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viernes, 28 de septiembre de 2007

Dignidad publicitaria


Desayuno hoy un desengaño en la prensa: es falso lo de "beber para olvidar" porque, al parecer, el vino mejora la memoria. Y me digo: «qué buenos publicistas que se gastan los vinateros, chico». Así, sí.
Nada que ver con los asesores de algunos famosos, famosetes, faranduleros y demás fauna mediática, qué me va usted a contar. Porque, ¿quién sería el lumbreras que aconsejó a Coronado* convertirse en el rey de las evacuaciones? Vale que sea cosa de la naturaleza y demás, pero eso de andar poniendo la cara a los productos que ayudan a relajar el esfínter, como que no parece la mejor idea de aprovechar la imagen pública. Porque mira que ha habido cachondeo con el tema: que si chistecitos en el Club de la Comedia, que si bromitas en el bar… vamos, que debe de ser una cruz estar en su pellejo, porque cada vez que se retrase dos minutos o se despiste de la pandilla cuando va de farra, no faltará quien le pregunte: «¿qué, vaciando el bífidus?». Y eso si no tiene algún colega graciosillo que en su cumple le regale rollos de papel "Elefante" o una escobilla decorada. «Por regalarte algo útil, como te pasas todo el día dándole...», le dirán. Eso: encima, "recochineo".
Claro que todo esto le pasa por pardillo: ¿a quién se le ocurre aceptar semejante anuncio? Porque estaba claro que, a fuerza de salir en la tele frotándose la barriga y haciendo gestos picarones, en vez de como hermano guapo "de leche", o periodista ligón, iba a pasar al imaginario colectivo como el más cagón de la historia sentimental de España.
Supongo que serán cosas del mardito parné, claro. Y de la posición de cada cual a la hora de poder elegir. Pensemos, si no, en los actores —no en el del yogur que da descomposición, no: en los de verdad, los de Jolivú—: ésos sí que saben. Escogen con cuidado sus papeles —no, no entre scottex y colhogar; papeles de los otros—, para no dañar su imagen. Nada de hacer de malo, ni de gay —por no encasillarse, claro—. Y de raro, sólo en caso de que se busque el óscar. Vean, si no, lo que le costó al novato Banderas abandonar los personajes de asesino o latin-lover. O cómo el gran héroe patrio Bruce Willis sólo ha hecho de malo cuando su carrera empezaba a decaer.
Pero no se crean que Coronado es el único inconsciente: ahí tenemos a Pelé, o rei… da Viagra. Qué cuidado pusieron los guionistas en el texto: «Si tienes problemas de erección». Si los tienes tú, claro, porque él… ¿cómo le va a fallar la cosa a Pelé, que las metía todas? ¡Si no ha fallado una ocasión en su vida! Pues el caso es que sospecho que la audiencia, cual perritos pavlovianos, es ver al pelotero y pensar en la impotencia.
O Concha Velasco, que quería ser artista y le daba tanto la brasa a su mamá con el tema, y al final, después de una esforzada carrera, acabó anunciando compresas "para las pequeñas pérdidas de orina". ¿Cómo no empatizar con semejante drama? Pobre Concha, probetina, tan maja y con el pañal a todas partes. Da casi tanta lástima como esos sufridores silenciosos, a los que el sillín de la bici les machaca la almorrana, y todo por no hacer caso a tiempo a los consejos de Coronado.
En fin, que no se enteran. Con lo bien que podían haber aprendido de un auténtico maestro —al menos, en lo de elegir qué publicitar—, como fue Pedro Ruiz. Sí, sí, ése. Porque el tío fue el primero que se atrevió a anunciar condones, y no vean qué éxito. Y no lo digo por sus programas, que desde entonces el tío no ha dejado de darnos por... digo: de darnos envidia con las chavalas que se liga.
Y es que, me pregunto yo: ¿habría ligado igual si hubiera hecho un anuncio de impotencia? Pues eso. Coronado, a tus yogures.



* para los que tenéis la suerte de no ver la tele española: José Coronado es un actor/galán ibérico que en los últimos años anuncia yogures laxantes.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Colgaos



Andaba yo ayer enredado, inmerso en una de esas tareas tan relajantes como formatear el disco duro y calzarle un nuevo sistema operativo, cuando las carcajadas de mi querida Pilar me devolvieron a este nuestro triste mundo. No, no se engañen: no es que me cargase todos los documentos word, las fotos de las vacaciones y la lista de cromos repes, que es lo que suele ocurrir en estos casos. Qué va. Resulta que en la tele acababan de hablar de los blogueros. Fue algo de pasada, apenas dos líneas en una serie americana, «Navy» o algo así; una de investigadores de la Marina yanki.
El caso es que, en un momento de la trama, aparece un chaval que tiene un blog, e inmediatamente uno de los barandas del tinglado tira de manual y se marca una definición de traca:


«Los bloggers son esos colgados que exhiben sus miserias en internet, esperando que alguien les haga un poco de caso».

[la cita no es literal, porque tuve la suerte de no escucharlo directamente; si alguien escuchó la frase exacta, por favor, que me la diga.]

Pues no sé, igual tienen razón. A lo mejor somos todos unos pringaos lamentables, no sé. Igual deberíamos alistarnos en el ejército estadounidense y hacer algo de provecho, en Irak o por ahí, ¿verdad? O hacernos guionistas de series de televisión como aquella, que no deben de exigir demasiado: con un poco de veleidades fascistoides, y otra pizca de ir sobrado de desprecio por los demás, seguro que basta.
Claro. Si Lorca, Rushdie y Crémer se hubieran dejado de mamonadas, y de ir aireando por ahí sus miserias, otro gallo les hubiera cantado, ¿no?

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Un artículo sobre blogs


Hace un par de semanas se presentó el número 2 de la revista «Qvorum», una publicación cultural editada por el Ayuntamiento de Santander y dirigida con mucho tino por Ana de la Robla.
La edición original fue en papel, pero ahora también puede consultarse en línea, aquí.
Y, entre las muchas e importantes firmas que colaboran en este proyecto, se ha colado de rondón la mía, con un artículo que intenta analizar los blogs literarios de Cantabria. Espero que os resulte interesante.

martes, 25 de septiembre de 2007

Por qué no es conveniente meterse en política


Andrew Meyer es un preguntón. Un preguntón muy molesto. Y encima tiene aficiones raras: cuando un político va a Florida, a dar una conferencia en su universidad, al chaval sólo se le ocurre ir y hacer preguntas incómodas: ¿Porqué no impugnó usted las elecciones de 2004? ¿Por qué dejó usted ganar a Bush?

