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jueves, 30 de agosto de 2007

Pequeña venganza del destino


Esta historia empieza hace algunos meses, y gira en torno a un balón y una pared.
En el nuevo edificio al que nos trasladamos hace un año hay un patio de uso privado («para la urbanización», que dicen los vecinos pomposos). Los niños de la casa suelen jugar allí, a pillar, al escondite, a la pica, a balón prisionero y a todos esos juegos que practican los niños que tienen la suerte de vivir en un barrio tranquilo y sin tráfico. Y algunos de esos niños juegan, cómo no, al balón.
Uno de los niños que jugaban era mi hijo. Como muchos de los chicos de su edad —y algunos otros mucho más mayores, el pequeño Javier está loco por el fútbol; a excepción de los coches, se podría decir que sólo piensa en eso. Y dedica las tardes a jugar al balón, con sus amigos. Aunque tal vez esté utilizando mal los tiempos verbales: donde dije «dedica», léase «dedicaba».

Sucedió que en los bajos del edificio —la "Urbanización Nuevo Valdenoja", asegura un cartel algo desvaído ya— abrieron una tienda de comestibles, uno de esos negocios que antes se llamaban "de ultramarinos" y ahora no sé cómo llamarles, porque ya apenas quedan. Y que una pared del local da al patio donde juegan los niños.

Nosotros no solíamos comprar en esa tienda; tenía un pan horrible, seco y demasiado blanco. Abrían muy tarde, cerraban a mediodía y se iban demasiado pronto. Además, los precios eran algo elevados. Sin embargo, a mi hijo le hacía gracia la tendera, y siempre entraba a saludarla y charlar un rato con ella.

Hasta que, hace tres meses, en una reunión de vecinos, la chica de la tienda protestó por el horrible ruido de los balonazos del patio. Al parecer, ya llevaba algunas semanas protestando, porque, según ella, todo el local vibraba con cada golpe, y el tabique tenía ya una grieta. Y el culpable de todo aquel estropicio era... mi hijo. El pequeño Javier, un tremendo sansón de ocho años, capaz de lanzar un libre directo con la potencia de Roberto Carlos, o más.

Yo no pude protestar, porque no estaba en la reunión; tuve que aguantar un rapapolvos de la presidenta de la comunidad, que decidió prohibir jugar al fútbol en el patio común. A causa de mi hijo, según ella. Claro. Otros vecinos también jugaban allí, incluso algún adolescente, pero a quien señaló el dedo acusador de la tendera fue a mi hijo, así que ya teníamos chivo expiatorio. Durante las semanas posteriores, las conversaciones casuales con los demás vecinos me dejaron bien claro que mi hijo se había convertido, de pronto, en el gamberro oficial del barrio, el enemigo público número uno.

El pequeño Javier ya no volvió a jugar al balón en el patio. Pasaron los meses, y a principios de verano, aquella tienda del pan horrible ya no volvió a abrir.

Y esta mañana había un enorme camión de mudanzas aparcado frente a la casa. Estaban llevándose el mostrador, las cámaras refrigeradoras, las estanterías y lo poco que quedaba ya en el local. Y dentro estaba la chica de la tienda. Al otro lado del cristal, yo le sostuve unos instantes la mirada, mientras apretaba la mano de mi hijo.
Aquella mujer que nos miraba con los ojos vidriosos seguramente había culpado al niño de su desgracia; los golpes de un balón contra una pared deben de retumbar muchísimo, sobre todo cuando un negocio está vacío y nadie entra a comprar. Deben de producir un ruido insoportable, sobre todo cuando acecha la ruina, y toda tu inversión, tus sueños y tu trabajo están desmoronándose, sin que a nadie le importe.

Si esto fuera una de esas pretenciosas parábolas de Coelho, sería ineludible la cita —imagino que apócrifa— de Confucio:

«Sientate a la puerta de tu casa y veras pasar el cadaver de tu enemigo.»


