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miércoles, 2 de enero de 2008

Escritores en el Húmedo, 1. Bruno Marcos


Tenía un encuentro pendiente con Bruno Marcos. Hace años —décadas, incluso— que nos empeñábamos en postergar una cita que, dadas las circunstancias, era inevitable. Y es que las coincidencias eran demasiadas: misma ciudad, mismas aulas, mismos maestros, mismos vicios...
Tan sólo tres años nos habían separado, aunque esa pueda ser una diferencia suficiente como para habernos convertido en eternos desconocidos.
Durante los años de bachillerato oí hablar de él con insistencia al que fuera mi maestro en las letras, que antes había sido el suyo: Justo Lombraña. Justo era un gran profesor, exigente pero fascinante, capaz de reconvertir a un punk-rocker adolescente —a lo Stray Cats, para ser exactos— en un exaltado aspirante a poeta.
Desde aquella época, el profesor siempre había tratado de ponernos en contacto, aunque infructuosamente. Tuvo que ser la red, y esa manía de algunos por andar enredando, sea entre libros o entre teclas, lo que finalmente nos llevara a conocernos. A conocernos personalmente, por supuesto, porque yo ya hacía tiempo que tenía noticias de la actividad de Bruno Marcos: sus premios, libros, artículos y exposiciones hacen imposible ignorarle, a poco atención que se preste a la actividad cultural leonesa.
Hace algunos meses comencé a leer su blog —uno de ellos, el «Diario de Bruno», porque ha escrito ya varios—, y me resultó tan interesante que no pude reprimir mi incontinencia comentarística. A partir de ahí, alea jacta est, ya todo fue rodado, hasta que hace unos días, finalmente, nos encontramos.
Habíamos quedado frente a la tienda de Jaime Torcida, la Abacería del Condado, sin prever que el ferioso/furioso mercadillo navideño había tomado al asalto el callejón que bordea las viejas murallas del Jardín del Cid. Aún así, pude reconocerle de lejos: era el único peatón que llevaba libros en la mano (más tarde me confesaría que había comprado en un puesto un par de tomos del dietario de un conocido escritor leonés).
Para mi sorpresa, él también me reconoció enseguida —siempre olvido que mi narcisismo me hizo coronar el pórtico de este blog con el lado bueno que, tras muchos esfuerzos, consiguió encontrarme Juan José Cacho— y me tendió una mano inesperadamente cálida. Al principio me pareció algo mayor de lo que esperaba, hasta caer en la cuenta de que quizá yo también resulte, en realidad, mucho más viejo de lo que yo me considero.
También me pareció muy formal. Y normal; al menos, muy normal para ser un escritor y un artista. Debo confesar, eso sí, que me pareció excelente: me gusta la gente corriente; sobre todo, la que hace cosas extraordinarias y procura no darse demasiada importancia. Por ejemplo, Bruno podría pasar por un profesor de dibujo más, aunque, en cuanto nos sentamos en El Cafetín y empezamos a charlar, enseguida fue evidente todo lo que este escritor tiene que decir.
Tocamos muchos asuntos, pero en especial hablamos sobre internet y sus relaciones con la literatura. Yo estaba especialmente interesado por conocer su punto de vista sobre el papel del autor y el valor de la firma en el nuevo contexto del ciberespacio, y él me hizo ver lo positivo de que todo el mundo pudiera acceder a un blog, de esta democratización de la literatura.
Luego me regaló un ejemplar de "Nevermore", un libro que recoge una selección de textos y dibujos aparecidos en su blog homónimo y que le acaba de publicar la Universidad. No confesaré que aquella exquisita edición bien podía hacerme palidecer de envidia... La cuestión es que seguimos hablando de blogs, y de las dificultades de mantener la periodicidad que ha encontrado en su último proyecto, el «Diario de Bruno», un blog que en realidad es un diario del año 2007, para el que se propuso escribir una entrada cada día. Una tarea ciclópea, que acaba de concluir.
Lo más curioso, sin embargo, nos sucedería después, cuando bajamos hasta Pallarés y le presenté a Jaime Torcida, que quería conocerle. Y es que un año antes Bruno había publicado en el Diario de Leónun artículo en el que relataba su odisea por las librerías de viejo de la ciudad, y lo que en ellas había encontrado: libros, revistas, folletos y plaquettes de una generación perdida, la que él llamó "los escritores secretos", todo ello abandonado y vendido como si fuera mercancía de contrabando, en una antigua carnicería abandonada. Incluso habíamos hablado de ello unos minutos antes, tras denostar los esfuerzo de la prensa —y de los propios interesados— por crear una enésima generación literaria. Y resultó que Jaime —que tuvo un oscuro pasado como librero antes de su brillante presente como abacero y proveedor de caldos y embutidos a la sombra del Palacio de los Guzmanes— no sólo conocía aquel artículo que Bruno creía olvidado, sino que además era el propietario original de aquellos libros perdidos, libros escritos por sus amigos e, incluso, editados por él en algún caso.
Fue lo que dio de sí aquella tarde, en la que finalmente conocí a Bruno, y que supongo que será el primero de muchos encuentros entre dos desconocidos condenados a conocerse.

8 comentarios:

Mariano Zurdo dijo...

Bonito encuentro desde luego. La fascinación suele tener su mejor sustento en la normalidad.
Besitos/azos.

Jovekovic dijo...

Ahora sí qué he de ir a León.

Desesperada dijo...

hombre, por fin has retornado vagonetis!!!!! y para contarnos este entrañable encuentro, qué bonito!

Bruno dijo...

Hombre, Javier, esperaba un poco más de maldad en tu retrato. Lo único que me notas viejo como Avellaneda a Cervantes. Sin ser yo ningún Cervantes te puedo decir lo mismo que él respondía en su prólogo a la segunda parte del Quijote, que se nos llama viejos como si en nuestra mano esté el detener el tiempo.
Ya lo pensé al vernos, que los dos estaríamos tentados de escribir el correspondiente suceso en sendos blogs...
Me queda lo que ya os dije esas tarde, esas ganas de escribir sobre esa gente, ya te pasaré el artículo y seguro que tú sabes cosas de ellos.
Noté en Jaime algo de resquemor hacia su propia generación, ¿no te pareció?

Tarántula dijo...

Buen post, me quise quedar, así me pasa cuando leo algo con cadencias y tempos y palabras bien administradas y acogedoras.

Saludos, seguiré visitándote: ya te apunto.

cacho de pan dijo...

antes que yo ha desembarcado la tarántula, que teje sus redes de palabras también por mi blog...buena compañía.
nunca terminaré de entender esa forma de ser tan española que hace que digáis todo sobre el otro de un plumazo, sin piedad.
y sigáis siendo amigos.

Javier Pérez dijo...

Cacho de pan, no sé en otros sitios, pero en Leóin tenemos costumbre de sacarnos los hígados a tijera y seguir siendo amigos.

Brutos que somos los de esta tierra.

Anónimo dijo...

Tres intiresno, gracias