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martes, 8 de enero de 2008

Un viejo poema

Serán las vacaciones, la ansiada inactividad o la monotonía de los rituales, pero en estas fechas siempre acabo revolviendo papeles viejos. Encontré estos versos descartados y mil veces rechazados; exentos, que diría Gamoneda.
Formaban parte de una colección inacabada —o, más bien, apenas comenzada—, una suerte de "libro de libros", en el que cada texto trataba captar la esencia de un tipo de libro o escrito, desde una perspectiva evolutiva de la historia de la escritura.
Este poema, además, me hizo reflexionar sobre mi propia historia, mi infancia y mi forma de afrontar la vida. De paso, ha hecho que estos días haya observado a mi hijo con más detenimiento, fijándome en lo que dice, en cómo lo dice y en lo que poco que, a partir de eso, puedo deducir de su pensamiento.
Van los versos:

SALTERIO


Debajo de mi memoria, junto a lo imaginado en el delirio y las fabulaciones deliberadas, anidan las creencias de la infancia.

En ese lugar donde alguna vez enciendo una lámpara las polillas se han habituado al alcanfor y cada vez que retorno queda menos del abrigo con el que cruzaba el pueblo camino de la escuela, de la boina con la que cubría mi cabeza completamente afeitada.

Todo lo que entonces creía indestructible ha sido dado a la hoguera y yo apenas he sentido un leve calor reconfortante.

De la infancia conservo un lagarto y una lagarta, el aroma de pan reciente y en la frente el aposento de una piedra blanca enamorada de mis primeros pasos.

Debajo de mi memoria hay un baldío de campesino desterrado.

Es ése un lugar desamortizado.