Sólo que nosotros pasamos de sentarnos; en realidad, estábamos paseando al perro. Pero supongo que vale lo mismo, ¿no?



miércoles, 29 de agosto de 2007

Actualidad a patadas

Al final, como yo sospechaba, resultó imposible «no hablar de Umbral». Escritores...
Pero lo que realmente me fastidia es que el debate generado en los comentarios, sea mucho mejor que mi artículo. Lectores...
Y hoy tocaría no hablar de Puerta, en un retruécano inevitable —puerta y umbral, como bien señala Valen en los comentarios del artículo de ayer—, aunque me temo que será inevitable.

[Para los que leéis estas páginas desde fuera de España: Antonio Puerta es —era— un futbolista del Sevilla, y falleció ayer, tras un infarto durante un partido y varios días de agonía, a los 22 años, apenas un mes antes de que nazca su primer hijo.]

Y es que ayer me despertó mi hijo de mi bien merecida siesta para contarme que el futbolista acababa de fallecer. Y él no es que se lo tomase muy mal —ya se sabe que los niños son mucho más listos que nosotros, y asumen la realidad con la mayor naturalidad—, al menos, no como los sevillanos que salen por la tele llorando por las esquinas, pero algo sí que le afectó. Está en esa edad en la que el fútbol es media vida, y se sabe mejor las plantillas de los equipos que la tabla del siete. Y Puerta, en concreto, era un futbolista llamativo, sobre todo por la pinta: lucía una perilla donjuanesca y una nariz aguileña que le daban aire de espadachín del Siglo de Oro. Además, le habíamos visto la temporada pasada en el Sardinero, apenas a seis metros, disputándose la banda con Pinillos y Scaloni. Hasta teníamos por casa los cromos.
Al niño no se lo dije, pero me imagino la escena si el tal Puerta, en aquel partido, hubiese tenido un encontronazo con algún jugador local, o un mal gesto con la grada: se hubiera coreado el «Puerta muérete», como cada domingo se grita en los campos de fútbol —sí, sí, seguro que Eto'o aprendió el imperativo con ese cántico del público, pues se lo suelen dedicar muy a menudo—. Hoy todo son loas a lo buen chaval que era, claro, pero cuando en algún estadio el público pide la muerte de un rival —como si fuera una plaza de toros, vamos—, no sé si son realmente conscientes de lo que están deseando.




En fin, yo a lo que iba era a otra cosa: a que si alguien se molesta en medir el impacto mediático de la muertes de Puerta, y compararlo con el de Umbral, seguro que podemos sacar conclusiones poco gratificantes. Cierto que el futbolista murió en la flor de la vida y bla bla, bla bla, que no son dimensiones comparables, etcétera etcétera, pero seguro que los ríos de tinta y las horas de televisión del sevillista le dan mil vueltas a las dedicadas al escritor de aquí a Lima —que hubiera dicho yo si tuviera la edad de mi hijo—. ¿Qué importa un premio Cervantes, un millar de columnas y demás zarandajas, frente a un gol en semifinales que vale media Copa de la UEFA? ¿Qué un millón de páginas frente a un regate con la zurda y un centro templado al segundo palo? El único consuelo, eso sí, es que la literatura permanece, pero el fútbol caduca en apenas una jornada.



Y, como apunta Jesús Montoya, el ruido de esta noticia esconde muchas otras, como la subida del pan, o el descenso a los infiernos de Rosa Regás, la "abuela de verano" y menéndez-pelayicida ex-directora de la Biblioteca Nacional. O uno de los descubrimientos más inquietantes del año, que el cunilingus puede producir cáncer. O el rechazo rotundo de los jóvenes españoles a las brillantes ideas del gobierno de incentivar el alquiler, en lugar de lugar de frenar la especulación inmobiliaria. De esa interesante cuestión me gustaría hablar mañana. Si es que no se muere nadie, claro.





