
Visto que hay muchas dudas entre el personal, creo que lo mejor va a ser dirimir la cuestión estadísticamente (que no democráticamente).
Más cachondeo en los comentarios.
jueves 15 de mayo de 2008
La encuesta mundial: ¿Angelina o Nastassia?
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Javier Menéndez Llamazares
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Liga por la moral y la decencia
Vean, si no, lo que denuncia un anónimo peatón —o bañista, más bien—, en un diario local, y díganme si no es como para poner el grito en el cielo:

Si es que se desvisten como… Y luego que si venga a untarse cremita, que hay que ver lo lúbrico del asunto. ¿Y qué me dicen de las posturitas? Porque si primero se tuestan la pechuga, con todo el instrumental ahí expuesto, al rato la cosa se pone peor todavía, porque encima gastan tanga. Y uno allí, tratando de acabar un sudoku, y reflexionando sobre la falta de sincronía entre el IPC oficial y el real. Que no son formas, por Dios.
En enero tenían que venir estos desnudistas a hacer sus porquerías, hombre, ¡tanta naturaleza y tanta gaita! Y esa es otra, que dentro de nada se pondrá de moda que también ellos luzcan poderío, y van a parecer las playas la sección de charcutería del pryca.
Tanta razón tiene aquí el denunciante, que estoy por escribirle y a ver si fundamos pronto una liga cántabra por la moral y la decencia, que ya está bien de tanto putiferio y tanto libertinaje. Coño. Se sienten. Ar. A la playa se va con traje de baño, a ser posible con volantes. O traje de buzo, si es menester. Y, de paso, vamos a poner a cada uno en su sitio. Los caballeros, a la Primera. Las damas, a la Segunda. Y para los que no encajen en estas categorías ya está Mataleñas. Eso sí, en La Concha queda vetada la entrada de sudamericanos en general y argentinos en particular, no vayan a formarse malos pensamientos con tanta polisemia y tanta coña.
¡Hombre, habrase visto, que no pueda un honrado cabeza de familia ir a la playa sin tener que aguantar tanta guarrada, que tienes que ir todo el rato apartando la vista! ¡El que quiera chicha, que se tire al porno! (Eso sí, mejor que lo busque en internet, que es más barato que las revistas, ¿eh?) ¡Y el que quiera libertad, que la ponga en su casa!
Y, para empezar a predicar con el ejemplo, yo mismo, a la próxima chavala que se me vuelva a pasear por el blog en medio en pelotas, la voy a poner de vuelta y media. O más.
PS. Nota para lectores con poco humor: Antes de cabrearse, dígase: «lo mismo todo esto lo dice en tono irónico…». Así igual nos ahorramos malentendidos innecesarios, ¿verdad?
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Javier Menéndez Llamazares
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miércoles 14 de mayo de 2008
Alfonso Reyes, un escritor singular
Hay escritores muy especiales, personas de las que jamás podrías imaginar que escribieran, o que escribieran de cierta manera.
Yo le conocí en otro contexto, lejos de los mercados y de los bares donde se cierran los tratos; en aquella época yo era bibliotecario, y pasaba las mañanas en la Biblioteca Pública de La Bañeza, catalogando las novedades y gestionando los préstamos —sí, sí; dicho así suena a algo, pero en realidad estaba la mayor parte del tiempo en el mostrador sellando fichas y recogiendo libros—.
Lo bueno de aquel empleo, sin embargo, eran los "usuarios". Y es que, aunque la administración los llame así, en realidad son personas. Sí, gente de carne y hueso; cierto que muchos van a estudiar, a leer el periódico, a chatear por el messenger o a mirar las opavardas, pero resulta que también hay gente a la que le gusta leer, y son asiduos visitantes de las bibliotecas.
A esos, además, los localizas enseguida: cada tres o cuatro días vienen y van con su cargamento de libros, con su "dosis" de lectura, y no puedes evitar fijarte en qué llevan y qué traen. Unos prefieren las novelas románticas, otros la historia, las biografías, los libros de memorias… Y luego están los omnívoros, los que lo devoran todo, y además se pasan el día dando la lata con las novedades, y pidiendo recomendaciones.
