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miércoles, 30 de mayo de 2007

El ocaso de la correspondencia

Hace tiempo que por correo ya no llega nada bueno, que cuando abres el buzón, aunque esté lleno, sólo encuentras propaganda, cartas del banco y disgustos.

Todo empezó con las mensajerías, capaces de entregarte por la tarde el paquetito que habrías recibido a la mañana siguiente, aunque el servicio resultaba diez veces más caro. Las agencias arrinconaron a los carteros, a los que arrebataron incluso el uniforme. Y en lugar de vespas amarillas, coparon las calles las furgonetas con acrónimos y sus mensajeros de sueldos menguantes y contratos precarios.
Luego, entre el pirateo y las tiendas de Internet, se acabó el comprar discos por catálogo, la hojita en el buzón, la caminata hasta correos, los nervios al comprobar si los discos se habían dañado en el trayecto.
Este ocaso no afecta sólo al transporte de mercancías: tampoco las buenas noticias llegan ya por reparto postal. Antes, si ganabas un premio o te concedían una beca, vivías en la ignorancia hasta que llegaba una carta con la buena nueva. Ahora, la buena fortuna tiene alas: si ganas un concurso te llama el jurado por teléfono, si Hacienda te devuelve algo te lo comunica con un mensajito al móvil, y si has aprobado un examen la nota aparece en Internet. Nada de esperar: nunca es pronto si la dicha es buena. Incluso —tengo entendido, porque no ha sido mi caso—, cuando un editor acepta publicar tu libro, no te escribe: te llama para avisarte de que te va a enviar un contrato… por correo.
Aparte de las buenas noticias, lo que más nos gusta a todos encontrar en la correspondencia son las cartas de los amigos y familiares. ¿Las recuerdan? Sí, hombre, esas hojitas escritas a mano, que empezaban con el lugar y la fecha y terminaban con un parabién y un garabato —aunque hay verdaderos artistas de las rúbricas—. Claro, las cartas personales. Las había de la novia —las más queridas—, de los amigos lejanos, de pésame, ilustradas, perfumadas, de cumpleaños o hasta preñadas —con algún regalito dentro, un pequeño billete o un talón. Y luego estaban las postales, una especie postal a medio camino entre el exhibicionismo y la economía más ajustada. Y las cartas que nunca llegaban, esas que te dejaban dudando entre la fiabilidad de Correos y la de tu corresponsal. Y ahora, una carta manuscrita es un objeto exótico, una reliquia del pasado. El correo electrónico —más barato, más rápido, más ecológico— ha sido el lógico sucesor; claro que también carga con sus lacras, como la de esos amigos tan queridos que, a falta de algo que contar, se despachan con una ración de vídeos cutres o pogüerpoins de mamonadas, en lugar de decirte: «¡Eh! ¿Qué tal? Te echo de menos. Besos». Si con eso basta, no hace falta atascar los servidores.
De modo que, al final, en los buzones de los portales, o en esos improvisados en las ranuras de las puertas, ya sólo entran malas noticias: que si una multa de velocidad, que si le debes tanto al banco, que si hay reunión de vecinos…
Y, a pesar de todo, cada día, cuando llego a casa, lo primero que hago es abrir el buzón, ilusionado, esperando que hoy alguien, por fin, se haya acordado de mí.

10 comentarios:

Pussy Galore dijo...

ahora las cosas buenas llegan por e-mail.
Saludos!

Jesús Montoya Juárez dijo...

Querido Javier,

gracias por el enlace. Yo también te he enlazado, te leo seguido.

Nos seguimos encontrando,

Jesús.

rakel dijo...

ola! cuánta razón tienes amigo javier... pero lo cierto es que ahora la emoción llega al encender el ordenador, porque aunque sea más frio, los amigos siguen acordándose de uno, incluso hay respuestas en el mismo dia. Los tiempos han cambiado, rápidamente, han cogido velocidad.
Yo sigo mandando postales de los sitios a los que viajo, pero creo que es lo único que mando por correo.
Pero tu no te quejaras, con tantos lectores -muchos buenos amigos- que te buscan todos los dias, te leen, te dejan sus comentarios y valoran tu trabajo... eso no lo ofrece el cartero...

noemi dijo...

Vivimos hambrientos de comunicación :). Es nuestra naturaleza.

Ing. Cardioide dijo...

Bastante interesante!

Yo todavía recibo cartas de una amiga que vive en Oxford, Inglaterra. Creo que es la única amiga con la que tengo contacto vía carta. También me escribe correos pero es mucho mejor las cartas tradicionales.

Lo malo del e-mail es que ahora te envían cosas que ni al caso (que de todas maneras terminan en el Trash como bien dices). Cuando envían .pps's o documentos para abrir yo los boto jaja, a menos que sea un documento que esté esperando.

Alguien que quiera escribir a mi correo? jajaja broma :P

Aloha Javier! Le mando un abrazo,

Lalo.

ANA DE LA ROBLA dijo...

Tiempos duros para el romanticismo, amigo. procuremos adaptarnos o nos convertiremos en dinosaurios; y lo que es peor: siempre habrá alguien que nos lo recuerde. Besos.

Mia Echauri dijo...

Yo puedo ayudar, si me mandas tu dirección con gusto enviaría por lo menos una postal de la Ciudad de la Esperanza.

Besos,
Mia

elperdedor dijo...

Me alegra leer este post tuyo. Yo también vengo de ajustar cuentas con aquellos epistolarios que me procuraron aventuras sin cuento y algún que otro desengaño.

Tienes razón en todo. Antes enviábamos nuestras palabras a ver mundo, y nos quedábamos esperando una respuesta en ilusionada vigilia. Somos de una época que asiste a la extinción de sus propios dinosaurios: las cartas, los discos de vinilo, las máquinas de escribir... (añade lo que quieras)

Un saludo nostálgico

mgqeaol dijo...

Tienes mucha razón, yo también lo primero que hago al entrar al portal es mirar el buzón, bueno, lo segundo...primero doy la luz. En mi buzón, como en el tuyo y en el de casi todo el mundo, lo único que hay es cartas del banco, facturas y propaganda de TelePizza...qué le vamos a hacer, nos hemos dejado absorber por las nuevas tecnologías.
Muy buenos tus cuatro párrafos como siempre, besos

Javier Pérez dijo...

Joer, se marcha uno tres días y dejas trabajo para leer un mes.

Estás en vena, tío.

Pues que siga.

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