martes, 28 de agosto de 2007

No hablar de Umbral


Supongo que el mejor homenaje para Francisco Umbral, en el día de su muerte, no sería hablar de él, sino, paradójicamente, hablar de «mi libro». Y es que aquel berrinche televisivo le condenó eternamente a lucir el título oficioso de cascarrabias nacional; peor aún: para muchos, se quedó tan sólo en eso, en otro tío ególatra de incontenible mala leche. Y, cuando digo "muchos", siento tener que incluirme.
No es que quiera disculparme por ello, pero es que a mí el "padre del columnismo literario", como le ha llamado alguien hoy, me dejaba bastante frío. Eso de poner el "osea" en cualquier lado, y otras florituras que se marcaba, como que no me impresionaban, vaya. Algo tendría, sí, pero yo es que no se lo vi nunca; y eso que he leído —o empezado, más bien— centenares de sus artículos, pero nada. Lo intenté también con algunos libros suyos, y aún tengo en la biblioteca de La Bañeza un ejemplar agonizante de su "Trilogía de Madrid", a medio leer.
De lo que sí me acuerdo bien es de su porte rara, con aquel fular, un peinado inexplicable, la voz impostada y, sobre todo, aquellos sillones de mimbre que tenía en el jardín de su casa, que parecían sacados de la película de Enmanuelle. O de los piropos a través de los tabloides, como el que le dedicó a Isabel San Sebastián: «las piernas más bonitas del periodismo español». En fin, allá cada uno con sus cosas.

Pero es que yo me había propuesto no hablar de Umbral, y ya ven qué resultado. ¿Y por qué esa idea absurda de no hablar de él? No sé... para empezar, me da reparo. Yo no le tenía en muy alta estima —al menos, no tan alta como él parecía tenerse a sí mismo–, pero claro, a lo mejor es que yo no le entendía, no me esforcé lo suficiente, me faltaban cultura y conocimientos, no sé... Tampoco es cosa de meterse con un santón con una carrera tan dilatada a sus espaldas.

En segundo lugar, resulta que se ha muerto. Y no es un detalle baladí, porque resulta que yo no tengo nada bueno que decir sobre él —y, en realidad, tampoco nada malo—, pero ya se sabe que los obituarios son los textos más resbaladizos que existen, pues para hacerlos es preciso mucho jabón.

Y, para concluir, porque es el tema del día. Hoy habrá tal avalancha informativa sobre él, que todos acabaremos saturados de su vida y milagros. Y para glosar sus alabanzas y la fe de su iglesia ya están los medios de comunicación, y todos aquellos que respiran al pulso de la actualidad. Y yo me temo que no soy periodista, porque a mí me da lo mismo; puede que descubra a Umbral dentro de diez años, o que nunca me interese, pero ese calendario no me lo marcará la prensa ni la dictadura de las noticias.

Por eso, hoy no pienso hablar de Umbral.

Y además, porque me da la gana, coño, que para eso este es mi blog y hablo de lo que me sale de los mismísimos. Y si me gusta ir contracorriente, pues voy. Y si digo que hoy no pienso hablar de Umbral, pues no lo hago y punto redondo. Osea.

viernes, 24 de agosto de 2007

Un elegante desprecio por las normas


No sé si sería cosa del clima —esa melancolía gris que transpira en la campiña inglesa, con su bruma matinal y la puntual lluvia, siempre a la hora del té—; quizás fuera sólo un arranque de orgullo, harto de que le pasaran por las narices su origen humilde y su condición de becario en un colegio selecto; o puede que sólo fuera un arranque, un impulso irresistible e inexplicable lo que le llevó a desafiar lo establecido y seguir sus propios instintos. Pero lo que, desde luego, sí que fue, es un «elegante desprecio por las normas», como atestigua la placa que colocaron en su honor en la escuela de Rugby:



Esto sucedía en 1823, en un mundo que imaginamos lejano, y que yo siempre —maldita influencia del cine, que acaba por convertir el pensamiento en audiovisual— espero ver en blanco y negro, y ligeramente desacompasado, como en las películas antiguas, rodadas a 16 fotogramas por segundo y proyectadas a la velocidad actual, 24.

Esto sucedía —decía— en 1823 en el colegio de Rugby, durante un partido de football. Un fútbol aún primitivo, pero con algunas reglas claras; entre ellas, la de jugar con los pies y no con las manos. Y, de pronto, uno de los jugadores, William Webb Ellis, un chico del pueblo, un becario, un muchacho del montón, cogió la pelota con las manos y salió corriendo con ella, como un rayo, en dirección a la portería contraria, y marcó un gol. Un gol antirreglamentario, por supuesto, pero gol al fin y al cabo.

