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miércoles, 31 de octubre de 2007

El germen de la oportunidad


Resulta que esta mañana luce en Santander un sol de justicia; después de dos días con tanta lluvia que había que sacar al perro con piragua, vuelven a ser imprescindibles las gafas de sol, y la suave brisa del Cantábrico nos regala un día precioso.
Resulta que esta semana empezaba mal, con un examen —cosas de los master oficiales, que al final no los regalan...—, un trabajo interminable y una presentación pública. Así, el fin de semana se fue en un suspiro, entre pirámides de Maslow y teorías de la expectativa. ¿No lo había contado? A mí me correspondió disertar sobre "La motivación laboral". Supongo que fui muy afortunado, a la vista de los demás temas: contabilidad, estrategia o "cultura empresarial" —lo que, por cierto, me recuerda al famoso chiste de la "inteligencia militar"; ¿alguien puede contarlo en los comentarios?—. El asunto de la motivación es fundamentalmente psicológico y/o sociológico, dos materias que me apasionan aunque no tenga ni idea de ellas —o quizás precisamente por eso, por no tener ni puñetera idea—, así que tuve cancha para explayarme y dar rienda suelta a mis vicios de estudiante de letras. Luego, en la presentación, con el pogüerpoin y demás, la cosa fue bien: ni siquiera me puse nervioso, aunque los compañeros me frieron a preguntas, del tipo de: "¿Y de verdad te crees eso que cuentas?" o "¿Entonces el empleado y la empresa comparten intereses? ¡Ja!". Hay que ver: ¡y yo que pensaba que era crítico!
Resulta que hoy es miércoles y esas cosas son sagradas: toca partidillo de baloncesto. Un esguince mal curado me tuvo más de un mes en el dique seco, hasta que la semana pasada pude "reincorporarme a la disciplina del club". Tuve una mala tarde en el tiro, pero en defensa acabé aburriendo a alguno. También me llevé un codazo involuntario de Recio, al que he recordado durante unos cuantos días, aunque sin mucho cariño, la verdad.
Pero no se vayan todavía, que aún hay más...
Resulta que esta tarde Ana de la Robla interviene en el Corte Inglés, y no me lo pensaba perder.
Resulta que esta noche los compañeros del máster han organizado una cena, y no tenía intención de fallar.
Resulta que mañana la peña del foro del Racing organiza un partidillo: campo grande, once contra once, buen ambiente... Y me encantan esas pachangas.
Y, además, resulta que mañana nos vamos a La Bañeza, a disfrutar del puente en nuestra casina, con la familia y los viejos amigos.

Y, como no podía ser de otra manera, esta mañana, cuando ya había cumplido con todas las obligaciones, y no tenía más que diversión por delante, resulta que me he levantado con unas ojeras que me llegan hasta el suelo, con la voz aflautada y la cabeza como un bombo, con un trancazo de mil pares de demonios, y un humor que se me ha puesto como si Recio me hubiera soltado otro recadito...
Y ahora resulta que tendré que pasear mis gérmenes y mi colección de clínex por la pista de baloncesto, por la sala de conferencias del Corte Inglés, por el restaurante La Cubana, por el campo del Complejo, por las hoces de Bárcena y por el Elvis y todos los bares de copas de La Bañeza.
Porque no pienso dejar que unos diminutos gérmenes me arruinen el fin de semana. ¡Estaría bueno!

lunes, 29 de octubre de 2007

Pruebas documentales

Después de mucho pelearme con la videocámara, los codecs, el dvd, los tirios y los troyanos, por fin os puedo ofrecer dos fragmentos de mi intervención en el ciclo "Artes cruzadas".