Y claro, uno de esos, ése en concreto, era Alfonso. Mi lector. A veces pensaba que alguien, una fuerza superior, me había destinado allí, a aquella humilde biblioteca de pueblo, para que pudiera surtir de literatura a aquel muchacho que cada mañana se llevaba un libro mientras hacía un comentario crítico de su última lectura.
Recuerdo que, la primera vez que conversamos, tenía que renovarle el carné, que a fuerza de un uso desaforado se había quedado en poco más que un resto de papel con los colores desvaídos de lo que un día fuera una foto. Y cuando le pregunté el nombre, me dijo muy sereno, como paladeando las palabras:
—José Alfonso Jiménez. Tengo nombre de emperador, pero sólo soy un gitano…
«Mucha guasa para tanta modestia» o «mucha modestia para tanta guasa», me dije. Y empezó a caerme bien aquel chaval. Más tarde me enteré de que escribía, que había vuelto a estudiar después de dejar la escuela en la adolescencia, que daba charlas para asociaciones gitanas… Mantenía, eso sí, una guerra a muerte con la ortografía y la gramática, pero eso nunca le había robado ni un ápice de coraje a la hora de presentar sus cuentos a premios literarios o intentar publicar en cualquier foro.
El primer material serio que me pasó era una novela corta. Claro que era tan corta, tan corta, que a mí me pareció un cuento largo; imagino que a él se le hizo más novela por el esfuerzo de escribirla, más que nada. El caso es que me sorprendió por completo: era la historia de un profesor que vive una aventura con una alumna adolescente. «Lunas de hiel», se titulaba. Me sorprendió, decía, no tanto por su técnica —ciertamente rudimentaria— como por la capacidad camaleónica del autor para fabular historias tan alejadas de su vida cotidiana. Así que le invité a colaborar con «Las Comarcas», el semanario que editaba en aquella época.
Poco después, y un poco de carambola, acabé dirigiendo la emisora local de radio. El programa cultural, como no, se lo encargué a José Alfonso. «Los martes literarios», lo llamó, y durante cerca de dos años no faltó a la cita ni una sola vez. Llegaba con un montón de folios y fotocopias, y luego me pedía algo de música "con sentimiento" para engalanar un poco el cotarro. Allí hablaba de Borges y de Colinas, de novela negra y de premios literarios, con el guión milimetrado de los que siempre tienen los deberes hechos. Y así seguimos hasta que la vida lo llevó a rodar por la Vía de la Plata, con mudanza fallida a Benavente, y yo emigré a la costa.
Tiempo después supe que se había reinventado, que firmaba como "Alfonso Reyes" y había publicado un par de libros de relatos. Los compré, y de nuevo me sorprendió: en uno era un autor a lo Bukowsky, costumbrismo con mucha mugre en las esquinas y crímenes al por mayor. En otro, recorría los límites del amor y el dolor, contando historias románticas pero de las que acaban mal. La técnica había mejorado, se notaban las lecturas, el esfuerzo de la reescritura, la planificación de escenas mil veces pensadas. La ortografía, sin embargo, seguía siendo una asignatura pendiente, así que le llamé para ofrecerle mi ayuda con las correcciones de su siguiente libro.
Y ese libro, entonces sólo una idea, está ya en imprenta. Hace un par de semanas le envié algunas sugerencias y otras tantas enmiendas de los originales que me había pasado, y en su último correo me agradece los servicios y me anuncia que aparecerá enseguida; es una nueva colección de relatos, negros negrísimos, en los que resulta maravilloso la recreación del lenguaje que realiza.
Como asombroso resulta el hecho de que es el único escritor leonés que conozco de su [mi] generación que realmente le saca pasta a esto de la literatura; y es que las ges y las jotas igual no, pero los euros y los duros los domina como nadie, y ha aprendido cómo ser autor y editor y no estar loco; o no arruinarse, vamos. A ver si aprendo algo de él, en alguno de esos dos oficios.
