gustaba ninguna ciudad española para vivir; si acaso, Barcelona —por lo del Mediterráneo, supongo—. Al que le gustaba el foro era a mí: para estudiar, para vivir, para buscarme la vida, lo que fuera. Pero no fui, aunque siempre pensé que acabaría allí, que mis cambios de residencia no eran más que un largo rodeo para llegar a la capital.

Yo antes viajaba a Madrid y sólo veía un montón de puertas abiertas, de noches que nunca se acababan y de milagros a punto de obrarse. Sin embargo ahora ni voy, porque me incomodan las aglomeraciones, la prisa, la agresividad en las aceras. Ya no me gusta el tonillo chulesco con que dicen “ejj que”, aunque ya voy entendiendo por qué se “pinan” tanto y sacan pecho a las primeras de cambio: es duro ser nadie, pero es mucho peor que los otros cinco millones de nadies te lo recuerden a cada paso, cuando te aprietas en el metro, cuando haces cola en las taquillas, cuando te han aparcado en triple fila y tu mujer da a luz. Cuando siempre estás “a cinco minutos” de ningún sitio. Madrid, esa capital del mundo que tanto odiamos… y que tan inexplicablemente queremos.

Claro que, ahora, Madrid va a ser un poquito mejor. Los que conocéis a Alicia ya sabéis a qué me refiero.

PS. A mi amigo Dimitris Mourvakis —que estaba loco por ella y aún debe de estarlo— le gustaba mucho su nombre; al parecer, Alicia en griego suena a «verdad». Cosas de la homofonía…

Los más grandes del diseño gráfico

Después de años pensando que los modelos a imitar, en el campo del diseño editorial, eran Alberto Corazón o el incomparable Daniel Gil, he descubierto qué equivocado estaba.
Sea por un motivo o por otro, siempre estoy rodeado de libros: en el trabajo, primero como francotiraeditor y ahora como técnico editorial; en los estudios de mi "edad tardía", Lingüística; en casa, siempre leyendo poesía o ayudando al nene con los deberes; y hasta en las relaciones sociales, pues siempre cae alguna presentación de libros o revistas, o lecturas de poesía. Y es que estaba predestinado a este "mundo de papel"; baste con decir que lo primero que estudié en la universidad fue precisamente "Biblioteconomía".
La cuestión es que siempre acabo prestando mucha atención al diseño de los libros, en especial al de las cubiertas —o portadas, como se las llama en el mundo real, quizá con menos propiedad pero, desde luego, con mucha más difusión—. La imaginación trabaja sola, y te planteas qué habrías hecho tú para ese libro, qué te gusta, qué encuentras fallido; supongo que es un proceso interminable de aprendizaje, la educación del gusto.
Sin embargo, últimamente me he encontrado con algunas portadas que me han hecho replantearme muchos de mis "prejuicios" gráficos. Y es que estoy convenciéndome que el mérito del diseño no consiste en buscar las proporciones armónica, el efectismo estético, ni siquiera captar la atención; no, ni mucho menos. El verdadero mérito del diseño es conseguir que te paguen por ello. Para demostrarlo, he recopilado algunas muestras, algunas grandes obras de los más grandes del diseño libresco, que incluso consiguen que su nombre aparezca en el libro junto a términos como "diseño" o "cubierta". Veamos:

Esta magnífica portada la firma en la página de derechos un gran diseñador llamado Hans R.
Como se puede apreciar, el delicado trabajo del artista ha consistido en ubicar la mención de autor y el título en una distinguida posición superior, y reservar la inferior para un listado de contenidos.
La elegancia del texto alineado en bandera, hacia la derecha y pegado al corte, y el sutil toque de color (azul, en concreto), para resaltar algunas de las menciones, junto a la elección de una tipografía clara (helvética, parece ser) y una sobria composición, conforman una exquisita cubierta de líneas depuradas y acabado rotundo.
Como se puede comprobar, el artista es capaz de exprimir al máximo las posibilidades gráficas en un formato ya definido, como el de esta colección, que suponemos que impone el uso no sólo del anagrama sino del color de fondo. Un gran trabajo de Hans, que debió de aplicarse con el letraset, pues la página de derechos menciona también a un "componedor" de la portada.

Aquí tenemos otra obra de gran mérito, firmada por un esforzado grafista llamado Vicente A.S.
No dejen de admirar la impagable combinación cromática, que permite salvar las limitaciones presupuestarias de usar sólo dos tintas.
También atinada es la jerarquización marcada por los distintos cuerpos del tipo, muy ortodoxo, por otro lado.
A destacar también las refinadas líneas horizontales que enmarcan la información del libro, aunque muy probablemente sean mérito del diseñador de la colección, cuyo nombre no aparece.

Y, como remate final, una composición insuperable, obra de un maestro del minimalismo llamado Nacho S. ¡Qué dominio de las proporciones! ¡Qué agudeza para la elección de tonos! ¡Qué reminiscencias venecianas en la tipografía de corte aldino! ¡Qué inimitable buen gusto en la composición en bandera! ¡Qué inmensa faz, qué pétrea dureza, la de este adalid del diseño, árbitro de la elegancia! ¡Qué talento, conseguir firmar y hasta cobrar por tan elaborado producto!


