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jueves, 25 de octubre de 2007

Un pequeño recuerdo para Graciano


Corazón de piedra: así somos los hombres. O al menos eso nos gusta pensar. Los sentimentalismos, la ternura y otras debilidades... están fuera de lugar. No sé a qué se debe, pero es así.
Yo mismo, sin ir más lejos, llevo años postergando un duelo. No, no; que nadie se alarme, que no va a correr la sangre. Un duelo sin pistolas ni padrinos, aunque igual de trágico: el duelo por un difunto.
Pero vayamos por partes: resulta que a mi tío Carlos acaban de hacerle abuelo —cosas de mi primo Carlitos, que vete tú a saber qué habrá estado haciendo—. Ayer le llamé para felicitarle y estuvimos conversando un rato sobre la edad, la felicidad y, sobre todo, su nueva condición.
Si fuera un escritor romántico, ahora explicaría que uno de los amores más puros que existen es el que existe entre abuelos y nietos. Los abuelos, cuando abrazan a sus nietos, se están abrazando a la vida. Son conscientes de que unen dos extremos de una misma trayectoria, y esa perspectiva les nubla la vista tanto como el azúcar de los medicamentos. Los nietos, en cambio, desconocen todo esto; generalmente ni se fijan en la gente mayor, pero adoran a sus abuelos. Luego, poco a poco, van entendiendo lo que es la familia y, con ese conservadurismo tan característico de la infancia, les quieren todavía más.
Y, si no sonase un poco raro, confesaría que el hombre de mi vida —con permiso de mi hijo— fue mi abuelo Graciano. Con total sinceridad, no sé si he llegado a querer a alguien tanto como a él. Y no sé explicar por qué. Yo ya le conocí mayor —me llevaba sesenta y tres años—, pero cuando llegué a la adolescencia comenzó a hacerse evidente que guardábamos un gran parecido: la misma estructura ósea, la misma mirada... Él era más alto y más fornido pero compartíamos, sobre todo, un carácter muy similar.
En la foto de arriba, tan difuminada por el tiempo, aparece mi abuelo cuando tenía dieciocho años y le habían llamado a filas. Yo ya no soy así, pero una vez tuve también dieciocho años y tuve que hacer el servicio militar. Entonces mi abuela abrió una lata antigua, de ésas en las que las familias de la postguerra guardan su memoria, y me dio una fotografía de grupo. «A ver a quién encuentras», me dijo. Y yo, por un momento, creí verme a mí mismo: el pelo, las entradas, las orejas, los pómulos; hasta el gesto bobo de coger la borla de la gorra. Ese fue un instante mágico que nunca podré olvidar.
Mi relación con mis abuelos, para un niño urbano de los setenta, muy estrecha. Todas las semanas nos veíamos, y en verano pasábamos unos días en el viejo valle del Curueño. Allí mi abuelo iba al balneario de Nocedo, donde trataba de compensar a sus maltrechos huesos por las calamidades sufridas en su infancia, cuando pescaba truchas de madrugada para venderlas en León a mediodía. Y luego recorría el monte, buscando té de peña. Algún domingo subíamos hasta Vegarada, para recoger arándanos, y de paso poner un pie en León y otro en Asturias. Y luego íbamos hasta el viejo huerto del bisabuelo, en Santa Colomba, donde años después mi padre construiría una casa.
Graciano era un hombre muy serio. Al menos, en apariencia. Muy sereno y muy recto, casi diría que estricto. Luego tenía un humor muy sagaz, y con los nietos se derretía, pero a primera vista parecía extremadamente frío. Y yo no sé por qué, pero siempre quise ser como él.
Luego, me hice más mayor y nuestra relación se estrechó: iba a visitarles, pasaba la tarde con él batiendo el café —una técnica muy curiosa para sacar espuma— y jugando a las cartas, y escuchando historias que, como todos los abuelos, contaba una y otra vez.
De aquellas historias nació, supongo, mi vocación de escritor. Y de una de ellas, mi novela: es la historia de su hermano pequeño. Cierto que no es ya como él la contaba pero, ¿qué importa? Tampoco la realidad se parecía tanto a su historia.
Después llegaría la larga enfermedad de mi abuela y él se convirtió en su enfermero particular, hasta que cayó extenuado. Tres años sin apenas dormir, al pie de una convaleciente a la que debía atender, alimentar, levantar y que sólo admitía su compañía. Fue demasiado.
En enero de 1999 tomé una foto de mis abuelos con mi hijo recién nacido. Unos días después, mi abuelo enfermó gravemente. Lo que empezó como un simple catarro se lo llevó en un abrir y cerrar de ojos. Él era de otra pasta, claro, y tardó cuatro días en morir. Su cuerpo ofreció una extraordinaria resistencia, pero toda su fortaleza no pudo hacer nada: estaba ya vacío, completamente agotado. El médico llegó a decir que parecía que ya no quisiera seguir luchando.
No puedo recordar la última vez que lo vi sin lágrimas en los ojos. Aquel gigante derrumbado, que se arrancaba los cables, semiinconsciente… Yo le estaba diciendo algo, no recuerdo qué, y le cogía la mano. Y de pronto abrió los ojos y me apretó la mano. No sé qué pudo pensar, qué sintió.
Desde entonces pienso mucho en él, y creo que aún no he superado mi duelo. Si estoy más de tres segundos recordándole, rompo a llorar. Han pasado más ocho años, y aún me sucede muy a menudo. Y lo curioso es que no me importa, porque me hace comprobar que no tengo el corazón de piedra.

