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viernes, 29 de junio de 2007

¿Dónde estará mi medio lector?

Este artículo fue publicado en la última edición (mayo de 2007) de la revista Camparredonda, editada por el escritor leonés Gregorio Fernández Castañón.


Resulta que uno de cada cuatro jóvenes españoles entre los catorce y los veinticuatro años afirma que no le gusta leer. Y uno y medio, que lee por sus estudios –por prescripción facultativa, vamos–. Así que, si les restamos al otro medio que está de botellón, a las víctimas del fracaso escolar, a los acosadores, a los analfabetos funcionales y a los aspirantes a entrar en Gran Hermano, a lo mejor podemos dar con un cuarto y mitad de joven ibérico –y esperemos que no sean los cuartos traseros– que de cuando en cuando lea. Porque las estadísticas son así de optimistas: según la dirección general del ramo, lector habitual es aquel que declara leer al menos una vez al trimestre. Ahí es nada. Imaginamos, eso sí, que las etiquetas del whisky DYC y el menú del MacDonalds no cuente como lectura.
Claro que tampoco hay que volverse loco con las estadísticas; a ver cuántos encuestados aseguran que a la hora de la siesta alucinan con los documentales de La 2, cuando la realidad de las audiencias tiene mucho más tomate. O la impagable excusa del que compra el Interviú «por los artículos». Pero, aunque la credibilidad de las estadísticas esté en horas bajas, este asunto de la escasez de lectores preocupa, y mucho, a una parte importante de la población. ¿Lo adivinan? No, claro que no; a los políticos les da exactamente igual; ellos ya leen bastante, siempre a vueltas con el guión de los discursos que les escriben los asesores de imagen. No. A quien preocupa es a los silvicultores, a la industria papelera, a los productores de tinta, a los mecánicos de rotativas, a los correctores de pruebas y a Faber y a Castell, famosos mineros de puntas de lápices. A algún escritor también parece importarle, pero como el tema le suele servir para dárselas de intelectual en las tertulias de la tele y la radio, no se les toma muy en serio –a los maestros y profesores sí que les preocupa, pero como nadie les hace ni caso, así nos luce el pelo–.
La cuestión es que, si MacLuhan tenía razón cuando contaba aquello de que la Galaxia Gutenberg –es decir, la revolución cultural producida por la imprenta y sus consecuencias en la cultura occidental durante cinco siglos– tocaba a su fin y ahora llegaba la era de Marconi –o sea, lo audiovisual–, hay un montón de negocios cada vez más ociosos. Vamos, que lo del libro cada vez da para menos. Y la culpa –opina el sector– la tiene la gente, que se empeña en no leer. Ya hemos hablado de las “nuevas generaciones”, que incapaces de leer un mísero folleto de cócteles han acabado mezclando el vino de brik con los sucedáneos de coca-cola. Pero es que esa generación con disfunciones hepáticas irreversibles tiene padres; padres a los que también les molesta mucho lo negro. Y tienen hermanos pequeños –esos bultos de allí, junto al televisor– que nunca cogen un libro porque no tiene botones. A los ancianos tampoco vamos a pedirles mucho, que la vista ya va fallando. Menos mal, eso sí, que nos quedan las mujeres, que sí que leen. Ahí las tienen, ellas solas manteniendo a todo el sector editorial.
La industria, claro, se defiende. Hay que abaratar costes y entonces se despide a los correctores, a los escritores y hasta a los lectores. Se reducen también los libros: las novelas pasan a ser novelas cortas y se ponen de moda los microrrelatos. Y es que los libros cada vez tienen menos texto –curiosamente, como apunta el profesor Llanillo, los libros de texto son los que tienen más fotos–; no será raro que pronto algún autor experimental publique un libro en blanco –y cobre derechos de autor– para que el lector escriba en él su diario. Si uno se da un paseo por una feriona del libro, una de las grandes, las profesionales, se da cuenta de que allí lo que menos “vende” son los libros; en los puestos hay todo tipo de regalos, como si fueran bazares –o bancos–, o incluso se improvisan cafeterías con bollitos gratis. O se acude al último recurso, el de las azafatas bien torneadas con gran superficie pectoral al descubierto; y es que cualquier sacrificio es poco con tal de promocionar el libro.
Aún así, la situación no es tan desesperada. Pensemos que esos jóvenes que creen detestar la lectura, en realidad se pasan las clases enviándose mensajitos por el móvil y las tardes enganchados a Internet. Y claro que leen… Los sms no los descodifican por telepatía, y nunca se han visto más letras juntas que en la famosa telaraña invisible. Ellas sí que leen, y hasta ellos, que parecían alérgicos a la lectura, resulta que devoran el Marca cada mañana. Ocurre quizá que cambian los medios, cambian los temas y el mundo continúa girando sin preocuparse. Y todos aún queremos que, de uno u otro modo, nos sigan contando historias. Es sólo la nostalgia, ese gusto que pronto será retro, de coger un libro, abrirlo, aspirar su aroma, sentir el tacto del papel… y a veces hasta leer lo que pone dentro. El libro. Un aparato anticuado, que no tiene botones, que no se enchufa, sin pantalla, sin sonido. Que lo puedes llevar a cualquier lado, que nunca se queda sin batería ni necesita antena. El libro. Nuestro libro.

jueves, 28 de junio de 2007

Cargar los tintes


Hay algo especial en el cabello, un magnetismo que hace que sea una de las partes de nuestro cuerpo a la que más atención prestamos. Tanta, que, en términos biológicos, yo creo que nuestra especie lo conserva por motivos de supervivencia. De pura y dura supervivencia —en el sentido bíblico de aquel «creced y multiplicaos», claro—.
En una época en que la imagen prima sobre cualquier otra cualidad —al menos, inicialmente—, es lógico que nos preocupemos por que ésta sea lo más atractiva posible. Todos elegimos cuidadosamente nuestro corte, nuestro peinado, que nos sirve de carta de presentación y conforma, también, parte de nuestra identidad —al menos, de la parte que, sin remedio, hacemos pública—.
Cierto que no siempre buscamos la belleza —piensen en los agresivos rapes al cero, y otras averías similares—, pero es indudable que siempre perseguimos un efecto estético.
¿Que a qué viene esto? Bueno, pues resulta que hace unos días, viendo la tele, le hicieron la típica pregunta chorras a una chica de muy buen ver, y ella, con muchos reflejos, le contestó: «A mí no me preguntes, que soy tonta, ¿no ves que soy rubia?».
¿Son tontas las rubias? Es evidente que no, pero ya se sabe: calumnia, que algo queda. Sí que pesa cierta mala fama sobre las rubias, pero, si nos fijamos en el número de mujeres que se vuelven rubias por voluntad propia, no parece que el infundio haya calado demasiado. Aún recuerdo el comentario que corría, allá por los años de la Expo, de que en Sevilla había más rubias que en toda Suecia. Y lo mismo viene a pasar en toda España, claro. Sin ánimo de ser soez, confesaré que cuando yo era adolescente pensaba que el vello púbico era, indefectiblemente, moreno. Y no me preguntéis qué era lo que leía, en lugar de los libros de mates y lengua; ya os podéis imaginar que no saqué la conclusión a partir de un manual de anatomía.
El caso es que, vista la afición general por el rubio de peluquería, cualquiera podría pensar que es un hecho indiscutible que nos gusta más el moreno. Pues no.
En los años que pasé en Alemania, una de las cosas que más me llamó la atención era la extraña relación entre las alemanas y su color de pelo. Resulta que tienen hasta palabras despectivas para referirse a las rubias: blondin —que viene a ser como "rubia tonta", pero con el acento en "tonta"— y tussi —que es una amalgama de rubia, pija, tonta, facilona y salida—. Hay montones de chistes sobre rubias, y son precisamente las mujeres quienes los cuentan. Pero lo verdaderamente curioso del caso es que allí ¡son todas rubias!
Lo que pasa es que no lo notas, porque —al menos en aquella época— la moda era teñirse el pelo de negro.
Es decir, que parecía que un encantamiento hubiera trasladado a las sevillanas a Berlín y a medio Munich al barrio de Malasaña. Claro que, si te fijas algo mejor, en seguida te das cuenta de que las morenas están medio calvas, y las rubias parecen el león de la Metro, porque el cabello rubio es mucho más fino y escaso, mientras que los morenos tenemos más y más fuerte.
No sé por qué me fijo en estas cosas; supongo que se debe a que todos mitificamos nuestra adolescencia, y yo me he quedado anclado en los ochenta: crestas punk, tupés, flequillos a lo beatle... Había mucha sofisticación en todo aquello, y a veces sospecho que esas tonterías hacían la vida mucho más divertida. A pesar, incluso, de los experimentos con agua oxigenada, el mechón naranja o las coletillas macarras.
Recuerdo especialmente las pintas de un chaval —al que sólo conocía de vista, y que debía de estudiar en el Padre Isla— que llevaba un lado de la cabeza de rubio y el otro de moreno. Era un espectáculo.
Y es que, en este asunto de los tintes, lo que hace falta es imaginación. Y colores, muchos colores. Hace unos años estuvo de moda el caoba, que es un tono precioso, y evoca a esas tribus africanas, embadurnadas de arcilla roja, que parecen héroes mitológicos.
O las melenas completamente rojas, como la de Franka Potente, que tienen un no sé qué, que me resulta altamente erótico. Aunque también hay estrambotes de nefastos resultados, como el azul galáctico de una antigua actriz, que induce a poner en cuestión el alcance del adjetivo "excéntrico".
Y sin embargo, ¿por qué los tíos no nos teñimos? No, no me refiero a echarse el lady Grecian ese para las canas, o directamente el aerosol de pintura negra en la calva, para tapar el cartón. Teñirse de verdad, un bonito color ceniza, unas mechas de color o un deslumbrante rubio platino. Pues, exceptuando algún osado, ninguno se atreve. Misterioso, ¿verdad?

miércoles, 27 de junio de 2007

Por fin

Visto el interés general que ha despertado mi examen de sintaxis, tengo que anunciaros que...
como diría Superlópez, «después de tantos años de trabajo, por fin lo hemos conseguido».
O sea, que sí, que ¡he aprobado!
A pesar del libro amarillo, y de mis denodados esfuerzos por no aprender la sintaxis funcionalista, ya está conseguido: el último examen de la licenciatura en Lingüística.
Por cierto, que el examen era con el catedrático Salvador Gutiérrez. Sí, sí, el mismo: el último candidato para entrar en la RAE. Suerte, maestro.
Y a todos vosotros, gracias. Es un placer sentirse tan arropado: así da gusto hacer exámenes, con tanto apoyo moral.