Una boutade, una chiquillada, un desplante, ¿quién sabe? Pudo ser cualquier cosa, desde el pueril resultado de una rabieta hasta un desafío al establishmen. Pero lo verdaderamente curioso fue que aquella, en lugar de propiciar una buena paliza al díscolo Ellis, le inmortalizó, pues pronto los demás comenzaron a imitarle. La cosa se extendió tanto, que pronto se empezó a jugar, en todo el país y parte del extranjero, a la manera de Rugby. Y hasta hoy día dura la fiebre.

Algo similar hizo el portugués Paulo Futre, en un derby madrileño, cuando en un ataque de enajenación —supongo— le quitó con la mano la pelota a Buyo y marcó un gol inválido e inexplicable. Claro que al colchonero, en lugar de crear escuela, le sacaron una tarjeta amarilla, e imagino que un par de chistes, de paso.

Sobre el bueno de William, poco más se puede contar de él: volvió a sus libros, fue a la universidad, se ordenó sacerdote y murió en Francia muchos años después, sin hacer un ruido. Sólo que su genialidad dio origen a lo que los apasionados definen como «un juego de rufianes jugado por caballeros». No obstante, lo realmente paradójico del asunto es que Ellis desobedeció las reglas, actuó contra el sistema, y su rebeldía, en lugar de dinamitarlo, derivó en un nuevo reglamento, en un nuevo sistema de reglas, órdenes, fronteras, jerarquías, obediencias y sanciones. Supongo que por eso se llama "rugby", y no "Ellisball" o algo similar: porque, de seguir la inspiración de aquel joven estudiante, el juego consistiría, precisamente, en romper las reglas.
Pero siempre, eso sí, con un «elegante desprecio por las normas». Como el que a algunos nos gustaría profesar.

Los que saben: Antonio Toribios


Antonio Toribios, escritor leonés, ha emprendido en internet un proyecto creativo muy interesante: Almanaque.
Él mismo lo define como un "Santoral apócrifo al hilo de los días", y es, precisamente, eso: una colección de pequeños relatos surgidos a partir del nombre del santo del día.
Un poco al estilo de los antiguos tacos de calendario, esos que, tras la fecha, regalaban anécdotas, citas, chistes o hagiografías, el Almanaque de Toribios es una pequeña delicia, con su estilo suave, casi transparente, que potencia un humor de alto voltaje.

Espero ir viendo crecer esta aventura, hasta que llegue a completar el santoral, y estoy seguro de que a todos os gustarán los textos tanto como a mí. Y, para empezar, os recomiendo una apología de las formas opulentas:
Generosa. Yo todavía me estoy riendo.

miércoles, 22 de agosto de 2007

La mona de seda


Es tan sencillo caer en un error de apreciación... Recuerdo uno especialmente curioso, y en primera persona.
Ocurrió en el primer examen de mi oposición, allá por febrero de 2004. Supongo que serían los nervios del momento, que me embotaron los sentidos, pero la cuestión es que allí estaba yo, armado con tres bolis pilot —de los más finos, para que la caligrafía diminuta no resulte tan desastrosa— y mi memoria paquidérmica, entre medio centenar de aspirantes —¡a mi plaza, los muy descarados!—, frente al tribunal que nos examinaba.
Yo entonces no me fijé demasiado; era un grupo de gente más o menos joven —rondando los cuarenta—, vestidos de calle y de amabilidad repartida (es decir, a unos les había tocado más que a otros). Entonces sólo me quedé con un miembro del tribunal: un tío de traje oscuro, de frente despejada, que cada poco lucía su vozarrón con un enérgico aviso: «¡Quedan noventa minutos!»; «¡Quedan sesenta minutos!», etc.
Diecinueve folios después —sí, sí, ya sé que me pasé un poco, pero ¿qué iba a hacer? Me cayeron "El proceso de producción editorial" y "El intercambio científico". Y sobre eso tenía alguna cosilla que contar—, el tipo aquel tan envarado nos comunicó que el tiempo se había terminado: «El tiempo se ha terminado», bramó, en un claro alarde de falta de originalidad.
En fin, no había ninguna duda: aquel tío era el presidente del tribunal, seguro. Y, de paso, mi futuro jefe, el director del Servicio de Publicaciones.