En fin, que todos hemos tenido alguna vez que entregar un trabajo a última hora, también hemos sido novatos y han tenido paciencia con nosotros, y que hasta el mejor escribano alguna vez echa un borrón. Pero luego lo raspa o le pasa el tippex. Y no lo firma, hombre.

martes, 17 de abril de 2007

Los que saben - Tino R. Melcon



Hace algunos años me embarqué en una aventura tan emocionante como infructuosa: quería ser editor. Sea por falta de talento o por mal disimulada envidia, lo cierto es siempre he visto un punto de egocentrismo en publicar la obra de los demás. Quizá sea un modo de extender tu personalidad, de maquillar tus carencias con aquello que te habría gustado hacer y no eres capaz de realizarlo.
Fueron unos años inolvidables, en los que conocí a mucha gente estupenda a la que admiro y algunos se han convertido en grandes amigos. Escritores, distribuidores, libreros, ilustradores, fotógrafos, impresores, diseñadores, críticos y hasta pícaros conviven en el pequeño mundo del libro. Un mundo que a mí se me quedó grande —"mardito parné"— se me quedó grande, antes de convertirme en el triste técnico editorial a sueldo del Estado que soy hoy.
Y, rendido a la nostalgia, finalmente he decidido reflotar, siquiera simbólicamente, mi pequeña editorial, Ediciones del Curueño.
En esta sección iré publicando de cuando en cuando —como el editor intermitente que he sido— a algunos de los autores a los que admiro. Y para inaugurar estas "nuevas Ediciones del Curueño" he elegido a alguien muy especial: Tino R. Melcón.
Hace casi veinte años, cuando yo me creía un escritor precoz y los periódicos levantaban sus faldones para que me colase entre sus páginas, mi primer y mejor compinche fue Tino, Una mezcla de amigo, familiar, inspirador y maestro. Porque Tino SABE.
Poeta visual, agitador calmado y filósofo lafarguiano, es un publicista que no ejerce, y aunque trabaja de bibliotecario su verdadero oficio es la lectura y el diseño.
Juntos rellenamos algunas páginas del Diario de León y de La Crónica, en los años 90, y su afilada imaginación, más allá de la ilustración, daba sentido a mis adolescentes textos.
Hoy le invito a esas páginas, mucho más modestas, para que también me acompañe en esta aventura. Y lo hace con una joya de su producción gráfica:

Una paja higiénica

Los nombres de las cosas


Andábamos el domingo en casa algo tristones —a pesar incluso de la épica victoria del Rácing sobre el Madrid—, y no era para menos: se acababan las vacaciones. Así que para olvidarnos de que en unas horas estaríamos de nuevo donde menos queríamos (en la oficina o en el aula) bajamos hasta el Sardinero a airearnos un rato. Es lo bueno de Santander, que aquí ya casi es verano, aunque para ver el sol haya que buscarlo en fotografías antiguas.
Así que antes de salir revolvimos los armarios, y cuando el nene me preguntó qué calzado debía ponerse, yo le respondí sin dudarlo:
—Las playeras.
—¿Las qué? —me respondió él, como extrañado.
—Las playeras, hombre —le dije, señalándolas.
—Las deportivas, Javi —terció su madre, que pasaba por allí.
—¡Ah, las “espais”! —sentenció el niño.
—¿Las qué? —pregunté yo, con cara de bobo, mientras el nene esbozaba una sonrisa burlona.

Yo había oído muchos términos para referirse al calzado deportivo; casi diría que cada comarca tiene una palabra más o menos propia. En algunos sitios les llaman zapatillas, en otros tenis, bambas, kets o deportivas. Incluso en los géneros hay dudas: según la zona pueden ser playeros o playeras, deportivos o deportivas. En León, curiosamente, son playeras, y eso que la playa más cercana está a más de cien kilómetros.
El asunto de los neologismos es muy curioso: en plena era de la comunicación, con todo eso de la aldea global a nuestras espaldas, no hay manera de unificar el léxico. Ejemplos hay miles, piensen si no los ordenadores y las computadoras, en los móviles y los celulares.
Pero también hay otros más domésticos, más de andar por casa: Lo de “bambas” lo utilizan sobre todo en Cataluña, y es una muestra más de que los españoles somos rabiosamente marquistas. Al parecer, procede de las primeras marca de calzado deportivo, Wamba —que seguramente será antiquísima, dada su etimología gótica—.
Claro que también podrían llamarse las “naiks”, que fueron las que se pusieron de moda para mi generación. O las “paredes” o las “jotajaibers”, más asequibles al escueto presupuesto de la época. O las “nisu”, muy extendidas entonces y aún disponibles en cualquier mercadillo.
“Espais”, sin embargo, no lo había oído nunca. Supongo que sea un uso local cántabro, un “palabru”, como aquí les llaman, aunque muy sospechoso de préstamo anglófono. ¿Spice? ¿Spyce? ¿Spies? ¿O será que aquí la KGB investigaba a la jet, y son “spy”? Si alguien tiene alguna idea, por favor que me lo aclare, porque no hago más que mirar la cámara de mis playeras a ver si en vez de cámara de aire es una microcámara de espías.

En fin, que al final volvimos a casa como siempre: llenos de arena. Y Pilar sacudió sus deportivas, yo mis playeras y el niño sus espais.

Coda: Otro día seguiremos con el interesante asunto asunto de las variantes regionales; por ejemplo, al querido animal porcino se le llama “chon” en Cantabria, “gocho” en León, en otros sitios “puerco”, “gorrino”, “marrano”. Y a algunos también hasta “ilustrísimo”, “excelentísimo” o “señoría”. Apasionante, ¿verdad?