Y entonces... seguro que ya lo habéis visto por la tele: el chaval pregunta a John Kerry si de estudiante perteneció a una sociedad "secreta" universitaria, y la policía se abalanza sobre él, se lo lleva al fondo de la sala y le aplica un tratamiento de electroshock, como si no se hubieran inventado nunca los derechos humanos.
Pero lo más curioso del asunto es que el político, impertérrito, se pone a contestar al "agitador", mientras en el fondo se escuchan sus gritos de dolor. ¿Qué más da que allí mismo estén torturando a un estudiante? Parece que a Kerry le importa poco.
Y es que, claro, el chaval se lo buscó. Hay cosas que no se pueden decir. No puedes plantarte ante el presidente del gobierno y preguntarle que cómo tiene el morro de decir que nuestra economía juega en la champions cuando todos tus amigos son o parados o menos-mileuristas. No señor, eso no está nada bien. Sería como visitar al ministro de vivienda con una cinta métrica y querer comprobar cuántos pares de minipisos de 30 metros caben en su despacho. No sería muy conveniente; eso sólo puede hacerlo Mariano Estilografic, y porque lo hace en su blog, cuando piensa que nadie le mira.
Yo tuve también una experiencia similar, de esas de salir escaldado. Hace unos años trabajaba para un semanario provincial en La Bañeza —«Las Comarcas»—, y me tocaba hacer de intruso profesional; de periodista, vamos. Fue una época muy divertida, porque tuvimos cinco alcaldes en un año, dos mociones de censura, una docena de dimisiones, manifestaciones y todo lo imaginable e inimaginable en política. Pero de este asunto ya hablaré más in extenso en otra ocasión.
La cuestión es que llegó un momento en que un alcalde se jugaba la vida —metafóricamente, o igual no tanto, porque era político profesional; es decir, que no tenía otro oficio—, porque había prometido que en una fecha concreta llegarían inversiones por valor —fíjense si ya llovió— de mil millones de pelas. Y como no llegaban, se había sacado de la manga un proyecto que en Las Comarcas llamamos "El río navegable".
Y es que la Junta de Valladolid había anunciado un proyecto para acondicionar algunas riberas urbanas de la meseta, y se esperaba que entre las localidades agraciadas cayera alguna leonesa. Total, que el alcalde montó un acto de presentación del proyecto para el mismo día en que vencía el plazo, y consiguió que viniera la Consejera de Medio Ambiente. Y allí nos pusieron un powerpoint, nos enseñaron una maqueta y nos dieron una chapa de hora y media sobre el número de chopos a plantar en el río Tuerto, las islas artificiales y el acondicionamiento para piraguas —de ahí el asunto de la "navegabilidad", en la que se le había ido un poco la mano al alcalde—.
Espectacular. Todo muy bonito, hasta la Consejera lucía sonrisa de anuncio de dentífrico. Sólo faltó un detalle: no se dieron fechas, no se habló de partidas, de rubros, de aprobación, de presupuestos. Y, mientras el alcalde sacaba pecho y bramaba: «¿No os prometí mil millones? ¡Pues aquí los tenéis!», yo me acerqué a la consejera con la grabadora en la mano y, sin dejarla reaccionar, le pregunté:
—¿Con cargo a qué partida se va a ejecutar el proyecto?
No me contestó, sólo hizo una mueca de extrañeza.
—¿Cuándo se debatirá el presupuesto? —insistí.
La Consejera enseguida se recompuso y empezó a hablarme del proyecto "Riberas Urbanas", de la Comisión Europea, de lo bonito que iba a quedar todo y bla bla, bla bla. La cosa ya me estaba mosqueando, y en cuanto hizo una pausa para respirar le metí la puntilla:
—En resumen, que aún no hay nada aprobado: sólo es una idea.
La Consejera me miró como si hubiera asesinado a toda su familia, como si pudiera lanzar rayos a través de las gafas y quisiera fulminarme con la mirada. Entonces Marcos Calvo, el redactor jefe de la revista, me tiró del brazo y me sacó de allí.

Al final publicamos la noticia: «Los mil millones que nunca llegaron», y el alcalde perdió el sillón quince días después. El caso es que el hombre, cuando yo abandonaba la sala después de interrogar a la Consejera, me decía en tono de regañina: «Así no se pregunta a un consejero, eso no son maneras».
Yo no me daba cuenta de nada, pero podría haber sido el Andrew Meyer español. Si la Consejera hubiera tenido a mano uno de esos aparatos de las descargas eléctricas, igual ahora era rubio oxigenado. Menos mal que nací en España, y aquí no pasan estas cosas. Menos mal que la política aquella no tenía guardaespaldas, y menos mal que los polis municipales no se meten en política. Porque meterse en política —y preguntar más de la cuenta— no es nada conveniente, ¿verdad?

viernes, 21 de septiembre de 2007

Por qué los consejos no sirven de nada [microrelato]



El gran poeta Antonio Gamoneda me brindó en una ocasión un excelente consejo, al que yo, como es lógico, no hice el más mínimo caso; y es que los consejos, por lo general, no sirven de nada, porque uno no los entiende más que a toro pasado. Aquella vez, yo le había llevado unas cuantas cuartillas llenas de versos, y él me reconvino con severidad:
—Nunca, y entiéndelo bien: nunca, nunca deberías dejar a nadie leer un trabajo inédito.
Lo que yo pensé, claro, fue que el escritor consagrado sabía tanto de letras como de regates, y que acababa de darme un pase de pecho para librarse del joven y molesto aprendiz.
Al día siguiente, le conté mi desgracia a un amigo. Él, que como yo, también andaba enredado con los líos del escribir y el publicar, se ofreció amablemente a leer mis poemas, darme su opinión y corregir lo que hiciera falta. Le entregué los papeles, confiado.
Una semana después, coincidimos en la librería Padre Isla, en la presentación de una nueva revista de poesía.
—¿Qué tal los poemas? ¿Había mucho que corregir? —pregunté, ansioso.
—No, bueno… en realidad sólo he hecho una corrección —confesó, entregándome un ejemplar de la revista que se presentaba, abierto por la página 25.
Allí estaban mis versos. Ciento cincuenta versos de rima libre, hablando del tiempo que huye y esas cosas de poetas. Y, en efecto, tan sólo había una enmienda: en lugar de mi nombre, aparecía el suyo, Toni Martínez.
Aquella noche comenzó a fraguarse la “leyenda del poeta aullador”, también conocido a en el mundillo como Farinelli o Antonio el de los huevos, desde entonces. La broma, en total, me salió por quince mil duros —a mil por golpe, hasta que me pararon—, y dos semanas de arresto menor. Como declaré ante el juez, lo cierto es que estoy bastante arrepentido, en especial de no haber hecho caso a Gamoneda y haber inscrito la obra en el Registro de la Propiedad Intelectual, aunque de lo que de verdad me arrepiento es de no haberle dado más fuerte a Farinelli, porque luego ya no habido manera de volver a encontrarlo.


jueves, 20 de septiembre de 2007

Bajo un nombre falso




Hace unos días el joven escritor Jesús Montoya se vio envuelto en un asunto desagradable. Por casualidad, había sido testigo de una conversación informal de un político de su ciudad, y tuvo que escuchar ciertos comentarios xenófobos que no sólo le parecieron inadecuados, sino incluso inaceptables para un representante de la ciudadanía. Y al bueno de Jesús sólo se le ocurre contarlo en su blog. Sin tener en cuenta, eso sí, que las bitácoras son de dominio público, que puede leerlas cualquiera y que, de hecho, las lee mucha gente. Total, que, al final, el revuelo ha sido tal que el escritor, molesto por las insinuaciones de que pretendía meterse en política, ha decidido retirar el artículo en el que desvelaba los resbalones verbales del baranda en cuestión.

