
Antonio Toribios, escritor leonés, ha emprendido en internet un proyecto creativo muy interesante: Almanaque.
Él mismo lo define como un "Santoral apócrifo al hilo de los días", y es, precisamente, eso: una colección de pequeños relatos surgidos a partir del nombre del santo del día.
Un poco al estilo de los antiguos tacos de calendario, esos que, tras la fecha, regalaban anécdotas, citas, chistes o hagiografías, el Almanaque de Toribios es una pequeña delicia, con su estilo suave, casi transparente, que potencia un humor de alto voltaje.
Espero ir viendo crecer esta aventura, hasta que llegue a completar el santoral, y estoy seguro de que a todos os gustarán los textos tanto como a mí. Y, para empezar, os recomiendo una apología de las formas opulentas:
Generosa. Yo todavía me estoy riendo.
viernes, 24 de agosto de 2007
Los que saben: Antonio Toribios
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Javier Menéndez Llamazares
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miércoles, 22 de agosto de 2007
La mona de seda
Ocurrió en el primer examen de mi oposición, allá por febrero de 2004. Supongo que serían los nervios del momento, que me embotaron los sentidos, pero la cuestión es que allí estaba yo, armado con tres bolis pilot —de los más finos, para que la caligrafía diminuta no resulte tan desastrosa— y mi memoria paquidérmica, entre medio centenar de aspirantes —¡a mi plaza, los muy descarados!—, frente al tribunal que nos examinaba.
Yo entonces no me fijé demasiado; era un grupo de gente más o menos joven —rondando los cuarenta—, vestidos de calle y de amabilidad repartida (es decir, a unos les había tocado más que a otros). Entonces sólo me quedé con un miembro del tribunal: un tío de traje oscuro, de frente despejada, que cada poco lucía su vozarrón con un enérgico aviso: «¡Quedan noventa minutos!»; «¡Quedan sesenta minutos!», etc.
Diecinueve folios después —sí, sí, ya sé que me pasé un poco, pero ¿qué iba a hacer? Me cayeron "El proceso de producción editorial" y "El intercambio científico". Y sobre eso tenía alguna cosilla que contar—, el tipo aquel tan envarado nos comunicó que el tiempo se había terminado: «El tiempo se ha terminado», bramó, en un claro alarde de falta de originalidad.
En fin, no había ninguna duda: aquel tío era el presidente del tribunal, seguro. Y, de paso, mi futuro jefe, el director del Servicio de Publicaciones.
Pasaron algunos meses, y varios exámenes más, hasta que aquella plaza que parecía diseñada a mi medida pudo finalmente llevar mi nombre en los boletines oficiales. Y el día en que llegué a tomar posesión de mi plaza me encuentro con que no me recibe quien yo esperaba, sino un tío que había visto en el tribunal, más joven y más relajado. Y sin traje ni corbata, claro.
—¿Y el director? —quise saber, ingenuamente.
—Yo mismo —me aclaró él—.
La verdad es que luego, cuando le aclaré la confusión, le hizo mucha gracia. Por un lado, porque tenía mucho sentido del humor —lástima que sólo trabajásemos juntos unos meses—, pero, en especial, porque el tipo del traje oscuro era un conserje, miembro del tribunal en representación del comité de empresa.
Y es que una buena corbata y una chaqueta engañan al más pintado: yo nunca hubiera pensado que el director fuera aquel tío en vaqueros y mangas de camisa; especialmente, teniendo al lado a otro que parecía un ministro sin cartera.
Claro que me falló el ojo clínico. Y la lógica, también. Porque, políticos aparte, ¿quién viste hoy traje? Comerciales, vendedores de enciclopedias, novios, padrinos y demás fauna esponsoria, visitadores médicos, bedeles, ujieres... Hasta un policía me confesó una vez que los verdaderos delincuentes —y no es una metáfora sobre el capitalismo— suelen ir vestidos de armani o versace.
Y es que, cuando entras en un banco, es casi imposible diferenciar al conserje del director, porque los dos visten igual. O, más bien, casi igual: el traje de uno suele costar lo que el coche del otro. Pero ese "ojo clínico" aún lo tengo menos desarrollado. En fin, pues eso: Cosas veredes...
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La mona de seda
Es tan sencillo caer en un error de apreciación... Recuerdo uno especialmente curioso, y en primera persona.
Ocurrió en el primer examen de mi oposición, allá por febrero de 2004. Supongo que serían los nervios del momento, que me embotaron los sentidos, pero la cuestión es que allí estaba yo, armado con tres bolis pilot —de los más finos, para que la caligrafía diminuta no resulte tan desastrosa— y mi memoria paquidérmica, entre medio centenar de aspirantes —¡a mi plaza, los muy descarados!—, frente al tribunal que nos examinaba.