jueves, 25 de octubre de 2007

Un pequeño recuerdo para Graciano


Corazón de piedra: así somos los hombres. O al menos eso nos gusta pensar. Los sentimentalismos, la ternura y otras debilidades... están fuera de lugar. No sé a qué se debe, pero es así.
Yo mismo, sin ir más lejos, llevo años postergando un duelo. No, no; que nadie se alarme, que no va a correr la sangre. Un duelo sin pistolas ni padrinos, aunque igual de trágico: el duelo por un difunto.
Pero vayamos por partes: resulta que a mi tío Carlos acaban de hacerle abuelo —cosas de mi primo Carlitos, que vete tú a saber qué habrá estado haciendo—. Ayer le llamé para felicitarle y estuvimos conversando un rato sobre la edad, la felicidad y, sobre todo, su nueva condición.
Si fuera un escritor romántico, ahora explicaría que uno de los amores más puros que existen es el que existe entre abuelos y nietos. Los abuelos, cuando abrazan a sus nietos, se están abrazando a la vida. Son conscientes de que unen dos extremos de una misma trayectoria, y esa perspectiva les nubla la vista tanto como el azúcar de los medicamentos. Los nietos, en cambio, desconocen todo esto; generalmente ni se fijan en la gente mayor, pero adoran a sus abuelos. Luego, poco a poco, van entendiendo lo que es la familia y, con ese conservadurismo tan característico de la infancia, les quieren todavía más.
Y, si no sonase un poco raro, confesaría que el hombre de mi vida —con permiso de mi hijo— fue mi abuelo Graciano. Con total sinceridad, no sé si he llegado a querer a alguien tanto como a él. Y no sé explicar por qué. Yo ya le conocí mayor —me llevaba sesenta y tres años—, pero cuando llegué a la adolescencia comenzó a hacerse evidente que guardábamos un gran parecido: la misma estructura ósea, la misma mirada... Él era más alto y más fornido pero compartíamos, sobre todo, un carácter muy similar.
En la foto de arriba, tan difuminada por el tiempo, aparece mi abuelo cuando tenía dieciocho años y le habían llamado a filas. Yo ya no soy así, pero una vez tuve también dieciocho años y tuve que hacer el servicio militar. Entonces mi abuela abrió una lata antigua, de ésas en las que las familias de la postguerra guardan su memoria, y me dio una fotografía de grupo. «A ver a quién encuentras», me dijo. Y yo, por un momento, creí verme a mí mismo: el pelo, las entradas, las orejas, los pómulos; hasta el gesto bobo de coger la borla de la gorra. Ese fue un instante mágico que nunca podré olvidar.
Mi relación con mis abuelos, para un niño urbano de los setenta, muy estrecha. Todas las semanas nos veíamos, y en verano pasábamos unos días en el viejo valle del Curueño. Allí mi abuelo iba al balneario de Nocedo, donde trataba de compensar a sus maltrechos huesos por las calamidades sufridas en su infancia, cuando pescaba truchas de madrugada para venderlas en León a mediodía. Y luego recorría el monte, buscando té de peña. Algún domingo subíamos hasta Vegarada, para recoger arándanos, y de paso poner un pie en León y otro en Asturias. Y luego íbamos hasta el viejo huerto del bisabuelo, en Santa Colomba, donde años después mi padre construiría una casa.
Graciano era un hombre muy serio. Al menos, en apariencia. Muy sereno y muy recto, casi diría que estricto. Luego tenía un humor muy sagaz, y con los nietos se derretía, pero a primera vista parecía extremadamente frío. Y yo no sé por qué, pero siempre quise ser como él.
Luego, me hice más mayor y nuestra relación se estrechó: iba a visitarles, pasaba la tarde con él batiendo el café —una técnica muy curiosa para sacar espuma— y jugando a las cartas, y escuchando historias que, como todos los abuelos, contaba una y otra vez.
De aquellas historias nació, supongo, mi vocación de escritor. Y de una de ellas, mi novela: es la historia de su hermano pequeño. Cierto que no es ya como él la contaba pero, ¿qué importa? Tampoco la realidad se parecía tanto a su historia.
Después llegaría la larga enfermedad de mi abuela y él se convirtió en su enfermero particular, hasta que cayó extenuado. Tres años sin apenas dormir, al pie de una convaleciente a la que debía atender, alimentar, levantar y que sólo admitía su compañía. Fue demasiado.
En enero de 1999 tomé una foto de mis abuelos con mi hijo recién nacido. Unos días después, mi abuelo enfermó gravemente. Lo que empezó como un simple catarro se lo llevó en un abrir y cerrar de ojos. Él era de otra pasta, claro, y tardó cuatro días en morir. Su cuerpo ofreció una extraordinaria resistencia, pero toda su fortaleza no pudo hacer nada: estaba ya vacío, completamente agotado. El médico llegó a decir que parecía que ya no quisiera seguir luchando.
No puedo recordar la última vez que lo vi sin lágrimas en los ojos. Aquel gigante derrumbado, que se arrancaba los cables, semiinconsciente… Yo le estaba diciendo algo, no recuerdo qué, y le cogía la mano. Y de pronto abrió los ojos y me apretó la mano. No sé qué pudo pensar, qué sintió.
Desde entonces pienso mucho en él, y creo que aún no he superado mi duelo. Si estoy más de tres segundos recordándole, rompo a llorar. Han pasado más ocho años, y aún me sucede muy a menudo. Y lo curioso es que no me importa, porque me hace comprobar que no tengo el corazón de piedra.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Perfiles extrovertidos


Un paso ineludible en toda selección de personal que se precie es la elaboración del perfil del aspirante. En ocasiones se hace mediante tests interminables, en los que te preguntan siempre lo mismo, pero de quince o veinte formas distintas; al final, ya no sabes si quieren comprobar tu sinceridad, tu memoria, tu coherencia o tu paciencia. En otros casos, es aún peor, y tienes que superar una entrevista personal, que es un rato tan agradable como si estuvieras sentado en la silla del dentista —con excepción de la de mi odontólogo favorito, César Díez, que es un auténtico fenómeno; otro día hablaré de él—. Y todo, ¿para qué? Pues para descubrir cómo es el candidato.
Al parecer, los especialistas tienen repartidos algunos trabajos según el carácter de cada cual: a los contables se les prefiere discretos; a los comerciales, extrovertidos, y a los administrativos, introvertidos.
Yo a todo esto tampoco le veía mucho sentido: una forma más de alienación del sistema, pensaba, hasta que recordé lo que me ocurrió hace años en una imprenta.
Sería en 1992 ó 1993 —vaya memoria— cuando a la Diputación de León se le ocurrió publicar una revista juvenil, y de paso unas plaquettes con textos de autores jóvenes, o casi adolescentes, como era mi caso. Yo preparé unos cuantos ejercicios de estilo, entre ellos un collage con titulares de prensa, al estilo de los que hacía entonces Tino R. Melcón. El caso es que en la imprenta ocurrió algo, y me llamaron para que autorizase que el collage apareciera en negativo, es decir, con fondo negro y texto blanco.
Fui a la imprenta a echarle un vistazo a las galeradas, y quedé encantado. Sería fruto de la impericia del encargado del laboratorio, porque el negocio estaba empezando, pero el caso es que la composición ganaba mucho con el cambio.
La imprenta se llamaba Sorles (Sordos Leoneses) y se acababa de constituir gracias a los programas sociales para la integración laboral de minusválidos, así que la mayoría de los operarios padecían algún tipo de deficiencia auditiva —vamos, que casi ninguno oía nada, lo que no suele representar mucho problema, porque en las imprentas siempre hay un ruido de mil demonios—.
El caso es que mientras charlaba con el jefe de la imprenta y la directora comercial —
Violeta, una rubia de metro ochenta, a lo Loreto Valverde pero en tía buena—, me incomodó que el jefazo saliera cada tres o cuatro minutos del despacho y le pegara la bronca a cualquiera de los quince o veinte empleados que había en el taller. A la tercera aceifa del industrial, que se desgañitaba con dos mujeres de mediana edad que estaban con el manipulado de un catálogo, alzando, plegando y grapando, le pregunté a Violeta qué pasaba.
—Nada, esta gente, que se pasa el día charlando —me contestó con un suspiro.
—¿Y que hay de malo en que hablen? —me pregunté yo en voz alta, seguro de que un poco de conversación entre compañeros sólo podía mejorar el ambiente?
—¿Que qué pasa? ¡Pues que son sordomudos! —repuso Violeta.
—¡Que hablan con las manos! —bramó el jefe, entrando en la oficina— ¡Y su trabajo es manual! ¡O sea, que mientras hablan no pueden trabajar!
Y así me enteré de dos cosas: primero, de que en la imprenta había un sordomudo muy majete, que se pasaba el día contando chistes (y que iba a durar muy poco en la empresa); y segundo, que casi siempre es mejor tener la boca cerrada... y las manos quietas.