El caso tiene muchas lecturas, pero no vamos a entrar ahora en interpretaciones sobre la libertad de expresión y las malas artes de algunos poderosos. Lo que realmente me llama la atención es que Jesús Montoya lo ha pasado mal por un detalle en apariencia nimio: porque firma con su nombre. Si hubiera utilizado un alias —como hacen muchos blogueros— nadie le habría identificado, y se hubiera ahorrado muchas presiones en la llamada "vida real".

Pero Jesús es uno de esos raros casos que se atreven a ir con la verdad por delante: «éste soy yo, con nombre y apellidos. El que me busque aquí me encuentra». Él, como Ana de la Robla, Antonio Toribios, Alberto Torices —y muchos más que ahora omito por mi mala memoria— no tienen nada que ver, por supuesto, con el vulgar uso del "Anónimo" para las puñaladas nuestras de cada día en este valle de lágrimas [digitales].

Y es que «andar por la red» no debería diferenciarse mucho de «andar por la calle». Somos hasta cierto punto anónimos, porque, cuando caminamos, a menudo nadie o casi nadie nos conoce. Sin embargo, sí que somos responsables de nuestros actos, y sí que tenemos una identidad. En la calle se nos reconoce por nuestro físico. En la radio, por nuestra voz. Y en la prensa, por nuestra firma. Sin embargo, en internet, nos identifica nuestro nick. ¿O más bien nos esconde?

Claro que lo de valerse de un nick o un nombre supuesto está muy bien: si andas por la red "bacilando", si bordeas los límites del derecho de autor o si simplemente quieres conservar tu empleo, tu buen nombre o a tu pareja, es un recurso más, un caso de fuerza mayor. Pero si utilizas tu identidad falsa para opinar, para criticar, para abrir debates y para intentar, de algún modo, influir en los demás, entonces ya no es tan buena idea. Porque escribir en la red no difiere demasiado de hacerlo en la prensa: la gran diferencia es que aquí no hay selección previa, no hay redactor jefe ni consejo editorial, y cada uno avala sus palabras y opiniones con su propio prestigio. ¿Y qué mejor aval que la propia identidad?

Utilizar un pseudónimo en la blogosfera te concede un estatus privilegiado: es un anonimato atenuado, porque tu nick te identifica, pero anonimato al fin y al cabo, porque la persona física no sufre las consecuencias de los actos de su otro yo, el cibernético. Es una especie de salto con red, una reducción lúdica de la actividad social en la red a la mera virtualidad.
A mí, personalmente, no me agrada esa impostura. Si pretendemos que internet sea un espacio de libertad, un foro público con importancia real y con trascendencia en la sociedad, me parece que están de más esas corazas, esas pseudoidentidades que, en definitiva, sirven para «tirar la piedra y esconder la mano».

martes, 18 de septiembre de 2007

Pillos y topillos


Hoy he hecho un viaje relámpago a mi tierra y por el camino, para combatir el tedio de la autovía, he intentado fijarme en el campo, para comprobar si continuaba asolado por la plaga de topillos. En Castilla no vi ni un triste ratoncito. Muchos baches, mucha guardia civil con sus radares camuflados, pero nada de roedores. Lo mismo al llegar a León: ni rastro de los topillos en el viejo reino. Quizás fuera todo un invento de la prensa, un bulo con el que rellenar planas y telediarios.

Claro que, más tarde, al cruzar la ciudad, enseguida me di cuenta de que todo debía de haber sido una inmensa errata: la plaga no era de topillos, sino de pillos. Un pillo en cada poltrona. En cada pequeño reducto de poder. Un pillo que no te cede el paso en una glorieta y otro que te adelanta por la acera. Un pillo que te guinda la cartera, y otro que juega al descuido con los equipajes. Pillos de todas clases. Y algunos tan grandes, tan hinchados con su propio éxito, que más que topillos parecen verdaderas ratas. Y por esta época —casi pre-campaña electoral— empiezan a aflorar.

Esta plaga, no obstante, ni es novedosa ni afecta sólo a la meseta: hay pillos en todas partes. Recuerdo que un amigo me preguntó hace tiempo que qué tal con la gente en mi nueva ciudad. Y yo le contesté que muy bien; que seguro que estaba tan llena de capullos como la vieja, pero que, como todavía no los conocía a todos, me encontraba muy a gusto.

Lo que pasa es que ya nos hemos acostumbrado a su presencia, y hemos desarrollado una tolerancia que se parece demasiado a la ceguera. Y les dejamos hacer.

Yo diría, sin mucho fundamento, que son herederos de una rancia tradición: pícaros del siglo de Oro, sólo que venidos a más. Golfos que necesitan de una mayoría silenciosa, de inocentes primos, que les consientan.

Lástima que a estos no se les pueda aplicar el mismo tratamiento que los chavales de la meseta le dan a los topillos: cada chico en una esquina, con una buena estaca, y palo limpio hasta que desalojen el solar. Lástima, porque seguro que está muy penado.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Eme uve pes


Al acabar los grandes torneos de baloncesto es habitual —una costumbre importada de los estadounidenses— que se elija al "MVP" del campeonato. Y como todo es de importación, no lo iba a ser menos el nombre: Eme uve pe, que son las siglas de "most valuable player", es decir, el jugador más valioso.

Generalmente, suele ser discutible este asunto del jugador más valioso, pues no es una distinción que se obtenga con criterios objetivos, sino que suele ser designado por un comité de expertos. Es decir: es un premio digital, un método muy clásico, por muy moderno que parezca. Existe, además, una especie de ley no escrita, que proclama —atinadamente, diría yo— que el mejor jugador debe pertenecer al equipo vencedor.

Ayer, tras la inesperada derrota de la selección de baloncesto, fue elegido emeuvepé el ruso Kirilenko. El mismo ruso que, nada más terminar el partido, se fue directo hacia Gasol —el más firme candidato a jugador más valioso—, que acababa de marrar el lanzamiento más importante de su carrera. El pivot había tirado desde más de cinco metros, y el balón tocó el tablero, rebotó en el aro y, cuando ya todos lo veíamos dentro, se empeñó en salir despedido, desahuciando a los españoles de la ansiada medalla de oro.
Gasol, la gran estrella, el talismán de los aficionados y la industria publicitaria española, estaba paralizado, en el suelo, lamentándose por la oportunidad perdida.
Y entonces acudió el ruso Kirilenko, el mejor de los suyos, el nuevo campeón de Europa, y se abrazó al gigante español. Y conteniendo su euforia le dio unas palabras de consuelo.
Luego le darían el premio al most valuable player, pero Kirilenko ya se había ganado el de most valuable person, al demostrar que se puede ser rivales, pero no hace falta ser enemigos.