Yo entonces no me fijé demasiado; era un grupo de gente más o menos joven —rondando los cuarenta—, vestidos de calle y de amabilidad repartida (es decir, a unos les había tocado más que a otros). Entonces sólo me quedé con un miembro del tribunal: un tío de traje oscuro, de frente despejada, que cada poco lucía su vozarrón con un enérgico aviso: «¡Quedan noventa minutos!»; «¡Quedan sesenta minutos!», etc.
Diecinueve folios después —sí, sí, ya sé que me pasé un poco, pero ¿qué iba a hacer? Me cayeron "El proceso de producción editorial" y "El intercambio científico". Y sobre eso tenía alguna cosilla que contar—, el tipo aquel tan envarado nos comunicó que el tiempo se había terminado: «El tiempo se ha terminado», bramó, en un claro alarde de falta de originalidad.
En fin, no había ninguna duda: aquel tío era el presidente del tribunal, seguro. Y, de paso, mi futuro jefe, el director del Servicio de Publicaciones.
Pasaron algunos meses, y varios exámenes más, hasta que aquella plaza que parecía diseñada a mi medida pudo finalmente llevar mi nombre en los boletines oficiales. Y el día en que llegué a tomar posesión de mi plaza me encuentro con que no me recibe quien yo esperaba, sino un tío que había visto en el tribunal, más joven y más relajado. Y sin traje ni corbata, claro.
—¿Y el director? —quise saber, ingenuamente.
—Yo mismo —me aclaró él—.
La verdad es que luego, cuando le aclaré la confusión, le hizo mucha gracia. Por un lado, porque tenía mucho sentido del humor —lástima que sólo trabajásemos juntos unos meses—, pero, en especial, porque el tipo del traje oscuro era un conserje, miembro del tribunal en representación del comité de empresa.
Y es que una buena corbata y una chaqueta engañan al más pintado: yo nunca hubiera pensado que el director fuera aquel tío en vaqueros y mangas de camisa; especialmente, teniendo al lado a otro que parecía un ministro sin cartera.
Claro que me falló el ojo clínico. Y la lógica, también. Porque, políticos aparte, ¿quién viste hoy traje? Comerciales, vendedores de enciclopedias, novios, padrinos y demás fauna esponsoria, visitadores médicos, bedeles, ujieres... Hasta un policía me confesó una vez que los verdaderos delincuentes —y no es una metáfora sobre el capitalismo— suelen ir vestidos de armani o versace.
Y es que, cuando entras en un banco, es casi imposible diferenciar al conserje del director, porque los dos visten igual. O, más bien, casi igual: el traje de uno suele costar lo que el coche del otro. Pero ese "ojo clínico" aún lo tengo menos desarrollado. En fin, pues eso: Cosas veredes...
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martes, 21 de agosto de 2007
La estadística y las ilusiones

Zapeando de sobremesa —sí, sí, ya sé que es un vicio asqueroso, pero ¿qué voy a hacerle, si me gusta comer todos los días?— caí en un programa-reclamo de un futuro concurso, «telemodelo no sé cuántos».
El caso es que, entre humillaciones y tonterías variadas —se burlaban con descaro de unas cuantas aspirantes a modelo, que ponían carita de duras cuando hacían el ganso y luego lloraban como magdalenas mientras un jurado esperpéntico les decía sandeces—, a una chica le preguntaron que por qué se presentaba. Y va la chavala y dice: «Es que me he preinscrito en Medicina pero, por si no me admiten, este programa es una buena oportunidad».
Claro. Si la chica tiene toda la razón. Es una oportunidad estupenda: vas a la prueba, das un paseíto por la pasarela, pones cuatro posturitas, te llevan al programa, te enseñan a posar y a desfilar, te hacen famosa de la muerte, ganas el dineral y te conviertes en top model. Y luego conoces a un príncipe guapísimo y encantador que cae rendido a tus pies, y sois felices y coméis perdices, etc. Una gran oportunidad, desde luego.
Si es que somos unos pardillos. Todos. Bueno, todos, menos los que hacen esos programas, que sí qué saben qué se traen entre manos. Pero, ¿dónde está el error de la chica? Porque, efectivamente, es una oportunidad. Y es posible que logre cumplir sus sueños. Repito: es "posible"; otros lo han logrado, de modo que se puede. Lo que no es, es "probable". Ahí está el gran engaño: todo puede conseguirse, pero no podemos conseguirlo todos. De las dos o tres mil chicas que hagan los castings, sólo llegarán a modelos un par de ellas. No sé si eso es una oportunidad, o más bien una lotería.