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Javier Menéndez Llamazares
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martes 13 de mayo de 2008
Idiomas ricos (y pobres hablantes)
Viene esta perorata a que el otro día, en clase, un profesor deslizó, como quien no quiere la cosa, y sin venir demasiado a cuento, que "el español es un idioma mucho más rico que el inglés". A mí, a la primera, la frivolité ya me hizo un poco de daño en el oído, pero ¿a qué meterse?
El profesor, no obstante, se fue poco a poco gustando a sí mismo, y de paso se le debía de ir inflamando el músculo patriótico, porque al poco rato volvió con la misma cantinela, que si el español era muy rico y el inglés una piltrafilla in comparison.
A mí, por lo general, las boutades de este pelo me dejan más bien frío, pero daba la casualidad de que, justo antes de la clase, nos habíamos pasado la hora del café debatiendo sobre si el inglés era fácil o no, y yo me había puesto gallito explicando mis opiniones, que nada tenían que ver con lo que el baranda estaba pontificando en el aula.
Total, que al tercer intento —y, sobre todo, porque el tipo lo remató con un "y os aseguro que sé de lo que hablo— no pude más, y acabé entrando al trapo. Y eso que sólo fue una mueca, pero debió de resultar bastante desagradable, porque el hombre interrumpió su charla como si le hubieran pinchado con un alfiler.
—¿Qué te pasa? ¿No estás de acuerdo? —me preguntó.
—Bueno, eso del inglés... no sé, no sé —me escabullí yo, arrepentido ya no de haber abierto la boca, sino de haberla movido un pelín.
—Pues es cierto, el español es mucho más rico, y lo digo con conocimiento de causa.
Y vuelta la burra al trigo…
—Yo no diría que el inglés es más pobre. Que su gramática sea más sencilla, quizás. Pero que sea menos rico que el nuestro, no.
—Pues yo lo sé por fuentes muy autorizadas, y saben de lo que hablan.
«Que sí, que vale. Que tú tendrás un doctorado y serás ingeniero y sabrás mucho de todo lo que sabes, pero que te estás columpiando». Esto último sólo lo pensé, por supuesto, que todavía tenía pendiente un examen con él, y está el patio como para andar provocando a los docentes.
—Bueno, yo también sé algo de lo que hablo, que para eso soy lingüista.
Vale, es verdad: me tiré un farol. Porque licenciado sí, pero saber, saber... es como todo; te suenan las cosas, más bien.
El caso es que luego nos pasamos un rato debatiendo, que si el inglés que aprendemos es básico, que si el inglés culto es de aúpa, que si tal y que cual. Al final, el "doctor" se quedó en sus trece, diciendo que ya consultaría a "sus fuentes", y yo me quedé con las ganas de darle un buen tirón de orejas, porque ¿a quién coño se le ocurre medir y comparar lenguas? ¿Qué va a ser, cuestión de palmos? ¿O de centímetros, en el peor de los casos?
Las lenguas, como las personas, no son tan fáciles de valorar. ¿Es mejor el quechua o el swahili? ¿Mi primo Cusco o mi primo Nando? ¿Angelina Jolie o Nastassia Kinski? ¿La langosta o la cecina de chivo? Seamos serios, hombre, que para algo tienes un doctorado y una silla en el departamento.
Incluso en el caso de que una lengua tuviera mayor variedad léxica que otra, no estoy seguro de fuera "más rica". Las lenguas son herramientas de comunicación y, cumpliendo esa función, valen todas lo mismo que las otras. Si no tienen un término, lo toman prestado, lo adaptan o lo inventan.