viernes, 4 de enero de 2008

Escritores en el Húmedo, 2. Javier Pérez


Es curioso, pero no siempre se consigue fraguar una amistad al primer intento. A veces, el asunto puede tomar su tiempo, años incluso.
Yo conocí Javier Pérez cuando ni siquiera era Javier Pérez; todos le llamábamos Odín, el pseudónimo con el que firmaba en Campus, revista universitaria en la que coincidimos a principios de los noventa.
¿He dicho ya que entonces no éramos especialmente amigos? Bueno, pues me he quedado corto: en aquel momento éramos uno la antítesis del otro. Él estaba todo el día de cachondeo, pero le gustaban los autores clásicos y circunspectos, y se cascaba unos ripios de cuidado. Yo, en cambio, me tomaba muy en serio mi pose de cultureta, aunque sólo leía a Boris Vian y a Bukowsky, y me daba por firmar artículos campanudos y poemas pretenciosos, de clara advocación gamonedina.
Odín representaba, por así decirlo, el ala conservadora de Campus, y a mí me gustaba pensar que estaba en la renovadora.
Marcelino, que era el director y tenía una concepción muy monárquica de la revista —y de la vida, añadiría—, siempre a vueltas con organizar su sucesión, enseguida tuvo claro que la nuestra sería una combinación perfecta: Javier tenía una clara visión mercantil —no en vano, es economista—, y yo podría centrarme en la parte artística y comunicativa del tinglado. Una idea perfecta que yo, como el perfecto membrillo que siempre he sido, rechacé, con un pie en el estribo del avión que me llevaría a conquistar Europa.
Luego, no volvimos a vernos más que esporádicamente, en algún encuentro casual por las calles de la vieja ciudad, que sirvió para comprobar lo oportuno de mi espantada, porque Campus aún existe. De haberme quedado para comandar la revista, a buen seguro que habría sido más vistosa; de lo que ya no estoy tan seguro es de que aún siguiera publicándose, así que en ese sentido, al menos, debo dar por bueno mi patinazo.
Años, muchos años después, sin revistas ni delfinatos de por medio, volvimos a tratarnos. Y diría que es ahora cuando nos hemos conocido realmente. Él sigue con su tono jocoso, sin parar de reír estruendosamente y fumando una pipa siempre que puede, pero ya no hace ripios sino novelas policíacas. Sigue hablando de Mann y de Forster y de detalles económicos de la República de Weimar, y utiliza un castellano claro y recio; aún habla alto, aunque menos, pero todavía modula la voz para recalcar los guiños y las provocaciones. Se ha pasado quince años escribiendo cada noche, dejándose las pestañas en miles de páginas, y cada hora del día dándole vueltas a relatos, frases y hasta palabras —con la impagable ayuda de Chema, José María Menéndez López— en busca del texto preciso, de la obra redonda. Y así se ha convertido en un escritor de fuste; no en vano, es el autor leonés de nuestra generación con mayor reconocimiento; al menos, el único que publica en una editorial como Planeta y se lleva premios con montones de ceros, como el Azorín.
Javier Pérez —porque ahora se llama así, aunque se me hace raro llamarle "Javi" cuando nos vemos— es también un inquieto activista de la red. Entre otras locuras varias mantiene, que yo sepa, al menos tres blogs (éste, éste y éste) y un buen montón de páginas dedicadas a la literatura. Sobre todo esto hablamos estos días en León, mientras recorríamos el Húmedo.
Arriba y abajo, de bar en bar y de tapa en tapa, Javier me comentaba su visión sobre el fenómeno blog. Y tiene miga la cosa, porque está a medio camino entre la nostalgia y las teorías de la conspiración: antes de los blogs, los internautas acudían a los foros, y allí se producía una gran debate social. Un debate muy fructífero pero, sobre todo, muy libre. Y eso no es bueno para el poder, porque no era "controlable". Los blogs, sin embargo, suponen una atomización de la opinión: todo el mundo opina, pero no importa, porque muy pocos te leen. El resultado es la eliminación de la crítica, o al menos, de su repercusión. Y ahí ve Javier Pérez una "mano negra".
Y más sobre blogs: ¿de verdad está la "firma" en decadencia, como decían en El País hace unos días? Javier —que, como yo, no utiliza pseudónimos— tampoco parece creer que los autores, por más cibermodernos que sean, renuncien al reconocimiento público. «Escribimos para que nos lean, qué cojones, pero para que nos lean a nosotros. Eso fue exactamente lo que dijo —bueno, así más o menos—, antes de que llegásemos a la conclusión de que en la red no sirven los mismos papeles que en las publicaciones impresas, donde el autor es hegemónico y el lector se mantiene en su papel. Hay menos dinamismo, pero el escritor, para qué negarlo, busca un estatus, un reconocimiento que es más evidente en los formatos tradicionales, donde no todo el mundo puede vivir la fantasía de ser escritor, sin necesidad de pasar por ningún tipo de filtro.
Nuestra conversación —cosas de la navidad y los compromisos del momento— quedó ahí, pendiente de un próximo encuentro. Entretanto, os recomiendo la lectura de la primera novela de Javier, «La crin de Damocles», y de la segunda, que aparecerá en breve.