¿Ilusas, verdad? Claro. Como los padres que llevan a sus hijos al equipo del colegio, pensando que tienen a un Maradona en casa. Pero no piensan en que, en la primera división, sólo hay unos quinientos futbolistas profesionales. Y la mayoría son extranjeros. Su hijo sólo es uno más entre los millones de aspirantes. ¿Cuántos actores de éxito hay? ¿Cuántos viven de su profesión? ¿Cuántos vagos profesionales triunfan a costa de los concursos y la telebasura?
Y —lo que a mí más me duele—, de todos los ilusos que rondamos las editoriales con nuestra novela debajo del brazo, ¿cuántos llegaremos a ser escritores?
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Etiquetas: Nadiedad
lunes, 20 de agosto de 2007
En la boca del lobo

El diario "La Voz de Asturias" ofreció hace unos días esta imagen de la grada del Molinón. Pese a que está en blanco y negro, los dos intrépidos racinguistas del centro de la imagen son Menéndez&Menéndez (el niño y yo, para más señas). Todos los de alrededor son furibundos seguidores del Sporting, a los que no les hizo mucha gracia que el Racing se llevara la copa. En fin, qué se le va a hacer.
Lo curioso es que, entre ocho mil rojiblancos, el fotógrafo encontrara a los dos únicos verdiblancos de la grada. Y el pequeño no vean cómo animaba... Fíjense, si no, en mi cara de susto, que ya me estaba temiendo lo peor.
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jueves, 16 de agosto de 2007
V.I.P. [Very Idiot Protocol]

¿Qué habrá tras esa puerta verde? Eso me preguntaba yo, apenas un crío, escuchando la canción de Los Nikis. Claro que esto sucedía en 1986, y en aquella época la música sí que tenía importancia —al menos, para mí—.
Y es que mientras escuchaba la aflautada voz de Emilio —el cantante del grupo, que en lugar de niki solía vestir polo—, no podía evitar recrear yo mismo aquella historia: un chaval que merodea alrededor de un club, intrigado por saber qué sucede detrás de una frontera infranqueable en forma de puerta de color verde, que le separa de la tierra prometida, en la que se intuye que abunda esa afamada trilogía que nunca pasa de moda: «sex, drugs and rock'n'roll».
¿Qué habrá tras esa puerta verde? Buena pregunta. Creo que hoy la cosa me dejaría frío, pero es una sensación que todos hemos conocido: la de que nos estamos "perdiendo" algo. En la adolescencia y la primera juventud la verdad es que nos morimos por estar ahí —en el rollo, en la movida, en la pomada... o sea, en lo que toque en cada momento— y todo parecen fiestas privadas a las que nadie te ha invitado.
Aquella impresión, en mi caso, era tan fuerte, que cada vez que me iba a dormir no podía evitar pensar que los demás estaban de fiesta, y yo estaba allí, en la cama, perdiendo el tiempo, dejando pasar oportunidades que nunca volverían, momento irrepetibles de diversión y desenfreno. Y eso que yo nunca llegué a ver una "puerta verde".
Me conformaba con la canción; entonces yo pensaba que Los Nikis eran el mejor grupo del mundo —y, curiosamente, sigo pensándolo—, así que no podía imaginar que era una versión. Entonces los discos apenas daban información, y eso que los investigábamos hasta el más mínimo detalle, así que supuse que era una letra suya. Pues no. Si hubiera tenido un hermano mayor, me habría dicho que la canción era Shakin' Stevens, que hizo una versión en el 81. Si el hipotético hermano hubiera sido un postmodernillo, me habría dicho que era de los Cramps. Si en vez de hermano fuera un tío madurito, diría que de los Llopis. Y si la bisabuela tuviera ruedas... en fin, dejémoslo, que esto ya parece historia-ficción. El caso es que tendría que haber sido mi abuelo quien me contase que la canción original era de 1956 y la cantaba —porque tampoco era suya, sino de su pianista— un tal Jim Lowe, pero claro, entre el boicot internacional y la postguerra, mi pobre abuelo en aquellos años no creo que escuchase mucho más que Perlita de Huelva y Antonio Molina. Aparte de que opinaba que los Beatles, más que cantar, ladraban... Pero claro, eso ya es otro asunto, que seguro que tiene que ver con la fonética anglosajona.
Al parecer, la canción original —cuyo texto en inglés es muy muy fiel a la versión castellana, si se me permite el retruécano— hablaba de un bar musical de Texas en el que no dejaban entraban a los menores, que sin embargo se quedaban allí, delante de la puerta amarilla del local. Claro que el amarillo es un color muy poco musical, y adaptaron la cosa al verde, que da mucho más juego para casi todo.