Imagino que, de cualquier modo, mi profesor estaba más en la línea de Pérez Reverte, que opina que los manguis hablan un español más rico que los universitarios, porque crean nuevas palabras para que nadie les entienda. Sí señor, eso es lucirse, inventar ahora el concepto de germanía. Doctores tiene la Academia…
Luego, después de darle muchas vueltas, acabé por hacerme una idea de qué llevaba al profesor a pensar que el inglés era menos rico que el español. Y es que, aparte de un patrioterismo mal entendido, resulta que los hablantes no nativos de la lengua de Shakespeare pensamos que hablamos inglés, cuando en realidad manejamos una versión abreviada del mismo, simplificada gramaticalmente y con no más de mil quinientas palabras. Y pensamos que es el English de los anglosajones, cuando en realidad es el Globish, una especie de "lingua franca" con la que nos apañamos en el resto del mundo, y que entiende todo el mundo menos los angloparlantes, a los que les suena a chino. Todo esto lo descubrió y lo cuenta mejor que nadie Jean-Paul Nerriere, un antiguo pez gordo de la IBM que cuando pasó de Francia a Estados Unidos se percató de todo el tomate, y lo aprovechó para forrarse con un best-seller.
O sea, que si lo miramos así, por supuesto que el español es más rico que el inglés; claro que habría que usar el inglés en plan "yo Tarzán, tú chita", o al más clásico estilo de las películas de indios y vaqueros.
El problema es que, en unos días, vuelvo a tener clase con el mismo profesor, y algunos compañeros del master me adviertieron: «ten cuidado, que va querer devolvértela». Total, que me puse a rebuscar por ahí y al final me di de bruces con un dato demoledor: los últimos estudios aseguran que en inglés hay casi un millón de palabras vivas, mientras que el español contemporáneo usa unas doscientas setenta y cinco mil. O sea, que si eso es ser una lengua más pobre… Ahora, que a ver quién le explica todo esto, ¿verdad?
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Javier Menéndez Llamazares
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jueves 10 de abril de 2008
Zumo de coca

Y es que lo del zumo adulterado me recordaba mucho, pero mucho, mucho, a la leyenda urbana de mi infancia sobre los caramelos con droga que se supone que se repartían a la puerta de los colegios. Claro que a nosotros, como íbamos a un cole pobretón, allá en La Palomera, nunca nos trajeron nada; ni siquiera vino Gurruchaga con su abrigo gris a repartir golosinas, a Dios gracias. Bueno, que me lío; sigo.
La cosa es que en Andalucía se produjeron algunos casos de intoxicación después de tomar un zumo tropical, y cuando la policía se puso a investigar el asunto, resultó que la bebida, aparte de los ingredientes declarados, llevaba cocaína como para encalar un par de paredes.
¿Cocaína en un zumo de frutas? ¡Coño! ¡Eso sí que es hacer promoción a lo grande! Y encima gratis, con riadas de tinta en la prensa y mención en todos los telediarios y partes radiofónicos. Porque, visto el panorama de consumo de estupefacientes en Expaña, la cosa suena a negocio a lo grande. Ya me extrañaba a mí que los chavales de la facultad siempre pidan "biofrutas tropical" en la cafetería del campus, con lo asqueroso que debe de saber…
Pero, volviendo a la noticia noticiosa, ¿qué coños es eso del noni? Por lo menos tendrá alcohol o algo, ¿no? Pues qué va… El caso es que, después de brujulear un rato, encontré por ahí un panegírico con las bondades del susodicho néctar. Voilà:
Recuerda a algo, ¿verdad? En concreto, a esos elixires maravillosos que venden los charlatanes de feria, y que lo mismo sirven de crecepelo que para quitar el mal de amores. Claro que se les ha olvidado la propiedad más importante, vista la composición que los ceeseís de la Benemérita le han encontrado: la de colocarse. Vamos, que curar no se sabe si cura, pero si te pone como una moto, ¿qué más da? Visto así, no me extraña que los chamanes polinesios le peguen al noni desde tiempos ancestrales; ¿o es que alguien ha visto alguna vez a un chamán tonto? Colgado sí, pero tonto…
Algunos de los problemas para los que tomar Noni puede ayudar.
