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viernes, 29 de junio de 2007

¿Dónde estará mi medio lector?

Este artículo fue publicado en la última edición (mayo de 2007) de la revista Camparredonda, editada por el escritor leonés Gregorio Fernández Castañón.


Resulta que uno de cada cuatro jóvenes españoles entre los catorce y los veinticuatro años afirma que no le gusta leer. Y uno y medio, que lee por sus estudios –por prescripción facultativa, vamos–. Así que, si les restamos al otro medio que está de botellón, a las víctimas del fracaso escolar, a los acosadores, a los analfabetos funcionales y a los aspirantes a entrar en Gran Hermano, a lo mejor podemos dar con un cuarto y mitad de joven ibérico –y esperemos que no sean los cuartos traseros– que de cuando en cuando lea. Porque las estadísticas son así de optimistas: según la dirección general del ramo, lector habitual es aquel que declara leer al menos una vez al trimestre. Ahí es nada. Imaginamos, eso sí, que las etiquetas del whisky DYC y el menú del MacDonalds no cuente como lectura.
Claro que tampoco hay que volverse loco con las estadísticas; a ver cuántos encuestados aseguran que a la hora de la siesta alucinan con los documentales de La 2, cuando la realidad de las audiencias tiene mucho más tomate. O la impagable excusa del que compra el Interviú «por los artículos». Pero, aunque la credibilidad de las estadísticas esté en horas bajas, este asunto de la escasez de lectores preocupa, y mucho, a una parte importante de la población. ¿Lo adivinan? No, claro que no; a los políticos les da exactamente igual; ellos ya leen bastante, siempre a vueltas con el guión de los discursos que les escriben los asesores de imagen. No. A quien preocupa es a los silvicultores, a la industria papelera, a los productores de tinta, a los mecánicos de rotativas, a los correctores de pruebas y a Faber y a Castell, famosos mineros de puntas de lápices. A algún escritor también parece importarle, pero como el tema le suele servir para dárselas de intelectual en las tertulias de la tele y la radio, no se les toma muy en serio –a los maestros y profesores sí que les preocupa, pero como nadie les hace ni caso, así nos luce el pelo–.
La cuestión es que, si MacLuhan tenía razón cuando contaba aquello de que la Galaxia Gutenberg –es decir, la revolución cultural producida por la imprenta y sus consecuencias en la cultura occidental durante cinco siglos– tocaba a su fin y ahora llegaba la era de Marconi –o sea, lo audiovisual–, hay un montón de negocios cada vez más ociosos. Vamos, que lo del libro cada vez da para menos. Y la culpa –opina el sector– la tiene la gente, que se empeña en no leer. Ya hemos hablado de las “nuevas generaciones”, que incapaces de leer un mísero folleto de cócteles han acabado mezclando el vino de brik con los sucedáneos de coca-cola. Pero es que esa generación con disfunciones hepáticas irreversibles tiene padres; padres a los que también les molesta mucho lo negro. Y tienen hermanos pequeños –esos bultos de allí, junto al televisor– que nunca cogen un libro porque no tiene botones. A los ancianos tampoco vamos a pedirles mucho, que la vista ya va fallando. Menos mal, eso sí, que nos quedan las mujeres, que sí que leen. Ahí las tienen, ellas solas manteniendo a todo el sector editorial.
La industria, claro, se defiende. Hay que abaratar costes y entonces se despide a los correctores, a los escritores y hasta a los lectores. Se reducen también los libros: las novelas pasan a ser novelas cortas y se ponen de moda los microrrelatos. Y es que los libros cada vez tienen menos texto –curiosamente, como apunta el profesor Llanillo, los libros de texto son los que tienen más fotos–; no será raro que pronto algún autor experimental publique un libro en blanco –y cobre derechos de autor– para que el lector escriba en él su diario. Si uno se da un paseo por una feriona del libro, una de las grandes, las profesionales, se da cuenta de que allí lo que menos “vende” son los libros; en los puestos hay todo tipo de regalos, como si fueran bazares –o bancos–, o incluso se improvisan cafeterías con bollitos gratis. O se acude al último recurso, el de las azafatas bien torneadas con gran superficie pectoral al descubierto; y es que cualquier sacrificio es poco con tal de promocionar el libro.
Aún así, la situación no es tan desesperada. Pensemos que esos jóvenes que creen detestar la lectura, en realidad se pasan las clases enviándose mensajitos por el móvil y las tardes enganchados a Internet. Y claro que leen… Los sms no los descodifican por telepatía, y nunca se han visto más letras juntas que en la famosa telaraña invisible. Ellas sí que leen, y hasta ellos, que parecían alérgicos a la lectura, resulta que devoran el Marca cada mañana. Ocurre quizá que cambian los medios, cambian los temas y el mundo continúa girando sin preocuparse. Y todos aún queremos que, de uno u otro modo, nos sigan contando historias. Es sólo la nostalgia, ese gusto que pronto será retro, de coger un libro, abrirlo, aspirar su aroma, sentir el tacto del papel… y a veces hasta leer lo que pone dentro. El libro. Un aparato anticuado, que no tiene botones, que no se enchufa, sin pantalla, sin sonido. Que lo puedes llevar a cualquier lado, que nunca se queda sin batería ni necesita antena. El libro. Nuestro libro.