domingo, 15 de abril de 2007

Puretas vs. enrollados


No sé si a ti también te ocurre, pero creo que a los que crecimos en los años ochenta y vimos cómo era y qué hacía entonces la generación anterior a la nuestra —nuestros hermanos mayores, por decirlo así— nos resulta incomprensible el giro hacia el puritanismo y la mojigatería que se está imponiendo actualmente. ¿Que de qué hablo? De la persecución a los fumadores, por ejemplo. De las “puertas al mar” que quieren ponerle a las bebidas alcohólicas. De que los gobiernos se preocupen de si la talla 40 es en realidad una 40 ó una 34 encubierta. No sé, pasa algo raro, ¿no te parece?
Cuando yo era un crío —pero un crío-crío, con catorce años, un tupé-cresta y una chupa de cuero en la que habríamos cabido tres o cuatro golfillos— me fascinaba la generación anterior. Era la gente de la “movida”, que también consiguió llegar a provincias, y creo que en las ciudades pequeñas resultó mucho más interesante y catártica que en el “foro”.
Recuerdo que me pasaba las tardes con mi tío Cuqui, que había abierto el primer pub nuevaolero de León, el “Rosales”, y siempre estaba rodeado de la gente más activa. Artistas como Escanciano, el dibujante Martín, una escultora —a la que los Deicidas dedicaron una canción: “Dora, Dora, vuelve a ser la de antes”—, músicos, poetas y demás gentes del malvivir, en una perpetua fiesta de imaginación y excesos. Ésos eran los “enrollados”, que habían tomado al asalto el casco antiguo, el “Barrio Húmedo” y, de espaldas al provincianismo institucional, hicieron cosmopolita a la vieja ciudad.
Estos enrollados eran conscientes de su identidad, aunque la marcaban de un modo negativo: señalando a los demás como “puretas”. A mí no sólo es que, como principio, me molesten las etiquetas, sino que la propia palabra me desagrada —vamos, que me “da lacha”, que decíamos entonces—. Pero, cuestiones eufónicas aparte, el término cumplía perfectamente con su función descriptiva.
Puretas, porque se escandalizaban ante la sexualidad.
Puretas, porque no aprobaban la estética del momento.
Puretas, porque censuraban los escarceos con ciertas sustancias —ya sabes, aquello de que “el cuerpo es un templo”, etc.—.
Puretas, porque tenían una visión convencional de la vida y una ideología conservadora.
En realidad, si lo piensas bien, es hasta gracioso: los puretas, los puritanos, eran los que se consideraban a sí mismos “gente decente”, “personas de bien”. Es decir, los que hasta entonces habían estado poniendo etiquetas a los demás: “vago”, “degenerado”, “perdido” —y cosas peores que mejor no pondré, no vayamos a despertar viejos fantasmas—. La cuestión es que se había producido un gran cambio social: los jóvenes como colectivo estaban sacando pecho, como diciendo: «Aquí estoy, ¿qué pasa?».
Cierto que todo esa “movida” al final no sirvió para nada concreto, pero “ahí estaba”, eso es innegable.
Y ahora, ¿qué? Resulta que han pasado veinte años, y se ha producido un relevo generacional. Los que ahora ocupan los despachos, escaños y otros antros del poder son los mismos que entonces tomaban cañas de madrugada, saltaban en los conciertos y se las daban de “posmodernos” —que era “lo más” de las autodefiniciones—. Y ahora, travestidos de ministros, de directores generales, de sub-vice-contra-retro-secretarios de estado vienen a decirnos que no, que los jóvenes ya no pueden fumar, que no hay que cerrar los bares, que si el alcohol no procede, bla bla, bla bla. Claro, todo muy “enrollado”. Si hasta se hacen fotos con Almodóvar y presumen de escuchar a Sabina, como si eso les acercase lo más mínimo a la realidad social española.
Ojo, tampoco es que ellos hayan inventado nada, qué va. Doctores tiene la Iglesia, como alguno que de joven corrió por medio mundo, probó todos los pecados y hasta inventó alguno, y ya en la edad adulta vio la luz y se arrepintió. Y luego predicó para que ninguno siguiera sus pasos errabundos.
Si al final va tener razón Álvaro Valderas, cuando dice que la izquierda es lo contrario del gobierno.
Marcuse nuestro, ¿por qué nos has abandonado?

sábado, 14 de abril de 2007

De himnos y banderas

A mí, la verdad, ya no me gusta ver los telediarios; incluso en la prensa hay algunas secciones por las que paso de puntillas, o directamente las evito: cada vez me aburre más la política —o, más exactamente, eso en lo que se ha convertido la política—.
Estos días, sin embargo, hay un par de asuntos que han pasado del ruedo político al social, y es inevitable tener noticia de ellos. Por un lado, el equipo benjamín del Barça pasando de la “Marcha Granadera”; por otro, un documental sobre las dificultades de los castellanoparlantes en Cataluña.
Sí, sí, ya sé que es un rollo esto de hablar de los nacionalismos excluyentes, y que el que quiera soliviantarse ya tiene la radio y algunos periódicos, pero no me resisto a decir dos cositas al respecto —en voz muy baja, eso sí, no vaya a ser que alguien se moleste y me tilde de intolerante—.
Primero, resulta que en algunas partes de España hay personas que no quieren ser españoles. Nosotros contestamos mimándoles, concediéndoles privilegios y mirando hacia otro lado cuando hacen desplantes. Pero por más que ignoramos la realidad, ésta no desaparece. Y que algún día habrá que pensar en ello, vamos.
Entre tanto, con el fin de no ofender a los descontentos, los españoles llevamos tres décadas empeñados en un esfuerzo colectivo por liberarnos del nacionalismo: huimos de las banderas, nos refugiamos en el europeísmo y hasta evitamos pronunciar el mayor tabú: la palabra “España”. La consigna no sólo es no parecer facha, sino incluso no serlo.
A cambio, esos mismos descontentos nos obsequian con su parafernalia furiosamente nacionalista: banderas, uso político de la lengua y actitudes abiertamente hostiles. Lo que no nos permitimos a nosotros mismos lo aceptamos como natural en el otro. Y, además, nadie les llama fachas.
Segundo. Hace tres o cuatro años asistí en la Universidad de Gerona a un curso de catalán. Era un curso de verano, intensivo, y en el acto de despedida los alumnos de otros idiomas —gironinos en su mayoría, muchachos de veintipocos educados en la democracia— abarrotaban el paraninfo. Mientras nos entregaban los diplomas, el vicerrector de turno iba citando los países de los estudiantes de catalán: Francia, Italia y Portugal se llevaron una sala de aplausos. El siguiente fue España. Yo recogí mi diploma bajo un estruendoso abucheo. Y eso que estaba allí estudiando su lengua —inexplicables vicios de lingüista—, no invadiéndoles. ¡Qué país, Miquelarena!

Punk rock

Esta mañana, mientras paseaba al perro, como se me había olvidado en casa el ipod iba canturreando algunas canciones de la adolescencia.

Beat on the brat
Beat on the brat
with a baseball bate
oh yeah, oh yeah

(Tampoco me preguntes qué quiere decir exactamente; como dijeron unos ingleses pirados hace tiempo, «es sólo rock and roll, pero me gusta».)