14 comentarios:

elperdedor dijo...

Amigo LLamazares:

Me parece muy bien todo eso que escribes sobre abuelos y nietos, la distancia generacional...
Te dejo esto que escribí hace tiempo; va por el mismo sitio. Saludos

"(...)Dentro de la familia los saltos generacionales son como una mutación maligna de los pequeños errores que conforman nuestra memoria solidaria; por eso entiendo que un niño rehúse el abrazo de su bisabuelo, poco antes de morir éste. Pongamos que son 98 años contra 11. Háganse la cuenta de cabeza y verán cómo esa matemática precisa, esa simple resta, desencadena el error factual en una memoria que no conoce los números enteros. Hay amores que matan, y amores que, simplemente, no saben sumar, y todos provienen de lo mismo, de la proximidad excesiva, del ruido y el calor de la existencia"

Mariano dijo...

Me ha encantado tu entrada, claro, que eso tampoco es noticia.
El protagonista de mi nueva novela se llama Julio, por mi abuelo. No se parecerá en nada ni está basado en él. El homenaje se reduce al nombre. Sólo viví 6 años con él pero todavía le recuerdo con muchísimo cariño. Le perdí demasiado pronto.
Besitos/azos.

Penélope dijo...

Una reflexión emotiva. Creo que sólo tomamos conciencia del sentido de la vida cuando abrazamos la muerte de alguien cercano. Un dolor distinto a todos los conocidos que ya no nos abandona nunca.

Estilografic.art dijo...

Yo no conocí a mis abuelos, a ninguno de los dos. Murieron antes de que yo naciera. Siempre me ha parecido - y ahora más, después de leer tu entrada - que me he perdido algo muy importante.

cacho de pan dijo...

Estimado: un muy hermoso post. Gracias. Estuve por lo de Vogel, gracias a usted, y le dejé un comentario sobre su escrito de Los Pumas. También por lo de su amigo Gargiulo, que ni siquiera se ha interesado en contestarme.

violeta dijo...

hola!!...debo decir que tu historia me conmovio...
la verdad una historia hermosa, producto de esas relaciones maravillosas...y poco comunes ya que el mundo a veces se olvida que todos tenemos un corazon sencible y dispuesto a sentir...
gracias por compartir esta historia...

sigo conmovida....

un fuerte saludo y felicitaciones por el blog!!!

:)

vitruvia dijo...