martes, 23 de octubre de 2007

Héroes [Antipoema]


Debajo de mi casa hay una estatua que recuerda
al bravo teniente Fuentes, Joaquín.
El busto, de bronce oxidado, es blanco de la palomas.
Es el retrato de un joven de veintinueve años
que en 1925 fue un héroe
de una guerra olvidada, en Marruecos.
Al parecer fue muy valiente
resistiendo los embates de Abd-el-Krim,
y contra una fuerza superior en número
defendió la plaza con su vida.
Esto es lo que cuenta el cartel
que puso el ayuntamiento
en El Sardinero.
Seguro que aquel septiembre corrió el champán
en el casino y en los salones del Paseo Pereda
para festejar el valor de aquel ciudadano
que recibió la Cruz Laureada a título póstumo.
Qué gran orgullo para su familia,
que seguro que era una buena familia.
Qué honor para la ciudad,
que le dedicó una avenida
en un barrio selecto.
Qué terrible pérdida, el sacrificio de un joven,
de una edad parecida a la mía,
por defender Kudia-Tahar, allá en África,
que quien sabe qué tesoros guardaría.
Pero yo no puedo dejar de pensar
en los jóvenes soldados bajo su mando
con los que cruzó la línea de fuego,
aquellos muchachos que no habían pisado la academia
y desconocían los placeres del pabellón de oficiales.
Quizá no supieran leer ni escribir
y tampoco nada de estrategia militar;
reclutas que no pudieron pagar la exclusión
y a los que no les importaban los sheiks berberiscos
ni la independencia del Rif.
Cómo olvidar esas muertes gloriosas
por defender un trozo de colonia,
esas vidas generosamente regaladas
para que la Patria aplazara su pérdida.
¿Quién brindó por ellos?
¿Dónde están sus estatuas, sus avenidas?
Si el joven teniente hubiera pensado
en reagrupar las tropas en la retaguardia
quizá hubiera perdido la posición
pero habría salvado a sus soldados.
Seguro que por eso es la estatua tan pequeña
apenas un busto en cuyo pedestal
los perros orinan y defecan.

