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miércoles, 6 de junio de 2007

Predicar a los convencidos


Al cura de mi pueblo le fastidiaba mucho que, en verano, algunos feligreses dedicaran la mañana del domingo a cosechar menta, en lugar de ir a misa. Por eso, les dedicaba casi toda la homilía, un auténtico sermón con regañina para todos los que —precisamente— no estaban allí. Y la bronca se la ganaban los que sí que habían asistido, claro.
Y es que predicar tiene su intríngulis, cómo no. Hay que dar con el tono y pulsar las teclas correctas. Cuidar la retórica y el mensaje. Pero lo más importante es el destinatario, ya que, a fin de cuentas, lo que se pretende es transmitir una idea, es decir, convencer a alguien.
El problema, claro, está en llevarte a tu terreno —y no al huerto, que eso también necesita de labia, pero de otra manera— a quien quieras persuadir. Y digo problema, porque los muy puñeteros, como los labradores de mi pueblo, no suelen dejarse llevar ni a tiros.
Y al final, el orador se enfrenta ante su público cautivo, que ya está convencido de lo que le están contando, y que posiblemente no necesite de más dosis de recuerdo. La fórmula es la misma que la del gran rito de comunión de nuestro tiempo: el mitin político, una de las formas de reunión más incomprensible que existe.
¿Por qué ese empeño en predicar a los convencidos? Sencillamente, porque convencer al que no quiere es muy difícil, prácticamente imposible. Y cuanto más irracional es la creencia u opinión, más arraigada está. Hagan la prueba: intenten convencer a un culé de León de que sería más lógico que fuera madridista. O explíquenle a cualquier teleadicto porqué es más entretenido un documental que un culebrón. ¿Se ven con fuerzas? Mucha suerte. Pero, antes de que se rindan, piensen en cuanto hubo que bregar antes de que se aceptara comúnmente que era la Tierra la que se movía alrededor del Sol, y no a la inversa. Y uno tiende a pensar que las convicciones inamovibles se limitan a la política, la religión y el fútbol, pero no es así: se extienden a casi cualquier asunto en el que sea posible elegir. ¿Coca-cola o pepsi? ¿Windows, mac o linux? ¿Café o cola-cao? Son guerras perdidas.
Y, sin embargo, esta dificultad desaparece en cuanto despersonalizamos la situación: un programa de televisión, un anuncio incluso, son capaces de mover las montañas que ya no mueve la fe. Y no sólo cambian nuestras opiniones: también consiguen movilizarnos, generalmente en dirección al cajero automático.
No nos convencen las palabras, sino las imágenes. ¿Que no? Ha hecho más revolucionarios la imagen del Ché que el tostón interminable de "El Capital". O las imágenes de los reporteros agachándose ante las balas que silban a su espalda, que las páginas y páginas escritas por otros periodistas desvelando que eran montajes para subir la audiencia.
También está la imitación, claro. Una práctica tan común, que ni siquiera reparamos en ella. Pero basta con que un famosete aparezca por la tele, leyendo las dos líneas que le han endosado los guionistas, para que se disparen las adopciones de ratones colorados o los veraneantes en algún nuevo engendro levantino. Y son las mismas personas que jamás estarían dispuestas a variar ni un ápice sus convicciones, por más razones que les expusieras... personalmente, claro.
Pero así, a cuerpo, sin medios de comunicación, sin campañas publicitarias, sin una cara famosa y sin azafatas, es muy complicado lo de camelar a nadie.
«No es lo mismo predicar que dar trigo», afirma uno de mis refranes favoritos. Claro que no: predicar es muchísimo más difícil.

5 comentarios:

Alberto dijo...

Yo siempre he pensado que los mítines políticos se hacen más para salir en televisión, dando así la sensación de que los partidos tienen mucho poder de convocatoría, que para mandar un mensaje y hacer así cambiar de parecer a alguien. Y tienes razón, hacer a alguien cambiar de opinión cuando está convencido más allá de lo razonable es misión imposible

Un saludo

Una mujer desesperada dijo...

tienes toda la razón. es como los mítines de lo políticos. la gente va a escucharles predicar, como a los curas, porque ya van previamente convencidos de lo que van a intentar convencerles! es curiosa, esa necesidad de reafirmar lo que ya sabemos! y lo fácil que es convencer a un auditorio entero y lo complicado que es convencer en cambio a una sola persona!

MAX Y LULA dijo...

Bueno... no sólo se trata de convencer a los indecisos (que si quieren encontrarnos, no lo harán en un mitin; que nos busquen en el bar de la esquina, y de paso se paguen unos vinos, mucha mejor inversión que los carteles). Como decía, la maquinaria comunicativa de los políticos pretende más bien "mantener la tensión" para que los convencidos no decaigan y sigan ahí, aplaudiendo detrás del politicucho de turno (que parece que ahora se lleva más la ceremonia "en latín", de espaldas al público).

Muy buena reflexión la tuya,un saludo,
Lula

Juliàn dijo...

Si, pero los revolucionarios "de camiseta del Che", en cuanto se ponen la camisa o el polo, pasan al PP o al PSOE.
Ten cuidadito que te pongo en la lista negra, como se te ocurre decir que el Capital es un toston interminable? (huy, vaya, creo q lo de toston me ha venido solo a la mente, ahora me tengo que poner yo tambien en la lista dichosa).

Javier Pérez dijo...

Bien remartado el artículo, sí señor.

Con un par.

ya era hora de leerte uno sobre algo. Sobre loq ue sea. Porque anda que el de la mala memoria. Joer....

jajajajaj