Pasaron algunos meses, y varios exámenes más, hasta que aquella plaza que parecía diseñada a mi medida pudo finalmente llevar mi nombre en los boletines oficiales. Y el día en que llegué a tomar posesión de mi plaza me encuentro con que no me recibe quien yo esperaba, sino un tío que había visto en el tribunal, más joven y más relajado. Y sin traje ni corbata, claro.
—¿Y el director? —quise saber, ingenuamente.
—Yo mismo —me aclaró él—.

La verdad es que luego, cuando le aclaré la confusión, le hizo mucha gracia. Por un lado, porque tenía mucho sentido del humor —lástima que sólo trabajásemos juntos unos meses—, pero, en especial, porque el tipo del traje oscuro era un conserje, miembro del tribunal en representación del comité de empresa.

Y es que una buena corbata y una chaqueta engañan al más pintado: yo nunca hubiera pensado que el director fuera aquel tío en vaqueros y mangas de camisa; especialmente, teniendo al lado a otro que parecía un ministro sin cartera.

Claro que me falló el ojo clínico. Y la lógica, también. Porque, políticos aparte, ¿quién viste hoy traje? Comerciales, vendedores de enciclopedias, novios, padrinos y demás fauna esponsoria, visitadores médicos, bedeles, ujieres... Hasta un policía me confesó una vez que los verdaderos delincuentes —y no es una metáfora sobre el capitalismo— suelen ir vestidos de armani o versace.

Y es que, cuando entras en un banco, es casi imposible diferenciar al conserje del director, porque los dos visten igual. O, más bien, casi igual: el traje de uno suele costar lo que el coche del otro. Pero ese "ojo clínico" aún lo tengo menos desarrollado. En fin, pues eso: Cosas veredes...


La mona de seda



Es tan sencillo caer en un error de apreciación... Recuerdo uno especialmente curioso, y en primera persona.
Ocurrió en el primer examen de mi oposición, allá por febrero de 2004. Supongo que serían los nervios del momento, que me embotaron los sentidos, pero la cuestión es que allí estaba yo, armado con tres bolis pilot —de los más finos, para que la caligrafía diminuta no resulte tan desastrosa— y mi memoria paquidérmica, entre medio centenar de aspirantes —¡a mi plaza, los muy descarados!—, frente al tribunal que nos examinaba.
Yo entonces no me fijé demasiado; era un grupo de gente más o menos joven —rondando los cuarenta—, vestidos de calle y de amabilidad repartida (es decir, a unos les había tocado más que a otros). Entonces sólo me quedé con un miembro del tribunal: un tío de traje oscuro, de frente despejada, que cada poco lucía su vozarrón con un enérgico aviso: «¡Quedan noventa minutos!»; «¡Quedan sesenta minutos!», etc.
Diecinueve folios después —sí, sí, ya sé que me pasé un poco, pero ¿qué iba a hacer? Me cayeron "El proceso de producción editorial" y "El intercambio científico". Y sobre eso tenía alguna cosilla que contar—, el tipo aquel tan envarado nos comunicó que el tiempo se había terminado: «El tiempo se ha terminado», bramó, en un claro alarde de falta de originalidad.
En fin, no había ninguna duda: aquel tío era el presidente del tribunal, seguro. Y, de paso, mi futuro jefe, el director del Servicio de Publicaciones.

Pasaron algunos meses, y varios exámenes más, hasta que aquella plaza que parecía diseñada a mi medida pudo finalmente llevar mi nombre en los boletines oficiales. Y el día en que llegué a tomar posesión de mi plaza me encuentro con que no me recibe quien yo esperaba, sino un tío que había visto en el tribunal, más joven y más relajado. Y sin traje ni corbata, claro.
—¿Y el director? —quise saber, ingenuamente.
—Yo mismo —me aclaró él—.

