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viernes, 6 de abril de 2007

La mi casina


Siempre es grato volver a casa, pesar del frío, los atascos. Te reencuentras con la familia, con los viejos amigos y vuelves a recorrer los lugares de la infancia.
Yo nací aquí, en León, y esta fue mi casa hasta los veinte años. Luego vinieron otros lugares, quizás más excitantes, con más oportunidades, quién sabe. Pero mi casa siempre estará aquí.
El barrio de La Palomera, donde me crié, ahora ya no tiene descampados; nadie caza grillos ni dibuja porterías en la tierra con un palo. Ya no están los caballos de los gitanos ni la vaquería; pero cuando camino por sus calles —tan viejas para mí, y sólo es un ensanche de los setenta— revivo todos los momentos que viví en ellas. El colegio, el instituto, la universidad, veinte años en apenas dos kilómetros cuadrados.
Es curioso que ahora me emocione volver; recuerdo que pasé toda mi adolescencia fantaseando con escapar de aquí, con las aventuras que me esperaban en Madrid, en París, en Nueva York... Al final me fui y, desde entonces, como un tonto, sólo pienso en volver.
Aquí viven mis padres, mi hermano Andrés, aquí conocí a Pilar y aquí nació nuestro hijo. Hay algo en el terruño que te une a él, que siempre va contigo; seguramente sea eso que llamamos «memoria».

Nota. Una perla lingüística más para Valen: en León —en lo poco que nos queda del leonés— se antepone el artículo al posesivo. Ya no es un uso común, pero sí tiene un gran sentido sentimental, como el diminutivo. Por eso lo usamos para lo que más queremos, como «la mi casina».

2 comentarios:

Valen dijo...

Javier, muchas gracias por tu perla, aunque sólo sea lingüística...

No soy un completo desconocedor de tales giros. Aunque no supiera que fuesen castellanos, o leoneses, por la Montaña también se oyen. No es del todo excepcional escuchar un "la mi mozuca" o "la mi yegua", que en algunos parajes hasta resulta ser casi lo mismo...

No obstante, gracias por la perla.

ANA DE LA ROBLA dijo...

No sé si es la memoria... Más bien pienso que, de algún modo, siempre necesitamos volver. A algún sitio, geográfico o no, adonde sea. A la ciudad, a la niñez, a los espacios en que uno ha sido alguna vez feliz o ha estado protegido o simplemente era todo más fácil, menos insidioso. Yo soy de Santander pero leonesa de familia (mi apellido me delata), y de vez en vez necesito el retorno. Olisquear el peculiar aroma de la casa de los abuelos, cerca de la Catedral; rememorar el sabor de los frisuelos; caminar por unas calles que ya no son así. Y luego me entristezco y me quiero marchar de nuevo. Disfruta y paladea tu regreso. Un abrazo.