Y venía pensando por el camino: «Siempre seré un punk rocker».
Hasta que me vi reflejado en un cristal. Coño, si ya me falta pelo, estoy algo grueso, me asoman las arrugas… y no se me ven las ojeras porque soy incapaz de sobrevivir sin gafas de sol.
¿Ves? Eso es, precisamente, lo que pasa por pensar.

lunes, 9 de abril de 2007

Aviso a navegantes

Queridos amigos, me tomo una semana de vacaciones, que pienso dedicar a mi familia y a escribir un par de relatos.
La próxima actualización de esta página está prevista para el sábado, día 14 de abril (el caso es que esa fecha me suena...)
Un abrazo a todos.

La segunda vuelta



Yo no sé si la cosa habrá cambiado, porque lo llevo oyendo desde que iba a COU, más o menos: «no veas cómo son las chicas de ahora, tenían que habernos pillado estos tiempos».

El caso es que un paseo por el Húmedo —el Barrio Húmedo es la zona de copas de León, que ocupa casi todo el casco antiguo y se rige por unos códigos propios— me ha hecho recordar los antiguos días —o más exactamente, noches— de correrías.

En aquella época había un gran desajuste entre las conductas de los chicos y las de las chicas. Claro, estaba demasiado cerca la época tenebrosa de la dictadura, y todo eso, pero la cuestión es que los chicos teníamos entonces dos objetivos en todas las salidas nocturnas:
Objetivo número uno: ver chicas.
Objetivo número dos: ver si te ligabas a alguna de las chicas.
La vista, generalmente, solía fallar, así que acudíamos al objetivo alternativo, menos resultones pero mucho más fácil de conseguir: “mamarte” como un piojo. Además, cuando ya estabas bastante achispado, era mucho más fácil abordar a las chicas, y si te daban calabazas relativizabas bastante la decepción: había otras prioridades mucho más acuciantes, como mantener el equilibrio, por ejemplo.
Cierto que también había algún capullo que salía montar bronca o a montar negocietes ilegales, pero básicamente todos éramos buena gente que salía a cumplir con sus programaciones genéticas y, de paso, aumentar las estadísticas de intoxicaciones etílicas juveniles.

Y luego estaban las chicas, que no salían a ver tíos, ni a ligar, ni a emborracharse. Qué va, salían “a bailar”. Y es que una chica era capaz de pasarse toda la noche bailando, y después contar lo bien que se lo pasó después de repartir una cosecha entera de calabazas. Esto debía de ser una costumbre muy extendida, porque en Santander, por ejemplo, dice que allí follar no es pecado, sino milagro. [Por cierto que creerse esto, y que de verdad cuele, requiere una buena dosis de ingenuidad, propia de la edad temprana. Entonces y ahora, aquí y allí. ¿O no?]

Claro que todo esto es ya arqueología de la nocturnidad; al parecer la “movida” —si es que no es ya muy kitsch usar el término— ya no es patrimonio exclusivo de los adolescentes, sino que mi generación —en una horquilla entre los treinta y los cuarenta años— está planteando una dura batalla por recuperar el terreno perdido.

No, no se trata de los “singles”, que no habían cedido en sus costumbres de ocio, sino de los que se “reincorporan al mercado”, como te cuenta mi amigo Alberto en cuanto tomas dos cervezas. Aunque el gran Jesús Ramos lo dice con más gracia: son los que van ya por la “segunda vuelta”.

Tengo algunos amigos que ya van por esa segunda vuelta, incluso algún “escapado” como Juanjo M. que ha ganado varias “metas volantes”. Walter, que es un excelente escritor, es todo optimismo, «pues cómo puede estar alguien que después de tiempo se queda solo y de pronto el mundo tiene otro color: chévere...».

A buen seguro que ahora, todo el conocimiento de campo que acumulamos en las noches de nuestra juventud sirve de bastante poco: la reglas del juego habrán cambiado, por fuerza.

Sin embargo, aparte de la curiosidad, me emociona más que Jesús, tomando un café rápido, me cuente que Begoña todavía alguna vez le pone ojitos tiernos, y hasta le ríe las gracias de vez en cuando. Y que cuando se quedan sin críos salen a cenar, y charlan y se ríen y entonces se acuerda de cuánto le gusta. Lo que ya no sé es si le hace pasarse la noche bailando, de calabaza en calabaza, como homenaje a los viejos tiempos.

Las cifras de las letras


Uno de los privilegios de vivir en Cantabria consiste en que a menudo puedo charlar con Vicente Gutiérrez sobre poesía y otras obsesiones compartidas. Hace unos días tratábamos de calcular el número de lectores de poesía en España, y compararlo con el número de poetas. Sí, sí, puede parecer un entretenimiento excéntrico, pero desde luego entretiene.

Así, a ojo, aventuramos que la tirada media de un poemario de repercusión rondaría los ochocientos ejemplares. Y la de un éxito de ventas poético —por supuesto, Joaquín Sabina no cuenta— llegaría con dificultades a los dos mil. No parecen grandes cifras, pero la enorme estabilidad de los editores asentados de poesía nos hace deducir que no se arruinan; es decir, que si editan ochocientos o dos mil ejemplares es porque los venden —o los “colocan”— y, paralelamente, que si la tirada no es mayor es porque no tendría salida.

La segunda parte de la ecuación es de nuevo una estimación a vuelapluma de la cantidad de libros, revistas, plaquettes, pasquines, servilletas y puertas de bar sirven de soporte a la poesía actual. Lo de los versos anotados en soportes efímeros a las tantas de la mañana es más complicado de calcular, pero la cifra de poetas “activos” convenimos que podría oscilar entre el millar y los tres mil incautos.

En fin, como argumentar sin datos es maravillosamente fácil, llegamos a la conclusión de que en España sólo leen poesía los poetas.

¿Cómo no iba a exclamar Juan Carlos Mestre que «la poesía ha caído en desgracia»?

sábado, 7 de abril de 2007

La limonada y los judíos


Es Semana Santa y estoy en León. Entre otras muchas cosas, como la invasión de papones —nazarenos, para el mundo exterior—, el Santo Potajero de La Bañeza o el mediático “Genarín”, estas coordenadas significan que hay limonada.