miércoles, 2 de enero de 2008

Escritores en el Húmedo, 1. Bruno Marcos


Tenía un encuentro pendiente con Bruno Marcos. Hace años —décadas, incluso— que nos empeñábamos en postergar una cita que, dadas las circunstancias, era inevitable. Y es que las coincidencias eran demasiadas: misma ciudad, mismas aulas, mismos maestros, mismos vicios...
Tan sólo tres años nos habían separado, aunque esa pueda ser una diferencia suficiente como para habernos convertido en eternos desconocidos.
Durante los años de bachillerato oí hablar de él con insistencia al que fuera mi maestro en las letras, que antes había sido el suyo: Justo Lombraña. Justo era un gran profesor, exigente pero fascinante, capaz de reconvertir a un punk-rocker adolescente —a lo Stray Cats, para ser exactos— en un exaltado aspirante a poeta.
Desde aquella época, el profesor siempre había tratado de ponernos en contacto, aunque infructuosamente. Tuvo que ser la red, y esa manía de algunos por andar enredando, sea entre libros o entre teclas, lo que finalmente nos llevara a conocernos. A conocernos personalmente, por supuesto, porque yo ya hacía tiempo que tenía noticias de la actividad de Bruno Marcos: sus premios, libros, artículos y exposiciones hacen imposible ignorarle, a poco atención que se preste a la actividad cultural leonesa.
Hace algunos meses comencé a leer su blog —uno de ellos, el «Diario de Bruno», porque ha escrito ya varios—, y me resultó tan interesante que no pude reprimir mi incontinencia comentarística. A partir de ahí, alea jacta est, ya todo fue rodado, hasta que hace unos días, finalmente, nos encontramos.
Habíamos quedado frente a la tienda de Jaime Torcida, la Abacería del Condado, sin prever que el ferioso/furioso mercadillo navideño había tomado al asalto el callejón que bordea las viejas murallas del Jardín del Cid. Aún así, pude reconocerle de lejos: era el único peatón que llevaba libros en la mano (más tarde me confesaría que había comprado en un puesto un par de tomos del dietario de un conocido escritor leonés).
Para mi sorpresa, él también me reconoció enseguida —siempre olvido que mi narcisismo me hizo coronar el pórtico de este blog con el lado bueno que, tras muchos esfuerzos, consiguió encontrarme Juan José Cacho— y me tendió una mano inesperadamente cálida. Al principio me pareció algo mayor de lo que esperaba, hasta caer en la cuenta de que quizá yo también resulte, en realidad, mucho más viejo de lo que yo me considero.
También me pareció muy formal. Y normal; al menos, muy normal para ser un escritor y un artista. Debo confesar, eso sí, que me pareció excelente: me gusta la gente corriente; sobre todo, la que hace cosas extraordinarias y procura no darse demasiada importancia. Por ejemplo, Bruno podría pasar por un profesor de dibujo más, aunque, en cuanto nos sentamos en El Cafetín y empezamos a charlar, enseguida fue evidente todo lo que este escritor tiene que decir.
Tocamos muchos asuntos, pero en especial hablamos sobre internet y sus relaciones con la literatura. Yo estaba especialmente interesado por conocer su punto de vista sobre el papel del autor y el valor de la firma en el nuevo contexto del ciberespacio, y él me hizo ver lo positivo de que todo el mundo pudiera acceder a un blog, de esta democratización de la literatura.
Luego me regaló un ejemplar de "Nevermore", un libro que recoge una selección de textos y dibujos aparecidos en su blog homónimo y que le acaba de publicar la Universidad. No confesaré que aquella exquisita edición bien podía hacerme palidecer de envidia... La cuestión es que seguimos hablando de blogs, y de las dificultades de mantener la periodicidad que ha encontrado en su último proyecto, el «Diario de Bruno», un blog que en realidad es un diario del año 2007, para el que se propuso escribir una entrada cada día. Una tarea ciclópea, que acaba de concluir.
Lo más curioso, sin embargo, nos sucedería después, cuando bajamos hasta Pallarés y le presenté a Jaime Torcida, que quería conocerle. Y es que un año antes Bruno había publicado en el Diario de Leónun artículo en el que relataba su odisea por las librerías de viejo de la ciudad, y lo que en ellas había encontrado: libros, revistas, folletos y plaquettes de una generación perdida, la que él llamó "los escritores secretos", todo ello abandonado y vendido como si fuera mercancía de contrabando, en una antigua carnicería abandonada. Incluso habíamos hablado de ello unos minutos antes, tras denostar los esfuerzo de la prensa —y de los propios interesados— por crear una enésima generación literaria. Y resultó que Jaime —que tuvo un oscuro pasado como librero antes de su brillante presente como abacero y proveedor de caldos y embutidos a la sombra del Palacio de los Guzmanes— no sólo conocía aquel artículo que Bruno creía olvidado, sino que además era el propietario original de aquellos libros perdidos, libros escritos por sus amigos e, incluso, editados por él en algún caso.
Fue lo que dio de sí aquella tarde, en la que finalmente conocí a Bruno, y que supongo que será el primero de muchos encuentros entre dos desconocidos condenados a conocerse.