jueves, 28 de junio de 2007

Cargar los tintes


Hay algo especial en el cabello, un magnetismo que hace que sea una de las partes de nuestro cuerpo a la que más atención prestamos. Tanta, que, en términos biológicos, yo creo que nuestra especie lo conserva por motivos de supervivencia. De pura y dura supervivencia —en el sentido bíblico de aquel «creced y multiplicaos», claro—.
En una época en que la imagen prima sobre cualquier otra cualidad —al menos, inicialmente—, es lógico que nos preocupemos por que ésta sea lo más atractiva posible. Todos elegimos cuidadosamente nuestro corte, nuestro peinado, que nos sirve de carta de presentación y conforma, también, parte de nuestra identidad —al menos, de la parte que, sin remedio, hacemos pública—.
Cierto que no siempre buscamos la belleza —piensen en los agresivos rapes al cero, y otras averías similares—, pero es indudable que siempre perseguimos un efecto estético.
¿Que a qué viene esto? Bueno, pues resulta que hace unos días, viendo la tele, le hicieron la típica pregunta chorras a una chica de muy buen ver, y ella, con muchos reflejos, le contestó: «A mí no me preguntes, que soy tonta, ¿no ves que soy rubia?».
¿Son tontas las rubias? Es evidente que no, pero ya se sabe: calumnia, que algo queda. Sí que pesa cierta mala fama sobre las rubias, pero, si nos fijamos en el número de mujeres que se vuelven rubias por voluntad propia, no parece que el infundio haya calado demasiado. Aún recuerdo el comentario que corría, allá por los años de la Expo, de que en Sevilla había más rubias que en toda Suecia. Y lo mismo viene a pasar en toda España, claro. Sin ánimo de ser soez, confesaré que cuando yo era adolescente pensaba que el vello púbico era, indefectiblemente, moreno. Y no me preguntéis qué era lo que leía, en lugar de los libros de mates y lengua; ya os podéis imaginar que no saqué la conclusión a partir de un manual de anatomía.
El caso es que, vista la afición general por el rubio de peluquería, cualquiera podría pensar que es un hecho indiscutible que nos gusta más el moreno. Pues no.
En los años que pasé en Alemania, una de las cosas que más me llamó la atención era la extraña relación entre las alemanas y su color de pelo. Resulta que tienen hasta palabras despectivas para referirse a las rubias: blondin —que viene a ser como "rubia tonta", pero con el acento en "tonta"— y tussi —que es una amalgama de rubia, pija, tonta, facilona y salida—. Hay montones de chistes sobre rubias, y son precisamente las mujeres quienes los cuentan. Pero lo verdaderamente curioso del caso es que allí ¡son todas rubias!
Lo que pasa es que no lo notas, porque —al menos en aquella época— la moda era teñirse el pelo de negro.
Es decir, que parecía que un encantamiento hubiera trasladado a las sevillanas a Berlín y a medio Munich al barrio de Malasaña. Claro que, si te fijas algo mejor, en seguida te das cuenta de que las morenas están medio calvas, y las rubias parecen el león de la Metro, porque el cabello rubio es mucho más fino y escaso, mientras que los morenos tenemos más y más fuerte.
No sé por qué me fijo en estas cosas; supongo que se debe a que todos mitificamos nuestra adolescencia, y yo me he quedado anclado en los ochenta: crestas punk, tupés, flequillos a lo beatle... Había mucha sofisticación en todo aquello, y a veces sospecho que esas tonterías hacían la vida mucho más divertida. A pesar, incluso, de los experimentos con agua oxigenada, el mechón naranja o las coletillas macarras.
Recuerdo especialmente las pintas de un chaval —al que sólo conocía de vista, y que debía de estudiar en el Padre Isla— que llevaba un lado de la cabeza de rubio y el otro de moreno. Era un espectáculo.
Y es que, en este asunto de los tintes, lo que hace falta es imaginación. Y colores, muchos colores. Hace unos años estuvo de moda el caoba, que es un tono precioso, y evoca a esas tribus africanas, embadurnadas de arcilla roja, que parecen héroes mitológicos.
O las melenas completamente rojas, como la de Franka Potente, que tienen un no sé qué, que me resulta altamente erótico. Aunque también hay estrambotes de nefastos resultados, como el azul galáctico de una antigua actriz, que induce a poner en cuestión el alcance del adjetivo "excéntrico".
Y sin embargo, ¿por qué los tíos no nos teñimos? No, no me refiero a echarse el lady Grecian ese para las canas, o directamente el aerosol de pintura negra en la calva, para tapar el cartón. Teñirse de verdad, un bonito color ceniza, unas mechas de color o un deslumbrante rubio platino. Pues, exceptuando algún osado, ninguno se atreve. Misterioso, ¿verdad?