Y viendo esa escena me acordé de un jugador al que muchos consideraron el mejor de su época: Drazen Petrovic; un yugoslavo de cabellera ensortijada, que casi nunca fallaba un lanzamiento y cuya fama aseguraba que, después de los partidos, seguía entrenando en solitario. No defendía mucho, y raras veces pasaba el balón a los compañeros, pero su técnica individual y su talento natural le hicieron, probablemente, el mejor jugador europeo de la historia.
Sin embargo, su característica más destacada era su capacidad para desquiciar al rival. Les sacaba la lengua, les escupía, les insultaba, trataba de ridiculizarles por todos los medios. Alumno aventajado de una escuela de marrulleros, quizás haya sido también el jugador más sucio de la historia. Porque no le bastaba con vencer a su contrincante: quería también humillarle.
A menudo se dice que el tal Drazen, fuera de la cancha, era una persona tranquila. Normal tirando a buena, incluso. A mí, la verdad, me cuesta creerlo: jugamos tal como somos. Si no tienes respeto por los demás compitiendo es porque tampoco lo tienes en la vida, porque una cosa es intentar vencer y otra querer hacer daño.

Por eso ayer, cuando veía el gesto de Kirilenko, me quedé pensando en la vacuidad de ser "el mejor". Recordando quizás el día en que el Real Madrid fichó a Petrovic, mientras yo perdía el interés por un juego que empezaba a ser cada vez menos "deporte". ¿Vale todo para ser el mejor? Pero es que, además, ¿para qué vale ser "el mejor"?





sábado, 15 de septiembre de 2007

Abogado del diablo

Visto que aún nadie ha logrado convencerme de que bacilar con be sea una aberración, al final voy a tener yo que ejercer de abogado del diablo.

En primer lugar, debemos de tener en cuenta el origen coloquial de "bacilar/vacilar" entendido como "tomar el pelo". O vulgar, como lo definía la Academia hace una década.

Este uso —que se posiblemente se origine en el inframundo de las drogas, junto a otros como "rollo"— es adoptado masivamente por la juventud española de los ochenta. Y es fácil comprobarlo, con un poquito que rebobinemos nuestra memoria: los adultos, entonces, no lo usaban. Más tarde se extendería a toda la población, pero es muy importante el hecho de que aparezca en aquel momento, en una época cercana a la transición y a la revolución cultural del momento.

En aquella época —e imagino que ahora también—, el habla de los jóvenes era distinta de la de los mayores. Voluntariamente distinta. Por cuestiones de prestigio, los jóvenes buscan marcas de grupo que reafirmen su identidad y su rechazo al mundo adulto, dando lugar a la llamada "contracultura".
En el terreno de la lengua esta actitud es especialmente fructífera, aunque hay que señalar que no se suelen producir creaciones ex-nihilo, es decir, a partir de la nada. Lo habitual es tomar las expresiones de los ciertos colectivos marginales, lo que además encaja con el espíritu furiosamente underground de esa etapa de la vida. Y también hay que tener en cuenta el componente lúdico, burlón y chulesco característico de la juventud.

Y en este caldo de cultivo se produce un fenómeno lingüístico que Francisco Umbral denominó "repristinación", y que consiste en dotar de nuevo significado a palabras antiguas o de uso común. Un poco al estilo del lenguaje de germanías, en el que se oscurece el mensaje alterando las relaciones semánticas, también los jóvenes de los ochenta pasaron a llamar "tronco" a sus amigos o "madero" a los policías municipales. Reverdecieron también palabras olvidadas, como "talego", sólo que con no con uno, sino con dos significados nuevos: "cárcel" y "billete de mil".

Este último ejemplo nos muestra claramente su origen marginal; incluso los más timoratos recordarán —aunque sólo sea de oídas— que el "talego" era la moneda en la que se realizaban las transacciones comerciales en las esquinas más peligrosas de los ochenta.

Y algo similar pudo haber pasado con "bacilar/vacilar": entre las capas más desfavorecidas de la sociedad, es muy probable que su acepción dubitativa estuviera claramente en desuso. Si a esto le unimos que a la moda de la época —el "colocarse", concretamente— se le había llamado antes "bacilar", es fácil imaginar el salto semántico, la "repristinización" de vacilar, que pierde su anquilosado "titubear" y pasa a convertirse en una palabra ómnibus, absolutamente polisémica:
  • vacilar a alguien
  • salir a vacilar
  • vacilar a una tía
  • que te vacile un tío (ojo, que no tiene nada que ver con la anterior)
  • ser vacilón
En fin, que si ésta fuera la etimología de "bacilar/vacilar", mediante el fenómeno de repristinización, sería lógico en este caso optar por la grafía de la Academia, con uve.

Aunque, por otro lado, es tal la diferencia entre el "vacilar/bacilar" castizo y el "vacillare>vacilar" normativo, que no estaría de más un uso diacrítico de la ortografía, y diferenciar con una be el significado "bacilón" del "vacilante". Porque, como dijo —y con tanta razón— SirMcLois en un comentario de este blog: «¿Por qué, pudiéndose hacer, no se hace un lenguaje más fácil?». Pues eso. Osea.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Encuesta bacilona

Visto que el tema del bacile se está volviendo de interés general —y sin perjuicio de que los eruditos puedan llegar a conclusiones lógica y redundantemente eruditas—, me gustaría saber la opinión del personal acerca de tan importante asunto para la seguridad nacional y el futuro de nuestros hijos.

Si sois tan amables, os agradecería que colaboraseis en esta investigación. Si alguno no sabe de qué hablo, podéis ver la entrada "Bacilar sin vacilar".

Y ahora, sin más vacilaciones, la preguntita de marras:
(la encuesta tarda unos segundos en cargarse)


Óscar y su mala pata


O su pata mala; al bueno de Óscar —también conocido como «Oscarón»; por lo canijo, más que nada— no se le ha ocurrido otra cosa que troncharse la rodilla, y ahora está en casita con la pierna enyesada y atornillado a la butaca del salón.
Que sí, que sí, que el chico estaba buscando una excusa para poder seguir todo el Eurobasket, y no le ha podido salir mejor: no se ha perdido ni un partido.

Claro que le ha costado lo suyo: fue el miércoles pasado, mientras jugábamos nuestro partidillo de rigor. David sube la bola y me la pasa sobre la línea de tres. Yo veo a Óscar en el poste alto y —hecho insólito—, le meto un pase interior, que recibe con claridad. Detrás tenía a Berto (Al-Berto Díaz, uno noventa y algo y como un armario de tres cuerpos) y se intenta zafar de él con un reverso prodigioso. Sólo que su pie izquierdo no se entera de la jugada y suena un clac terrorífico.