lunes, 22 de octubre de 2007

Cazadores de tendencias

Algo sabía acerca de esta "profesión"; sólo que lo había visto en la tele —en CSI Nueva York, creo—, y como la fuente no me parecía demasiado fiable había supuesto que se trataba de mera ficción. O, como mucho, de alguna excentricidad más de la "gran manzana".
Este fin de semana, sin embargo, pude comprobar que no estaba en lo cierto: es un oficio, y muy valorado en nuestra economía post-industrial, neoliberal, globalizada y tecno-chunga. Se llama "cazador de tendencias" —cool hunter, en la lengua del imperio y los negocios—, y tiene muchas vertientes, prácticamente en todos los sectores empresariales.
El asunto consiste en pulsar la sociedad, el mercado o lo que sea menester, y descubrir qué va a estar de moda antes de que imponga —sobre todo, porque hacerlo después no tiene tanto mérito—. "Cazar" tendencias. Descubrir qué va gustar a los demás. Suena bien, ¿verdad? Si te pones en situación, te imaginas hecho un árbitro de la elegancia, codeándote con la "beautiful people", como si fueras un diseñador de los criterios estéticos. Mola.
Sin embargo, la realidad es bastante más rastrera. Lo comprobé este fin de semana viendo un documental sobre Inditex.
Vaya por delante que no tengo nada contra Inditex, contra Amancio Ortega ni contra el orbayo o el lacón con grelos, pero no me resisto a decir que yo siempre tuve la idea —a partir de lo que cazas por ahí, en conversaciones ajenas, generalmente— de que Zara era una tienda "de baratillo", donde había ropa muy de moda y muy, muy barata, pero de escasa calidad. Prejuicios míos, supongo, porque al final ha resultado que esa visión que yo tenía de la firma en los ochenta no la comparten sus millones de clientes, hasta el punto de que, al parecer, sus precios ya no son tan, tan baratos. Y de la calidad no voy a hablar, porque desconozco el tema.
Lo que sí querría comentar es una escena en la que el documental mostraba el trabajo de uno de los empleados de Inditex: un cazador de tendencias. Y allí descubrí lo que realmente hacen estos profesionales: salen a la calle, cámara en mano, observan cómo viste la gente y toman fotografías de todo lo que les llama la atención. Como si de un "safari fotográfico" se tratara, estos cool hunters efectivamente "cazan" la creatividad de los viandantes. La técnica está tan estudiada, que incluso se puede estudiar en escuelas de márquetin, como en la Universidad de Palermo, donde un tal Gustavo Lento imparte workshops —que no sé lo que son, pero suena de muerte— sobre el particular.
Vamos, que la cosa va de copiar lo que se ve por la calle, ni más ni menos. Porque resulta que hay por ahí gente muy creativa e inquieta, a la que se le ocurren cosas geniales que luego nos encantan a todos. Supongo que ése es el principio de la moda: alguien innova, y luego los demás le seguimos. Antes se difundía a través de pequeños grupos, y la cosa se extendía como las ondas en el agua, mediante el prestigio. Pero, ¿para qué esperar? ¿No es mucho más práctico descubrir cuál es la innovación y producirla en serie? Claro, hay que dejar los asuntos serios a los profesionales, que son los que de verdad saben qué hacer con las cosas: dinero. Porque con este cuento hacen mucho, mucho dinero.
Y no es que me parezca mal que se enriquezcan con la moda, pero creo que algo falla. ¿Lo que se ve en la calle es de todos? ¿Y lo que se escucha? ¿Sí? ¿Y lo que se lee? ¿Y lo que se compra? Que yo sepa, para todo esto se inventó hace siglo y medio la propiedad intelectual.
¿Se imaginan a un escritor que, falto de ideas propias, decida copiar el libro de otro? Ejemplos no faltan, desde luego. Y, si se fusilan tesis, canciones, programas políticos y hasta el trasero de las estrellas de cine, ¿qué más da si nos quedamos con las ideas de la gente de a pie? Total, ellos lo hacen por exhibicionismo y sin pedir nada a cambio, ¿no?
Pues no. Porque el diseñador que luego idea una pieza, a partir de la información "recopilada" por el cool hunter, no lo hace por amor al arte. Cobra, y muy bien. Y no lo hace por su pericia técnica, sino aprovechándose de la creatividad de otro, al que ni siquiera dan una palmada. ¿Cazadores de tendencias? ¿No serán, tal vez, ladrones de ideas?
Y plagiar es, de hecho, un delito. A nadie se le ocurriría copiar un premio planeta —dejando de lado cuestiones literarias, obviamente—, una película de Holliwood o un diseño de Versace. Sin embargo, aprovecharnos de lo que se le ocurra a cualquier pelagatos carece de importancia; ni siquiera van a protestar, así que de demandar ni hablamos.
Claro que la llave del misterio está, como siempre, en las palabras: hay "cazadores" porque vivimos en la selva. Donde impera la "ley del más fuerte".
Pues qué bien.

viernes, 19 de octubre de 2007

Un poco de política [¡puag, qué asco!]


La verdad es que yo le tengo manía a la política porque hace algunos años, cuando trabajaba —intrusaba, más bien— de periodista la pude observar bien de cerca. Y el caso es que aún siento náuseas.
Pero, ¿quién puede resistirse a una buena polémica? Porque el hecho de que el juego político me asquee no significa que no tenga mis opiniones, o que renuncie al intercambio de ideas.
Para empezar, voy a esforzarme —y a esforzarme mucho— por no responder, al menos en el mismo tono, alguno de los comentarios del post anterior. Si alguien que se siente "nacionalista" necesita decir que los españoles somos "naZionalistas", me parece que no ha entendido bien la película. Porque los españoles no sé, pero España —nuestro sistema, vamos— es democrática hasta la médula: ¿qué país permite la pluraridad que permite el nuestro? ¿En cuál gobiernan partidos independentistas? Y podría seguir, pero no sé si se puede razonar cuando alguien te tilda de fascista "por sus cojones".

Lo que realmente me interesa resaltar es la curiosa forma que tenemos los españoles —al menos, los españoles no separatistas— de entender la política. Será un mecanismo de autodefensa contra la dictadura, porque nos hemos tragado el discurso de los nacionalistas o porque, simplemente, somos algo pardillos, pero la cuestión es que tendemos a identificar españolismo con derechismo. Y, peor aún: el simple hecho de sentirse satisfecho de ser español te puede colocar, sin reparos, la etiqueta de "facha".
¿Facha por que te guste tu país? ¿En serio? ¿Facha por decir "España" en vez de "el Estado español" o "este país"? Venga ya, hombre.
"Facha" es defender una articulación programática de toda la sociedad, a partir de una doctrina única —lo que, a su pesar, les acerca mucho a los rojos, que, por cierto, siempre han sido los campeones del nacionalismo: véase la URSS, o los estertores cubanos; mucho internacionalismo, y tal, pero en el fondo apelaron al patrioterismo barato—. Ser español y no avergonzarse no es sinónimo de facha. ¿Es que los comunistas no se sientes españoles? ¿Ni los socialdemócratas? De los anarquistas no hablamos, porque ya apenas quedan, pero sería quizá el único caso en el que tendría sentido.
Pero a nosotros nos gusta la mezcla —cosa que a los nacionalistas periféricos parece que no—, y hacemos una amalgama de españolía, ultraderecha y catolicismo, le llamamos "lo facha" y nos ponemos rápidamente a cubierto, no vaya a salpicarnos la cosa.
Sin embargo, los nacionalistas periféricos entienden la política mucho mejor que el resto de los españoles: a ellos no les avergüenzan las banderas —las suyas, claro—, y tienen muy claro que se puede ser nacionalista [catalán] y de izquierdas, y nacionalista [no español] y de derechas, de igual modo que se puede ser nacionalista y simpático, o nacionalista [de cualquier signo] y gilipollas.

Y nosotros somos tan primos que, cuando pasa alguien por la calle con un polo con la banderita española en el cuello, le llamamos "facha", pero nos parece lo más natural del mundo ver la camiseta del Barça con la senyera. ¿Unos símbolos son vergonzantes y otros no? ¡Venga ya!¿Ahora tenemos también que llamar Catalunya a Cataluña? ¿Y a Gijón, no puedo decirle Xixón? ¿Qué ye, que los otros son más guapines, ho?