miércoles, 27 de junio de 2007

Por fin

Visto el interés general que ha despertado mi examen de sintaxis, tengo que anunciaros que...
como diría Superlópez, «después de tantos años de trabajo, por fin lo hemos conseguido».
O sea, que sí, que ¡he aprobado!
A pesar del libro amarillo, y de mis denodados esfuerzos por no aprender la sintaxis funcionalista, ya está conseguido: el último examen de la licenciatura en Lingüística.
Por cierto, que el examen era con el catedrático Salvador Gutiérrez. Sí, sí, el mismo: el último candidato para entrar en la RAE. Suerte, maestro.
Y a todos vosotros, gracias. Es un placer sentirse tan arropado: así da gusto hacer exámenes, con tanto apoyo moral.

Consejeros diletantes


Resulta que ayudar a los fumadores a dejar esa afición es un oficio. En serio, es cierto. No me refiero al asunto ese de inventar técnicas infalibles y forrarse dando cursillos. No, me refiero a esos gabinetes médicos, financiados por la Seguridad Social, algo científico y fiable, vamos.
Mi amigo Fernando trabaja precisamente en ello; es médico, y su labor es apoyar a los fumadores recalcitrantes a que superen el vicio. A mí me parece muy bien, sobre todo porque Fernando me cae genial y así puede pagar sin apuros la hipoteca y demás, pero llevo unos días dándole vueltas al asunto, y es que no me acaba de convencer del todo.
Y es que mi amigo no ha fumado nunca. O sea, que se pasa el día convenciendo a la gente de que no es imposible dejar el tabaco, de que hay que mentalizarse, que se puede recurrir a tales y tales técnicas, y que no pasa nada. Ya. Pero él ¿cómo lo sabe? Porque me temo que hay muchas cosas que no se aprenden en los libros, ni en las aulas. Y no se trata de aplicar fórmulas matemáticas, o de concluir un diagnóstico, sino de sentarse enfrente de alguien, mirarle a los ojos y decirle: «tú puedes». Claro. Pero, ¿tú cómo lo sabes?
Lo cierto es que yo –si estuviera en la tesitura de dejar de fumar– me sentiría mucho más tranquilo si el consejero me hablase desde su propia experiencia. Supongo que ese es el truco de los "charlatanes de autoayuda" que se hinchan a vender libros con su infalible método: aparecen en un anuncio con sonrisa dentífrica y rebosando salud, y ponen como garantía de éxito su propio ejemplo. ¿Cómo no van a tener más credibilidad que mi amigo, que se pone una bata y te habla de tratamientos y pastillas? Claro que a mi amigo Fernando nunca le van a pillar en una recaída, apurando a escondidas un pitillo, porque su método milagroso a lo mejor ni iba tan bien como decía.
¿En qué confiamos, entonces, en la ciencia o en el testimonio? En la ciencia, cómo no, decimos todos a ojos cerrados. Pero veamos otro caso: el del sacerdote que "aconseja" sobre como conducirse en determinados aspectos de la vida —sobre todo, en aquellos que tocan al sexto mandamiento, que es el que más juego suele dar en materia de pecados y pecadillos—. ¿Cómo puede un profano dirigirte en un asuntos que, por propia voluntad, desconoce? ¿Puede valorar tu vida sexual? ¿Desaprobar tus aficiones favoritas, que diría Woody Allen? Es curioso que se permitan impartir cursos sobre la vida matrimonial, sobre las relaciones de pareja, cuando su conocimiento de la materia es puramente teórico.
No es muy diferente el caso de los profesores de empresariales que nunca han trabajado fuera de la universidad, y luego imparten clases prácticas sobre cómo administrar un negocio, como cuadrar un balance o llevar la contabilidad. Y se permiten repartir suspensos y aprobados a su antojo, sin preocuparles que, por mucha nota que hayan obtenido, cuando sus alumnos salgan al mundo real comprobarán que no se parece en nada al país de maravillas que les pintaron en la facultad.
Pues un poco así somos todos: aficionados metidos a consejeros. Nos encanta opinar, orientar, aconsejar. Lo sabemos todo. Todo, excepto que, en la vida, nadie es profesional: todos somos diletantes.