Consejeros diletantes


Resulta que ayudar a los fumadores a dejar esa afición es un oficio. En serio, es cierto. No me refiero al asunto ese de inventar técnicas infalibles y forrarse dando cursillos. No, me refiero a esos gabinetes médicos, financiados por la Seguridad Social, algo científico y fiable, vamos.
Mi amigo Fernando trabaja precisamente en ello; es médico, y su labor es apoyar a los fumadores recalcitrantes a que superen el vicio. A mí me parece muy bien, sobre todo porque Fernando me cae genial y así puede pagar sin apuros la hipoteca y demás, pero llevo unos días dándole vueltas al asunto, y es que no me acaba de convencer del todo.
Y es que mi amigo no ha fumado nunca. O sea, que se pasa el día convenciendo a la gente de que no es imposible dejar el tabaco, de que hay que mentalizarse, que se puede recurrir a tales y tales técnicas, y que no pasa nada. Ya. Pero él ¿cómo lo sabe? Porque me temo que hay muchas cosas que no se aprenden en los libros, ni en las aulas. Y no se trata de aplicar fórmulas matemáticas, o de concluir un diagnóstico, sino de sentarse enfrente de alguien, mirarle a los ojos y decirle: «tú puedes». Claro. Pero, ¿tú cómo lo sabes?
Lo cierto es que yo –si estuviera en la tesitura de dejar de fumar– me sentiría mucho más tranquilo si el consejero me hablase desde su propia experiencia. Supongo que ese es el truco de los "charlatanes de autoayuda" que se hinchan a vender libros con su infalible método: aparecen en un anuncio con sonrisa dentífrica y rebosando salud, y ponen como garantía de éxito su propio ejemplo. ¿Cómo no van a tener más credibilidad que mi amigo, que se pone una bata y te habla de tratamientos y pastillas? Claro que a mi amigo Fernando nunca le van a pillar en una recaída, apurando a escondidas un pitillo, porque su método milagroso a lo mejor ni iba tan bien como decía.
¿En qué confiamos, entonces, en la ciencia o en el testimonio? En la ciencia, cómo no, decimos todos a ojos cerrados. Pero veamos otro caso: el del sacerdote que "aconseja" sobre como conducirse en determinados aspectos de la vida —sobre todo, en aquellos que tocan al sexto mandamiento, que es el que más juego suele dar en materia de pecados y pecadillos—. ¿Cómo puede un profano dirigirte en un asuntos que, por propia voluntad, desconoce? ¿Puede valorar tu vida sexual? ¿Desaprobar tus aficiones favoritas, que diría Woody Allen? Es curioso que se permitan impartir cursos sobre la vida matrimonial, sobre las relaciones de pareja, cuando su conocimiento de la materia es puramente teórico.
No es muy diferente el caso de los profesores de empresariales que nunca han trabajado fuera de la universidad, y luego imparten clases prácticas sobre cómo administrar un negocio, como cuadrar un balance o llevar la contabilidad. Y se permiten repartir suspensos y aprobados a su antojo, sin preocuparles que, por mucha nota que hayan obtenido, cuando sus alumnos salgan al mundo real comprobarán que no se parece en nada al país de maravillas que les pintaron en la facultad.
Pues un poco así somos todos: aficionados metidos a consejeros. Nos encanta opinar, orientar, aconsejar. Lo sabemos todo. Todo, excepto que, en la vida, nadie es profesional: todos somos diletantes.

Olalla contra la tiranía de la realidad

Después de unos días de abstinencia internetera, he dado un repaso por mis sitios favoritos —sí, también he visitado el tuyo, claro que sí– y me he encontrado un artículo de mi amiga Olalla que me ha encantado.
Olalla —que, pese a lo que pueda parecer, no es de letras, sino casi, casi ingeniera— tiene un gran talento, y siempre es muy interesante visitar su "ciudad sin u". Esta última entrada, además, es redonda: ¡malditos calendarios!

martes, 26 de junio de 2007

La captura del pasado


En mi poema predilecto de Juan Carlos Mestre, Retrato de familia, —que a veces recito de memoria, imitando su peculiar acento, entre berciano y austral: «Ciego de Ávila, provincia de Camagüey, isla de Cuba. Mi abuelo tocaba el clarinete y tenía un cinturón con hebilla de oro…»— imagino al poeta con una foto antigua en las manos, cuando dice:
Están los dos, él lánguido de ojos y con un traje de lino. Ella, bajo la luz de los trópicos, es bella y me mira.

Más: no soy un gran fan de Manolo García, pero en una de sus primeras canciones en "El Último de la Fila", «No me acostumbro», hay un hermosísimo hallazgo que me impactó profundamente:
Sonríes en mis manos
Supongo que a todos nos ocurre, que esa magia cotidiana de la fotografía nos resulta tan sorprendente, tan sobrenatural, que sospechamos que junto a la imagen es capaz de capturar también atmósferas, aromas, sensaciones y recuerdos. Y algo debe haber de cierto en esa creencia, pues hay muchas ocasiones en las que, cuando observamos una foto, es como si cogiéramos con las manos un pedacito de nuestro pasado, y a través de la evocación recuperamos un tiempo que creíamos ya perdido para siempre. Algo más habrá en esa película, en el papel satinado, en el nitrato de plata, capaz de fijar no sólo la luz, sino cosas más intangibles: cosas como la propia vida.
Ahora las cámaras también graban vídeos, sonidos o texto superpuesto, pero no hacía falta: las propias fotos llevan ya su propio sonido, su movimiento y su historia. Como en aquel inolvidable «Escenas de cine mudo», de Julio Llamazares, en las que el narrador observa antiguas fotografías de su infancia, hasta que cada una de ellas toma vida y recrea una escena completa. Es curioso, pero recuerdo aquel libro como si lo hubiera leído en blanco y negro.
Y hoy recibo una foto y pienso en mi pequeño hijo, que se ha quedado en León para disfrutar del verano en su tierra, junto a los suyos, y me veo en él en sus ocho años, los veranos sin dejar de llover en Asturias, los campamentos en la montaña, las aventuras en bicicleta, los primeros amigos, las postillas en las rodillas, las tardes de sol que no acababan nunca, el incondicional amor de los abuelos... El verano de la infancia, que es el único y auténtico verano.
"Fotofobia". Así creía yo que se llamaba esa aversión de algunas tribus hacia las fotos. Sin embargo, todos tenemos algo de aborígenes, supongo; un poquito de esa creencia irracional de que la fotografía, más que la imagen, captura el alma del fotografiado. Y es que, en realidad, lo hace. Afortunadamente.

lunes, 25 de junio de 2007

Fecha fatal

Querido amigos,
hoy no va a haber nuevo artículo.
Voy a pasar el día de una de las formas más desagradables que existen: haciendo un examen.
Mañana, más.

viernes, 22 de junio de 2007

VICENTE GUTIÉRREZ RECURRE A LA ELOCUENCIA

De qué te sirve ser
el primero de la clase;
para qué resolver neperianos
y calcular distancias
en años luz;
qué sentido tiene dejarse
la vista en una tesis
y llevar gafas de pasta.
Para qué un máster, una cátedra
si luego suspiras
—como todos—
por la chica con trenzas
de la tercera fila
ésa que siempre deja
tres para septiembre.
De qué te sirve ser
un genio
si las chicas sólo piensan
en futbolistas depilados.
Deja ya esos libros aparcados
y apúntate conmigo
en el gimnasio.

jueves, 21 de junio de 2007

Solidarios [con el dinero ajeno]


Llevo un rato dándole vueltas al diccionario propio —que se supone que cada uno mantenemos en nuestra cabeza, con permiso del alemán capullo aquél— y no consigo encontrar una palabra; a ver si alguien me ayuda.
La palabra es la que se le podría aplicar a los personajes públicos que aparecen en campañas benéficas, abanderando una buena causa e invitándonos a aflojar la mosca a alguna oenegé. Y el único adjetivo que se me ocurre —aparte del ya obsoleto "caritativo"— es "solidario". Por supuesto que es la primera palabra que me surge porque está muy extendida, convertida casi en un cliché, una etiqueta que nos gusta poner para justificar nuestros santorales laicos contemporáneos. Pero yo, la verdad, a esa palabrita no acabo de verle la gracia.
Hace un par de días, en un rato perdido, vi que en la tele hablaban de las desdichas de algunos famosos: princesas, futbolistas, magnates. ¡Cuánto sufren, sí señor! Y para resaltar su lado "bueno", en seguida sacaban a la palestra sus actividades humanitarias. ¿Y en qué consistían? Hay varios tipos, incluso alguno bueno, pero los más notables son aquellos en los que el famoso cede su imagen para apoyar a una causa —alguna de esas que claman al cielo, casi siempre relacionadas con la mortalidad infantil y nunca con las causas estructurales de la pobreza—, y sensibilizar a la opinión pública acerca del problema.
¿Quiénes son esa "opinión pública"? Usted y yo, claro. ¿Y para qué sensibilizarnos? ¡Exacto! ¿Cómo lo ha adivinado? Para hagamos donativos, por supuesto.
No, no me opongo a la labor de las oenegés, ni mucho menos: si no existieran, habría que inventarlas. Lo que me indigna es la desfachatez de los famosos que pretenden ir de "solidarios", pero de balde.
Porque tendemos a considerar por igual las intervenciones altruistas y esa otra actitud de "nadar y guardar la cartera". Me explico: cuando Sting monta un jaleo con nativos del Amazonas, está llamando la atención de la población mundial sobre una amenaza grave que causa el mundo occidental, y está además plantando cara a las grandes empresas mundiales —al capital, que dirían antiguamente—. Si un famoso sale en televisión pidiendo colaboración ciudadana para buscar a un niño desaparecido, está prestando su imagen para una labor social, de modo ejemplar.
Sin embargo, no siempre es así: lo habitual es que el famoso ceda su imagen para algún fin solidario, y nos diga a través de su impecable sonrisa y sus dientes blanqueados: ¡colabora! Y enseguida, en un lugar bien visible, aparece un número de cuenta.
¡Qué generosidad! ¡Qué altruismo! ¡Qué forma de consagrarse a los demás! Te haces una foto, pones cara de buen feligrés, y que el dinero para las misiones lo ponga el público, que para eso está.
Y, si lo pensamos bien, es muy lógico: ¿cómo van a dar los famosos su propio dinero? Si lo dieran, se empobrecerían y acabarían siendo tan anónimos como nosotros. De ninguna manera: ellos que cedan la imagen —que no sólo es gratis, sino que es una forma más de publicitarse, y de paso aumentar su prestigio—, y los fans que paguen, que para eso están.
Esto lo entendían muy bien los publicitarios de aquella malograda oenegé, que salían con la careta de una princesa solidaria y —a la vez que sacarnos la pasta— nos querían hacer sentir mal, con aquello de: «¿O es que tiene que pedírtelo ella?».