La buena vida

Sí, sí, ya lo sé: menudas vacaciones que me he pegado. Si es que no he escrito ni una línea —aparte de la carta a los Reyes Magos, claro—. Así no se lleva un blog, desde luego; y lo digo anticipando el rapapolvos que me va a echar, sobre todo, el bueno de Jesús Ramos, que me la tendrá guardada. Y es que tiene razón, porque las navidades me las he pasado mano sobre mano, disfrutando de estar a mesa puesta… y no digo "a calzón quitado", primero por las fechas tan "entrañables" en la que estábamos, y segundo porque en León hacía un frío como para quitarse nada.
De escribir nada, pero las navidades han sido muy literarias, eso sí. Prácticamente las he pasado en el rincón más poético del mundo, el único cuyo nombre es una metáfora: el Barrio Húmedo. El reducto de personajes a medio camino entre la realidad y la literatura, como Genarín, y el escenario de las mejores novelas de Luis Mateo y Aparicio. Y no sólo eso, sino que también la compañía ha sido de lo más literario: me he pasado las fiestas entre escritores, hablando de libros y, cómo no, de blogs y de internet.
Así que espero que me disculpéis, no tanto por estos días de silencio —que a buen seguro habréis agradecido—, sino sobre todo por el tostón que os espera en los próximos días, porque pienso contaros mis andanzas por esas calles de malvivir, y lo que en ellas conté y me contaron. Escritores en el Húmedo, se llama la serie. A disfrutar.

Por cierto, para todos aquellos que os habéis interesado por la publicación de mi novela, continúa la espera: me ha escrito el editor para avisarme de que no aparecerá antes del verano. Ya os podéis imaginar lo feliz que me ha hecho la grrrrffiffffññññññññññ noticia.

Nueva publicación

Acaban de entregarme un ejemplar de un libro en el que he colaborado con un texto; se trata de «Si me quieres escribir…», una idea muy original en la que el fotógrafo Daniel Martín ofrece su particular visión del "otro mundo" —con una serie de instantáneas sobre arte y costumbres funerarias en la provincia de León— y algunos escritores "ilustran" con letras las imágenes.
Yo tuve la fortuna de que Vicente de Barrio, el promotor del libro, se acordase de mí y así pude colaborar con un pequeño antipoema, y codearme nada menos que con Gamoneda y Elena Santiago, entre otros.
La excelente edición corrió a cargo de Everest —aunque la pasta la pusieron la Diputación y alguna otra institución— y estuvo al cuidado de Antonio Manilla.
Aquí os dejo mi texto, y la imagen a la que ilustra.




VIDA ETERNA




Yo era como tú,
un miedoso,
siempre pensando: cuando llegue el día
voy a estar horrible
se me ajará el cutis
me quedaré en los huesos
y nadie querrá visitarme.

Y, sin embargo,
desde que estoy muerto,
no he tenido que escribir ningún informe
ya no necesito gafas
no me han vuelto a doler las muelas
nunca suena el teléfono de madrugada
ni tengo que sufrir viendo los telediarios
no llego tarde a ninguna cita
ni llaman pelmazos a mi puerta
para venderme la vida eterna
Ya no hay jefes, ni broncas,
ni multas de aparcamiento,
pero lo que más me satisface
es que, desde que estoy muerto,
me estoy ahorrando una pasta en calefacción

Cierto que me perderé
el ascenso de la Cultural a primera
que ya no me concederán
esa hipoteca a cincuenta años
que las chicas ahora pasan
de largo ante mi nicho
y que no me dejan salir mucho
pero total, hace meses que no me afeito…

Ahora, eso sí,
si alguien pudiera hacerme llegar
una cervecita bien fría y un paquete de Camel
sería el muerto más feliz
de la tierra.

lunes, 24 de diciembre de 2007

La Schulze y el lado oscuro de la red

Sostiene mi amigo Javier Pérez —que además de un gran escritor es uno de los blogueros más activos de la red— que en Internet no hay sentido del humor. Y yo, que al principio no le creía, he terminado por darle la razón: lo que hay por ahí es muy mala leche.