«Hay limonada». Ese es el cartel que lucen estos días todos los bares de León. Y son muchos, uno por cada esquina en la que no haya un banco. La limonada es una bebida tradicional, a base de vino, frutas y especias, dulce y traicionera, que se va tomando de bar en bar para olvidar el rigor del frío y entonar el espíritu pascual. Es quizá nuestra "poción mágica", que diría René Goscinny.

Pero la mejor limonada, claro, es la que hacen las madres. La mía sigue la receta de la abuela, que también continuaba la tradición familiar. Y este año tampoco ha faltado; y como siempre, en cuanto la he probado, me he acordado de Alberto Lenz. Pero empecemos por el principio.

Cuando tenía veintiún años entré a trabajar para un importador de libros alemán llamado Alberto Lenz, radicado en Colonia. Su empresa acababa de comprar el fondo de un distribuidor argentino recién jubilado, y necesitaban un documentalista que supiera dónde poner los acentos y hacer una catalogación y un resumen de las obras con las mínimas garantías. Yo había estudiado Biblioteconomía en la universidad, así que una feliz coincidencia hizo que nuestros caminos se cruzasen y que, en la feria del libro de Frankfurt de 1994 me ofreciera un atractivo empleo.

Durante tres años dediqué las mañanas a elaborar una gigantesca base de datos, con toda la bibliografía hispanoamericana, que la empresa distribuía después a las bibliotecas universitarias de Alemania, Austria y Suiza. Fue una época feliz, que duró hasta que terminé el catálogo; luego, la empresa era tan pequeña que no había trabajo para mí.

Alberto Lenz era trilingüe, y tenía una brillante oratoria en alemán, en español y en catalán. Su familia había emigrado a Barcelona en los años treinta y había mantenido la lengua materna. Luego, él había vuelto a Alemania para estudiar filología y, tras trabajar en una importante editorial, se había lanzado a crear su propia empresa.

Un día, mientras tecleaba datos en el terminal de fósforo verde conectado a un servidor unix, Alberto, que estaba revisando nuevos títulos, empezó a refunfuñar. Encontró un libro en el que hablaban de los apellidos humillantes que en el siglo pasado se ponían a los judíos en los hospicios. «Siempre a los judíos», se quejó él, amargamente.

A mí no se me ocurrió mejor idea que contarle que en León era costumbre matar judíos por Semana Santa. Me miró con los ojos desorbitados, hasta que le aclaré que matar un judío era beber un vaso de limonada, y que se iba haciendo la ronda por los bares y dando muerte a unos cuantos hebreos en cada tasca.

Luego le di la explicación que a mí siempre me ha convencido más: en la Edad Media, a los judíos no se les permitía tener bienes inmuebles, ni ejercer determinados oficios, Así, sin otro remedio, se veían abocados a actividades mercantiles y financieras, en especial, a los préstamos. ¿A quién podían prestarle el dinero? Pues eso no ha cambiado en muchos siglos: a los ricos; en este caso, a los nobles. Y por ironías del calendario, los créditos solían vencer más o menos por Semana Santa.
En esas fechas tampoco faltaban nunca las soflamas ultrarreligiosas, que señalaban con el dedo a los deicidas, que habían asesinado a Jesucristo. Y después del ayuno de la cuaresma, nada mejor que unos cuantos agitadores en las calles, repartiendo vino —la limonada de hoy— y reclamando venganza, para que la muchedumbre tomara al asalto las juderías de Puente Castro o de Santa Ana. Y seguro que los agitadores, a sueldo de la nobleza, les dirigían sin error a las casas de los acreedores, que ya nunca recuperarían su crédito.
No había dejado de teclear mientras hablaba, pues para mí aquel asunto no tenía más interés que el de una anécdota histórica. Pero cuando le miré, estaba rojo, y su mirada era tan tensa que parecía que le iban a estallar los lentes de las gafas.

«Es una vergüenza», exclamó, muy acalorado.
«Ya, pobres judíos», repuse yo, algo desorientado. ¿Qué podía haberle molestado tanto?
«Yo soy judío», me dijo al fin, con un tono lacónico.

No me había dado cuenta; de hecho, ni se me habría pasado por la cabeza. Le observé detenidamente: su nariz larga y algo aguileña, la barba poblada y lacia, el cabello negro, la piel blanca, aunque por falta de sol… ¿Judío? Podría haber sido de León, de Soria, de Burgos, ¿qué más da? Yo nunca había visto un judío hasta entonces, o eso pensaba. No lo había visto porque no lo había mirado. Me hubiera dado exactamente igual que fuera hebreo o equilibrista, democristiano o rifeño: sólo era una persona. No sé si en aquel momento él pudo entenderlo.

Y hoy, ante el vaso de limonada, ya no me atrevo a hablar de matar a nadie.


viernes, 6 de abril de 2007

La mi casina


Siempre es grato volver a casa, pesar del frío, los atascos. Te reencuentras con la familia, con los viejos amigos y vuelves a recorrer los lugares de la infancia.
Yo nací aquí, en León, y esta fue mi casa hasta los veinte años. Luego vinieron otros lugares, quizás más excitantes, con más oportunidades, quién sabe. Pero mi casa siempre estará aquí.
El barrio de La Palomera, donde me crié, ahora ya no tiene descampados; nadie caza grillos ni dibuja porterías en la tierra con un palo. Ya no están los caballos de los gitanos ni la vaquería; pero cuando camino por sus calles —tan viejas para mí, y sólo es un ensanche de los setenta— revivo todos los momentos que viví en ellas. El colegio, el instituto, la universidad, veinte años en apenas dos kilómetros cuadrados.
Es curioso que ahora me emocione volver; recuerdo que pasé toda mi adolescencia fantaseando con escapar de aquí, con las aventuras que me esperaban en Madrid, en París, en Nueva York... Al final me fui y, desde entonces, como un tonto, sólo pienso en volver.
Aquí viven mis padres, mi hermano Andrés, aquí conocí a Pilar y aquí nació nuestro hijo. Hay algo en el terruño que te une a él, que siempre va contigo; seguramente sea eso que llamamos «memoria».

