Aseguraba Sócrates que enseñar no consiste en infundir conocimientos al aprendiz, como si fuera un recipiente vacío que pudiéramos rellenar; al contrario: se trata de hacer que llegue él mismo a las conclusiones correctas, puesto que todo el saber —lo que el llamaba "verdad— está ya en nuestra mente. El docente se limita a ayudar al alumno a extraer ese conocimiento, a "sacarlo de sí mismo". Se cuenta que este método le llamó "mayéutica" (que vendría a significar "obstetricia") en parte por seguir con la alegoría del dar (a) luz y en parte como homenaje a su madre, que era comadrona.
El caso es que yo nunca me había tomado muy en serio estas ideas socráticas, aunque mis últimas experiencias en el campo de la enseñanza de postgrado me están haciendo replantearme viejos prejuicios. No, no; no quiero decir yo ya supiera contabilidad y lenguajes de programación SQL por ciencia infusa, o que siempre haya llevado en mi interior —aún sin ser consciente de ello— un debe y un haber que balancear al final de cada ejercicio. Qué va, ni mucho menos.
Lo que he descubierto es que lo verdaderamente importante que se aprende en este máster —y supongo que en todos los másteres—, lo esencial, ya lo sabía. Me explico:
Resulta que, ahora que está tan de moda hablar de competencias, de currículo y demás ciencia-ficción de la educación, en mi curso se busca potenciar una habilidad social tan decisiva como es el trabajo en equipo. Y, para ello, se recurre a los trabajos en grupo.
Esto, que en principio no pasaría de ser un mero inconveniente más, es sin embargo una fuente constante de conocimiento, personal, psicológico y del medio. Y es que, como salimos más o menos a trabajo por semana, no ha sido muy difícil observar todas las posibles actitudes humanas ante las tareas colaborativas. ¿El saldo? Bueno, supongo que muy positivo... en especial, para los individuos más avispados, más adaptados al medio y más capaces de... dejar de que otros hagan todo el trabajo y luego compartir con ellos méritos y calificaciones.
En fin, que después de varios traspiés, yo mismo —como si el propio Sócrates me hubiera guiado de la mano— acabé por comprobar que, efectivamente, el trabajo en equipo es una falacia. No funcionaba en la escuela (y eso que a mí me tocó el plan experimental, con Logse y todo, y probablemente los mejores profesores del mundo mundial y parte del extranjero), no funciona en el medio laboral, sigue sin funcionar en la universidad y, probablemente, no funcionará nunca.
Es triste comprobar que, para aprender esto, no me hacía falta un máster. Porque, en realidad, yo eso ya lo sabía. Pena de matrícula...










