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jueves 3 de diciembre de 2009

Hasta aquí hemos llegado

Pero no se vayan todavía, ¡aún hay más!


Cómo me gustaba, de crío, esta frase. Quería decir que lo bueno continuaba, que podría pasarme unos minutos más viendo dibujos animados. En fin, vamos al lío.

Pasaba por aquí para dar oficialidad a lo que ya es un hecho consumado: este blog ha muerto.

Supongo que no lo regué bastante, que no lo vacuné a tiempo, que lo he matado a disgustos, qué sé yo... el caso es que el pobre no ha resistido el invierno, y no ha llegado ni a comer el turrón.

Y es que lo de ser nadie era demasiado fácil. Ni siquiera había que esforzarse mucho. A poco que te descuides, eres como aquel muñequito con sombrero que vive en los semáforos de peatones, atrapado en un cajetín del que no puede salir por mucho que salte intermitentemente.

Pero tranquilos, que no todo es malo. Este blog descansa en paz, pero aquí el don nadie que se ocupaba —o desocupaba— de quitarle el polvo y limpiar los cristales ha recogido todos los bártulos y se va con la música a otra parte. A esta, en concreto:

http://blogs.eldiariomontanes.es/sinpapeles/


No prometo nada, pero sí que voy a intentar que en este nuevo blog —apadrinado por mi nuevo periódico, El Diario Montañés, en el que empiezo a colaborar esta semana— se mantenga no sólo el espíritu jocoso (y algo tocapelotas) que siempre me ha caracterizado, y además trataré de retomar el ritmo de los días gloriosos en que conseguía publicar cinco posts por semana.

Deseadme suerte.
Un abrazo a todos, os espero en el nuevo blog.

viernes 13 de noviembre de 2009

Fetichismo del marcapáginas


Un amigo me ha dado el chivatazo: parece ser que alguien quiere vender los marcapáginas que ha diseñado la editorial para promocionar mi libro.
No voy decir que no me haga gracia, pero vamos, por mucha crisis y mucho coleccionismo que le echemos, pedir 50 pelas por un papelín que te dan gratis en cualquier librería...
Aún a riesgo de que me acusen de enemigo de la iniciativa y de la libre empresa, estoy por pedirle a la editorial un taco de marcapáginas, y al que le haga ilusión le regalo el marcapáginas firmado. Y gratis.

lunes 7 de septiembre de 2009

Rock in wild Forest: 25 años de los Deicidas


Gira 25 aniversario de los Deicidas. Es 4 de septiembre y tocan en un pueblín de Léon. Matadeón de los Oteros. ¿Y dónde está eso? Cincuenta kilómetros de la capital, trescientos desde casa. En fin, cualquier lugar es bueno para el rocanrol. Así que hasta allí nos fuimos. Como si aún colearan los ochenta, Morti se puso las gafas de aviador y yo me calcé las wayfarer —a fin de cuentas, en la movida todo era apariencia, ¿no?—, y nos lanzamos a devorar carretera, en nuestro particular Highway to Hell.



Pueblo de adobe, unas cincuenta casas. Noche negra y calles vacías. ¿Nos habremos equivocado de sitio? Igual era en Matanza, o en Matanzos, vete a saber. De pronto nos cruzamos con tres peatones y sí, en efecto, hay concierto en las Escuelas. Todo recto y a la izquierda. No hay ni un coche, pero una barraca de feria y nuestro agudo instinto noctámbulo nos dice que la juerga será en un edificio cercano —lo de que no paren de entrar y salir adolescentes etílicamente eufóricos también nos ayuda a orientarnos, claro—. Pero el caso es que aquello no suena a mucho rocanrol.

Entramos y casi salimos corriendo: sobre el escenario, tres tipos nada vacilones están tocando pasodobles, o rumbas, o como coño se llame la cosa esa que tocan en las fiestas de pueblo. Morti mira al pavo del micro, un sesentón de pelo blanco que canta con los ojos cerrados, como si le pusiera mucho sentimiento o sufriera un apretón, o las dos cosas a la vez, y me suelta: «Vaya, o Zapico ha desmejorado mucho, o estos no son los Deicidas». ¿A que nos hemos equivocado de día?

