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viernes, 4 de enero de 2008

Escritores en el Húmedo, 2. Javier Pérez


Es curioso, pero no siempre se consigue fraguar una amistad al primer intento. A veces, el asunto puede tomar su tiempo, años incluso.
Yo conocí Javier Pérez cuando ni siquiera era Javier Pérez; todos le llamábamos Odín, el pseudónimo con el que firmaba en Campus, revista universitaria en la que coincidimos a principios de los noventa.
¿He dicho ya que entonces no éramos especialmente amigos? Bueno, pues me he quedado corto: en aquel momento éramos uno la antítesis del otro. Él estaba todo el día de cachondeo, pero le gustaban los autores clásicos y circunspectos, y se cascaba unos ripios de cuidado. Yo, en cambio, me tomaba muy en serio mi pose de cultureta, aunque sólo leía a Boris Vian y a Bukowsky, y me daba por firmar artículos campanudos y poemas pretenciosos, de clara advocación gamonedina.
Odín representaba, por así decirlo, el ala conservadora de Campus, y a mí me gustaba pensar que estaba en la renovadora.
Marcelino, que era el director y tenía una concepción muy monárquica de la revista —y de la vida, añadiría—, siempre a vueltas con organizar su sucesión, enseguida tuvo claro que la nuestra sería una combinación perfecta: Javier tenía una clara visión mercantil —no en vano, es economista—, y yo podría centrarme en la parte artística y comunicativa del tinglado. Una idea perfecta que yo, como el perfecto membrillo que siempre he sido, rechacé, con un pie en el estribo del avión que me llevaría a conquistar Europa.
Luego, no volvimos a vernos más que esporádicamente, en algún encuentro casual por las calles de la vieja ciudad, que sirvió para comprobar lo oportuno de mi espantada, porque Campus aún existe. De haberme quedado para comandar la revista, a buen seguro que habría sido más vistosa; de lo que ya no estoy tan seguro es de que aún siguiera publicándose, así que en ese sentido, al menos, debo dar por bueno mi patinazo.
Años, muchos años después, sin revistas ni delfinatos de por medio, volvimos a tratarnos. Y diría que es ahora cuando nos hemos conocido realmente. Él sigue con su tono jocoso, sin parar de reír estruendosamente y fumando una pipa siempre que puede, pero ya no hace ripios sino novelas policíacas. Sigue hablando de Mann y de Forster y de detalles económicos de la República de Weimar, y utiliza un castellano claro y recio; aún habla alto, aunque menos, pero todavía modula la voz para recalcar los guiños y las provocaciones. Se ha pasado quince años escribiendo cada noche, dejándose las pestañas en miles de páginas, y cada hora del día dándole vueltas a relatos, frases y hasta palabras —con la impagable ayuda de Chema, José María Menéndez López— en busca del texto preciso, de la obra redonda. Y así se ha convertido en un escritor de fuste; no en vano, es el autor leonés de nuestra generación con mayor reconocimiento; al menos, el único que publica en una editorial como Planeta y se lleva premios con montones de ceros, como el Azorín.
Javier Pérez —porque ahora se llama así, aunque se me hace raro llamarle "Javi" cuando nos vemos— es también un inquieto activista de la red. Entre otras locuras varias mantiene, que yo sepa, al menos tres blogs (éste, éste y éste) y un buen montón de páginas dedicadas a la literatura. Sobre todo esto hablamos estos días en León, mientras recorríamos el Húmedo.
Arriba y abajo, de bar en bar y de tapa en tapa, Javier me comentaba su visión sobre el fenómeno blog. Y tiene miga la cosa, porque está a medio camino entre la nostalgia y las teorías de la conspiración: antes de los blogs, los internautas acudían a los foros, y allí se producía una gran debate social. Un debate muy fructífero pero, sobre todo, muy libre. Y eso no es bueno para el poder, porque no era "controlable". Los blogs, sin embargo, suponen una atomización de la opinión: todo el mundo opina, pero no importa, porque muy pocos te leen. El resultado es la eliminación de la crítica, o al menos, de su repercusión. Y ahí ve Javier Pérez una "mano negra".
Y más sobre blogs: ¿de verdad está la "firma" en decadencia, como decían en El País hace unos días? Javier —que, como yo, no utiliza pseudónimos— tampoco parece creer que los autores, por más cibermodernos que sean, renuncien al reconocimiento público. «Escribimos para que nos lean, qué cojones, pero para que nos lean a nosotros. Eso fue exactamente lo que dijo —bueno, así más o menos—, antes de que llegásemos a la conclusión de que en la red no sirven los mismos papeles que en las publicaciones impresas, donde el autor es hegemónico y el lector se mantiene en su papel. Hay menos dinamismo, pero el escritor, para qué negarlo, busca un estatus, un reconocimiento que es más evidente en los formatos tradicionales, donde no todo el mundo puede vivir la fantasía de ser escritor, sin necesidad de pasar por ningún tipo de filtro.
Nuestra conversación —cosas de la navidad y los compromisos del momento— quedó ahí, pendiente de un próximo encuentro. Entretanto, os recomiendo la lectura de la primera novela de Javier, «La crin de Damocles», y de la segunda, que aparecerá en breve.

10 comentarios:

Mariano Zurdo dijo...

Yo que también soy escritor de muchos ceros (pero en rojo) y sin más planeta que mi blog, estoy de acuerdo con los dos, qué cojones. Yo también escribo para que me lean a mí. Si digo lo contrario miento. Y eso está muy feo.