Total, que Óscar acabó en el suelo, con lo que después sabríamos que era un esguince con rotura de ligamento lateral no sé qué. Y era espectacular ver a ese tiarrón ahí tirado, con la pata del revés y sin quejarse... Algunos están hechos de una pasta especial, desde luego, porque la lesión debía de ser muy dolorosa. Mucho.

Ayer me acerqué a visitarle. Quería llevarle un libro, pero al final acabé cabreado porque no encontré ninguno de los que tenía pensados —"Con las mujeres no hay manera", de Boris Vian, "Lo mejor que le puede pasar a un cruasán", de Pablo Tusset, y alguno más de ese estilo, y resultó imposible—. Así que le llevé unos tebeos de El Jueves, que para salir del paso tampoco están mal. Pena que no encontré "Clara de noche", que es uno de los mejores personajes. Bueno, pues allí me planté con mis comics y me encontré al hombre con un portátil, apagando fuegos del trabajo —es informático—, y con la colección de películas desperdigada por el salón.
Y también charlé con Cristina, que por fin puede pasar más tiempo que yo con Óscar. Porque, echando cuentas, resulta que si jugamos al frontón los lunes y los jueves, al baloncesto los miércoles, durante la semana cae algún café y el fin de semana coincidimos en Cañadío, al final le veo casi más a él que a mi mujer. Y ella es mucho, pero mucho más guapa, donde va usted a parar.

Pues nada, que espero que Óscar se mejore, que no es lo mismo jugar sin él; esta semana, por ejemplo, nadie me ha arrollado, como si fuera un tren de mercancías, al correr detrás de una pelota gritando «¡Míaaaaa!». Ni me ha metido el cuerpo al entra a canasta, diciendo luego «¡Si no te he tocado!». Ni me ha recordado que León limita al este con Castilla —su familia es de Valladolid, ahí es nada—.

Vamos, que le echo un montón de menos. Mejórate, campeón.

Recomendaciones del chef


Ayer nuestra amiga Da Gurl publicó en su blog Forget Regret Today un texto muy divertido sobre sus problemas con el invento de Alexander Graham Bell. Me hizo pasar un buen rato, así que os recomiendo que le echéis un vistazo. Se titula Número equivocado.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Bacilar sin vacilar

La verdad, no es que crea que haga falta justificarse, pero ya me está bacilando el personal, que si se me ve vacilante ante la ortografía, que si vacilo o me bacilan, que no me haga el bacilón... Y, la verdad, yo lo tengo muy claro.

Para empezar, los hechos —y detallados—:
  1. Yo escribo "bacilar" con be.
Resulta que, cuando quiero indicar esa actividad tan extendida de tomar el pelo, decir paridas y/o tocar los mismísimos, lo escribo con be. Con be, porque "vacilar" con uve es otra cosa.

2. A alguna/s persona/s eso les molesta.
Por ejemplo, a un tal "anónimo", que me dejó el siguiente mensaje:


Anónimo dijo...

Me gusta mucho tu blog, pero por favor , escribe vacilar con "v", que me chirría...

7 de septiembre de 2007 20:49



Ya. Cada uno tenemos nuestras cosas, pero si hay algo en este mundo que limpia y da esplendor no es ni Colón, ni Perlán, ni Vernel: es la RAE. Y la Academia también tiene opinión en este asunto:

vacilar.

(Del lat. vacillāre).

1. intr. Dicho de una cosa: Moverse indeterminadamente.

2. intr. Dicho de una cosa: Estar poco firme en su estado, o tener riesgo de caer o arruinarse.

3. intr. Dicho de una persona: Titubear, estar indecisa.

4. intr. coloq. Col., C. Rica, Cuba y Guat. Gozar, divertirse, holgar.

5. tr. Engañar, tomar el pelo, burlarse o reírse de alguien.



Real Academia Española © Todos los derechos reservados

O sea: tierra, trágame.
No obstante, no me quedé conforme. Porque la acepción número 5 —que es la que nos ocupa— me resultaba un tanto chocante.
Vale que "vacilar" en el sentido de "dudar" venga del latín "vacillare", pero no está tan claro que "bacilar" en el sentido de "tomar el pelo" comparta etimología con su homónimo.
Para empezar, esta acepción se ha introducido muy recientemente; en la edición de 1992 no aparece, y sí lo hace en la edición manual —una edición de trabajo, que incluye voces aún no aceptadas, pero en estudio— de 1989, pero como una forma vulgar y aún no admitida:



No le veo mucho sentido a que, al aceptar un neologismo cuya etimología no está clara, se opte por crear de la nada una polisemia que fácilmente podría evitarse: si ya existe "vacilar" con su significado de "titubear", ¿no es más sencillo proponer "bacilar" para un significado que no se parece en nada? Porque, evidentemente no es el mismo verbo: «No me vaciles» y «no me baciles» son dos enunciados muy diferentes. El primero quiere decir «no me vengas ahora con dudas», y el segundo, más o menos se podría sustituir por un «no me toques las pelotas» o un castizo «vete a tomar por culo».
¿No sería más lógico utilizar la ortografía con valor diacrítico? Como "vasca" y "basca", por ejemplo.


Pero luego, dándole un poco más al coco, me dije: «Y yo, ¿por qué escribo bacilar con be? ¿Se me habrá ocurrido a mí solito?». Evidentemente, no. La ortografía es un automatismo, un reflejo que se fija con la lectura. Y revolviendo por ahí —por las bases de datos de la propia Academia, en concreto— me di cuenta de que no era el único que no compartía la opinión de la RAE.
Vean, si no, unos ejemplos:


[...] si le pegaba a algo, era a la grifa que le ponía bacilón. (Raúl del Pozo, Noche de tahúres, 1995)




¿Qué le iba a decir? Le dije que sí. Un bacilón. (Guillermo Cabrera Infante, La Habana para un infante difunto, 1986)



—No te importa ahora, bacilón, que antes... (Alfonso Grosso, La zanja, 1961)


Pero, de todos, el que más ilusión me hizo encontrar fue éste:

Esta democracia principia a bacilar con be por todas partes. (Francisco Umbral, El Mundo, 2 de marzo de 2005)


Y es que el artículo de Umbral se titula, precisamente, «Bacilar con be». No, si al final hasta me voy a hacer umbralista y todo… El caso es que, si autores de semejante calado han elegido la forma con be, será por algo, ¿no?

Mi impresión es que se trata de una palabra que surgió en los años setenta, en el submundo del fumeteo de hachís. Como tal la recogen varios diccionarios de argot; algunos con be, y otros con uve. De ahí salta en los ochenta al lenguaje coloquial, pero trastocando su sentido hasta el significado actual; supongo que debido al razonamiento de que el que se fuma —"bacila"— dice bobadas. Y luego, si dice las bobadas aunque no haya fumado, sigue "bacilando"; la connotación drogata se pierde enseguida, y nos quedamos nada más con el término, que es "bacilón" —que en mi barrio y en los años de mi juventud también significaba "molón", lo que algunos dirían "guay"—. Y el término tiene tanto éxito que ahora lo utilizan todas las generaciones y grupos sociales.