Nota. Una perla lingüística más para Valen: en León —en lo poco que nos queda del leonés— se antepone el artículo al posesivo. Ya no es un uso común, pero sí tiene un gran sentido sentimental, como el diminutivo. Por eso lo usamos para lo que más queremos, como «la mi casina».

jueves, 5 de abril de 2007

Motivos para ser nadie


¿Qué es ser nadie? Poca cosa, en realidad.
Sucede que todo el mundo quiere ser más: más rico, más importante, más poderoso… Todos queremos ser “alguien”.
Y luego te tropiezas en el autobús y te dicen, enaltecidos: «Tú no sabes con quién estás hablando». Pues no. Claro que no. Porque todos, prácticamente todos, somos anónimos.
Anónimos, no innecesarios. Los que de verdad sobran suelen ser los más famosos.

Estoy pensando en el periodista que es más protagonista que la noticia o el entrevistado. O en el político que no sirve a la sociedad, sino que se sirve de ella.
Podrían parecer envidiables, pero ser “alguien” requiere demasiadas concesiones: debes pisar las cabezas que te rodean, para trepar; debes hacer lo que otros quieren —como el músico que escribe siempre la misma canción, aunque le ponga nombres distintos—;
y, sobre todo, debes renunciar a ser nadie.

Siendo nadie eres realista —que no conformista—; asumes tu posición en el mundo, dejas de ser una víctima de la vanidad y ya no sufres por no ser “alguien”.
Puedes ser tu propio Ulises, ante los cíclopes del poder, que ni siquiera pueden identificarte.

Y, a fin de cuentas, ¿quién puede ser absolutamente feliz? Nadie.
Pues eso.

Otro "meme"

Esta vez lo del juego se me ha ocurrido a mí. Se llama “público crítico”, y consiste en responder a un breve cuestionario (cada uno en su bitácora) e invitar a otros tres blogueros (amigos o no) a continuar con la cadena.

El cuestionario

  • Un libro que no pudiste terminar de leer
  • Una película que te aburrió
  • Una canción (o grupo) que detestas
  • Un anuncio que te convenció para no comprar el producto
  • Un personaje público al que muchos admiran y que tú no consigues entender por qué
Las normas
Cada participante, al ser invitado, publicará una nueva entrada en su blog explicando que es un juego y quién le ha invitado.
Luego responderá al cuestionario, pero hay que hacerlo justificando las respuestas (aunque sea con justificaciones peregrinas).
Después sería conveniente reconstruir en lo posible la cadena, para que el que lea el mensaje se pueda divertir también siguiendo los pasos del “meme”.
Finalmente, hay que invitar a otros tres participantes para que continúen con el juego.
Además, al que rompa la cadena le visitarán los mormones todas las mañanas que tenga resaca, y siempre le tocará sentarse detrás del gigante cuando vaya al cine.
Si alguien quiere ser invitado, o autoinvitarse, me puede escribir un correo.

Empezamos:

  • Un libro que no pudiste terminar de leer
    La vida invisible”, de Juan Manuel de Prada. Y encima me costó 24 euros. Sus libros anteriores me habían gustado, pero esta novela fue como una vacuna: ahora no consigo leerle más de dos párrafos seguidos.
  • Una película que te aburrió
    “Whisky”, una peli uruguasha que había ganado algunos premios de relumbrón. Me pasé toda la peli esperando que pasara algo. Al final, pasó: me quedé dormido. Luego, nadie era capaz de contarme el final.
  • Una canción (o grupo) que detestas
    Son tantas… El “Ave María” de Bisbal me pone especialmente enfermo. Es casi una “experiencia religiosa”.
  • Un anuncio que te convenció para no comprar el producto
    El flan Dhul. Cuando sale el trabajador explicando lo bien que le tratan los dueños, siempre me recuerda a los prisioneros que tienen que explicar a la cámara que la razón la tienen sus captores.
  • Un personaje público al que muchos admiran y tú no consigues entender por qué
    Al Gore y su lucha por el medio ambiente. El hombre tiene mucha razón, pero el momento de hacer algo de verdad fue cuando era vicepresidente de los EE.UU.
Invito a continuar con este juego a Ana Rodríguez de la Robla, a Dondado y a Da Gurl.

martes, 3 de abril de 2007

Leído en www.dondado.es

«Comentario por marbram — Marzo 31, 2007 @ 12:36 pm

Leido en Internet, pero os aseguro que es cierto.
En los CDs de Microsoft, al reves escuchas un mensaje satanico. Eso no es lo peor, al derecho, te instala windows.»

Cada vez menos (anónimo)


Hoy hace una semana que estrené esta bitácora —o weblog, o blog, o log, o lo que sea que sea—, con la aparente intención de pasar desapercibido. No era cierto. Lo que yo quería era que me quisierais, que me quisierais un poco más. Aunque nadie se diera cuenta.

Yo soy poca cosa, y cada vez menos, pero siempre tendré a mis amigos. Es una sensación increíble la de sentarse al ordenador, escribir cuatro líneas, y luego recibir una lluvia de emails de la gente que te quiere y se acuerda de ti. Lástima que os empeñéis en usar el correo privado y no los comentarios públicos, porque ha habido comentarios geniales.

Y también están los nuevos amigos, que han llegado sin invitación y se han quedado aquí, sin hacer ruido. Parece que no sólo yo soy “nadie”. Os animo también a participar, porque lo que realmente hace de un blog algo grandioso es la posibilidad de establecer un diálogo entre el que escribe y el que lee, y que los papeles puedan intercambiarse.

Boris Vian aseguraba escribir “para divertir a los amigos”; yo también pensaba en los amigos al empezar a escribir este método para caer en el olvido, que es hacer un blog cuando ya hay más de cinco millones de blogs. Gracias por estar ahí; sin vosotros nada tendría sentido: sería como la vida real.