miércoles, 20 de junio de 2007

Menéndez 1 - Ramos 1


Ya me fastidia eso del espíritu deportivo, del ferplei y el dandismo británico pero, en fin, las cosas como son:
Enhorabuena a los Ramos, que el sábado fueron los reyes de la pista, y han alcanzado el liderato —ex-aequo— de nuestra particular competición.
Al parecer, Jesús y Jesús Ramos dominaron el torneo del sábado, sin dar opción a sus contrincantes, y ganaron el "Olímpico". Dominaron desde el fondo de la pista y también en las subidas a la red, mostrando un juego contundente y una inesperada compenetración.



«No hubo rival», declararon a la conclusión del campeonato.
Y nunca más cierto: los Menéndez (Javier y Javier) no se presentaron, pues una contractura de última hora —verticulosis, se empeñó en diagnosticar alguno— terminó con la mitad del equipo en los ambulatorios del Sardinero, perseguido por una guapísima enfermera obsesionada con bajarle los pantalones... para ponerle una inyección.
Vaya desde aquí nuestras felicitaciones para el equipo Ramos. Y una advertencia: la próxima vez no lo tendrán tan fácil. Las raquetas siguen en todo lo alto.

PS. Felicitaciones también para la mejor tenista de la casa: Patricia Ramos. ¡Y gracias a Begoña por las fotos!

martes, 19 de junio de 2007

Ropaje intelectual

Hay quien opina que, en los vaivenes de la posmodernidad, la publicidad ha acabado convertida en un arte. A mí también me lo parece, claro, sólo que unas veces pienso que podría pertenecer a las Bellas Artes, y otras, que a las "malas artes".

Porque, por mucho creativo, mucho efecto especial y mucho glamour que le pongan, en el fondo sigue siendo lo de siempre: propaganda. Sí, sí, lo mismito que perfeccionó un tal Goebbels, pero que ya existía desde tiempos de los fenicios, o muchísimo antes.
Lo que ocurre es que, últimamente, les ha dado por elevarla de rango, cubrirla de oropel y travestirla de "guiños" para el público "inteligente". Pero, como diría el refrán, aunque le pongas «ropaje intelectual», mona se queda.
Sucede que hace ya demasiado tiempo que nos hemos acostumbrado a su presencia. Ocupa las mejores planas de periódicos y revistas, aparece con reiteración en los minutos de más audiencia de la televisión y golpea sin piedad nuestros tímpanos en la radio. Nos persigue en las tapias y vallas publicitarias, en la carrocería de algunos coches, en las camisetas y hasta en las bolsas de la compra. Casi diríamos que nos acosa, con su eterno "compra, compra".
Y nosotros, ¿cómo nos defendemos? Ignorándola, claro. Utilizamos el papel para limpiar cristales, cambiamos de canal durante los anuncios, o usamos las bolsas con publicidad para tirar la basura —y así, hemos convertido los contenedores en anuncios improvisados de supermercados y grandes almacenes—.
Sin embargo, la publicidad puede más que nosotros. Nos estudia. Nos investiga. Nos analiza. Utiliza el márquetin y la retórica. Y el arte.
Al final, los anuncios son tan espectaculares que te acaban atrapando. Sea a través del sexo —que ni siquiera necesita ser explícito, basta con una cara o un cuerpo bonito—, el afán de imitación —en esta edad dorada del "famoseo"— o el impacto de lo estético, no sólo consiguen llamar nuestra atención —paso previo a su fin último, inocularnos su mensaje—, sino que acaban imponiendo tendencias estéticas a toda la sociedad.
La moda actual —que, por cierto, es importada de los gustos estadounidenses de hace un lustro— son los anuncios "intelectuales". Se trata de ofrecer al público un envoltorio pretendidamente culto, que le induzca a pensar que lo elevado de ese mensaje es una contraseña, una forma de tratarle como un individuo inteligente y no un simple e ignorante consumidor.
Son anuncios casi poéticos, como el "¿Te gusta conducir?" de BMW, con aspecto de reflexión filosófica —"la gente tiene de todo; por eso yo vendo nada"—, o de microespacios de divulgación científica, como el anuncio que utilizaba las teorías del "espacio personal" para vender coches. Como la manzana de Blancanieves: hermosísimos, pero rellenos de veneno.

Y la última hazaña publicitaria: convertir la pirámide de Maslow —que culmina en la autorealización— en una metáfora de un depósito lleno de gasoil.



El resultado es espectacular, claro. La tomadura de pelo, también. ¿Por qué? Porque, si somos capaces de comprender lo expresado por Maslow, ¿cómo vamos a caer en la simpleza de picar en el reclamo, sólo porque un anuncio los ponga en relación? ¿Es que con decirle "guapa" a una chica, ya va a caer rendida en tus brazos?

Claro que resumir en quince segundos el trabajo que a un científico le ha llevado quizá décadas de estudio, no puede ser tan sencillo. Por supuesto que no. No se trata de reflexiones eruditas, sino de pinceladas de barniz intelectual, que ocultan el trasfondo comercial.
Y, sin embargo, picamos: los vemos, nos gustan, a veces incluso hasta consumimos su producto. ¿Será que, en el fondo, nos merecemos lo que nos pasa?

lunes, 18 de junio de 2007

¿Y tú qué has ganado?

Vaya por delante que me gusta el fútbol —y casi todos los deportes—, y que incluso llevo al niño a los Campos de Sport los domingos, y que llevamos un par de años abonados.

Admito también que puedo llegar a animar al equipo, a increpar al árbitro, a sufrir cuando vamos perdiendo y a dar brincos como un potro cuando marca mi equipo.
Me parece muy lógico que te alegres, que celebres la victoria de tu equipo. Comprendo hasta la revancha y la piquilla con los rivales sempiternos. Claro que sí, cómo no.
Aplaudo que se celebre la consecución de un título, que se desate la locura… durante un rato. Porque la euforia es lo que tiene, que dura un ratillo —la derrota, en cambio, esa sí que es duradera: la vas asimilando poco a poco, crece dentro de ti como un cáncer y acaba por paralizarte y controlar tu voluntad—. Ese "subidón", ese cóctel de endorfinas y adrenalina, es efímero: enseguida "baja" y te devuelve a la realidad.
Y luego resulta que, en lo que a celebraciones futboleras se refiere, el personal es capaz de festejar durante horas la consecución de un campeonato, con un nivel eufórico que no sólo no desciende, sino que parece aumentar a medida que pasan las horas.
En los jugadores, es más que comprensible: han triunfado profesionalmente. Cobrarán primas, subirá su caché y su prestigio aumenta. En los directivos, que también parece que jueguen, es la justificación de su labor en los despachos. Incluso la prensa afín puede celebrarlo a lo grande: al día siguiente venderán toda la edición, y ellos también son, prácticamente, "parte" del club.
¿Cómo no entender la emoción de Raúl, dando capotazos en el coso improvisado del Bernabéu, él, que parecía desahuciado hace unos meses, y ahora celebra que le ha arrebatado la liga al eterno rival? ¿Cómo ignorar la alegría de Beckham, que iba a dejar el Madrid —al que llegó para ganar títulos— sin haber ganado ni un llavero en un tiro al blanco?
Justificada también la fiesta en las gradas, cómo no. Incluso el tomar unas copillas y armar algo de jarana después, claro.
Pero esa desmesura, ese regodeo en la victoria, esa avalancha de hinchas… Sin estimulantes artificiales, la verdad, es muy difícil mantener ese ritmo. Que igual no estaban tan, tan, tan emocionados. Que a lo mejor algo de excusa facilona tenía el asunto.
Decían los exageradores profesionales —los periodistas de "a favor"— que un millón de aficionados abarrotaban la plaza de Cibeles. Igual no fueron tantos, pero, aún así, todos esos ¿qué habían ganado? Porque, en el campo, cada domingo, sólo caben unos cien mil. Bien que voceen un rato, que se sientan héroes —como si también hubieran jugado— y algo responsables, por lo que ayuda el apoyo moral a la hora de triangular balón, claro. Vale que cumplamos con los ritos de esta nueva religión, pero, ¿hace falta tanto? ¿Qué hay que demostrar? ¿Qué has ganado tú, que mañana tendrás una resaca de campeonato —liguero, evidentemente—? ¿Era para tanto?
No, no se confundan: no soy anti-madridista. Más bien al contrario. Cierto que este año quería que ganara el Sevilla, porque ya está bien de que el "bipartidismo" controle hasta el deporte, pero hubiera pensado lo mismo si la fiesta hubiese sido en Canaletas: exageran.
¿Por qué? Porque si la algarada nocturna hubiera sido para reclamar vivienda, o que dejen de hundir el estado de bienestar, si hubieran pedido el fin del mileurismo, el control de la inflación, el empleo digno... si se hubiera pedido cualquier cosa que mereciera la pena, allí no habría habido nadie. Para plaudir a los futbolistas, a los cantantes de Operación Triunfo o cualquier millonario siempre hay público.
Para los problemas de verdad, nadie sale a la calle. Sin embargo, para celebrar un gol, hasta el más tonto da saltos. Así nos luce el pelo, claro.