Por suerte, al otro lado del antiguo salón de actos hay un aula reconvertida en bar. Dentro no sólo no se escucha la pachanga, sino que además nos aclaran el orden de día, o más bien de la noche: «El concierto empieza a las dos y media. Pero primero tocan unos chavales de Gijón, así que empezarán a las tres y pico. Eso sí, lo normal es que se retrasen, así que contad con que la cosa sea más bien hacia las cuatro». Las cuatro… Miramos el reloj y eran las doce en punto. Que ya no tenemos edad para esto, que no son horas. Teníamos que haber ido al concierto en la Catedral, que te lo dije…


En vez de discutir, nos apretamos a la barra. Garrafón del bueno, precios populares y chavalería en el tanteo previo de primera hora. Defendimos un rato nuestra posición, y al rato nos fuimos a hacer tiempo dando una vuelta. A la entrada del pueblo habíamos fichado un bar, que prometía mucho con su cartelón de Degustación de queso. Y degustamos y repostamos, mientras al fondo del local la banda empezaba a calentar, amenazando con acabar con las existencias del garito. Y en estas que se acerca la hora del concierto, y a una parejita de la Guardia Civil les da por aparcar en lo oscuro, a la puerta del bareto. ¿A que no hay huevos a coger el coche ahora?

Casi las dos y media cuando volvemos a las Escuelas. Zapico ya ha aparecido y nos recibe como si nunca hubiera visto un fan. Qué grande es el tío. Nos fijamos un poquito y empezamos a ver caras conocidas: no hemos sido los únicos pirados que viajan para el concierto. Dos docenas de capitalinos, de distintos pelajes, nos mezclamos con los indígenas. De pronto arrancan los teloneros y los tres acordes del Blitzkrieg Bop me seducen como el canto de las sirenas homéricas. Sobre las tablas, tres chavales con gafas de sol de carallo braman el jeijó, lesgó y empezamos a dar botes. Y simultáneamente se inicia el desfile de boinas y bailonas que dejan mosqueadísimos la verbena. Los chavales parece que tocan bien, pero de pronto les da por versionar a The Police y a U2 y salimos escapados del gallinero: está bien poner posturitas, y caras molonas si quieres, pero es que esto va de cantar, coño… por mucho que te lleves a tu madre al concierto y le dediques canciones, que ya te vale. Media hora después —y no antes de que el “cantante” se haya pedido el bis a sí mismo con un “pues si no queréis más nos vamos”—, abandonan el escenario dejando claro que estos teloneros no tienen nada que ver con aquellos “Teloneros” del 87.





«Empieza el Rock and Roll», anuncia el Pájaro, y no podía estar más acertado. Dos guitarras, bajo y batería. Son las tres de la mañana, hora golfa, y nos quedan por delante cien minutos de sonido intenso, de riffs machacones y ácida retranca, de canciones que partieron la pana en nuestra adolescencia leonesa y que podrían haber sido hits en cualquier parte. Caprichos del destino o lógica del mercado, quién sabe. Diosss, qué ruido tan guapo que hacen estos cinco tíos. “Me van a pitar los oídos hasta el lunes”, me dice Morti.

Zapico, que en las fotos del último concierto llevaba un niki con la A ácrata, se ha ambientado para la ocasión con una camiseta de John Deere, la marca de tractores. ¿Iría patrocinado, como Pelé con la Viagra? Los yankis tienen a su Sinatra, “La Voz”, y nosotros tenemos al “Vozarrón”. Y no defraudó. No es raro pensar que Deicidas tienen cuatro canciones, pero en cuanto escuchas el repertorio completo te das cuenta de que son muchas más, que casi todas las conoces. Como si de un menú-degustación se tratara, recorrieron desde sus comienzos más punkarras hasta sus guiños al rock clásico o los toques stonianos. Y allí la parroquia nos desmelenamos, coreando “déjate melena, dejatela ya”, “te harán la prueba del alcohol, te robarán tu colección de conejitas del playboy” (imaginamos que dedicada a los picoletos que les acechaban una hora antes), “jipis, jipis, jipis, recogiendo del suelo las colillas”.


