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miércoles, 13 de febrero de 2008

Lo que se aprende en un máster



Aseguraba Sócrates que enseñar no consiste en infundir conocimientos al aprendiz, como si fuera un recipiente vacío que pudiéramos rellenar; al contrario: se trata de hacer que llegue él mismo a las conclusiones correctas, puesto que todo el saber —lo que el llamaba "verdad— está ya en nuestra mente. El docente se limita a ayudar al alumno a extraer ese conocimiento, a "sacarlo de sí mismo". Se cuenta que este método le llamó "mayéutica" (que vendría a significar "obstetricia") en parte por seguir con la alegoría del dar (a) luz y en parte como homenaje a su madre, que era comadrona.
El caso es que yo nunca me había tomado muy en serio estas ideas socráticas, aunque mis últimas experiencias en el campo de la enseñanza de postgrado me están haciendo replantearme viejos prejuicios. No, no; no quiero decir yo ya supiera contabilidad y lenguajes de programación SQL por ciencia infusa, o que siempre haya llevado en mi interior —aún sin ser consciente de ello— un debe y un haber que balancear al final de cada ejercicio. Qué va, ni mucho menos.
Lo que he descubierto es que lo verdaderamente importante que se aprende en este máster —y supongo que en todos los másteres—, lo esencial, ya lo sabía. Me explico:
Resulta que, ahora que está tan de moda hablar de competencias, de currículo y demás ciencia-ficción de la educación, en mi curso se busca potenciar una habilidad social tan decisiva como es el trabajo en equipo. Y, para ello, se recurre a los trabajos en grupo.
Esto, que en principio no pasaría de ser un mero inconveniente más, es sin embargo una fuente constante de conocimiento, personal, psicológico y del medio. Y es que, como salimos más o menos a trabajo por semana, no ha sido muy difícil observar todas las posibles actitudes humanas ante las tareas colaborativas. ¿El saldo? Bueno, supongo que muy positivo... en especial, para los individuos más avispados, más adaptados al medio y más capaces de... dejar de que otros hagan todo el trabajo y luego compartir con ellos méritos y calificaciones.
En fin, que después de varios traspiés, yo mismo —como si el propio Sócrates me hubiera guiado de la mano— acabé por comprobar que, efectivamente, el trabajo en equipo es una falacia. No funcionaba en la escuela (y eso que a mí me tocó el plan experimental, con Logse y todo, y probablemente los mejores profesores del mundo mundial y parte del extranjero), no funciona en el medio laboral, sigue sin funcionar en la universidad y, probablemente, no funcionará nunca.
Es triste comprobar que, para aprender esto, no me hacía falta un máster. Porque, en realidad, yo eso ya lo sabía. Pena de matrícula...

lunes, 11 de febrero de 2008

Los milagros de Kusturica


Es muy difícil escapar a la vida. Me refiero, claro, a la vida real, esa que se hace de pie o caminando, sin cliquear el ratón y sin botón de deshacer. A esa vida que te toma un viernes por las solapas y te arrastra durante quince días de examen en examen, de trabajo en trabajo, te azota con la gripe, te roba poco a poco la alegría, la motivación, cuenta a tus amigos uno a uno —para que veas que sobra con las manos— y al final te mira de frente y te dice: «Chico, qué mala cara... Así no puedes seguir». Y entonces te pasan factura las horas de sueño que te dejaste en el camino, la luz a ti debida y el agua que no has de beber.
¿Que no quería escribir? Podría ser. No sólo la literatura interfiere con la vida: a veces es la propia vida la que se inmiscuye en la literatura. Sobre todo, cuando ambas son poca cosa, un mundo interior, prácticamente secreto, un simple mecanismo para acumular derrotas.
Querría ser Kusturica; no por la fama, o porque sepa hacer música y le llamen etno-punk. No. Querría ser Kusturica y escapar de la tragedia de lo cotidiano con un milagro casero: una cama que vuela o un banquete en el que resucitan los muertos. Claro que eso ya estaba inventado, pero no todos podemos ser García Márquez.
Once días. Han sido once días sin escribir. Once días de fiebre, de proyectos que se amontonan sobre una mesa que ya no da para más. En los que planear una novela, un largo viaje, nuevas aventuras que pronto serán viejas, en los que buscar excusas para no escribir. A veces sucede, claro: te quedas sin nada que decir. La última vez que me ocurrió duró diez años. Quinientas semanas ausente, calcularía Gamoneda.
No ha sido para tanto, pero aún así, gracias por la espera. Prometo regresar.