PS. Resultó curioso ver la profusión de banderas españolas, una forma de reivindicarse como el equipo de España. En las antípodas de lo que sucede cuando clubes periféricos —olvidando el respeto debido a sus seguidores del resto del país— utilizan las victorias deportivas para jugar al nacionalismo.

viernes, 15 de junio de 2007

Escritor a sueldo


Lo cierto es que iba a titular a este artículo "Tetas" —y enseguida verán por qué—, porque lo hoy tengo que contarles es ciertamente estrambótico.
Resulta que hace tres días apareció por la facultad un "amigo", cuyo nombre pienso mantener en el anonimato —tranquilo, V., que no se enterará nadie—, y me hizo una sugerencia muy extraña:

—Tienes que escribir un artículo sobre tetas.
—¿Tetas? —respondí yo, inmediatamente movido por un resorte atávico que guardamos los machos en el lugar donde deberían estar las neuronas—. Bueno, el tema no está mal: suele ser redondo, habitualmente. Pero ando algo falto de material gráfico, y eso de escribir sin ilustración… no sé, como que no me inspira. ¿Me traerías tú a la modelo?
—No, no, quiero que escribas sobre las tías que tienen muchas tetas.
—¿Muchas? —inquirí, intrigado— ¿Es que ya no vienen de dos en dos, como toda la vida?
—Vete a la mierda, hombre...

Yo pensaba que se refería a que escribiera alguna picardía, al estilo de los «Senos» de Gómez de la Serna o los «Coños» de Prada, pero no. Va mi amigo Anónimo y me suelta que tengo que tengo que decir que las tías con los pechos grandes son más abiertas, y las que tiran a planas son inseguras y amargadas. Ahí es nada.

—Es que es para joder a una tía —se justificó el tío.
—¿Y eso no lo harías mejor en persona? Vamos, digo yo...

Todavía estoy alucinando, la verdad. Espero que la "tía" a la que nuestro "Anónimo" quería joder no se deje, y que lea esto: «No le hagas ni puto caso» —y disculpas por mi lenguaje cuartelero—.
El caso es que mi amigo se fue algo mosqueado —aunque creo que se le pase, porque a veces es buen chaval; a veces...—, sin comprender por qué yo no quería cumplir con su encargo.
Para empezar, porque no comparto su opinión. Por supuesto que me encantan los senos, aunque no creo que su encanto radique, precisamente, en el diámetro. Normalmente, está en lo que llevan pegado detrás, que suele ser una mujer —aunque con tanto avance de la cirugía, nunca se sabe—. A mí, personalmente, me gustan más otras zonas anatómicas, pero los pechos creo que son interesantes por sí mismo, sin entrar en calibres. Depende de cada caso: hay cuerpos de escándalo a los que les sientan muy bien los pechos poco pronunciados, y mujeres cuyo único atractivo físico radica en que sus prominencias entren en la habitación un buen rato antes que ellas. Sin embargo, los senos excesivos tienen una incorregible tendencia a sufrir los efectos de la gravedad, lo que resulta muy contraproducente. Por eso, a la larga, un busto menos escandaloso puede ser infinitamente más atractivo. Yo creo que es una cuestión de armonía, de proporciones, de belleza de las formas. Y todo eso, antes de que la chica haya abierto la boca, que es, de largo, el órgano más sensual que puede tener.
Lo que, desde luego, no es de recibo, es el asunto de las prótesis. Será por influencia de los medios y sus cánones de belleza —tan imposibles como inexistentes—, o por cualquier tontería que les hayan contado, pero yo no le encuentro ninguna lógica a jugarse la vida —y palmar medio kilo, de paso— para ponerse un par de balones de reglamento debajo de la blusa, e ir por la vida haciendo el ridículo. Pero bueno, ellas sabrán, que seguro que el cambio les habrá arreglado el futuro, aunque les arruine la espalda.

Y otro motivo para no escribir ese texto —y no menos importante—, es que resulta que yo no soy un "escritor a sueldo". Ni aunque me pague diez botellas de Desperados o me financie una edición de la novela en tapa dura. Ni hablar. "Padrinos" así no me hacen falta.
No se puede escribir de encargo, cuando uno te da la letra y te dice: «ahora, ponle música». Bueno, técnicamente, es posible; es como redactar un examen o firmar un pagaré. Pero eso no es "escribir". No. Al menos, no "escribir" como yo quiero.
Si escribes, hazlo de verdad. Si quieres que te lean, cuenta algo que merezca la pena. Y empieza por creértelo tú mismo. Si no, ¿qué sentido tiene?
No es que me niegue a que me paguen por escribir —en ese pecado ya he caído tantas veces…—, sino a que me dicten lo que tengo que contar. Ya he sido periodista, y creánme que no es grato tener que "poner la cama", que es lo que sucede cuando tienes que seguir una línea editorial. Lo que sucede cuando, en vez de pagarte, te compran.
¿Qué diferencia habría entre un pistolero y un escritor a sueldo? Uno te dispara balas y otro palabras, pero los dos obedecen a un "capo", que lo que quiere es matarte, sea física o moralmente. Lo siento, pero no. Me temo que yo tengo la máquina de escribir descargada.

Así que no voy a escribir ese artículo, ¿está claro? Que no, Anónimo, que no. No puedo escribir lo que querías.
Y, además, sospecho que lo que te pasa es que algo te atormenta, que tienes algún complejo. ¿No será que la tienes pequeña? Va a ser eso, seguro.

jueves, 14 de junio de 2007

Guapos contra listos


Al parecer, a los plastas de siempre ya se les ha ocurrido la nueva telechorrada del verano: un realitichou en el que compitan listos contra guapos. Venía ayer en la prensa, de verdad, no me lo estoy inventando. En realidad, ni siquiera es nada original: como siempre, en los EEUU ya se ha hecho.
¿Que no tiene gracia? Por supuesto que no. Pero es que tampoco tiene color: van a ganar los guapos, de calle. Vamos, yo lo tengo clarísimo.
Ambas son cualidades innatas —aunque algo se pueda hacer por mejorarlas, claro—, pero la belleza despierta admiración y deseo, es un valor en alza. La inteligencia, en cambio, cotiza a la baja: todos creemos tener el capital suficiente. Como escuché en un bar: "la gente se queja mucho de su suerte, pero nunca de su inteligencia".
Y es que, ¿quién quiere tener cerca a un "listo"? No, no al listillo que levanta la novia, te copia en el examen o te adelanta por la derecha, no a ese tampoco. Pero un listo, uno de verdad, capaz de analizar la situación, interpretarla y actuar en consecuencia; uno de esos que te va a dejar en feo al demostrar, aunque sea sin querer, que te da mil vueltas, que te gana en eficacia y que hasta sabe lo que vas a hacer mucho antes de que lo sepas tú. ¿Listos? No, gracias. Son mucho mejores los guapos. Bueno, en realidad, las guapas.
Porque los que nos preocupamos de verdad por el asunto somos los varones. Las chicas —que también tienen lo suyo, pero menos— son capaces de ver más allá del envoltorio, y no es raro ver cómo se sienten atraídas por hombres brillantes de aspecto más bien ramplón: Es el atractivo de la inteligencia.
Pero, como eso no tiene signos físicamente visibles, ni en el busto, ni en la cadera, ni en el trasero, pues a nosotros como que no nos hace tanto efecto, lo que viene a demostrar que, al menos en ese aspecto, las mujeres son mucho más espabiladas que nosotros.
¿Que no? Fíjense hasta donde alcanza su superioridad, que una mujer medianamente inteligente es capaz de arreglarse de tal modo que resulte atractiva; una mujer inteligente es incluso capaz de superar las limitaciones estéticas y seducirnos utilizando simplemente el morbo. Sin embargo, un tío, por muy guapo que sea, tiene serias dificultades para no quedar como un zopenco en cuanto le den la más mínima oportunidad.
¿Ustedes creen que Woody Allen o Fernando Savater tienen problemas para ligar? Y, por el contrario, ¿ustedes creen que la portavoz del gobierno tiene alguna posibilidad de pillar, aunque sea la única fémina en una convención de divorciados salidos? Pues es difícil calibrar quien es menos agraciado.
Pensemos en la ya manida anécdota de Einstein y Marilyn Monroe; ¿se lo imaginan a la inversa, con Rodolfo Valentino entrándole a María Zambrano? ¿A Borrell poniéndole morritos a Cristina Almeida?
Y es que esa combinación de belleza e inteligencia, así pensada, como de laboratorio, suena a experimentos de Mengele, por lo que da mucho yuyu. Lo de los cruces genéticos no es algo muy fiable; es divertido, sí —sobre todo si se pasa del "vitro" y se hace a la antigua usanza, a lo clásico–, pero no garantiza resultados.
Aún así, seguro que hay personas capaces de ser bellas e inteligentes a la vez.
Y ahora no estoy pensando en aquellos que dan una doble imagen, de capacidad intelectual y atractivo físico, como los actores, presentadores y demás fauna de los medios de comunicación. No, estos no cuentan, porque aunque digan —raramente, es cierto—, algo brillante, tienen detrás a alguien —muy oscuro, casi negro—, que se las ha escrito. Imaginen la historia romántica de un principito que escucha embelesado a una presentadora de televisión: seguro que se quedó prendado de su retórica, pensando: «¡Vaya! Si sus discursos son casi tan buenos y profundos como los míos!». Claro que, también ahí, se busca que las mujeres luzcan perfectas, a lo Teresa Viejo, mientras que, para los varones, con cualquier Carrascal o Sánchez Dragó sirve.
Luego está también el asunto del gusto, porque, como dice la sabiduría popular, «el que a feo ama, guapo le parece». O sea, que lo mismo se trata de un problema de dioptrías y no nos hemos dado cuenta.
Aunque también hay que tener en cuenta cómo entendemos cada uno la inteligencia; para esto yo conozco dos posturas, básicamente —aunque seguro que hay más—:
Por un lado, los que sostienen que para ser inteligente hay que ser buena persona. Esta visión de la humanidad defiende que ser "bueno" no sólo es posible, sino más práctico, e incluso, la única postura inteligente ante la vida.
En el rincón contrario, los que están convencidos de que las personas, cuanto más inteligentes son, más se aprovechan de los demás y se vuelven peores personas, siempre buscando el beneficio propio, o el mal por el mal. Curiosamente, esta reflexión siempre se la he oído a personas que me parecieron extremadamente inteligentes, aunque no tan malas personas.
En fin, que les animo a todos, amigos lectores, a presentarse a ese concurso de la tele. Lástima, eso sí, que tendrán que ir todos en el equipo de los listos, y visto cómo funciona el rollo ese de la tele, no tienen bola que rascar: ganarán los guapos, seguro. Y cuanto más mala persona sean, más éxito tendrán. Lo mismito, lo mismito, que pasa en la calle.