Con algún conato de desgracia —al parecer, el batería estaba desfallecido a mitad del concierto, y Pájaro en vez de pedir un médico buscaba a alguien capaz de darle a las baquetas y que se supiera la canción—, la cosa fue viento en popa. A mi lado bailaba una chica post-punk de medias de rejilla, y delante otra que bien podría ser la maestra de plástica en la hora del recreo. Las dos parecían presas de la misma excitación. Otro grupito junto al escenario se sabía todas las canciones, y detrás de mí un tío chupa cuero que ya peinaba sus canitas lo estaba grabando todo en video. Me di la vuelta y le avisé: «Como sigas bailando así, te va a salir un video de Lazarov».

Cayeron también Amiga de consolación, Pequeño gallo rojo, Bendito bar, El barco más pirata y un par de medios tiempos que no conocía, junto a una curiosa pieza sexpistoliana sobre un asesino profesional que asegura ser el que más mata. Sara volvió a resultarme tan inquietante como siempre —no sé qué me pasa con esa historia—, y la sala se vino abajo con sus dos megabits: Cuatreros y el impagable Poder de seducción, el famoso “No puedes” que gritamos doscientas personas enloquecidas. Esa canción es dinamita. Los chavales de los Oteros seguro que la oían por primera vez, pero en treinta segundos ya estaban gritando el estribillo.



Aunque, sin duda, lo que más me gustó de la noche fue el guiño del grupo, que no sólo tocaron Moderno de cartón-piedra, sino que tuvieron el detallazo de dedicármelo. Hacía más de veinte años que no escuchaba aquella canción, que grabé de la radio en 1983 y luego puse mil veces en mi viejo radiocasé, hasta que a la máquina le dio por comerse la cinta. Qué subidón. A ver si me hago con una grabación del concierto.

Para rematar, en los bises tocaron un clásico del macarreo ibérico, el No es extraño que tú estés loca por mí. Apoteosis ochentera y el grupo que se va en lo más alto, con la peña pidiendo más y el diyei de turno apagando la demanda. Ya en el suelo, con la guitarra afilada del Pájaro vibrando aún en los tímpanos, le doy un abrazo al grandullón y le suelto: «parece mentira que estéis jubilados, con el punch que tenéis». Y él me lo aclara todo: «igual por eso lo tenemos, porque estamos retirados».

A las cinco de la mañana, Morti y yo volamos sobre el asfalto. Vamos en un híbrido y no podemos engañar al calendario, pero todavía nos sentimos en 1989, como el día que nos conocimos. Sí, hoy todo es light, todo es correcto, se ven los conciertos sentado como si fuera la ópera y todo el mundo ha dejado de fumar. Pero aún somos los mismos. Aún nos queda el Rocanrol. Larga vida a los Deicidas.

martes 14 de julio de 2009

Sinceridad



Hace un par de semanas me llevé a mi hijo a una lectura de poesía. Por el camino me iba preguntando:

—Oye, papá, tú cuando eras un niño, ¿qué querías ser de mayor?
—Pues... futbolista. Futbolista y presidente del gobierno —respondí yo, tirando de una memoria cada vez más escasa.
—¿Y escritor no? —precisó el joven Javier.
—Claro, hombre, escritor también —confirmé, abusando un poco de la verdad, o más bien ignorando la sucesión temporal de los acontecimientos.

Quise saber por qué me lo preguntaba, pero no soltó prenda. Tampoco me quiso contar qué quería ser él de mayor. El caso es que llegamos a la sala, conseguimos un buen sitio y escuchamos al poeta con toda la atención que se puede tener a las ocho y media de la noche.