La verdad es que luego, cuando le aclaré la confusión, le hizo mucha gracia. Por un lado, porque tenía mucho sentido del humor —lástima que sólo trabajásemos juntos unos meses—, pero, en especial, porque el tipo del traje oscuro era un conserje, miembro del tribunal en representación del comité de empresa.

Y es que una buena corbata y una chaqueta engañan al más pintado: yo nunca hubiera pensado que el director fuera aquel tío en vaqueros y mangas de camisa; especialmente, teniendo al lado a otro que parecía un ministro sin cartera.

Claro que me falló el ojo clínico. Y la lógica, también. Porque, políticos aparte, ¿quién viste hoy traje? Comerciales, vendedores de enciclopedias, novios, padrinos y demás fauna esponsoria, visitadores médicos, bedeles, ujieres... Hasta un policía me confesó una vez que los verdaderos delincuentes —y no es una metáfora sobre el capitalismo— suelen ir vestidos de armani o versace.

Y es que, cuando entras en un banco, es casi imposible diferenciar al conserje del director, porque los dos visten igual. O, más bien, casi igual: el traje de uno suele costar lo que el coche del otro. Pero ese "ojo clínico" aún lo tengo menos desarrollado. En fin, pues eso: Cosas veredes...


martes, 21 de agosto de 2007

La estadística y las ilusiones


Zapeando de sobremesa —sí, sí, ya sé que es un vicio asqueroso, pero ¿qué voy a hacerle, si me gusta comer todos los días?— caí en un programa-reclamo de un futuro concurso, «telemodelo no sé cuántos».
El caso es que, entre humillaciones y tonterías variadas —se burlaban con descaro de unas cuantas aspirantes a modelo, que ponían carita de duras cuando hacían el ganso y luego lloraban como magdalenas mientras un jurado esperpéntico les decía sandeces—, a una chica le preguntaron que por qué se presentaba. Y va la chavala y dice: «Es que me he preinscrito en Medicina pero, por si no me admiten, este programa es una buena oportunidad».

Claro. Si la chica tiene toda la razón. Es una oportunidad estupenda: vas a la prueba, das un paseíto por la pasarela, pones cuatro posturitas, te llevan al programa, te enseñan a posar y a desfilar, te hacen famosa de la muerte, ganas el dineral y te conviertes en top model. Y luego conoces a un príncipe guapísimo y encantador que cae rendido a tus pies, y sois felices y coméis perdices, etc. Una gran oportunidad, desde luego.

Si es que somos unos pardillos. Todos. Bueno, todos, menos los que hacen esos programas, que sí qué saben qué se traen entre manos. Pero, ¿dónde está el error de la chica? Porque, efectivamente, es una oportunidad. Y es posible que logre cumplir sus sueños. Repito: es "posible"; otros lo han logrado, de modo que se puede. Lo que no es, es "probable". Ahí está el gran engaño: todo puede conseguirse, pero no podemos conseguirlo todos. De las dos o tres mil chicas que hagan los castings, sólo llegarán a modelos un par de ellas. No sé si eso es una oportunidad, o más bien una lotería.

¿Ilusas, verdad? Claro. Como los padres que llevan a sus hijos al equipo del colegio, pensando que tienen a un Maradona en casa. Pero no piensan en que, en la primera división, sólo hay unos quinientos futbolistas profesionales. Y la mayoría son extranjeros. Su hijo sólo es uno más entre los millones de aspirantes. ¿Cuántos actores de éxito hay? ¿Cuántos viven de su profesión? ¿Cuántos vagos profesionales triunfan a costa de los concursos y la telebasura?
Y —lo que a mí más me duele—, de todos los ilusos que rondamos las editoriales con nuestra novela debajo del brazo, ¿cuántos llegaremos a ser escritores?