Sile, nole [máster abreviado en cromología]

Tener hijos es una forma de regresar a la infancia; quieras o no, hay algunos asuntos que tenías olvidados y que, inevitablemente, vuelven a entrar en tu vida: la nocilla, los dibujos animados, los deberes, los abusones… Y los cromos.
¿A que hace años que ni piensas en los cromos? Sí, bueno, cosas de crío, pero lo recuerdas muy vagamente. Hasta que te llega el niño con un par de estampitas en la mano y tú te dices: es bueno que el chico haga colecciones. Practicará la constancia, la paciencia, la memoria… y además, ¿no lo hice yo? Y, víctima de la nostalgia, le compras el álbum. Ahí ya estás perdido, porque al final la colección la acabarás haciendo tú.
Si no tienes hijos, seguro que no sabes que esta temporada la auténtica estrella de la liga no ha sido Ronaldinho, ni Villa, ni el colosal Zigic. No. Ha sido un futbolista aragonés que juega en el Nástic y se llama Generelo. Ni idea, ¿verdad? Pues pregunta a algún chaval qué cromo le falta o cuál es el más difícil de conseguir, y verás lo que te dice: Generelo, y la segunda imagen (porque ha habido una doble tirada del cromo). No muy a la zaga le va el gran mediovolante del Racing, Lionel Scaloni, fichaje de última hora y cromo muy cotizado.






Pero si tienes hijos, sabrás cómo ha evolucionado el mundo de los cromos. Lo de la revolución industrial fue una bagatela al lado de esto. Para empezar, los cromos ya no son de cartulina —como aquellos que pegábamos con el pegamento imedio—, sino que son autoadhesivos. El álbum de toda la vida, el de Colecciones Este, sigue ahí, aunque lo han comprado los italianos de Panini.
Luego están las fichas, que publican Panini (megacracks) y Mundicromo (Las fichas de la liga). Son unas tarjetas plastificadas de 9 x 6.5 cm, con una foto del jugador por una cara y sus datos por la otra. Ambas colecciones rondan el medio millar de fichas.
Pero esto no acaba aquí. Luego están los kraks, que son una versión moderna de las chapas, en vinilo de colores opaco o translúcido, con la foto de un futbolista pegado. O las Cristal-Cards, tarjetas de plástico de fondo transparente.
Un lío, ¿verdad? Pues seguimos. Porque estos eran los cromos que compras del modo tradicional aparte están los que vienen como regalo/reclamo en otros productos. Las natillas dan Circle-cards, las pipas dan Slaps (de goma y del tamaño de un sello), y aún no han llegado a mi casa, pero seguro que hay chicles con el cromo de Munitis. Y claro, también está la nocilla.
Nocilla regalaba cracks de la liga, para poner en el álbum de Colecciones Este. Una pegatina redonda que venía debajo de la tapa. Es posible que no os hayáis fijado, pero durante meses las secciones de chocolates de los supermercados han sido un cachondeo, porque bastaba con levantar la tapa disimuladamente y llevarse el cromo sin pagar. Total, que llegabas a comprar la nocilla y no parabas de abrir tapas hasta encontrar una con cromo, con lo que los botes “profanados” ya nadie quería comprarlos. A tanto llegó la cosa que ahora nocilla regala cracks tipo chapa, pero ha ideado una especie de trampa para ratones que es casi imposible de desmontar, incluso cuando ya has llegado a casa y decides utilizar el cortaúñas y el sacacorchos.
Sin embargo, en medio de todo este caos —y seguro que se me ha pasado alguna colección, y eso que sólo he hablado de las de fútbol—, resulta que los críos se las apañan para, por un lado, ir completando las colecciones, y por el otro —lo que es aún más difícil— para sacarnos a los padres la pasta y que se las financiemos. Menos mal, eso sí, que se ha inventado el intercambio.
Cuando yo era crío, la cosa iba así: en el patio del cole, o donde cuadrase, tú te ponías frente al otro coleccionista y, sin dejar que nadie tocara tus cromos, los ibas pasando rápidamente de una mano a otra. El otro iba diciendo “sile, sile, sile” («sí le tengo») hasta que aparecía un “nole”, y entonces ya se empezaba a negociar.
En Santander, por ejemplo, es diferente. Hay una cita fija, los domingos por la mañana, en una plaza muy céntrica, la plaza Pombo, y en hora punta parece un zoco magrebí. Se cambia, se compra, se vende, se roba al descuido… Hay muchachos eslavos que venden sus cromos porque “ya acabaron” su colección mucho antes de que se haya cerrado el mercado de invierno. Y puedes ver también quién se llevaba todos los cracks de la nocilla y los vende a uno o dos euros.
Pero sobre todo hay gente muy maja, futboleros de frente ya bien despejada, nenes desdentados, papás que llevan a sus hijos como tapadera y todos a la vez, con interminables listas a boli, saltando de corrillo en corrillo en busca de un Thuram o un Stoyanoff.
Y para cerrar este master en cromos nos falta hablar de las nuevas tecnologías. Sí, sí, efectivamente, también internet es terreno abonado para los cromeros. ¿Dónde si no se iban a poder llevar a cabo los cambios más inverosímiles? Dado que las tiradas y la distribución no son uniformes, no es raro que si en León faltan Costinhas, sobren en Burgos.

A mi humilde entender, la mejor página para el intercambio cromeril es www.cambiocromos.com. La dirige un webmaster muy serio llamado Gonzalo, que tiene mano de hierro con los tramposos, aunque hay que decir que apenas hay fraude. Los visitantes —previo registro gratuito— piden y ofrecen, y cuando hay acuerdo se envían los cromos por correo postal, con éxito en el 99,9% de los casos. Y es que los cromeros son gente seria: un mal paso y se destruye tu reputación.
Aunque la mayoría de los usuarios son gente encantadora y muy generosa: aceptan cambios poco ventajosos o incluso te pueden regalar sus repetidos, porque alguien lo hizo primero con ellos. ¿Increíble, verdad? Para que luego estemos todo el día rumiando lo malayos que somos los españoles.
En fin, te dejo, porque tengo que revisar los kraks, que me falta Vitolo, comer una bolsa de pipas a ver si me sale Colsa, y pegar en el álbum los últimos fichajes del mercado de invierno. Eso sí, todas las colecciones son para el nene, no os vayáis a pensar que yo…

domingo, 1 de abril de 2007

Las listas más estúpidas (Top 5)