Y todo siguió su curso habitual, hasta que, a la media hora, mi hijo me dio un codazo, para decirme luego al oído:

—Desde luego, yo ya sé lo que no quiero ser de mayor...
—¿El qué?
—Poeta.
—¿Y eso?
—Pues... porque no se pueden dar estas palizas a la gente, hombre.

lunes 29 de junio de 2009

Erotica & Orthographica


Hace algún tiempo, mi mujer y yo nos acercamos a una pequeña ciudad cercana a Santander, para ver los fuegos artificiales y pasar una noche agradable paseando bajo la luna, y esas tonterías que hacen los padres en cuanto consiguen librarse de los hijos. Y la verdad es que lo pasamos bien, caminamos por las calles empedradas, recorrimos la feria, probamos el algodón de azúcar, admiramos los cohetes y nos sobrecogimos con la traca final.
Todo a pedir de boca: conversamos con calma, nos miramos a los ojos, nos cogimos de la mano... hasta que nos detuvimos ante una barraca, una de esos en las que hay que derribar muñecos a bolazos. No, no es que quisiera regalarle a mi señora una muñeca chochona, o un perrito piloto, ni mucho menos. Lo que pasó es que vimos un cartel, allí pegado en la barraca, que decía:

Prohibido APOLLARSE

Y entonces fue cuando se nos cortó el rollo.

miércoles 24 de junio de 2009

Extraños elogios




Igual que Don Alonso en Puerto Lápice, esta noche me toca velar armas. Mañana me presento ante mis paisanos, y cuesta frenar la inquietud, por más que juegues en casa.
Y, a fuerza de dar vueltas a cualquier cosa, recuerdo ahora la presentación en Santander, y cómo, al concluir, me dijo Manuel Arce desde su experiencia octogenaria:

—No te envidio el papelón que te espera —me espetó—: a ver cómo consigues escribir un libro que supere a éste.

No pude menos que agradecerle el halago, aunque hubiera tocado fibra sensible. En fin, primero veamos qué piensan los demás de este libro, antes de pensar en superarlo.

Pero, puestos a recordar elogios curiosos, el más particular me lo hizo un periodista leonés, que leyó el texto mecanografiado, antes de que saliera publicado, sin tener muy claro quién era el autor. Me dijo:

—El caso es que me sonaba mucho el nombre, pero es que yo no podía imaginar que tú fueras capaz de escribir un libro tan bueno...

Y claro, no sabe uno si agradecer el cumplido, o echarse a temblar. Mañana veremos.

viernes 19 de junio de 2009

El que parece, ¿lo es?


Esta mañana ha llegado a la oficina un informático. El chico, con buena intención —supongo—, se ha puesto a explicarme qué son las cabeceras, cómo hacer un gráfico, dónde se descargan las cosas... Poco le ha faltado para querer enseñarme qué son un ratón y un teclado.
Para rematar, me ha querido contar cómo se consiguen imágenes "sin derechos", en la web de microsoft. En fin...

El caso es que me ha dado cosa llevarle la contraria, y le he dejado explayarse a gusto. Cuando acabó con su rollo, me volví a mi mesa, pelín cabizbajo, la verdad.

Después de un rato de mascullar mis penas en silencio, se lo he contado a Manuel, mi compañero de trabajo. Con detalles. Y rematé con un lamento:

—Para mí que este nos toma por tontos.

Al ver que no había respuesta, se me ocurrió aplicar la función fática:

—¿No te parece, tío? —insistí.

Y, en esto, asomé la cabeza entre los monitores de ordenador (nuestras mesas están enfrentadas), para comprobar que no había nadie. Que llevaba un rato —y largo— hablando solo. ¡Ay!

—A ver si va a tener razón el informático... —dije en voz alta, en pleno desasogiego, sin pensar demasiado en que nadie iba a escucharlo.