De todos modos, si alguien tiene dudas sobre el particular, antes de llamar a nadie naZionalista, que hable con Cristina Peri Rossi. Y luego discutimos qué es más facha, y qué da más vergüenza. ¿Estamos?

jueves, 18 de octubre de 2007

El nombre de José Luis


Por lo visto, al político independentista Carod Rovira no le mola nada que le llamen "José Luis". Dejando de lado el asunto de que, por su avanzada edad —y por que su padre era aragonés—, es poco probable que le bautizaran como "Josep Lluís", tampoco resulta tan raro que su nombre se "castellanice", como sucede con muchísimos nombres propios.

Usted, ¿qué diría? ¿Londres o London? ¿París o Paris? ¿Nueva York o New York? Y esos nombres ya se usaban mucho antes de que Carod Rovira se convirtiera en el blanco de las iras hispánicas al intentar —presuntamente— negociar que los terroristas dejasen de matar, pero sólo en Cataluña. De ahí, y de alguna que otra declaración ligeramente despectiva hacia el resto de españoles que en el mundo son, nace este jolgorio; y es que parece que, en su afán por ningunear todo lo español, hasta pretende ignorar refranes como el castellano «quien siembra vientos, recoge tempestades».

¿Tan terrible es que adapten tu nombre a la cultura local? Si vale para Julio Verne, Juanita Calamidad, Carlos Marx y hasta para Yon Baine, ¿por qué no es bueno para José Luis? Y yo todos estos años sonriendo con condescendencia cuando un alemán me llamaba "Xaver" —que suena "schafa", más o menos— o un británico me decía "Yabía". No señor, tenía que haberles dicho: «Oiga, pollo, no tiene usted ningún derecho a modificar mi nombre». Coño. Que ya está bien de dejarse pisotear.

Como ese pobre jugador del barsa, Oleguer Presas, que desde que escribe artículos pidiendo la independencia de Cataluña, cada vez que juega fuera —lo que no es que suceda muy a menudo, la verdad— tiene que soportar que el público le llame, entre otras cosas, "Olegario". Claro que "Oleguer" junto a "Presas" suena más o menos como "Jennifer" junto a "López", pero es que no hay derecho: menudo insulto que le hacen al chico. Por respeto, digo yo que deberían llamarle "Oleguer Preses", ¿no?

En fin, que tiene razón Carod Rovira: está bien que insista en elegir su propio nombre, en exigir que le llamen lo que él quiere, porque si no lo mismo se desmanda el personal y en vez de Pepeluí o Joseli le acaban llamando de todo, tipo ##&&%## —y aún peor—, y mentándole a la madre y a unos cuantos antepasados más, que bien pudiera ser lo que muchos ciudadanos secretamente desean.

Yusep Yuis, chaval, ets el millor, la llum del món, però no en fotis més, nén.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Por qué hay tantos libros y películas sobre la guerra civil



Recuerdo con viveza cómo me impactó la lectura del "Manifiesto de pintores futuristas", un texto colectivo —aunque no sé si, en realidad, era de Marinetti— publicado en 1910. Los asuntos pictóricos, artísticos y vanguardísticos no recuerdo lo que me parecieron, pero había una mención a un asunto que sí que me dejó atónito. Transcribo literalmente:

NOSOTROS COMBATIMOS

[···]

4. El desnudo en pintura, tan nauseabundo y antipático como el adulterio en literatura.

Expliquemos este último punto. No hay nada inmoral a nuestros ojos; es la monotonía del desnudo la que combatimos. Se nos dice que el asunto es lo menos y que el todo está en la manera de tratarle. De acuerdo. Nosotros lo admitimos también. Pero esta verdad, indiscutible hace cincuenta años, no lo es hoy, en cuanto al desnudo, desde el momento en que los pintores, obsesionados por la necesidad de exhibir el cuerpo de sus queridas, han transformado los salones en mercados de jamones podridos.

Nosotros pedimos que, durante diez años, se suprima totalmente el desnudo en pintura.


De lo del adulterio hablaremos otro día, porque lo que a mí me llamó la atención entonces fue el asunto de los desnudos. La verdad es que entonces tenía doce o trece años, y los motivos tan razonables de estos artistas me importaban bastante poco. ¿Prohibir los desnudos? ¿Estaban locos?

Pero supongo que, en realidad, tenían cierta razón. Dejando de lado lo que la cosa tiene de "boutade", el afán de notoriedad y el divertido pasatiempo de "épater le bourgeois" —o como se diga—, sí que es cierto que la explotación de determinados temas en el arte suele saturar al espectador hasta el límite del aburrimiento.

Y algo así sucede en España con la Guerra Civil. Tanto se ha estirado el tema, tantas películas, novelas, biografías, historias, memoria y demás producción cultural ha generado, que ya hasta los propios autores hacen chanzas del asunto: "Otra maldita novela sobre la guerra civil", se titula la última novela de Isaac Rosa.
Pero es que, a poca memoria que hagamos, enseguida nos daremos cuenta de que la guerra del 36 es un tema omnipresente en la literatura y el cine del siglo XX y el XXI. Así, a bote pronto, me salen "Ay, Carmela", "La Vaquilla", "Tierra y Libertad", "Las vacaciones son para el verano", y podría seguir así durante una semana. Y eso, sin contar la producción de postguerra: "Raza", "Madrid de corte a Checa", "Los cipreses creen en Dios", etc.

¿No nos haría falta, como a los futuristas, una moratoria para el tema de la guerra? Porque a veces da la impresión de que el cine español se quedaría en nada si le quitáramos la contienda y las tetas.