miércoles, 13 de junio de 2007

El libro rosa

Hay obras de tanta profundidad y calado, que precisan de una concentración suprema. Tanta, que puede absorber toda tu energía y transportarte, como por arte de magia, a los brazos de Morfeo. Como esta "Introducción a la semán... guafffff …cional", que en mi casa se ha convertido en leyenda, más conocida como «El libro rosa».
Y eso que el libro no es especialmente extenso, menos de doscientas páginas. Ni tampoco da miedo —por fuera, claro—, con ese color tan coqueto y ese diseño tan depurado, que casi ni se percibe como diseño.
Por supuesto que el tema también ayuda. La semántica, esa gran desconocida. Una disciplina muy útil para… que sirve para… muy interesante por… En fin, un apasionante campo del saber, presente en todos los planes de estudio.
El autor, aparte de su renombre internacional como puntal del funcionalismo, es el catedrático de Lingüística General en León, el sabio entre los sabios, el adalid del conocimiento, el árbitro de la elegancia... el máximo baranda, vamos. Lo cual es, innegablemente, un incentivo para empollar como un cosaco, pues el temario de la asignatura es, curiosamente, idéntico al índice del libro.
¿Que todos nos hemos tragado cosas peores? Posiblemente. Sin embargo, tal vez me crucé con el libro rosa en un momento poco propicio; consecuencias de volver a estudiar con demasiados años de retraso.
La cuestión es que empecé a enfrentarme al libro rosa en el verano de 2004. Acababa de ganar las oposiciones y pensaba examinarme en septiembre. Así, todas las tardes bajaba a la playa del Sardinero con el libro. Y era mano de santo: antes de acabar la introducción, ya estaba durmiendo.
He de reconocer que también había una contribución importante: la «silla de babear». Nos habíamos comprado unos sillones plegables, con diseño anatómico, que te proporcionaban una postura ideal para practicar mi deporte favorito: la siesta. En combinación con una sombrilla modelo cimborrio románico palentino y el libro rosa, resultaba infalible. Y las bautizamos así, «sillas de babear», por sus mágica capacidad de convertirte en un émulo de Homer Simpson serrando troncos, con pérdida salival incluida.
En ocasiones, un pródigo balón o una furtiva racha de viento me hacían regresar a la realidad, pero para eso siempre tenía a mano el libro rosa: elegía un capítulo al azar, y antes de llegar al segundo párrafo volvía a la placidez del sueño.
Y así transcurrió aquel verano, y el siguiente. Nada que hacer con la semántica, no había manera. Debía de ser cosa de la ductilidad del cerebro, que a partir de los treinta ya no admite nuevas ideas, o algo así. El caso es que intenté, durante el invierno, enfrentarme de nuevo al libro rosa. Y los resultados fueron nefastos: para empezar, cada vez que lo cogía me llenaba de arena —es asombrosa la cantidad de granitos que caben entre las páginas—. Para acabar, no conseguí acabar ni un capítulo. Mis días en la lingüística parecía que tocaban a su fin.
Afortunadamente, el catedrático le endosó la asignatura a una becaria, que publicó un libro práctico, con ejercicios resueltos. Un libro de semántica que pude leer hasta el final, y varias veces, sin que pareciera que me había picado la mosca tse-tsé. Por fin, después de tantos años de denodado esfuerzo —por mantener los ojos abiertos, claro— en septiembre del año pasado conseguí librarme del libro rosa.
Pero, como si la vida la escribiera un guionista de culebrones, no hay felicidad completa: este año me enfrento a mi último examen de la carrera. La asignatura se llama "Sintaxis", y la imparte... el mismo catedrático. Y me ha recomendado que la prepare con su obra "Principios de sintaxis funcional", un libro maravilloso de cuatrocientas páginas amenísimas.
Los primeros intentos han dado el resultado esperado: la historia se repite. Así que ahora, cuando bajamos a la playa, el niño me dice:
—Papi, no te olvides «el libro amarillo».
—Claro que no, hijo, que si no luego no concilio bien el sueño.

En fin, no piensen que pretendo desanimarles, ni con la lingüística ni con la lectura. Sin embargo, hay combinaciones de ambos conceptos que pueden resultar letales, y hablo con conocimiento de causa.
A pesar de todo, estoy muy agradecido a este libro maravilloso: no vean la pasta que me he ahorrado en somníferos.


martes, 12 de junio de 2007

Vicioso

Dejé de fumar el 2 de julio del año 2001. Lo recuerdo perfectamente —yo, que soy un desastre para las fechas—, porque Pilar y yo nos habíamos propuesto dejarlo el día 1, pero no resultó. Y me dio tanta rabia, que lo dejé al día siguiente. Y hasta hoy.
En realidad, todo fue cosa de Pilar: me lió. La que quería dejar de fumar era ella: yo estaba tan contento con mi paquete y medio diario. Bueno, a veces dos paquetes. O dos y medio. En fin, el caso es que yo no quería dejarlo.
La idea se le ocurrió en primavera. Se pasó todo mayo dándome la lata para que nos apuntásemos a un gimnasio, algo a lo que yo siempre me había opuesto. No me gustan esos recintos, con olores reconcentrados, máquinas agresivas y duchas llenas de hongos. Y tampoco me va nada lo de correr sobre una cinta, o pedalear sin avanzar un metro. A mí lo que me gusta es jugar al baloncesto, al fútbol, al tenis; dar una vuelta en bici por el campo con el niño, sobre todo en septiembre, para buscar moras. O chapotear en la piscina. Algo divertido, pero nada de machacar el músculo porque sí.
Vamos, que yo me opuse con tanta firmeza a su idea del gimnasio que, al final... nos acabamos apuntando.
Y claro, ya que íbamos a ponernos en forma —se le ocurrió a ella—, ¿qué mejor momento que aquel para dejar el tabaco?
Ni que decir tiene que me llevaron los demonios, pero —como siempre— acabó ganando ella, sin que yo consiga explicarme cómo me convenció.
Mi historia de amor con la nicotina duraba ya catorce años, más o menos los mismos que yo tenía cuando entré en el estanco de mi calle, escoltado por Abelleira, para comprar mi primera cajetilla. Marlboro Light, nada menos. No creo que me costase ni veinte duros, así mira si habrá llovido de aquello. Y nos debió de durar casi diez días.
Tardé algunos meses en dedicarme en serio a ello, pero durante el BUP tuve que bajar un poco el listón: de marlboro a lucky, y a veces hasta bisontes, porque la propina no daba para más. Cuando había posibles, camel o luckys sin filtro —que te daba un aire de duro que pegaba mucho con mi estilo de la época; lo malo era que siempre tenías la boca llena de briznas de tabaco, y te pasabas el día escupiéndolas—.
Siempre rubio, por supuesto. Lo que nunca me gustó fue el fortuna: eso lo fumaban los madrileños, pero a mí me sabía asqueroso. Ya en la universidad me pasé al chester, que no abandoné —a excepción de mis años en Alemania, donde, al acabarse las provisiones de contrabando, había que comprar tabaco de liar— hasta aquel día de julio de 2001.
En fin, a lo que iba: aquel día 1 de hace seis años, antes incluso de desayunar, encendí un cigarrillo. ¡Bastante me acordaba yo de que estaba empezando una nueva vida! El caso es que, con el mechero encendido y la punta de mi chester acercándose, se me pasó por la cabeza algo así como una vocecilla que me susurraba: «¡No tienes ni un pijo de fuerza de voluntad! ¡Lo sabía, ja, ja, ja!». Sin embargo, y haciendo alarde de una extraordinaria capacidad de concentración, no hice ni puñetero caso y aspiré con fuerza.
El disgusto de verdad me lo dio luego Pilar, cuando me dijo, encendiendo su propio pitillo, que teníamos que ir al gimnasio.
No, no había sido una pesadilla: ya estaba pagado, y no había forma de librarse. Y yo, encima, no había sido capaz de dejar de fumar. Me sentó tan mal, que mientras estaba estirando aquellos mecanismos infernales para moldear bíceps y tríceps, me conjuré conmigo mismo.
Por eso, el día 2 dejé de fumar, y ya nunca he vuelto a hacerlo. Y, aunque mi mujer se empeña en que estuve de muy mal humor todo aquel mes, lo cierto es que no me costó nada dejarlo. Bueno, algo sí: me costó la línea. Ella, desde luego, no tuvo humor de perros ni síndrome de abstinencia: al tercer día volvió a fumar sin esconderse, y no ha parado en los últimos seis años.
Desde entonces, yo fumar no fumo, pero he adquirido otras aficiones que me han redibujado la figura: los chupachups, las gominolas, los chicles y, sobre todo, las pipas.
Las pipas, esas maravillosas semillas de girasol tostadas, no se comían en España la guerra civil. La costumbre la trajeron los brigadistas rusos —los pocos que vinieron, debía de haber muchos más comisarios—, y el hambre de la posguerra hizo que se extendiera entre toda la población, pues era uno de los pocos productos no racionados, aparte de resultar muy barato: de ahí el dicho de «no tener ni para pipas». Pasaron los años de penurias, pero el gusto por chascar las cáscaras no decayó.
Yo mismo, siempre que puedo, me aplico con pasión y devoro un paquete entero, sentado en el sofá, como si fuera un chavalín de los años cincuenta, extasiado ante Silvana Mangano, en una sesión doble de un cine de barrio.
Hay muchas marcas de pipas, diferentes tuestes, saladas, sosa, de calabaza, incluso engendros como las pipas tijuana —¡al ketchup! ¡puaggg!— pero ni el piponazo, ni las bolsas de dos kilos a granel, ni las churruca que les gustan a los asturianos: las que a mí me gustan son las blanquillas de Facundo.
Sí, sí, son esas de: «Y el toro dijo al morir: Siento dejar este mundo sin probar pipas facundo». Las mismas. Grandes, con ese tueste tan en su punto, y además no te ensucian las uñas ni los dedos. Más que un gusto, son un vicio, cuyos efectos secundarios ya se dejan notar en mi perímetro abdominal. Y lo peor, es que ahora me ha salido un competido, un Javi de ocho años que las come ya casi tan rápido como yo.
A veces tengo la sensación de que tengo tendencias adictivas, y que lo único que hice al dejar de fumar fue cambiar un vicio por otro.
Lo bueno es que del tabaco, la verdad, ya ni me acuerdo. A pesar de que alguna noche he soñado que volvía a fumar —menudo disgusto me llevé—, y de que en ocasiones disfruto degustando el aroma a cigarrillo rubio. A ver si algún día inventan las pipas con sabor a chester.







lunes, 11 de junio de 2007

El que no llora...