En resumen: que creo que la Academia debe fijar el uso, no diseñar la lengua. Y, además, la lengua es para quien la trabaja, ¿o no? Así que he decidido declararme insumiso ortográfico, y en lo tocante a este término pienso bacilarle a la Academia, a los puristas y a quien se ponga por delante. Y no pienso vacilar ni aunque venga la Guardia Civil a cerrarme el garito. Estaría bueno.

Y, para rematar, valga la siguiente respuesta al comentario que originó todo este lío:


Javier Menéndez dijo...

Anónimo, me gusta mucho tu comentario, pero no escribo bacilar con "v", porque no tengo dudas...

13 de septiembre de 2007 15:49


martes, 11 de septiembre de 2007

El error de Umbral




Al final, ha resultado inevitable: voy a hablar de Umbral.
Y la culpa de todo la tiene un tal Bartolo, que el pasado 29 de agosto escribió en un comentario:

bartolo dijo...

el día del famoso programa con Mercedes Milá, no se podía estar más acertado. La insoportable a la par que histriónica Milá quiso utilizar a unos cuantos invitados intelectuales-escritores, etc, engañándoles para llenar la tertulia de su programa con invitados gratuitos. Haciéndoles creer que "iban a hablar de sus libros…". Lo que pasa es que él se atrevió a desenmascararla graciosamente y la dió una buena lección que debería haberla espantada de la tele de por vida. No cayó esa breva.
Si no se le entendió es que no hay sentido del humor.


La verdad es que le he dado muchas vueltas; incluso busqué de nuevo el vídeo, para comprobar qué ocurría en realidad, y debo reconocer que a "Bartolo" no le falta razón.
El programa no lo recuerdo, pero imagino que sería un precedente de nuestra actual telemorralla, como los debates de Sardá pero con la pretensión de intelectualidad de los pseudoprogres de la época.
La cuestión es que, en efecto, se ve claramente que a Umbral le han tomado el pelo, que le han engañado para que acuda a decorar con su prestigio un programa que ni le va ni le viene. Y, además, que le entra un cabreo tremendo cuando descubre que es así.
¿Tenía motivos Umbral para sentirse indignado? Evidentemente, sí. Le habían "chuleado". Su reacción era lógica, y casi podríamos decir que comedida. Y, sin embargo, fue él quien quedó como un patán iracundo, y la Milá salió de rositas. ¿Qué falló, entonces?

Mi impresión es que Umbral se equivocó de parte a parte: no dominaba el medio televisivo —y quizá tampoco el diálogo—. Arremetió como un toro contra el trapo que le mostraba la presentadora, y con dos capotazos lo encaminaron a escornarse contra el burladero. Porque la Milá sí que dominaba el medio: con toda la desfachatez del mundo, cuando Umbral protesta, le salta: «¿Y qué querías decir de tu libro?». Un espectador poco despierto —como somos todos— lo interpreta como que le concede la palabra, que le da la atención prometida. El escritor, en cambio, se enfurece y se enzarza en una agria discusión. Da la impresión de ella es la buena y él un cascarrabias ególatra.
Sin embargo, Umbral realiza una interpretación mucho más inteligente del gesto de la periodista: no le concede la palabra, sino que le demuestra, con una pregunta tan abierta, que ni siquiera se había preparado no ya una entrevista, sino siquiera unas líneas de documentación sobre "La década roja" —el libro en cuestión—. Es decir, que no estaba previsto, de ninguna manera, tocar el tema del libro. Así que el escritor tenía toda la razón, pero no supo convencernos. Quiso vencer en una guerra justa, pero se encontraba en clara inferioridad —otra cosa es que el ego le pudiera, y no quisiera ver que no podía cazar elefantes con un matamoscas—.

Es muy fácil decirlo ahora, claro, a toro pasado, pero me da que Umbral debería haberse callado. Haber hecho la estatua hasta el final del programa, haberse despedido tranquilamente de la periodista y, ya en su despacho, haberse desquitado con una columna demoledora en la última plana del diario del día siguiente. Porque ese medio sí que lo dominaba. Allí, en su terreno, sí que podría haber desenmascarado a su oponente, que no tendría la ventaja impagable de la última palabra. Allí sí que le hubiera cundido su mala leche, que gana mucho por escrito.

Ahora que, como demuestra el vídeo, al escritor le sobraba chulería: «No vengo aquí a escuchar lo que opina el personal, que me da lo mismo, que para eso yo ya tengo mi columna». Toma ya. Eso sí que es bacilar —¿o vacilar? En fin, ese asunto ya lo aclararemos más adelante, que no se me olvida—.







lunes, 10 de septiembre de 2007

La verdadera historia [Antipoema]

Que me liaron, mujer,
ya sabes que yo no quería
pero insistieron:
que si quédate un poco más,
que si prueba este néctar
que si nos vemos en el Lesbos.
Y yo quería venir
pero ya me conoces, no sé
decir que no.
Así me arrastraron hasta el hipódromo,
y luego a derrochar lo que ganamos,
y por ahí nos metimos en una bronca
que ardió Troya.
Créeme, te juro
que esas manchas de la túnica
no son carmín
sino restos del fragor de la batalla;
si total a esas horas ya no quedaba
ni una Casandra
que llevarse al catre.
Y luego no encontraba el camino
ni las llaves del coche
Ya, ya, que me he pasado un poco
que es algo tarde,
pero chica, ni que hubieran sido
veinte años;
aunque ¿no te alegra pensar
que después de tanto tiempo
todavía te quiera?
Vamos, Penélope,
no seas así, mujer
ábreme ya el pórtico;
ya inventaremos algo mejor
para que los vecinos no murmuren,
que esta noche me han contado
una muy buena
de cíclopes y sirenas
y maldiciones divinas.
Anda, explícaselo tú, Homero,
a ver si se ablanda.

viernes, 7 de septiembre de 2007

La boda de mi primo


No, no es una película nueva de Kusturica. Ni tampoco una canción de Estopa o de Los Chichos, qué va. Es en serio. Mi primo, que se casa.
Y primos tengo muchos, la verdad: diecisiete, para ser exactos. Pero éste es el único que tiene mi edad —nos llevamos apenas quince días—, o sea, que es de la estupenda cosecha del 73, año muy fructífero, sobre todo en crisis económicas.

A mi primo todos le llamamos Cusco. Cusco Córdoba, incluso. Y eso que no se llama así. Ni se apellida, siquiera. El «Córdoba» es herencia de su abuela —usufructuada por su padre—, pero el apodo se lo ganó él solito. Cierto que sin saberlo, pero ya no tiene remedio. Según la tradición familiar, al angelito le encantaba el pan, y se pasaba el día pidiendo el currusco, para ir haciendo diente. Con su lengua de trapo los llamaba «cuscos», y así se quedó.
Tuvo una temporada el hombre en la que anduvo empeñado en quitarse de encima el mote, pero no hubo manera. Al final, creo que asumió lo inevitable, y ya hasta lo usa para los asuntos serios —porque es un artista, un diseñador gráfico muy personal, al que la fortuna no podrá seguir esquivando eternamente—. Y, en el fondo, me parece muy afortunado por contar con ese sobrenombre; cierto que nunca te dedicará un relato Antonio Toribios en su Santoral Apócrifo, pero su nombre es especial, absolutamente único.