Lo más curioso, sin embargo, es que a los españoles de mi generación nos interesa el tema. No sólo no se agota, sino que lo abordan autores jóvenes, y está más vigente que nunca. ¿Por qué?
En mi opinión, no es por la guerra. No tiene nada que ver ni con las dos Españas, ni con el resentimiento político, ni con nada de eso. Es por el idealismo.

El interés de la Guerra Civil no está en la contienda en sí, sino en la II República. La guerra no fue más que el último episodio de una historia apasionante: el gran intento de los españoles de cambiar el mundo. Con razón o sin ella, por medios legítimos o ilegítimos, aquellos ciudadanos que soñaban despiertos han sido quizá los únicos compatriotas que llegaron a palpar la utopía, que supieron cómo son por dentro los sueños. Y no me refiero ni a los anarquistas, ni a los comunistas, sino a todos, porque incluso las derechas de la época —especialmente los contados falangistas de entonces— eran auténticos idealistas.
Luego vendría la crueldad, la violencia, la venganza —es decir: la triste realidad— y acabaría con los sueños y las esperanzas. Y, al final, como siempre, se impone la ley del más fuerte.

Y nosotros, tristes mileuristas del siglo XXI, no podemos sentir más que fascinación por aquellos idealistas que pretendían cambiar el mundo.

Charla en Santander

Me han invitado a participar en el ciclo "Jóvenes creadores de Cantabria", así que esta tarde a partir de las ocho estaré en la Sala Pepe Hierro (Corte Inglés de Santander) comentando algunos aspectos de mi vida y milagros.
Y, cuando digo "milagros" quiero decir que intentaré que no se note demasiado que va a ser la conferencia de las tres mentiras, porque ni soy joven —el límite de los treinta y cinco está ya a la vuelta de la esquina—, ni cántabro —al menos, no de nacimiento, aunque sí de adopción—, ni del todo"novelista" —más bien, "novelista inédito", por el momento—.
Aún así, como las mentiras son mucho más interesantes que la realidad, y la ficción no deja de ser la esencia de la literatura, intentaré que sea lo más ameno posible y que los que os acerquéis podáis pasar un rato entretenido. Y eso que pensaba contaros mi triste historia, pero bueno, me conformaré con hablar un poquito "de mi libro", visto el éxito que tuvo en su día la estrategia.
Y, por cierto: "no se vale" lo de venir con chuleta y hacer preguntas comprometidas al ponente, ¿eh? Que nos conocemos.

Actualización:
La charla fue muy bien; sólo espero que el público opinara lo mismo.
En breve subiré un fragmento en vídeo, si la técnica lo permite.

lunes, 15 de octubre de 2007

Parrilla de salida



Ya tengo editorial para mi primera novela. Se llama Funambulista y, pese a su corta vida —poco más de tres años—, puede presumir de una trayectoria y un prestigio considerables, con medio centenar de títulos publicados, una envidiable nómina de autores, y muchas y buenas reseñas y críticas. Además, su presencia en librerías garantiza una buena distribución, de modo que ahora sólo falta que el texto funcione —pequeño detalle sin importancia, como podréis suponer—.

El acuerdo de edición lo alcanzamos hace un par de meses, pero ha sido esta semana cuando por fin la noticia se ha oficializado, a través de la web de la editorial. Aún no hay fecha de lanzamiento —calculo que para principios de 2008, pero ya habréis oído hablar de las «prisas del autor», que casi nunca tienen reflejo en el ritmo del editor—, pero ya es seguro que "El método Coué" aparecerá publicado en la colección "LiteraDura", compartiendo cartel con Italo Svevo, Stanislaw Lem y otros autores no menos interesantes. La colección tiene un formato muy particular, casi cuadrado, de 18 cm de alto por 14 de ancho, que resulta muy llamativo en los escaparates de las librerías.

La portada, pese a manejar aún alguna otra alternativa, parece que finalmente será la que adelanté en este blog hace algunas semanas. La fotografía de cubierta es una instantánea tomada en Berlín en agosto de 1944, en el estudio Artifo, y en ella aparece el protagonista de la novela, Manuel Llamazares, y su partenaire, Claudia Stolz. Es una foto real, sacada del viejo álbum familiar, como la historia de la novela, que en realidad procede prácticamente del mismo sitio.

Una noticia espectacular sobre el libro es que el gran escritor Antonio Colinas será el prologuista, lo que es un auténtico honor. Poco a poco, a través de estas páginas, iré desgranando más detalles, tanto acerca de la génesis de la novela como de su deambular por el mercado editorial.

Y me gustaría concluir con una fórmula que expresa muy bien la satisfacción del que alcanza sus metas, una frase tomada del comic de Jan, «Superlópez». Dice así:

«Después de tantos años de trabajo, por fin lo hemos conseguido».


Sólo que, en el tebeo, cada vez que alguien pronuncia esas palabras, allí aparece Superlópez dispuesto a causar una catástrofe. Así que, visto el panorama, no tentaremos la suerte. En breve, más sobre la novela.


martes, 9 de octubre de 2007

Un mundo extraño


Esto de aprender cosas nuevas nunca deja de sorprenderte. Por eso me gusta llevar siempre encima algo para tomar notas; un boli y un papel, una moleskine —reedición pija de las libretas clásicamente pijas— o la memoria del móvil, todo vale.
El caso es que, entre las múltiples clases de mi Master del Universo, las clases estrellas son las de empresariales —pleitesía lógica al cursar un postgrado en la Facultad de Economía—, y a los que procedemos de otras carreras nos están dando un curso acelerado de introducción a la administración que más parece una terapia de choque neoliberalista, o incluso un lavado de cerebro camboyano, pero de signo ultracapitalista.
Curioso, muy curioso. Para empezar, yo no sabía que en cierto ámbitos del saber las palabras "currito" y "pringao" tuvieran valor científico. Ni que todos los ejemplos tengan que hacerse con un mercedes SLK o un yate atracado en Puertochico. Supongo que esa será la famosa gratia de los exempla, claro. El caso es que, para aclararnos, el pringao —también llamado currito— es el que no tiene ni el buga ni el barco. O sea, yo. Y tú, me imagino.
Eso de que te llamen pringao por la cara... en fin, lo puedes tener asumido. Pero lo que ya no es para nota es que encima apostillen: «no es nada personal: los negocios son así». Y lo malo es que igual tienen razón. Y no sólo los negocios: es que el mundo es también asín.