No soporto ser repetitiva, pero a veces no nos queda otra. Me has emocionado con lo que has escrito, pero permíteme que te comente lo mismo que Mariano me comentó a mi cuando hice una entrada parecida sobre mi abuela. Él me dijo que se había emocionado mucho porque le había recordado a la suya, y a mi me acabas de provocar una mezcla de sensaciones, cuando menos, extraña. Me has recorddo a mi abuela y mi relación con ella, pero al mismo tiempo has reavivado un temor que me asalta últimamente, y es el de llegar a ver a su hijo, mi padre (un hombre muy alto y fuerte), en una situación como la que describes del final de tu abuelo.
Me extendería muchísimo más, pero creo que debo dejarlo aquí. Un beso.

Valen dijo...

Tu historia me ha tocado.

Ni la muerte de mi padre me dolió tanto como lo de mi Abuela (aunque las circunstancias fueran diferentes)

Desde que aprendí a escribir, Abuela y Madre las pongo con mayúsculas.

rakel dijo...

es verdad que entre abuelos-nietos hay un vínculo especial. a mi me vienen a la memoria recuerdos preciosos de mi niñez, también tenía una relación especial con is abuelos, también sufrí mucho cuando perdí a mi abuela, sobre todo, y aun lo recuerdo con mucha pena. pero es genial recordar de vez en cuando esas cosas, a los nuestros.
besos!

Iván dijo...

Que puedo decir que no se haya dicho ya en estos comentarios. Creo que poco. También me has emocionado enormemente. Sobre todo pensando en lo mucho que habrás sufrido escribiendo el texto. Es la mejor manera de sacarse los puñales del corazón. Pero a veces siguen clavados aún estando fuera.
Hay gente que pierde la memoria. Otros a los que no les interesa. Y hay unos terceros que se empeñan en que no desaparezca. Somos parte de nuestros antepasados. Y a ellos se lo debemos todo.
Grandísimo post.
Un abrazo!

Clandestino dijo...

Acojonado me quedo después de leerte. No sé qué escribirte, pero hoy no podía dejar pasar sin decirte nada.
Yo no conocí a ninguno de mis dos abuelos. Pero la persona a la que más he querido nunca fue mi abuela Encarna. Y hay algo que me ha encogido al leer tu relato, lo de la foto de tu hijo con ellos. Porque mi abuela nunca conoció a mi hija, y le hubiera encantado. Coño que estoy en el trabajo y casi me pongo a llorar hostias.

Si es que los escritores sois mu peligrosos coño.

Gracias por traerme esas sensaciones. Y perdón por el comentario que me ha salido un poco cursi.

ANA DE LA ROBLA dijo...

Las viejas fotografías... El puente entre la memoria y nuestras manos. Yo también conservo una de mi abuelo paterno que guardo con especial afecto. El sepia nos entristece. Y nos limpia. Un beso.

Gregorio Fernández Castañón dijo...

Obligado por "prescripción facultativa", suelo permanecer en silencio. Sin embargo, tras la lectura de "Un pequeño recuerdo para Graciano", no he podido permanecer por más tiempo impasible y he decidido "hablar" para felicitarte, amigo ESCRITOR.
Gregorio Fernández Castañón

Ing. Cardioide dijo...

Estimado Javier,

Eso de los duelos es algo... curioso. Se supone que hay un tiempo de duelo, y ya pasado el tiempo, pues la vida sigue, claro, sin dejar de recordar a aquellos seres que simplemente se nos adelantaron.

Yo me acuerdo mucho que mi abuela materna siempre nos consentía, pero cuando nos regañaba, cuidado! Podía aventarnos hasta el florero. Pero eso sí, siempre nos consentía.

Me tocó cómo fue enfermando, entonces pues fui haciéndome a la idea de que pronto se iba. Pronto falleció y bueno, fue un duelo chico por hacerme a la idea.

Pero eso sí, trata de terminar ese duelo, porque si uno está así, puede haber consecuencias fuertes. Pero en fin.

Animo! Te apoyamos :D

Aloha! Un abrazo,

Lalo.