En fin, que estoy haciendo las maletas porque ya casi estamos saliendo para León; será estupendo, porque a muchos familiares hace años que no les veo. Y estarán todos mis hermanos, lo que es siempre una fiesta.

Me queda, eso, un pensamiento rondando la cabeza: Al principio —cuando yo me casé, quiero decir, hace ya casi una década—, parecía que lo de las bodas ya se había pasado de moda; no quiero ni recordar lo que me bacilaron a mí por casarme... Pero luego resulta que, uno a uno, todos van cayendo, y precisamente el interfecto que mañana pondrá cara de póker en el altar fue el que más me tomó el pelo, así que le espera una buena ración de —digámoslo así— "reciprocidad".

jueves, 6 de septiembre de 2007

La bebida del imperio (historia de una adicción)

Supongo que todo se debe a una infancia de abstinencia, en la que, como mucho, podía caer algún mosto sabatino, en el "hogar" popular de la parroquia, pero poco más. O un "butano" en casa de la abuela —un refresco de naranja, que se multiplicaba cual agua de Caná, con el milagro de la gaseosa—, si había suerte.
En realidad, en aquella época la coca-cola escaseaba tanto en mi casa que no sabíamos si nos la daban porque era fiesta o era fiesta porque nos la daban. Mi madre era más de "trinaranjus", limonadas —de las de agua y limón, no la liemos, ¿eh?— o zumos naturales: cualquier cosa, pero sin burbujas. Pero el resto, incluido mi padre, siempre hemos sido cocacolómanos. Cinco contra una, ya ves.
Sufrimos mucho las crisis del petróleo y demás desgracias de los setenta, y quizá por eso, cuando llegó el desarrollo económico, nos lanzamos a celebrar la bonanza dándonos a la bebida del imperio. Los años 80 fueron una orgía de burbujas y desenfreno, bajo la órbita de la OTAN y el rock patrio. Y nosotros caímos, vaya si caímos.
Mi hermano Pablo, por ejemplo, llegó a desarrollar una capacidad auditiva fabulosa. Podía estar en cualquier parte de la casa, pero como alguien abriese una botella y sonara ese característico ruido del gas recién liberado, allí aparecía el muy tunante como una flecha, y con el vaso ya en la mano.
También hicimos grandes progresos en cálculo y cubicación de líquidos. Pronto quedó claro que una botella de tamaño familiar daba para diez vasos; en casa éramos seis, lo que complicaba mucho el reparto, pero la fobia de mi madre al néctar negro nos facilitó mucho las cosas: dos vasos por cabeza. Y peligro de muerte para el que se le fuera la mano rellenando. Una visita furtiva a la nevera podía entenderse como causa belli, y no veas lo cruentas que son las guerras civiles, hermano contra hermano, hijos contra padres... una escabechina, la verdad.
Claro que no había coca muy a menudo; mi madre siempre ha sido una naturista combativa, y había que aguantar siempre el sermón de que si se llenaba el estómago de gas, que si la cafeína, que si el azúcar en exceso...
En la siguiente escena familiar que recuerdo, el desenfreno cocalero ya se había declarado. Pablo, Pilar y yo pasamos el verano en Alemania, y estamos en el súper haciendo la compra. Nos llevamos a casa una "jaula" de botellas de coca, el aprovisionamiento semanal. Bueno, también compramos algo de comer y mucho tabaco de liar, pero el plato fuerte era el líquido elemento. Allí las botellas eran de litro y medio, y además tenían mucho menos gas, y un sabor distinto, menos dulce. Si fuera un somelier diría que tenía más cuerpo y estaba menos afrutada, pero el caso es que sabía diferente.
Tiempo después, ya en España y esperando un niño, Pilar se empeñó en que nos cambiásemos a la coca-cola sin cafeína. Menudo drama: fue como pasar de fumar rubio a darse al ducados. El sabor es radicalmente distinto, y eso que se supone que la cafeína no tiene sabor. Sin embargo, pronto nos acostumbramos, hasta el punto de que yo ya no soporto la coca normal, que me deja un regusto ácido en el paladar. Tiene mal bouquet. El caso es que la idea no fue tan mala: mis problemas de estómago, que arrastraba desde hacía años, desaparecieron de pronto, y sólo regresan si alguna vez tomo cafeína.
Pero las cosas no iban a quedarse así. Hace un par de años, cuando ya habíamos formado una familia dependiente, con un pequeño también adicto a la coca-cola, mi médica tuvo la ocurrencia de encontrar mis análisis muy preocupantes, y me trastocó la vida de parte a parte. Nuevo régimen, muchas restricciones y el regreso a las apreturas y sacrificios de la infancia. El extracto de nuez de cola se salvó, pero siempre que fuera sin azúcar.
Nos empeñamos, durante una temporada, en aficionarnos a la cocacola light sin cafeína, pero la cosa no cuajó. La verdad es que es un mejunje horrible; parece un castigo a una vida anterior llena de pecados gastronómicos. Hasta que decidimos pasar a la competencia. Sí, sí, lo sé: es un cambio de chaqueta como de merengue a culé, pero ¿qué quieres? Era una cuestión de salud. Y, en cuanto te acostumbras a la sacarina, la verdad es que la pepsi (light sin cafeína) está mucho más rica.
Y es curioso que, mientras que en España (y en casi todo el mundo) la Coke es el refresco más popular, en la cuna de la nuez de cola es la Pepsi la que se lleva el gato al agua —o lo que sea que llevan estos venenos—. Y después de toda una vida de entrega absoluta a los colores rojiblancos, ahora me he pasado al enemigo. Me fastidia, porque no dejan de ser, las dos, bebidas del imperio —«un jarabe asqueroso», que dice mi suegro de ambas—, pero es que ni la afri-cola, ni la cuba-cola ni ningún invento alternativo me han llegado a hacer tilín. Como aquellos intentos locales, la casera-cola, el kas-kola y algún otro brebaje que nos daban en los campamentos y que ya quisiera yo olvidar...
En fin, qué vamos a hacerle; sólo me queda pedir «larga vida al imperio». «Y a su bebida oscura».