Resulta que nos pasamos media vida protegidos, en un círculo afectuoso, y poco a poco nos olvidamos de que el entorno hostil sigue ahí fuera, por mucho que lo ignoremos. Si eres medianamente afortunado, podrás construirte sin problemas una burbuja en la que vivir: familia, estudios, amigos, lecturas, trabajo… Todo a medida.
La familia es el medio más seguro, y en nuestra cultura española no sólo sirve para que mami te prepare cordero y natillas: también te salvará de la indigencia cuando tengas un contrato basura, de malvivir en un minipiso de la Ministra, de morirte de hambre cuando estés en el paro y el Estado no te de ni un miserable subsidio porque no perteneces a ninguna minoría conflictiva.
Los amigos son también un buen refugio: suelen pensar como tú. Con matizaciones, claro, porque no sería nada práctico compartir los mismos gustos e intereses. Así que, una vez tranquilo porque no van a intentar quitarte la novia, te garantizas una vida social sin trifulcas dialécticas, porque suelen ser de tu cuerda y se discute de fútbol, como mucho.
Las lecturas son una gran fuente de paz y templanza espiritual. Cierto que también puedes darte a la depravación y leer a Carver y a Bukowsky, pero la ventaja es que tú mismo seleccionas lo que quieres, y ese alimento del espíritu suele ser reconfortante y, lejos de entrar en conflicto con tus ideas, suele servir para reafirmar tus convencimientos.
Si tienes buen tino, también tus estudios serán una capa más de tu burbuja. Una buena carrera de letras, cargada de humanismo y erudición, suele ser lo más apañado. Cierto que habrás de cerrar los ojos ante todo lo que se cuece en esos templos de saber… digo, en las universidades —¿en qué diablos estaría yo pensando?—, pero una buena formación clásica suele ser una perfecta defensa contra los malévolos envites del mundo real.
Y ya, si la fortuna te sonríe, puedes llegar a tener un empleo digno. Sí, sí, ya lo sé: parece que hablo del siglo pasado, de un mundo que ya desapareció. Pero no: afortunadamente, aún quedan algunos sectores no competitivos, en los que los objetivos de ventas y la productividad están en un segundo plano. Hay oficios vocacionales, que pueden hacer muy feliz a quien los ejerce, y trabajos menos proclives a la autorrealización pero bastante llevaderos, como los de la función pública. Con la ventaja, además, de que no trabajas para un patrón, sino —se supone— para el bien común.

Al final no vemos el mundo, sino nuestro pequeño mundo, ése que nos hemos creado. Y entonces, cuando has logrado crear tu mundo con sólidos ladrillos de afectividad, socialización, humanismo, placer y dignidad, aparece el lobo feroz del capitalismo, ese mismo del que hablaba Hobbes, y empieza a amenazarte con que soplará y soplará, y tu casita derribará. La verdad es que si se llamase Sarkozy me preocuparía bastante, pero como tampoco va a llegar la sangre al río, lo que me invade es una profunda consternación. No por el que me llama currito y pringao, ni por el mundo, que tan mal está. No. Mi desazón es por mí mismo, que me quedo maravillado repitiéndome: «¡qué difícil es la tolerancia!».

Está bien conocer al otro, pero, si tengo que decir la verdad, ¿qué quieren que les diga? Era mucho más feliz antes. Bendita ignorancia.



jueves, 4 de octubre de 2007

Nuevas aventuras


Como habréis notado, hace unos días que no posteo —curiosa palabreja; si en realidad debería utilizarse para plantar postes de la luz o del hilo telefónico; también valdría cuando nos apoyamos en una farola y ponemos gesto de desgana; o, como mucho, para ponerse firme, erguido, sacando pecho, tieso como un poste, como una vara... pero no: postear es enviar post, ya ves—. Esta desatención de mi página, aparte de la desgana tradicional de los aspirantes a escritor y a las muchas cosas que uno puede hacer cuando no está apretando teclas, tiene un motivo: acabo de empezar un máster.

Dentro de unos meses seré un Master del Universo, pero de momento ni espada rara ni rivales con capucha: es un postgrado en Tecnologías de la Información, que es mucho menos vistoso, pero más apañado. O, al menos, no tienes que salvar el mundo; sobre todo, porque no tienes tiempo.

