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martes, 22 de mayo de 2007

La tensegridad según Valentín Gómez Jáuregui

La ingeniería como una de las bellas artes: eso es lo que consigue transmitirnos Valentín Gómez en su libro "Tensegridad: Estructuras tensegríticas en ciencia y arte", que se presentará dentro de unas horas en Santander.
¿Qué es la tensegridad? Valentín, como es un poeta, nos dice que son "arpas tridimensionales en el espacio". Luego, mucho más técnico, nos da una definición precisa, llena de jerga científica, pero, para entendernos, son esas construcciones formadas por tubos metálicos que, sin llegar a tocarse, parecen sostenerse mágicamente en el aire, y mantienen su inesperado equilibrio gracias a cables en tensión.
Tan sencillo, y tan complejo. Véase, como muestra, esta prodigiosa escultura de Kenneth Snelson, "Sleeping Dragon".




Valentín ha dedicado varios años a estudiar este fenómeno, y en una obra tan rigurosa como accesible lo pone hoy al alcance de todos. Y sé bien de lo que hablo, pues he tenido la fortuna de participar en la producción material del libro.
Y, en el proceso editorial, descubrí también una interesante historia, oculta entre sus páginas: la disputa entre dos expertos por reclamar su descubrimiento.

Los dos autores en liza son el ingeniero e inventor Richar Buckminster Fuller, y el artista plástico Kenneth D. Snelson. La historia arranca en el verano de 1948, cuando Fuller era profesor —y, además, de rebote, sustituyento a un colega— de un College de Carolina del Norte. Por allí apareció entonces Snelson, que sólo era un estudiante de Bellas Artes, que estaba investigando los modelos tridimensionales con la intención de aplicarlos a la escultura.
Fascinado por las corrientes de la ingeniería del momento, el joven estudiante comienza a crear sus propias obras, aplicando las teorías de —entre otros— Fuller. Así, en el verano siguiente, crea la primera escultura tensegrítica. Y, emocionado, se va derechito a buscar al profesor para mostrarle su hallazgo. Y, tal y como suceden estas cosas, el docente, que en seguida vio el alcance del asunto, debió de decirle: "tranquilo, que ya me encargo yo de todo".
Fuller lo llamó "tensegridad", a partir de su concepto de "integridad tensional". De hecho, lo llamaba "mi tensegridad". El joven alumno, que de buena fe estaba esperando el reconocimiento de su labor, empezó a ver cómo pasaban los años y el profesor aparecía en todos los foros como artífice en solitario del descubrimiento.
Años después, Fuller, que se había atribuido todo el mérito, acabaría por ceder a las presiones del artista, llegando a admitir que, durante sus investigaciones, Snelson "aportó una ayuda intuitiva extraordinaria". El profesor fallecería a principios de los ochenta, sin llegar a reconocer por completo la intervención del entonces alumno en el descubrimiento.
¿A quién corresponde, pues, el hallazgo? Valentín Gómez Jáuregui tiene su propia opinión al respecto, pero no sería apropiado revelarla aquí. Para ello, os recomiendo que consigáis su libro, donde lo explica todo claramente.
Mientras tanto, podemos ir abriendo boca con esta espectacular muestra de tensegridad, la Torre de Agujas. Torre a la que seguro que algún becario despechado no le importaría subir a algún que otro mentor, con intenciones nada edificantes.


2 comentarios:

Franfer dijo...

Tensegridad suena como "tensa seguridad" (lo mismo que "Constantino" a "Constante Tino", que dijo un gran escritor de cuyo nombre no quiero hacer mención). Siempre son interesantes esas disputas infantiles por asegurar que "yo fui el primero que lo vi", se aprende mucho del género humano. Los científicos son gente afortunada, pueden pasarse la vida entera jugando.

Javier Pérez dijo...

Hay una ley en matemáticas: cuandoi un teorema lleva el nombre de alguien, ese alguien no es quién lo aportó.

Prueba a buscar algunos.

saluuuuuuuuuud