En el ámbito del periodismo existe una extraña obsesión por las listas; prácticamente no queda ningún aspecto sobre el que no se le haya ocurrido a algún plumilla ilustrarnos con una jerarquización, generalmente basada en criterios totalmente subjetivos.
Porque ordenar conceptos cuantificables es algo sencillo, lógico, comprensible: es fácil saber qué es más y qué es menos; en realidad, es una destreza que se adquiere en primero de básica. Pero decidir qué es mejor y qué es peor es una tarea casi mística: como no recurras a criterios divinos, es imposible saber si es mejor un Ferrari que un palillo de dientes. Uno puede ser más caro que otro, más rápido que otro, incluso más deseado, pero ¿mejor? Porque ya me dirás de qué te sirve un bólido cuando acabas de comer cecina de chivo y las hebras le han cogido apego a tus encías.
No voy a ser yo quien critique las listas, porque las hay utilísimas —por ejemplo, la lista de la compra—, inolvidables —como la lista de los Reyes Godos, para el que tuviera que aprenderla—, mosqueantes —piensa en las listas de boda— e incluso muy rentables —como “La lista de Schindler”—.
Y sin embargo, a todos nos encantan las listas. Las devoramos en periódicos y revistas, votamos en las listas musicales y algunos hasta hacemos listas de tareas pendientes.
Pero hay algunas listas que no merecen siquiera ese nombre; esas listas “tontillas” que acechan detrás de alguna página para hacerte la vida un poco más anodina. Se me ocurre que estas son las cinco listas más despreciables:

1. Los más ricos del mundo
Para empezar, estas listas no deberían elaborarlas las revistas, sino los recaudadores de impuestos, porque no creo que los ejércitos de asesores fiscales que tienen esos “afortunados” les recomienden ser absolutamente sinceros. Luego está el asunto de que esas revistas las leen los aspirantes a mileuristas, y a ver quien les convence después de que deben trabajar por 800 eurípides al mes, horas extras gratis incluidas.
Pero existe también una elemental norma de urbanidad que desaconseja este tipo de listas; ¿o es que nadie le ha contado a la gente de Forbes que hablar de dinero es de mal gusto?

2. Los hombres y mujeres más deseados
Lo del atractivo es indudable que existe, pero creo que por más que lo intentan en Hollywood no hay manera de encontrar una máquina que mida de un modo fiable el influjo de un galán sobre el público femenino (ya saben que lo de “medir”, al menos en centímetros, es una obsesión esencialmente masculina). Han hecho muchas pruebas con un sistema llamado “taquilla”, pero resulta demasiado experimental, con sonados e inesperados fracasos (para profundizar en este tema se puede investigar la carrera de John Travolta entre “Fiebre del sábado noche” y “Pulp fiction”, por ejemplo).
Pero el mayor inconveniente de estas listas, y con diferencia, es que tú y yo nunca salimos en ellas.

3. Las canciones de la radio
¿Qué es realmente la radiofórmula? ¿Un servicio público? ¿Una oferta cultural? ¿Una m*****? La música es un producto cultural, pero la radio musical se ocupa más de lo de “producto” que de lo de “cultural”, y al final más que un medio de comunicación no es más que un soporte publicitario: no sólo está llena de anuncios, sino que la propia música se emite como promoción de sí misma. Es decir, no se emite para que la escuches, sino para que la compres. En fin…
Desde luego, si existe un campo donde la variedad de gustos sea mayor, ése es el de la música. No solo hay infinidad de tribus urbanas, movimientos juveniles, corrientes estéticas y demás con su propia identidad musical, sino que nosotros mismos, cada uno, tenemos nuestras propias preferencias, que quizán sean una especie de ADN y no coincidan con las de nadie más en el mundo.
Por eso estoy convencido de que cualquier lista del winamp le da ciento y raya a las de las cadenas de radio. Claro que otro asunto es que tú te dejes comer el coco —o no sepas evitarlo— y al final hasta te acabe gustando lo que te ponen.
A mí, personalmente, la única lista de la radio que me ha gustado de verdad era la que hacía Jesús Ordovás en el Diario Pop, “Los 333 de Radio 3”. Pero claro, es que siempre me ha encantando la parodia.

4. Los libros más leídos
Supongo que elaborar una estadística de ventas sea algo sencillo, e incluso hasta fiable y representativo de los datos reales; sobre todo, si eres de los que se creen esas fajas que ponen en algunos libros: “Cinco millones de ejemplares vendidos”, y resulta que hace tres horas que el primer ejemplar llegó de la imprenta a la distribuidora. Admitamos que las cifras de venta sean veraces, que los españoles compramos libros y que los premios literarios son la cima del juego limpio. Aún así, ¿cómo se puede saber qué se lee y qué no se lee? Yo creo que he leído muchos libros —quizá hasta demasiados—, pero creo que son aún más los que no he leído y andan por casa. Y algunos llevan esa fajita, que parece la banda de una miss, y no he podido pasar de las primeras páginas.

5. Las listas electorales
Si hay algo que de verdad cabrea es la política —sí, sí, también la religión cabrea, pero para eso existe la resignación cristiana—; y si no prueba a hablar de política con tus vecinos o tus compañeros de trabajo y ya verás que pronto se acaba la convivencia pacífica.
Y entre todas las cosas que hacen los políticos, una especialmente molesta son las listas. Si eres de Soria, de Alicante o de León, y ves que van a colocar como diputado de tu provincia a un prometedor muchacho de Madrid o Barcelona, que no ha pisado tu provincia ni la piensa pisar, te cabreas. Si ves las listas para tu ayuntamiento, siempre conoces a algún candidato que te da pánico que pueda llegar a “tocar pelo”, y también te cabreas.
¿Por qué nos cabrean tanto los políticos? Porque ya les conocemos. Y luego vemos esas listas, tan ordenadas, tan cerradas, para que no puedas quitar de allí a los que ya conoces, y nos preguntamos si de verdad es un deber cívico ir al colegio electoral a hacer la deposición de tu voto. Claro que al final vamos, aunque sea —como cantaba “La Trinca”— «con la nariz tapada».

Esto ha sido el top 5 —perdón por el anglicismo—, pero ahí fuera quedan muchas más listas, menos listas de lo que parecen.
¿Continuará?