El Zumo de Noni es de un color marrón-rojizo y procede de la fruta del árbol Morinda Citrifolia. Ha sido utilizado miles de años por los "chamanes" polinesios y aún se usa como fuente primaria de medicina alternativa para ayudar en condiciones tales como:
* Dolor
* Inflamación
* Quemaduras
* Alteraciones de la piel
* Lombrices
* Náuseas
* Intoxicación alimenticia
* Fiebres
* Problemas Menstruales, de Colon
* Mordeduras de insectos, animales, etc.
Aunque, analizándolo seriamente, algo no cuadra; y es que no puede ser un buen negocio. Según un informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga (Onudd), conseguir un gramo de coca en España sale por 14,92 €, riesgos aparte. Y la botellita de marras se vende a 42 dólares de vellón. Vale que el dólar está por los suelos y tal, pero si entre portes, distribuidores, mayoristas y tasas fiscales se comen al menos un 65% del p.v.p., y la papelina de coca anda por los 15 eurípides, no salen las cuentas. Vamos, que mucho, mucho... no va poder colocar.
Vamos, que me da que la cosa fue una falsa alarma, y que los aficionados al género van a tener que seguir machacándose el tabique y financiando los imperios colombianos, en vez de apañarse con un chupito polinesio. Y es que no podía ser ni tan sencillo, ni tan barato. Como lo de las drogas a la puerta del colegio, vamos. Que igual alguna vez puede que hasta incluso algo hubiera, pero que de repartirlas a espuertas nasti de plasti. ¡Menudas colas que habría habido entonces en la entrada de los colegios de los ochenta! Vamos, que ni novillos iba a hacer algunos. Porque si ahora sale Pocholo en la tele avisando («No te metas en las drogas. Ya hay mucha gente dentro... ¡y no hay para todos!»), en los años dorados ya corría el rumor —no confirmado— de que no sé quién de Extremoduro había puesto un cartel en su casa que decía: «Si dejas las drogas... déjalas aquí». O sea, que como para andar regalándolas por ahí, o metiéndolas de gratis en zumitos tropicales. Anda ya.
Pero el caso es que a mí todo esto me ha dejado escamado. Porque, vista la estrategia comercial del zumo de noni, los consumidores del tema son los naturistas y demás interesados en la vida sana y las terapias alternativas. Vamos, que presentan al noni más o menos como se presentó hace dos décadas al áloe, una panacea universal; algo conozco el paño, pues mi madre es una firme defensora de las virtudes de la planta.
Y me da por pensar si al áloe, como en su día a la cocacola, y sobre todo a la cocacola de las chicas que llegaban luego "mareadas" a casa, no les echarían algo... Porque tanto éxito del cactus ése es bastante sospechoso. Mamá, ¿no tendrás nada que contarme, no?
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Javier Menéndez Llamazares
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miércoles 9 de abril de 2008
¿Un mensaje de paz y unidad?

Lamentando las protestas ciudadanas en Londres y París al paso de la antorcha olímpica, al presidente del Comité Olímpico Internacional sólo se le ha ocurrido declarar que «un símbolo de paz y unidad ha sido atacado». Hermosas palabras, tan redondas, tan sonoras... "Paz" y "Unidad". Claro. Claro que sí. "Paz", como la que queda en las calles después de que un ejército cargue sin piedad contra ciudadanos desarmados. "Unidad", como la que tanto adoran en los países ocupados militarmente por vecinos más poderosos. Sí señor, un gran símbolo ése. Aunque, por otro lado, ¿qué iba a decir el presidente del COI cuando le tocan lo más sagrado? Porque para él, como para cualquier particular, lo más sagrado se lleva a la altura del corazón: la cartera, por supuesto.
Le entiendo, cómo no. En su caso, yo también me mosquearía si a una pandilla de antisistemas y neojipis trasnochados les diera por entretenerse apagando la llama que me da de comer —porque los presidentes, a esos niveles, no suelen cobrar sueldos, sino "dietas"; generosas dietas, por cierto, capaces de alimentar a batallones enteros—. Con lo que cuesta traerla desde Grecia, y luego llevarla de Europa a América... que digo yo que la enviarán por internet, porque no va a ser cosa de ir en avión quemando oxígeno, ¿no?