lunes, 20 de agosto de 2007

En la boca del lobo


El diario "La Voz de Asturias" ofreció hace unos días esta imagen de la grada del Molinón. Pese a que está en blanco y negro, los dos intrépidos racinguistas del centro de la imagen son Menéndez&Menéndez (el niño y yo, para más señas). Todos los de alrededor son furibundos seguidores del Sporting, a los que no les hizo mucha gracia que el Racing se llevara la copa. En fin, qué se le va a hacer.
Lo curioso es que, entre ocho mil rojiblancos, el fotógrafo encontrara a los dos únicos verdiblancos de la grada. Y el pequeño no vean cómo animaba... Fíjense, si no, en mi cara de susto, que ya me estaba temiendo lo peor.

jueves, 16 de agosto de 2007

V.I.P. [Very Idiot Protocol]


¿Qué habrá tras esa puerta verde? Eso me preguntaba yo, apenas un crío, escuchando la canción de Los Nikis. Claro que esto sucedía en 1986, y en aquella época la música sí que tenía importancia —al menos, para mí—.
Y es que mientras escuchaba la aflautada voz de Emilio —el cantante del grupo, que en lugar de niki solía vestir polo—, no podía evitar recrear yo mismo aquella historia: un chaval que merodea alrededor de un club, intrigado por saber qué sucede detrás de una frontera infranqueable en forma de puerta de color verde, que le separa de la tierra prometida, en la que se intuye que abunda esa afamada trilogía que nunca pasa de moda: «sex, drugs and rock'n'roll».
¿Qué habrá tras esa puerta verde? Buena pregunta. Creo que hoy la cosa me dejaría frío, pero es una sensación que todos hemos conocido: la de que nos estamos "perdiendo" algo. En la adolescencia y la primera juventud la verdad es que nos morimos por estar ahí —en el rollo, en la movida, en la pomada... o sea, en lo que toque en cada momento— y todo parecen fiestas privadas a las que nadie te ha invitado.
Aquella impresión, en mi caso, era tan fuerte, que cada vez que me iba a dormir no podía evitar pensar que los demás estaban de fiesta, y yo estaba allí, en la cama, perdiendo el tiempo, dejando pasar oportunidades que nunca volverían, momento irrepetibles de diversión y desenfreno. Y eso que yo nunca llegué a ver una "puerta verde".
Me conformaba con la canción; entonces yo pensaba que Los Nikis eran el mejor grupo del mundo —y, curiosamente, sigo pensándolo—, así que no podía imaginar que era una versión. Entonces los discos apenas daban información, y eso que los investigábamos hasta el más mínimo detalle, así que supuse que era una letra suya. Pues no. Si hubiera tenido un hermano mayor, me habría dicho que la canción era Shakin' Stevens, que hizo una versión en el 81. Si el hipotético hermano hubiera sido un postmodernillo, me habría dicho que era de los Cramps. Si en vez de hermano fuera un tío madurito, diría que de los Llopis. Y si la bisabuela tuviera ruedas... en fin, dejémoslo, que esto ya parece historia-ficción. El caso es que tendría que haber sido mi abuelo quien me contase que la canción original era de 1956 y la cantaba —porque tampoco era suya, sino de su pianista— un tal Jim Lowe, pero claro, entre el boicot internacional y la postguerra, mi pobre abuelo en aquellos años no creo que escuchase mucho más que Perlita de Huelva y Antonio Molina. Aparte de que opinaba que los Beatles, más que cantar, ladraban... Pero claro, eso ya es otro asunto, que seguro que tiene que ver con la fonética anglosajona.
Al parecer, la canción original —cuyo texto en inglés es muy muy fiel a la versión castellana, si se me permite el retruécano— hablaba de un bar musical de Texas en el que no dejaban entraban a los menores, que sin embargo se quedaban allí, delante de la puerta amarilla del local. Claro que el amarillo es un color muy poco musical, y adaptaron la cosa al verde, que da mucho más juego para casi todo.
No obstante, resulta que también hay una película titulada "Tras la puerta verde". Y encima, es una peli X. Un latazo de esos setenteros —que tenían hasta argumento y todo— que se inspira en la cancioncita de 1956. Y, al parecer, lo que pasa detrás de la puerta es bastante fuerte y... ejem ejem... digamos que tumultuoso. No sé si los "Ramones de Algete" conocían la película antes de grabar su canción, pero imagino que no; la gente de bien no vemos ciertas cosas, ¿verdad? Estaría bueno.