La interrogación dijo...

Hombre parece obvio y evidente que escribir blogs es para que nos lean, si no, lo seguiríamos haciendo en nuestra casa y en nuestras libretas. Pero también están los que además de que les guste escribir, les gusta leer y, al igual que nos gustan las novelas o los ensayos bien escritos e interesantes, entre los blogs se pueden encontrar algunas joyitas literarias e interesantes artículos de opinión.

Así que, todos contentos, no?

Besos

Javier Pérez dijo...

No te extrañe que te suene raro llamarme Javier Pérez, porque yo mismo me pregunto a ratos de quién estarás hablando.
Dicen por ahí que más te vale ponerte a cubierto de la buena memoria de los amigos, pero en este caso veo que más me valiera librarme de la mía, porque yo lo recuerdo todo mucho más cutre.
El periódico CAMPUS era, desde luego, un punto de encuentro de la gente que tenía ganas de hacer algo. Creo que Marcelino Rodríguez o José María Menéndez, uno de los dos, acuñaron aquella definición de “pedestal de mediocres y sumidero de genios” y me parece imposible encontrar otra mejor.
Nos encontramos allí y no disentimos tanto en ideas como pudo parecer. Simplemente no llegamos a disentir porque las ideas fueron un escalón que las divergencias estéticas nos impidieron alcanzar. Porque ya me dirás cuándo, en aquellos tiempos, discutimos de algo que no fuese estético. Todo era apriencia, y marco. Poco más.
Y las cosas como son: yo fui siempre el lado cutre, aferrado a la teoría del muro o la represa que a veces defiendo todavía. ¿Os la cuento? Ahí, va:
Creo que el deber de todo el que ame la cultura y el arte es oponerse a lo nuevo aunque sólo sea por el mero hecho de ser nuevo. Creo que la figura del rancio, carca, reaccionario y apolillado es absolutamente necesaria para que las novedades tengan que pasar al menos un filtro, o una barrera. Las nuevas ideas y las nuevas tendencias deben encontrarse con un muro en el que probar su fuerza, y si son lo bastante pujantes para llevarme por delante, yo seré el primero en alegrarme de mi derrota. Pero si son enclenques, enfermizas o sin sustancia, que se estrellen y desaparezcan. Por eso me gusta oponerme a lo nuevo: para que me aplaste si vale la pena o se desintegre si no.
Creo, de veras, que más hicieron por el gótico los amantes del románico que lo denigraron que todos sus admiradores posteriores. Lo creo de veras.
Por lo demás, es cierto que luego, cuando poco había que reñir, Javier y yo nos encontramos un día hablando, y él seguía con el tono pausado aunque había renunciado a los amaneramientos verbales tanto como yo a las frases orondas del buen amigo Menéndez, cambiadas, igual que él, por naturalidades más cercanas, o pedestres, o tal vez reales. Así nos vimos, y nos sorprendimos de hablar el mismo idioma, como sui fuésemos dos actores que llevan siglos enfrentados en papeles antagonistas sobre un escenario.
Lo de los blogs, lo pienso de veras. El foro era socializante, el blog atomiza y desmoviliza. El foro era progreso, como la asamblea; el blog es reaccionario como un púlpito. Si su triunfo es casual o dirigido, cada cual decida.
Por mi parte, me extendí demasiado. A ver si hay nuevos vinos en el Húmero para tener nuevas conjuras que pelar.

Un abrazo, hombre, un abrazo.

P.D: me he gustado tanto que lo mismo pillo un párrafo para uno de esos ladrillos míos.
:-)))))

ANA DE LA ROBLA dijo...

Me ha gustado mucho el tono evocador de tu texto -nostalgias del Barrio Húmedo, ego quoque-, y también he disfrutado con la respuesta de Javi. La teoría del muro... interesante propuesta. Quizá yo no la expondría de modo tan radical, pero sí estoy de acuerdo con él en que a lo nuevo debería exigírsele la acreditación de su valía, la superación de los logros que afirma haber dejado en la cuneta. Ahora se tiende a ensalzar todo aquello que desprestigia lo anterior precisamente por el mero hecho de incidir en ese desprestigio de lo previo.
Un abrazo y un beso pseudovacacionales.

Zeta dijo...

Yo también me sumo a la lista, escribo para que me lean! En todo caso, leer y ser leídos, creo que eso suena mejor, salute!

Javier Pérez dijo...

Sí, Ana, mi teoría e sun poco radical.

Vénceme si quieres que te ame.

Radical, pero no tan nivedos, ¿no crees?

Desesperada dijo...

buf, yo lo confieso sin reparos, si no me leyesen no seguiría con el blog, me encanta que me lean... y leer. bicos.

Carlos Añejo dijo...

A veces escribir es hablar con uno mismo. Yo escribo porque no me aguanta nadie más que yo. Y, siendo sincero, hay días que ni yo mismo me aguanto. Esos días no escribo.

BETTINA PERRONI dijo...

Sabes?... yo descubrí que me gusta escribir a raiz de mi blog... nunca pensé que me gustara tanto.

Bien,

Me encantó como siempre su escrito. Madera de buen escritor! ;)

Feliz 2008!

Jovekovic dijo...

No va nada desencaminado tu amigo, Javier Pérez, sobre la dinámica de los blogs, y la muy distinta de los foros. Pero pese a todo, creo que los blogs siguen siendo un vehículo extraordinario para descubrir gente, afín o no.