Al fin, una sorpresa en el buzón: es la primera carta personal que recibo desde que vivo aquí. Y ya hace más de un año. Además, era una carta manuscrita, como las auténticas, las de antes.

«Pedid y se os dará», dijo el profeta. Bueno, no es que esté garantizado pero, al menos por una vez, no he predicado en el desierto.

Gracias a Alicia Llamazares, que es quien me la envió. Sí, sí, ya sé que hay una sospechosa coincidencia de apellidos, pero tendréis que llamar a Iker Jiménez para que investigue el misterio.

PS. Tengo dudas; en el próximo post no sé si hablar de lingüística... o de lingüística. ¿Alguna idea? (Cómo se nota que se acercan los exámenes; ¿abril es el mes más cruel? Ya se nota que lo escribió alguien que no era estudiante).

viernes, 8 de junio de 2007

Aventuras espaciales

Hace ya algunas semanas que se anunció el descubrimiento de un nuevo planeta que podría ser habitable. Se parecía tanto a nuestro planeta, que la prensa le llamó la "Supertierra".
Por lo que he leído, la temperatura y la composición del planeta indican que puede haber agua en estado líquido, y además es mucho más grande que nuestra vieja Tierra. O sea, que igual...
El caso es que hace ya varios días que han dejado de hablar del tema, y eso mosquea mucho. Por más que los anglosajones cacareen lo del «no news, good news», yo no me fío: tanto silencio no presagia nada bueno. Para mí, que están tramando algo, seguro.
Habrá que ver qué sucede, porque ya no estamos acostumbrados a estos descubrimientos, pero la última vez que un tal Colón salió a buscar tabaco, se lió una buena... ¡imagínense que acabamos jugando la Copa Intercontinental y todo!
Y es que estoy convencido de que ya hay alguien pensando qué hacer con ese nuevo planeta. ¿Se lo repartirán los países poderosos, como hicieron con África en el XIX o más tarde con la Antártida? ¿Se lo quedará el primero que llegue, como con los tesoros de los piratas?
Claro que, primero, tendrán que estudiarlo a fondo. Porque su futuro dependerá de las condiciones de habitabilidad que presente. Si resulta ser un lugar paradisíaco, con playas llenas de cocoteros y langostas que asoman para darte la mano, se convertirá en refugio de magnates y demás peces gordos, porque la Tierra ya va estando algo deteriorada. Pero si el lugar es más bien inhóspito, con bichos feos y antropófagos, como los de las pelis de serie B, entonces estamos apañados: seguro que a nosotros nos va a tocar hacer las maletas y emigrar.
No, no se rían: hasta hay ya algún ingenioso preparando listas de la gente a la quiere que manden allí, para perderla de vista.
¿Pesimista? No, lo que pasa es que, al parecer, la Supertierra no sólo es cinco veces más grande que nuestro planeta, sino que la gravedad es más fuerte. O sea que, a menos que los deportistas quieran ir allí para esos enjuagues suyos, nos va a tocar a los pringados de siempre.
Y es que es lógico: somos más de seis mil millones de humanos, y algunos no paran de reproducirse. Ya casi no cabemos, y peor que se pondrá. Y luego está el agravante de que a todos, en mayor o menor medida, nos gusta lo de comer. Vamos, yo lo veo clarísimo: en cuanto se aclare la cosa, Cabo Cañaveral va a parecer el puerto de Vigo en los años treinta, sólo que en vez de barcos a la Argentina van a ser transbordadores espaciales hacia Gl-581-C —que no es una matrícula antigua de Gerona, sino el nombre del planeta de marras—.
Como inconveniente al asunto le veo la distancia, porque está a más de veinte años luz de casa. Y claro, con el rollo ese del carnet por puntos, a ver quién es el listo que se atreve a pasar de los 120 km/h. Aunque, si vives en las afueras y tienes que ir a trabajar al centro, seguramente ya estarás bastante acostumbrado, y te puedes llevar un buen libro para que el trayecto se te haga más llevadero. Uno así como las obras completas del Tostado, por ejemplo.
Y, cuando estemos allí, ¿lo haremos bien, por fin? Quiero decir que si, al colonizar el nuevo planeta, fundaremos un nuevo mundo, más justo y más lógico, o si haremos como siempre: repetir los mismos errores de la metrópolis, llamarlos "idiosincrasia", y encima sentirnos orgullosos de ellos.
Porque somos tan poco originales, que cuando nos planteamos una utopía, siempre partimos de lo conocido. Un retoque por aquí, un recorte por allá, pero básicamente recreamos el mundo que ya conocemos. Unos le quitan la propiedad privada y otros el paganismo, pero lo esencial permanece.
Un nuevo planeta, una nueva oportunidad. Empezar de cero, sin la rémora de la historia. ¿Sería posible? No, no sonrían: claro que soy consciente de ello. Las compañías telefónicas, los constructores, los banqueros, la industria del bit... ¿cómo iban a dejar que se les escapara semejante mercado?
Aunque hay algo que me da miedo: ¿cuánto tiempo tardarán los nuevos habitantes en sentir que tienen derechos históricos sobre el territorio? Porque no creo que tarden más de una generación en surgir los nuevos nacionalismos. Y las desigualdades territoriales —porque las sociales nos las llevaremos puestas de casa—. Y las rivalidades. Y los enfrentamientos.
Vamos, que yo ya me estoy animando; si vamos a estar como en casa...

Un nuevo espacio sobre literatura


Acaba de estrenarse una nueva página temática dedicada a la actualidad literaria, llamada precisamente así:
Actualidad Literatura.
Aún es pronto para emitir valoraciones, pero lo que han publicado hasta es interesante y está muy bien escrito. Además, han tenido la gentileza de incluir un enlace a este blog —lo que no estoy es de si eso indica "reconocimiento", más bien, "desconocimiento"—, así que os recomiendo que le echéis un vistazo, a ver qué os parece.

Nota: El artículo de hoy llegará dentro de un ratillo. Por cierto, que va de planetas lejanos y utopías mal aplicadas.

jueves, 7 de junio de 2007

Maldito parné


Lo de que no nos acostumbremos al euro —no, no disimules: tú tampoco— yo creo que es, en el fondo, un problema lingüístico. Y no sólo porque vayamos todo el mes con la lengua fuera —que también—, ni porque los especuladores inmobiliarios y los agentes económicos nos saquen la lengua sin pudor —que de todo hay en la viña del Señor—, sino porque todavía no lo hemos hecho realmente nuestro.
¿Que no? ¿Cómo se llama la moneda? Pues "euro", sin más. ¿Y la añorada peseta? La peseta, por encima de cualquier otra denominación, era "la pela". Tenía hasta sus dichos —«La pela es la pela»—y sus frases hechas, del tipo de «préstame mil pelas, que mañana te las devuelvo». Y tenía a su hermano mayor, el "duro", que servía tanto para practicar los cálculos en base cinco como para mercar en los lindes de la marginalidad: mil duros por aquí, cien duros por allá...
El mayor problema del euro es que aún no ha recibido un bautismo popular, y hasta que no lo consiga, no lo adoptaremos, no lo aceptaremos como nuestro. Lo usamos, sí, pero sin cariño, por obligación nada más...
¿Y por qué no tiene nombre? Pues por esa mismo desamor: nos ha empobrecido, aseguramos. Pero no es cierto: nos han empobrecido los políticos, los financieros, y aquellos que se han puesto las botas con el cambio.
Y existe otro motivo para la falta de apego: su volatilidad. Porque no es como las demás monedas, que desaparecen enseguida... al gastarlas. Pues no: ésta desaparece físicamente. Los billetes —por si fuera poco con ser tan anodinos— se deshacen enseguida, demostrándonos fehacientemente lo poco que valen. Aunque conseguirlos siga costando lo mismo o más que antes.
¿Cómo poner remedio a esta situación? Bueno, no voy a ser yo el que pronuncie palabras como "revolución", "boicot" o "leña". Total, para el caso que se me iba a hacer... No, lo más práctico creo que es buscarle un nombre. Uno que enseguida se haga familiar, que te haga verle como si tuviera dos ojitos y presentara las campanadas por la tele embozado en una capa retro.
Ya he escuchado algunos intentos: "héroes" dice mi amigo Pepe Orbigraf. Lo malo es que lo suele acompañar de cifras bastante abultadas, y con un papelito en la mano que pone "factura". Es lo malo de ir a su imprenta, que te casca un «son tres mil héroes», y te vas renegando de las heroicidades en Cuba, en el Sáhara y en la madre... Como si a ti te fueran a dar una medalla al mérito.
La versión más cañí que conozco la escuché en Las Ventas —no en el coso taurino, sino en un barrio de León—: "jeuros". La cosa tiene retranca, porque me da que el pájaro —y me niego a desvelar la raza, que las fuentes son confidenciales— lo escribía con hache, y luego la aspiraba, pero a lo bruto.
Otra: "pavos". Vale para cualquier moneda, y tiene ese toque informal que tanto nos gusta: «te voy a soplar mil pavos», le decían a un amigo que ha organizado un concurso literario. Lo malo es que suena muy yanqui, y ya bastante tenemos con el malboro y la persicola, ¿no?
A mí me gustaría más un sobrenombre más castizo, y votaría por recuperar los "duros", que tienen un sonido parecido, y también requerían cierto esfuerzo de conversión. O una evolución fonética inversa —eu > o—, que nos daría "oros"; no es que suene muy bien, pero total, al precio que está todo, creo que le cuadra perfectamente.
Lo que no puede ser es que todo sea "euro": europarlamento, eurodiputado, euroliga, eurocopa... Y luego resulta que ni hay euro-constitución, ni euro-sueldos, ni euro-estado del bienestar ni euroleches. Lo único que nos une es el puñetero euro. Y ni siquiera tiene un mote para que le dejemos de tener manía.