La cuestión es que ya me había olvidado de todo esto, hasta que hace unos días Pilar y yo fuimos a un concierto en la Campa de la Magdalena. Tocaban varios grupos, y antes de que llegara el plato fuerte —un Coti espectacular pero algo flojo de repertorio— ocupó el escenario un animador de la radio que daba brincos por allí, ponía cortes de canciones ultracomerciales y tiraba material de merchandising al público. Mi opinión sobre el individuo me la voy a guardar —y ya estoy diciendo bastante—, pero el caso es que el tío aquel, con su gorrito nada discreto que supongo que ocultaba una alopecia galopante, no paraba de hablar. Y entre todas las intrascendencias, llegaron los obligados peajes: pidió un aplauso para el Ayuntamiento de Santander, porque gracias a ellos el público podía disfrutar de un concierto gratuito, y además, no se le ocurrió más que pedir una ovación también para la "zona VIP".
Vi a algunas niñas aplaudir, pero lo cierto es que la pitada general fue antológica: un abucheo en toda regla a los políticos y sus distinguidos invitados.
Debo confesar que me reconfortó mucho la reacción del público; ya habíamos notado al entrar que había una zona especial, con templetes, sofás, azafatas y demás, en la que corría el champán. Y los VIPs de marras no sólo estaban custodiados por seguratas, sino que incluso habían acordonado la zona con verjas, todo un poco exagerado, como para dejar bien claro que «todavía hay clases».
Supongo que a todos nos daba un poco igual que aquellos privilegiados quisieran sentirse importantes, pero tanto como aplaudirles... Sabemos que las diferencias existen, pero a nadie nos gusta que nos las pasen por las narices. Lo que ocurre es que me sorprendió, porque estamos tan hechos a ver por la tele a las multitudes adorando a los triunfitos, y perdiendo el culo y la vergüenza por entrar en Gran Hermano, que me había olvidado de que los jóvenes también son contestatarios. Al menos, los jóvenes que valen la pena.
Cierto que abuchear a un ayuntamiento es facilón y no tiene mucho mérito: hay que ser un auténtico membrillo para intentar camelarnos diciendo que podemos ver un concierto "gracias a los políticos". Vaya. Como si no fuera su obligación. Como si hubieran puesto la pasta de su propio bolsillo. Hay que ser pelota...

En fin, que allí estábamos Pilar y yo, mirando hacia la "zona VIP", buscando una puerta verde por la que no nos dejasen entrar, cuando nos dimos cuenta de que, en realidad, no queríamos pasar. Nadie quería entrar. Aquellos abucheos pedían que se acabasen las puertas verdes, las zonas PIJ y los Very Idiot Protocols. No es que fuera la toma de la Bastilla, pero tampoco estuvo mal: una buena dosis de realidad juvenil. Y seguro que los lumbreras del Ayuntamiento ni siquiera se dieron cuenta.



Todo se acaba

16 de agosto.
Fin de mis vacaciones blogueras.
Arranco el ordenador y el primer mensaje de correo que me encuentro es éste:



Inenarrable la emoción que me embarga...
Y el caso es que me he pegado un mes de absoluto relax, sin dar golpe. Pensar sí, eso mucho, pero nada de teclas. Pensaba que me iba a costar algo más, como cuando dejé de fumar, pero no: ha sido mucho más sencillo. Lo que me va a costar es ahora volver a coger la forma. Claro, no lo había previsto: tenía que haber hecho una pretemporada, como los futbolistas.
Cierto que encuentros amistosos he tenido unos cuantos este verano, pero no sé si valdrán...
En fin, aquí estoy de nuevo y que sea lo que Dios quiera. Muchas gracias a todos por vuestros mensajes y comentarios, no sé qué haría sin vosotros... bueno, sí lo sé, pero ya iban a ser demasiadas vacaciones.

Pues nada, voy a ver si consigo que Llanillo —ya que ha perdido la apuesta de que no aguantaría un mes sin bloguear— me pague el café y el bollo que me debe.