¡Ay, el tiempo! ¿Quién sería el incompetente que lo inventó? ¿Quién lo maneja, que nunca le hace correr a nuestro favor? Porque es un lamentable error de diseño el no haber planificado un par de horas más de sueño, otras tantas de diversión, un rato largo para escribir, algo para leer y, sobre todo, reservar no más de veinte minutos para el trabajo y las obligaciones.
Y es que este tiempo defectuoso, mal concebido y mal ejecutado, no me alcanza para todo lo que quisiera hacer.
Porque yo querría estar en el parque leyendo a Pessoa, inmóvil como un portugués en mitad de la avenida.
Yo querría pasar las tardes jugando a baloncesto, a tenis, al balón con mi hijo.
Sentarme en el museo y observar a los visitantes, que también puede ser una forma de arte.
Hablar durante horas con los viejos amigos, en algún café del Barrio Húmedo.
Y arreglar juntos el mundo, que está muy estropeado.
Llamar por teléfono a los que están lejos, y que me cuenten su vida.
Bajar hasta la Bahía, comer helados de Regma.
Dar una vuelta en la moto con José Ángel Luna.
Visitar a los enfermos, resucitar a los muertos.
Ir al cine con Pilar, y marcharnos al comprobar que es un tostón, otra vez.
Leer todos los libros que se acumulan en mi mesita.
Bajar con el niño en bici hasta Cabárceno, y pasar la tarde recogiendo moras.
Escribir otra novela, un cuento infantil, el Libro de los Amigos... y acabar todo lo que tengo a medias.
Practicar el kamasutra, aprender a navegar, contemplar el paisaje.
Rodar un corto, hacer un programa de radio, escribir en la prensa.
Leer todos los blogs que me gustan, y hacer comentarios.
Y pensar. Y leer. Y reflexionar.
Y escribir.

Y, al final, resulta que con mi triste día de veinticuatro horas apenas me da tiempo a nada. A ver si consigo exprimirlo, y mantener este blog, que hasta ahora se actualizaba casi a diario, y ahora va a ir un poquito más despacio.

lunes, 1 de octubre de 2007

La vivienda y los políticos


Llevo unos días rumiando el asunto, y la verdad es que cada vez estoy más mosqueado. Resulta que hace unos días me salté uno de mis hábitos más arraigados —en concreto, el de saltarme las secciones de Nacional y Opinión de la prensa— y así, inesperadamente, acabé leyendo algo acerca de las intenciones del gobierno ex-pañol de fomentar el alquiler de pisos en lugar de su compra.
Ya. Lo de vivir de renta es muy moderno, sí. Más uropeo que hipotecarse hasta las pestañas, que es una muestra de rancio españolismo. Si es mucho mejor liberarse de esa losa, y lanzarse al alquiler, que es mucho más flexible, claro. Si comprar es una tontería... Por supuesto.
Casi convencido me tenían ya; tanto, que me estaba avergonzando de mi ibérico atavismo. ¡Mira que no estar a favor del alquiler! Si lo tiene todo: es moderno, el gobierno lo apoya e igual, en el futuro, hasta llega a desgravar y todo.
En fin, todo muy bonito, hasta que te pones a mirar en serio el asunto. Claro que el gobierno piensa fomentar el alquiler: es que no le queda otro remedio. Resulta que comprar un piso es, así a ojo de buen cubero, imposible. Lo que hace cinco años costaba veinte millones ahora cuesta setenta. Y los ladrillos son cinco años más viejos. Y no hablo por hablar: son los precios de mi barrio en el 2002 y ahora. Casi nada. Y no te digo ya lo que debe de ser todo en euros...
Vamos, que no es que se apoye el alquiler: es que ¿quién es el fenómeno capaz de comprar un piso con su sueldo mileurista? Y claro, el gobierno, ante la tesitura de frenar la especulación e intervenir en el mercado, o bien echar cuatro migajas a los pringaos de turno, opta por la solución más política: no tocar la cartera a los propietarios —que no verían con mucho agrado una rebaja del precio de sus pisos, por más que fuera un reajuste realista— y vestir de modernidad y buen rollo la condena al alquiler de las jóvenes generaciones. No pierden votos de unos, y aspiran a ganar los de los "estómagos agradecidos" con un par de miserables subvenciones que parcheen el problema. Y todos tan contentos.
Pero, ¿por qué preferimos la compra al alquiler? Supongo que habrá muchas teorías económicas, pero mi preferida —aunque sea de andar por casa— es la de Pilar: es nuestro seguro de vejez.
Sostiene Pilar que los españoles no ahorramos. Y yo sospecho, mirándome a mí mismo, que tiene razón. Así, el "pisito" es, para muchos, la única inversión seria que hacemos en toda nuestra vida. Cuesta un poco, pero los primeros beneficios se aprecian a medio plazo: mientras los alquileres se actualizan cada año, las cuotas de compra del piso se mantienen. Y como no hay gobierno capaz de frenar la inflación, el ipc y demás milongas, al final ese pago se va haciendo minúsculo. Y al acabar la hipoteca, hasta desaparece.
Sin embargo, si pagas alquiler, desde la ley Boyer ya no hay rentas limitadas, es decir, que cuando tengas setenta años tendrás que pagar un alquiler acorde con los precios de mercado, y lo más probable es que tengas que vivir de una pensión... no sé si decir lamentable, española, de risa... bueno, que vivas de una pensión de jubilación. Si es que hay suerte y siguen sin dejar a los ministros de economía que dinamiten la seguridad social, claro, que eso está por ver. Total, que puedes verte en plena ancianidad y con la complicada disyuntiva de invertir tu poco dinero o bien en pagar la renta, o bien en comer.
¿Que soy catastrofista? Ya, ya. ¿Qué ya hará algo el gobierno para ayudar a la gente en apuros? Sí, seguro… ¿Que la sociedad se defenderá? Cómo no: con tanta «solidaridad» como gastamos, no creo que a nadie le tiemble la mano para desahuciar a quien haga falta.
Yo, personalmente, opino que es responsabilidad del gobierno acabar con la llamada "burbuja inmobiliaria". Me da igual que me llamen retrógrado o intervencionista: no es de recibo que se especule con un derecho fundamental del ser humano. Y no me creo que alquilar sea la solución: basta con echar un vistazo a los precios de los alquileres.
Y así están las cosas: la disyuntiva de los jóvenes ya no es «alquilar o comprar». Por desgracia, la nuestra es entre «no comprar y no alquilar»