miércoles, 6 de junio de 2007

Predicar a los convencidos


Al cura de mi pueblo le fastidiaba mucho que, en verano, algunos feligreses dedicaran la mañana del domingo a cosechar menta, en lugar de ir a misa. Por eso, les dedicaba casi toda la homilía, un auténtico sermón con regañina para todos los que —precisamente— no estaban allí. Y la bronca se la ganaban los que sí que habían asistido, claro.
Y es que predicar tiene su intríngulis, cómo no. Hay que dar con el tono y pulsar las teclas correctas. Cuidar la retórica y el mensaje. Pero lo más importante es el destinatario, ya que, a fin de cuentas, lo que se pretende es transmitir una idea, es decir, convencer a alguien.
El problema, claro, está en llevarte a tu terreno —y no al huerto, que eso también necesita de labia, pero de otra manera— a quien quieras persuadir. Y digo problema, porque los muy puñeteros, como los labradores de mi pueblo, no suelen dejarse llevar ni a tiros.
Y al final, el orador se enfrenta ante su público cautivo, que ya está convencido de lo que le están contando, y que posiblemente no necesite de más dosis de recuerdo. La fórmula es la misma que la del gran rito de comunión de nuestro tiempo: el mitin político, una de las formas de reunión más incomprensible que existe.
¿Por qué ese empeño en predicar a los convencidos? Sencillamente, porque convencer al que no quiere es muy difícil, prácticamente imposible. Y cuanto más irracional es la creencia u opinión, más arraigada está. Hagan la prueba: intenten convencer a un culé de León de que sería más lógico que fuera madridista. O explíquenle a cualquier teleadicto porqué es más entretenido un documental que un culebrón. ¿Se ven con fuerzas? Mucha suerte. Pero, antes de que se rindan, piensen en cuanto hubo que bregar antes de que se aceptara comúnmente que era la Tierra la que se movía alrededor del Sol, y no a la inversa. Y uno tiende a pensar que las convicciones inamovibles se limitan a la política, la religión y el fútbol, pero no es así: se extienden a casi cualquier asunto en el que sea posible elegir. ¿Coca-cola o pepsi? ¿Windows, mac o linux? ¿Café o cola-cao? Son guerras perdidas.
Y, sin embargo, esta dificultad desaparece en cuanto despersonalizamos la situación: un programa de televisión, un anuncio incluso, son capaces de mover las montañas que ya no mueve la fe. Y no sólo cambian nuestras opiniones: también consiguen movilizarnos, generalmente en dirección al cajero automático.
No nos convencen las palabras, sino las imágenes. ¿Que no? Ha hecho más revolucionarios la imagen del Ché que el tostón interminable de "El Capital". O las imágenes de los reporteros agachándose ante las balas que silban a su espalda, que las páginas y páginas escritas por otros periodistas desvelando que eran montajes para subir la audiencia.
También está la imitación, claro. Una práctica tan común, que ni siquiera reparamos en ella. Pero basta con que un famosete aparezca por la tele, leyendo las dos líneas que le han endosado los guionistas, para que se disparen las adopciones de ratones colorados o los veraneantes en algún nuevo engendro levantino. Y son las mismas personas que jamás estarían dispuestas a variar ni un ápice sus convicciones, por más razones que les expusieras... personalmente, claro.
Pero así, a cuerpo, sin medios de comunicación, sin campañas publicitarias, sin una cara famosa y sin azafatas, es muy complicado lo de camelar a nadie.
«No es lo mismo predicar que dar trigo», afirma uno de mis refranes favoritos. Claro que no: predicar es muchísimo más difícil.

martes, 5 de junio de 2007

Motorista de agua dulce

Ángeles del Infierno chamuscados. Eso me dice el amigo José Ángel Luna cuando me envía esta foto por correo electrónico. Él es el que no sale en la foto —cosas de querer hacerse el Mapplethorpe con el móvil—, y no hubo manera de que posara. Pero como se acaba de comprar la moto, no perdió ocasión de inmortalizarla, y pillarme a mí de rebote.
El domingo, a primera hora, nos dimos una vuelta hasta Beranga, en plan Marlon Brando en "Salvaje", sólo que no rompimos nada; ni siquiera pusimos cara de malos ni aceleramos en los pasos de cebra para asustar a las viejecitas.
No, el "salvajismo" lo reserva José Ángel para el frontón, donde dos veces por semana demuestra que no es bueno interponerse en el camino de una bola cuando él acaba de golpearla. Y lamento decir que lo sé por experiencia propia.
Aunque también tiene un lado sensible, como aquel día que nos llamaron para jugar al pádel y todo eran parejas mixtas. Al señor Luna y a mí nos tocó jugar juntos, y no se mosqueó demasiado cuando le dije: "Vale, pero tú haces de chica". O igual sí, y de ahí vino lo del pelotazo la semana siguiente, quién sabe.
En fin, a ver si otro día se despista y le saco la foto yo.
Por cierto que esta es la única fotografía que tengo de mi moto. De mi moto nueva, porque todavía estoy llorando por la que me guindaron el año pasado; y de esa sí que no conservo ni una imagen. Facturas, todo lo más. En fin, mi moto nueva, ahora os cuento.
Es una kawasaki azul. Yo siempre las he llamado "choper", pero ahora parece que da más tono decir "custom". Bueno, es una de esas tipo harley. Yo prefería las vespas, pero a Pilar siempre le han ido más las motos más macarras, y al final decidió el niño: "Esta", dijo señalándola después de dar vueltas por todos los concesionarios de la ciudad.
A mí me preocupa el asunto de las marchas; antes tenía una Runner de 125, automática, que era un escúter nervioso de dos tiempos con el que estaba encantado —espero, a propósito, que al mamón que me la robó le esté dando todos los disgustos que a mí no me dio—. Sin embargo, debo reconocer que Pilar tenía razón: no hay comparación entre conducir una moto de verdad y un ciclomotor. La rueda grande, el motor tranquilo, la estabilidad, el control total... Como me dice José Ángel, parece que estás en el sofá de casa.
Yo quería una de poco consumo, y manejable en la ciudad, porque en Santander —que está la mitad cuesta arriba, y la otra mitad cuesta abajo— es imposible moverse en coche, y mucho menos aparcar, y la facultad me cae bastante lejos de casa; de ir andando, como en León, olvídate. Y con el autobús, tendría que hacer transbordo en Piquío, y madrugar todavía más, que es una de las muchas virtudes con las que no me adornó la naturaleza.
Por eso, es una moto muy pequeña, y apenas levanta del suelo. El guasón de Óscar me preguntó al verla si era de esas que, al anunciarlas en la tele, pone al lado: "más de 5.000 ptas". Ganas de incordiar; es que aún no se ha enterado de que ahora se usan los euros y las pesetas no valen nada.
Y al bueno de Jesús Ramos —que tiene un "maxiscooter", o sea, una barcaza de esas que usan ahora los ejecutivos para hacerse los interesantes—, le he pillado ya un par de veces mirando de reojo mi Kawa, como pensando que igual le pegaba más una burra como la mía.
Lo que aún no he hecho —y acaba de cumplir un año— es bautizar a la moto. Ya, ya, suena un poco raro, pero en mi casa es costumbre darle nombre a los vehículos. Mi primer coche, por ejemplo, se llamaba Gerónimo. Y éramos de la misma quinta: los dos teníamos dieciocho años.
Bueno, pues eso, que se aceptan sugerencias para ponerle nombre a la "kawa".