Símbolo de paz y unidad, sí... Qué maravilla. Como la cocacola, que es la chispa de la vida, igualito. La verdad, yo no sé si es que los dirigentes del mundo mundial son unos ingenuos de libro, o si es que están convencidos de que los demás somos todos gilipollas. Porque venir a estas alturas a hablar de símbolos y utopías... en fin.
Puestos a buscar simbolismos, se me ocurre que se podría estudiar el anagrama que utilizan los sucesores de Cubertain, y buscarle tres pies a cada aro.

Para mí que el aro azul va de competitividad. Representa el esfuerzo, el sudor de los atletas, que ejemplifican una característica específicamente humana: el deseo de ganar. Ese "altius, citius, fortius", que en realidad quiere decir ser más rápido que otro, más fuerte, más grande, más rico, más cabrón... En fin, todas esas motivaciones que pueblan la psicología deportiva, que explican los torneos medievales, las peleas en el patio del colegio y hasta el sistema económico capitalista. Lo bonito del deporte, vamos.
El arito negro es un asunto turbio, claro. Me da que lo han puesto ahí para simbolizar los oscuros intereses políticos que se esconden detrás de las Olimpiadas. Un poco al estilo de Laporta y su concepción del fútbol como una forma más de luchar por el independentismo catalán, los Juegos son un escaparate promocional por el que suspiran gobernantes de todo pelaje, ansiosos de chupar cámara a escala planetaria. Y de gratis, prácticamente.
El rojo, el color más vivo y llamativo, debe de estar ahí en homenaje al espectáculo. Porque los Juegos Olímpicos, más que un acontecimiento deportivo, una fiesta de la paz mundial, de la unidad, de los funcionarios de los comités locales y demás zarandajas, son un espectáculo. Espectaculares, sí, pero también un espectáculo como el circo, los fuegos artificiales o las varietés; o sea, un tinglado de entretenimiento que se hace para cobrar la entrada al "respetable".
No podía faltar, evidentemente, el color áureo. Ese doradito que tanto nos recuerda al oro, o a las antiguas rubias más queridas, las pesetas. Y es que el deporte, y especialmente a esos niveles, es un negocio. Un juego en el que todos ganan: Ganan los deportistas. Ganan los entrenadores. Ganan los organizadores. Ganan los jueces. Ganan los políticos. Ganan los reventas. Ganan los vendedores de pipas y refrescos. Ganan las productoras de televisión. Gana los esponsores. Ganan los fabricantes de ropa deportiva. Sólo me queda averiguar qué coño ganan esos espontáneos empeñados en apagar la antorcha.
Para rematar, hay un aro verde. Sólo que en este último el color no es muy importante; nada de esperanza ni chorradas de esas: ése está ahí para recordarnos a todos que hay que pasar por él, que hay que "pasar por el aro". Quieras o no, sea con impuestos directos o indirectos, o simplemente al tomar un colacao —"alimento olímpico oficial"— estás metido en el fregado, colaborando con la causa. Quieras o no.
Y es que a mí me da un poco igual saber si la nandrolona y los esteroides pueden hacernos correr cien metros en nueve segundos, o lo lejos que se puede tirar una piedra cuando te dedicas profesionalmente a ello. Y conste que me gusta verlo por la tele, que me entretiene lo del esfuerzo y la superación y tal, pero para mí el deporte es otra cosa; es jugar al balón en el prado, irse a echar unas canastas con los amigos, saber perder, saber ganar, tomar unas cañas en el tercer tiempo... Cosas que se hacen sin aros, y sin antorchas.
Vamos, que cada vez que oigo el manido tópico del "espíritu olímpico" se me cae el alma a los pies. Por cierto, espero que apaguen esa llama. Y todas las llamas que haga falta. ¿O es que ya no mola un buen boicot?
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Javier Menéndez Llamazares
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sábado 22 de marzo de 2008
El reparto del pastel
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Javier Menéndez Llamazares
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