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Héroes


(para Graciano Llamazares)


Morir de vacaciones, en plena playa, es algo horrible. Aunque extremadamente sencillo: una distracción, un poco de temeridad o exceso de confianza, y Caronte te acomoda en su barca. Han sido varios los casos este verano, y sobre todo en Levante, en un mar que parece plácido y seguro.
Pero fueron los fallecimientos lo que me llamó la atención —las muertes inútiles y estúpidas siempre nos tocan, pero ¿acaso no son todas las muertes inútiles y estúpidas, igual que todas las vidas?— sino que en todos los casos hubo algún héroe anónimo que arriesgó su vida para tratar de impedir el ahogamiento. Con nefastos resultados, en alguna de las veces.
Héroes. ¿Cómo no quedar fascinado ante semejante rapto de valor y generosidad? ¿Qué empuja a alguien a poner en riesgo su integridad para salvar a un desconocido? ¿Es puro altruismo? ¿Es un impulso irresistible de hacer el bien? Porque todos sabemos que existen los impulsos irresistibles, pero suelen llevarte más bien a hacer el mal —«tentaciones», se les llamaba antiguamente—.
Luego, cuando les preguntan, suelen responder que, en aquel momento, no pensaron en nada: simplemente, actuaron, siguieron una reacción natural. No sé que opinaría el bueno de Hobbes de todo esto, pero es curioso que, al final, estos héroes resulten ser policías, bomberos, sanitarios... Personas que también en el día a día se ocupan de los demás.
Yo no sé qué haría en una situación semejante. Por supuesto que por alguien querido se corre cualquier riesgo, pero ¿qué ocurriría ante un desconocido en peligro? ¿Me descolgaría de un viaducto de la autovía, como sucedió hace poco? ¿Me arriesgaría a que me llevase mar adentro la misma resaca que arrastra a otro? Supongo que es algo que no se puede predecir: hay que experimentar la situación para descubrirlo.


Aunque también hay otra clase de héroes. Héroes que reciben mucho más reconocimiento. La historia está llena de ellos: en cualquier guerra perdida siempre hay unos cuantos.
Recuerdo una charla de Javier Cercas, acerca de sus soldados y la Guerra Civil; habló de su admiración por aquellos muchachos que luchaban por un ideal, que se enfrentaban permanentemente a una muerte casi segura. Y era precisamente su valor lo que les envidiaba.
Sin embargo —y obviando todo el romanticismo de nuestro republicanos—, no sé si las guerras producen héroes, realmente. Porque mientras escuchaba a Cercas hablar de valor, no podía evitar mascullar las palabras de Boris Vian: «Un héroe es alguien que ha realizado muy lejos de casa una serie de actos que en su propio país le hubieran llevado a la horca o al presidio».
Y del héroe de a pie nadie se acuerda; de quien se sobrepone a las desgracias del mundo, se vacía en empleos estériles, se sacrifica por los suyos, sufre las injusticias, remienda su rutina y, al final, se va sin un ruido. Todos tenemos conocemos de estos héroes, ¿verdad?




martes, 4 de septiembre de 2007

Cuando suena la flauta


Una —aparente— paradoja: el éxito es una de las peores cosas que te pueden ocurrir en la vida. ¿Qué no? ¿Seguro? Claro que todos lo perseguimos pero, en realidad, no nos conviene; al menos, no alcanzarlo demasiado pronto.

Cierto que nuestra forma de concebir la vida valora sobremanera el éxito instantáneo, incluso el conseguido sin esfuerzo y sin merecimiento. Y supongo que tiene mucho mérito eso de triunfar sin rascar bola y sin valer —vulgo dixit— ni para tomar por culo; la prueba de ello la tenemos cada día al alcance de la mano. Es decir, apretando cualquier botón del mando a distancia de la telerrisión. Pero este es un éxito bastardo, y su propia insustancialidad le hace ser extraordinariamente efímero, como los héroes de la jornada liguera, que al siguiente partido pueden volverse villanos.

El éxito de verdad, el merecido, es mucho más escaso. Y tiene también una variante tremendamente peligrosa: el éxito precoz. Es algo que todos perseguimos con ahínco, pero que puede convertirse en una auténtica condena.

Pensemos en el gran poeta Claudio Rodríguez; siendo casi un mocoso escribió su “Don de la ebriedad”, y alcanzó la cima de su creatividad a una edad asombrosamente temprana. Luego habría más versos, muchos más, pero nunca llegaría a las cotas de su primera obra. Yo le conocí poco antes de morir, y era una sombra de aquel joven; en realidad, sólo conservaba la ebriedad.

En la música —la música pop, claro— se aprecia mucho mejor este fenómeno, el de los grupos incapaces de superar su primer éxito. Incluso se ha acuñado una expresión para definirles: “one hit wonders” o, en castellano, “grupos de una sola canción”.

Hay cientos de ejemplos —seguro que todos tenemos varios en mente ahora mismo—, pero todos siguen un esquema similar: un éxito meteórico, y a continuación un despeñamiento ejemplar, haciendo bueno el dicho de “más dura será la caída”.

Cosas de la nostalgia —o del juego de la play, ese de los micrófonos, el singstar—, estos días he intentado redescubrir a un grupo de los ochenta, Polanski y el Ardor. Detrás del nombre pretencioso —con guiño literario incluido— esperaba encontrar un puñado de canciones brillantes, con las aristas metálicas del punk español y los destellos metálicos de la nueva ola.

Gracias al maná de las nuevas tecnologías, enseguida me hice con un recopilatorio que recoge casi toda su discografía, incluidas caras B y rarezas. En total, casi cuarenta canciones. Ya me frotaba las manos. Y sin embargo…

¿Cómo explicarlo? ¿Recuerdas aquella época en la que escuchabas una canción por la radio y luego, al comprar el disco, había nueve cortes de relleno? Polanski y el Ardor, que yo recordaba como autores de una de mis canciones favoritas de todos los tiempos, “¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URRS?”, resulta que era un grupo que tocaba otra cosa muy diferente, una especie de ruido insustancial, un punk primitivo arrítmico y tedioso, sin la más mínima gracia. Rozando incluso el ridículo, como en la canción “La negra”:

"Hoy por fin lo conseguí
tengo una negra, sólo para mí
[···]
Y no usa laca
no tiene caspa
porque está calva, calva, calva, calva, calva”.


Supongo que mediaba un abismo entre mis expectativas y la realidad. Pero no deja de resultarme sorprendente que un grupo que podría calificar como “incapaz” para la música fuera capaz de crear un auténtico himno inmortal como el “Qué harías tú…”. Porque la canción sigue siendo extraordinaria, aunque no parezca suya. Y la hicieron muy pronto, fue uno de sus primeros temas. Y un gran éxito, un triunfo arrollador que les llevó a fichar por una multinacional, a sonar con insistencia por todo el país y a pasear su palmito punk —porque imagen tenían de sobra— por todos los escenarios, y a sumirse después en el silencio, sin poder superar aquella primera canción, tan redonda, tan perfecta, y tan maldita.




Como apuntó Samaniego, es lo malo de que te suene la flauta: que luego no sepas cómo repetirlo —vale, vale: lo del fabulista era más fuerte, rebuznando y tal, pero tampoco hay que pasarse—. Y quizá lo explicó mejor Brice Echenique, en un artículo que, en esos mismo años ochenta, se me quedó grabado. Se titulaba “Pude haber sido un escritor precoz”, y el genio peruano terminaba dando las gracias por no haberlo conseguido: porque, de haberlo logrado, quizás no hubiera llegado a ser realmente “escritor”.