lunes, 4 de junio de 2007

Memoralia


El caso es que el otro día tuve una buena idea —que ya iba siendo hora, ¿verdad?— para escribirla en el blog. Una idea genial, de esas que impactan al lector y hasta pueden llegar a cambiar su concepción del mundo. Una de esas ocurrencias que te hacen pasar semanas dándole vueltas, y que disfrutas tanto planeándolas como escribiéndolas. De esas que todos, cuando las leen, las comentan y las recuerdan durante mucho tiempo, quizá para siempre. Una idea fabulosa, que me tenía entusiasmado. Una de esas genialidades que surgen en el momento más inesperado, en cualquier parte o en mitad de la noche, precisamente cuando no tienes a mano nada con qué anotarla. Ideas que se van como vienen, y luego ya no puedes recuperarlas. Ideas que nunca más volverás a tener. Ideas puñeteras, malditas ideas que se te olvidan y te dejan con un cabreo monumental. Ideas de los *****es. Me c** en **** (con perdón).
Bueno, pues eso, que se me olvidó.
Y es que esto no puede seguir así: mi vida es un rosario de olvidos, flaquezas de la memoria encadenadas que me conducen a una espiral centrípeta muy cercana al desastre. ¿Que no? ¿Saben aquél que diu...
"—¿Cómo se llama el capullo ése alemán que me esconde las gafas?
—Alzheimer, abuelo, Alzheimer."
Pues el abuelo y yo somos del mismo equipo. No es que tenga mala memoria, que también —creo que ya hable de ello hace tiempo—, es que la cosa va cada vez peor.
Por motivos prácticos, suelo circular en moto por Santander. Sin embargo, la documentación, el seguro y todo eso que, por si acaso, hay que llevar encima, suelen estar en su lugar: en casa, encima del armarito de la entrada. Otro elemento obligatorio es el casco. Yo siempre recuerdo que me lo he dejado en la oficina cuando ya estoy encima de la moto. A veces me olvido de quitarle la cadena a la moto y me doy cuenta cuando acelero y no avanzo un palmo; y eso que siempre la cando.
También me suelo olvidar de dónde he aparcado el coche, y tengo que anotar el número de plaza o la calle para poder encontrarlo después. Y esto no es un defecto de la edad.
Cuando era crío —tendría unos diez u once años—, perdí la bici. No sabía exactamente cómo, pero una tarde fui a la terraza a cogerla y ya no estaba. Una bici preciosa, roja, de cross, con asiento de Harley Davidson. Y "be hache", claro, porque yo era de BH, nada de Orbea. Ni que decir tiene que me cayó una bronca de categoría. Y menudo disgusto.
Hasta que tres días después, camino de la clase de guitarra, me topo con mi bici atada a una farola. ¡Mi bici! Pero no piensen que me la habían mangado, y que el reencuentro había sido fruto de la casualidad. Qué va. Resulta que, tres días antes, había roto la hucha y me había ido a comprar un traje de portero de fútbol, verde y negro, como el de Arconada. Y había ido en bici, claro. Y allí mismo, enfrente de la tienda, estaba mi bici, que llevaba tres noches a la intemperie, triste como un perrillo abandonado, y con el candado oxidado. Menos mal que me alcanzó la memoria para ajustar la combinación correcta...
Y desde entonces, no hago más que olvidarme de las cosas. Tres veces he ido ya a jugar al frontón sin llevar el pantalón de deportes, y he tenido que darme la vuelta, por mucho que mis adorables compañeros insistieran en que no pasaba nada, que podía jugar en calzoncillos.
De la cartera tampoco suelo acordarme, y no es nada divertido ir a tomar un café o echar gasolina y ver, demasiado tarde ya, que no llevas ni un duro encima. El móvil me lo dejo en cualquier parte, y lo de las llaves ya es antológico; la última vez que las perdí, acabé haciendo un poema sobre la odisea. Y es tan frecuente que las deje en casa, que si un día vuelvo a vivir solo, los cerrajeros de mi barrio lo celebrarán con una fiesta.
Y es que tengo que hacer algo con mi mala memoria, porque ya se me empiezan a olvidar las caras conocidas, los nombres de las personas que conozco, los números de teléfono, las direcciones, las citas, las palabras que se quedan para siempre en la punta de la lengua... Estoy rodeado por todas partes de papelitos amarillos, pegados a cualquier esquina, de folios doblados en los que apunto ocurrencias, de alarmas en el móvil con lo que tengo que hacer y a quién llamar.
Y luego resuta que todo lo que quería olvidar —que son los días tristes, las pesadas obligaciones, las desilusiones, lo inútil de los empeños, el nuevo orden mundial, el coste de la vida...— no se me va de la cabeza; recuerdo perfectamente los estatutos de la universidad, la fecha de las batallas medievales, el código de circulación y todas las lecciones de Julio César Santoyo. Recuerdo lo que hacía el 13 de febrero de 1996, a las diez y cuarto de la noche. Recuerdo la letra de un montón de canciones horribles de los ochenta, que ni siquiera me gustaban entonces. Y sin embargo, a duras penas me acuerdo de con quién quedé esta tarde o dónde he puesto las gafas de sol. O me olvido de mis errores infantiles, de la gente que me traicionó, que me dio ingratitud a cambio de amistad, y vuelvo a tropezar con piedras conocidas. Y me olvido de escribir a los amigos, de decirle a mis padres cuánto les quiero, de echar de menos a mis hermanos, de comprarle tabaco a Pilar de camino a casa, de llevarle la merienda al niño. De estudiar si tengo un examen. De escribir algo bueno alguna vez. Me olvido de todo lo importante.
¿Será grave? ¿Tendrá cura? Por cierto, ¿de qué estaba hablando? Se me ha ido el santo al cielo. ¡Ah, sí, de una idea genial que he tenido!
Era...
Decía...
Vaya, que no. Que no me acuerdo.
Maldita sea.

Código reinterpretado

Navegando a la deriva me topé con esta maravilla de Noemí Guzik:



En las calles se pintan señales que existen ya en el cerebro de manera equivalente: "no te pases de la raya".
Y su blog está llena de hallazgos semejantes, pequeñas rebeliones contra la tiranía de lo establecido, que conjugan lo visual y lo textual, como demandan los tiempos. Seguro que os gustará.

viernes, 1 de junio de 2007

Barrios peligrosos

La imagen no tiene nada que ver con el post, pero mola, ¿verdad?Los callejeros de nuestras ciudades sirven para llenarlos de alcaldes, cronistas, párrocos y demás próceres y gente de bien. Nombres que, a la vuelta de dos décadas, necesitan de un rótulo más grande, o una placa en la fachada, para dotarles de sentido. Nombres que nadie recuerda, que no se utilizan, porque las urbes tienen vida propia y acaban ignorando los bandos municipales y adoptando la etimología popular. Dos ejemplos leoneses:

  • La gran arteria de la ciudad medieval, la romana vía Principalis, perdió su nombre durante la dictadura. Como era costumbre, le tocó el pez más gordo: Avenida Generalísimo, le pusieron. Sin embargo, yo no recuerdo más nombre que el de "Calle Ancha". Y eso que, como calle, es una poco birriosa: de ancha, nada. Y encima, está en cuesta.
  • En el ensanche, de principios del XX, se proyectó una gran avenida desde San Marcelo hasta San Marcos. Como el trecho es largo, a la altura del colegio de los Agustinos se construyó una glorieta amplia y frondosa. De los falangistas, además de albergar el Gobierno Civil, también recibió un nombre de rango: Calvo Sotelo. Creo que jamás he encontrado a nadie que lo utilizara. Los más devotos —ya que la cosa va de santo a santo, y tiene en el medio una columna interminable coronada por una virgen— le llaman "La Inmaculada. Los más geométricos le dicen "Plaza Circular".
Estos desmanes del callejero se corrigieron hace tiempo, pero no siempre es tan fácil como arrancar una chapa y sustituirla por otra. En las afueras de las afueras —o más allá— hay un barrio muy humilde que oficialmente se llama "Barrio de la Inmaculada". Los leoneses lo conocemos muy bien, con su diseño cuadriculado, sus viviendas unifamiliares, sus bodegas, su pequeña iglesia... y su fama. Porque lo conocemos, pero a vista de pájaro: desde las inmensas torres del Hospital se observa muy bien, pero dudo mucho que nadie se aventure a conocerlo desde otras perspectivas más cercanas. Y es que a la zona todos la conocemos como "Corea".
Aquel barrio, lejano y humilde, alimentaba el imaginario popular con historias de navajazos, trata de blancas, estraperlo, fraude fiscal y todos los pecados posibles. Y no puedo atestiguar la exactitud o inexactitud de esos datos, porque yo jamás he estado allí. Y nadie que conozca, con excepción de Pilar, que estuvo una vez allí sin saberlo, y pasó muchísimo miedo al enterarse... al día siguiente.
Y es que de niños, en lugar del coco —y esas monerías que ya ni asustan ni nada—, lo que nos asustaba de verdad eran "los de Corea". Y no ellos, sino simplemente nombrarles: "tengo un primo de Corea que te va a explicar a ti cuatro cosas", se decía, como último recurso cuando se agotaba la "vía diplomática". En realidad, no sé si "los de Corea" existían o no, porque yo siempre esperé que tuvieran rasgos orientales, o, al menos, que vistieran una de esas cazadoras verdes de forro peludo, que nosotros llamábamos "coreanas", y ahora les da por llamar "parkas". Sin embargo, los únicos asiáticos que vi por entonces eran los profesores de yoga de mis padres, y aunque debían de ser coreanos, no vivían en Corea, precisamente, sino más bien en Ordoño, en pleno centro.
Claro que yo hablo de los años ochenta, una época muy propicia para tener miedo: eran los años de los heroinómanos, de la delincuencia urbana, de los atracos a punta de navaja y las pandillas de macarras. Yo, personalmente, muchos no vi, pero miedo la verdad es que pasábamos bastante. No obstante, lo que hoy me interesa del barrio es el nombre. ¿Por qué Corea? ¿Por qué no Filipinas, que hablan español? ¿Por qué no Tierra del Fuego, que también está bastante lejos? La misma pregunta nos sirve para datar el asentamiento en el barrio: durante la guerra de Corea, claro. Porque la popular "mala baba" hacía lugar común el asegurar que vivir en ese barrio era "como estar en Corea". En pleno frente, vamos; y eso que no se imaginaban lo que vendría después, al menos en el Norte.
Casos como este, de nombres populares que funcionan como disfemismos, existen en muchas otras ciudades. En Badajoz, por ejemplo, está el Gurugú, un barrio similar, que toma su nombre de una cruenta batalla de la Guerra de Marruecos.
Sin embargo, el barrio peligroso más simpático que conozco está en La Bañeza, y se llama "Las Malvinas". La verdad es que no conozco su nombre real, porque son sus propios habitantes los que utilizan el sardónico topónimo. Ni siquiera llega a barrio, son cuatro o cinco bloques de viviendas de protección oficial, al costado de la Azucarera, y la lógica me hace pensar que se construyeron alrededor de 1982 y aquel lamentable episodio entre argentinos y usurpadores.
Pues ese barrio, esas Malvinas bañezanas, son el mejor barrio de la ciudad. Hay verbena, grupo de carnaval, peñas... Los chicos están en la Banda Municipal, procesionan con la Cofradía de las Angustias, tienen equipos de fútbol. La zona está impecable, muy organizada, con rampas de minusválidos y aparcamiento a la entrada. Y allí vivían dos de los mejores elementos de la ciudad: Jonathan y Toci, mis locutores vespertinos en La Bañeza Radio. Porque no siempre hay que fiarse de las apariencias. Pero —¡ay, amigo!— no te metas con ninguno "de Las Malvinas": pueden ser incluso más duros que los del Bronx.
Por cierto, los nuevos barrios conflictivos, ¿cómo se llamarán ahora? ¿Bagdad? ¿Kabul? ¿Paseo de los Jerónimos? ¿O es que ya no quedan manguis?