Olalla contra la tiranía de la realidad

Después de unos días de abstinencia internetera, he dado un repaso por mis sitios favoritos —sí, también he visitado el tuyo, claro que sí– y me he encontrado un artículo de mi amiga Olalla que me ha encantado.
Olalla —que, pese a lo que pueda parecer, no es de letras, sino casi, casi ingeniera— tiene un gran talento, y siempre es muy interesante visitar su "ciudad sin u". Esta última entrada, además, es redonda: ¡malditos calendarios!

martes, 26 de junio de 2007

La captura del pasado


En mi poema predilecto de Juan Carlos Mestre, Retrato de familia, —que a veces recito de memoria, imitando su peculiar acento, entre berciano y austral: «Ciego de Ávila, provincia de Camagüey, isla de Cuba. Mi abuelo tocaba el clarinete y tenía un cinturón con hebilla de oro…»— imagino al poeta con una foto antigua en las manos, cuando dice:
Están los dos, él lánguido de ojos y con un traje de lino. Ella, bajo la luz de los trópicos, es bella y me mira.

Más: no soy un gran fan de Manolo García, pero en una de sus primeras canciones en "El Último de la Fila", «No me acostumbro», hay un hermosísimo hallazgo que me impactó profundamente:
Sonríes en mis manos
Supongo que a todos nos ocurre, que esa magia cotidiana de la fotografía nos resulta tan sorprendente, tan sobrenatural, que sospechamos que junto a la imagen es capaz de capturar también atmósferas, aromas, sensaciones y recuerdos. Y algo debe haber de cierto en esa creencia, pues hay muchas ocasiones en las que, cuando observamos una foto, es como si cogiéramos con las manos un pedacito de nuestro pasado, y a través de la evocación recuperamos un tiempo que creíamos ya perdido para siempre. Algo más habrá en esa película, en el papel satinado, en el nitrato de plata, capaz de fijar no sólo la luz, sino cosas más intangibles: cosas como la propia vida.
Ahora las cámaras también graban vídeos, sonidos o texto superpuesto, pero no hacía falta: las propias fotos llevan ya su propio sonido, su movimiento y su historia. Como en aquel inolvidable «Escenas de cine mudo», de Julio Llamazares, en las que el narrador observa antiguas fotografías de su infancia, hasta que cada una de ellas toma vida y recrea una escena completa. Es curioso, pero recuerdo aquel libro como si lo hubiera leído en blanco y negro.
Y hoy recibo una foto y pienso en mi pequeño hijo, que se ha quedado en León para disfrutar del verano en su tierra, junto a los suyos, y me veo en él en sus ocho años, los veranos sin dejar de llover en Asturias, los campamentos en la montaña, las aventuras en bicicleta, los primeros amigos, las postillas en las rodillas, las tardes de sol que no acababan nunca, el incondicional amor de los abuelos... El verano de la infancia, que es el único y auténtico verano.
"Fotofobia". Así creía yo que se llamaba esa aversión de algunas tribus hacia las fotos. Sin embargo, todos tenemos algo de aborígenes, supongo; un poquito de esa creencia irracional de que la fotografía, más que la imagen, captura el alma del fotografiado. Y es que, en realidad, lo hace. Afortunadamente.

lunes, 25 de junio de 2007

Fecha fatal

Querido amigos,
hoy no va a haber nuevo artículo.
Voy a pasar el día de una de las formas más desagradables que existen: haciendo un examen.
Mañana, más.