No obstante, resulta que también hay una película titulada "Tras la puerta verde". Y encima, es una peli X. Un latazo de esos setenteros —que tenían hasta argumento y todo— que se inspira en la cancioncita de 1956. Y, al parecer, lo que pasa detrás de la puerta es bastante fuerte y... ejem ejem... digamos que tumultuoso. No sé si los "Ramones de Algete" conocían la película antes de grabar su canción, pero imagino que no; la gente de bien no vemos ciertas cosas, ¿verdad? Estaría bueno.
La cuestión es que ya me había olvidado de todo esto, hasta que hace unos días Pilar y yo fuimos a un concierto en la Campa de la Magdalena. Tocaban varios grupos, y antes de que llegara el plato fuerte —un Coti espectacular pero algo flojo de repertorio— ocupó el escenario un animador de la radio que daba brincos por allí, ponía cortes de canciones ultracomerciales y tiraba material de merchandising al público. Mi opinión sobre el individuo me la voy a guardar —y ya estoy diciendo bastante—, pero el caso es que el tío aquel, con su gorrito nada discreto que supongo que ocultaba una alopecia galopante, no paraba de hablar. Y entre todas las intrascendencias, llegaron los obligados peajes: pidió un aplauso para el Ayuntamiento de Santander, porque gracias a ellos el público podía disfrutar de un concierto gratuito, y además, no se le ocurrió más que pedir una ovación también para la "zona VIP".
Vi a algunas niñas aplaudir, pero lo cierto es que la pitada general fue antológica: un abucheo en toda regla a los políticos y sus distinguidos invitados.
Debo confesar que me reconfortó mucho la reacción del público; ya habíamos notado al entrar que había una zona especial, con templetes, sofás, azafatas y demás, en la que corría el champán. Y los VIPs de marras no sólo estaban custodiados por seguratas, sino que incluso habían acordonado la zona con verjas, todo un poco exagerado, como para dejar bien claro que «todavía hay clases».
Supongo que a todos nos daba un poco igual que aquellos privilegiados quisieran sentirse importantes, pero tanto como aplaudirles... Sabemos que las diferencias existen, pero a nadie nos gusta que nos las pasen por las narices. Lo que ocurre es que me sorprendió, porque estamos tan hechos a ver por la tele a las multitudes adorando a los triunfitos, y perdiendo el culo y la vergüenza por entrar en Gran Hermano, que me había olvidado de que los jóvenes también son contestatarios. Al menos, los jóvenes que valen la pena.
Cierto que abuchear a un ayuntamiento es facilón y no tiene mucho mérito: hay que ser un auténtico membrillo para intentar camelarnos diciendo que podemos ver un concierto "gracias a los políticos". Vaya. Como si no fuera su obligación. Como si hubieran puesto la pasta de su propio bolsillo. Hay que ser pelota...
En fin, que allí estábamos Pilar y yo, mirando hacia la "zona VIP", buscando una puerta verde por la que no nos dejasen entrar, cuando nos dimos cuenta de que, en realidad, no queríamos pasar. Nadie quería entrar. Aquellos abucheos pedían que se acabasen las puertas verdes, las zonas PIJ y los Very Idiot Protocols. No es que fuera la toma de la Bastilla, pero tampoco estuvo mal: una buena dosis de realidad juvenil. Y seguro que los lumbreras del Ayuntamiento ni siquiera se dieron cuenta.
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Javier Menéndez Llamazares
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Todo se acaba
Fin de mis vacaciones blogueras.
Arranco el ordenador y el primer mensaje de correo que me encuentro es éste:

Y el caso es que me he pegado un mes de absoluto relax, sin dar golpe. Pensar sí, eso mucho, pero nada de teclas. Pensaba que me iba a costar algo más, como cuando dejé de fumar, pero no: ha sido mucho más sencillo. Lo que me va a costar es ahora volver a coger la forma. Claro, no lo había previsto: tenía que haber hecho una pretemporada, como los futbolistas.
Cierto que encuentros amistosos he tenido unos cuantos este verano, pero no sé si valdrán...
En fin, aquí estoy de nuevo y que sea lo que Dios quiera. Muchas gracias a todos por vuestros mensajes y comentarios, no sé qué haría sin vosotros... bueno, sí lo sé, pero ya iban a ser demasiadas vacaciones.
Pues nada, voy a ver si consigo que Llanillo —ya que ha perdido la apuesta de que no aguantaría un mes sin bloguear— me pague el café y el bollo que me debe.
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