Y el humor, si lo encuentras, es de la variedad absurda, como si el código de internet en vez de programadores lo hubiera escrito Ionesco.

¿Que de qué me río ahora? Pues de nada, la verdad. Resulta que acabo de recibir un curioso correo electrónico, este mismo:

Por lo que me imagino —que no por lo que se puede entender a partir del correo, que es más bien poco—, parece ser que a alguien que dice ser Sarah Schulze no le gustó demasiado la última entrada de mi blog.

Y yo, después de mucho reflexionar, me pregunto: ¿tan feo era el pobre koala? Porque el cabreo de quien me envía esta ciberamenaza es mayúsculo:

Hoy sin cerebro,

saca la mierda que estas escribiendo, sinverguenza, mirate en el espejo a tiu, pero claro se rompera.Entiendo tambien tu envidia porque claro no sos nada mas que uno de los pobres Espanyoles en busqueda de un cerebro que pueda funcionar.

O sea, que mi espejo se romperá si miro a un tíu en él, y eso porque soy un espanyol envidioso que escribe mierda. Pues vale.
No sé si me duele más que me llame rompeespejos o que me llame español. Fíjate tú que igual hasta me lo tomo a mal, y todo. Eso sí, ¿dónde se conseguirá un cerebro de esos que dice? Por no comprarlo allí, más que nada.
Al principio, creí que era una broma de la época, pero es que aún faltan cuatro días para los Inocentes, así que habrá que descartar esa hipótesis. Y, en realidad, tampoco creo que sea un mensaje real, porque la tal Sarah Schulze no creo que ande por el mundo persiguiendo a todo el que crea que ha escrito sobre ella.
Estas cosas, generalmente, suelen ser favores mal entendidos; favores que creen hacer los amigos, en defensa de quien consideran víctima, y que suelen tener resultados contraproducentes; porque lo único que hace es dar una imagen agresiva y violenta de la tal Sarah, que no sólo buscaría camorra virtual (y/o de la otra) y olvida el respeto hacia los demás que sí exige para sí misma, sino que además le dejaría en bragas respecto a una nula comprensión lectora —por no hablar del lamentable maltrato gramatical y ortográfico que hace del castellano—, porque ya hay que tener ganas para interpretar que en mi malévolo post se decía alguna "mierda" sobre la susodicha.
Lo más curioso del asunto es que entendería que se mosqueara el redactor del periódico, el que hizo la bromita de cambiar las fotos; a fin de cuentas, de eso iba el artículo: sobre una errata. Pero tengo entendido que, si me hubiera dado la gana, también podría haber hablado sobre la tal Sarah; "libertad de expresión", creo que lo llaman en España desde 1978.
Y además diré que, visto lo visto, preferiría que el correo electrónico me lo hubiera mandado el koala, que mola mucho más. Osea.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Una errata de traca

Lo bueno de la prensa es que, de vez en cuando, sin esperarlo, se sacan de la manga alguna gracieta y te alegran la mañana.
Como hoy en el Montañés, que tienen el día cachondo y les da por marcarse este bacile, sobre una transexual alemana que ha tenido problemas laborales. Y es que se chotean pero bien; dicen:

La imagen anexa, de EFE, muestra a Sarah Schulze, transexual que ha sido indemnizada...


Y luego miras la imagen anexa, y te explicas no ya que a la tal Sarah le cueste conservar el trabajo, sino el cómo demonios consiguió pasar la selección de personal de la TÜV. Claro, que también habrá que ver al director de Recursos Humanos de la empresa...

Y ya hay que contenerse pero bien, en uno de esos episodios de autolesión, mordiéndose los labios y pellizcándose las manos, para no caer en la tentación de hacer chistecitos fáciles, sobre lo mucho que avanza la ciencia y las maravillas que hacen algunos veterinarios; que si a los koalas ahora también les da por living la vida loca; que si lo suyo, total, ya no tiene arreglo... en fin, que gracias a los chicos de la prensa, que tienen una chispa que "pa' qué".

ACTUALIZACIÓN: La tal Sarah Schulze, en realidad, parece ser que tiene este aspecto.