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viernes, 20 de julio de 2007

Vacaciones


Queridos amigos, me tomo unos días de vacaciones, por lo que, en principio, este blog no se actualizará hasta el 16 de agosto.
Digo «en principio» porque no descarto caer en la tentación de escribir algo y colgarlo aquí, pero como he prometido a mi familia —al menos durante estas vacaciones— que les iba a hacer más caso a ellos que al ordenador, mi intención es pasar estas semanas off-line.
Quedan, eso sí, más de un centenar de artículos, así que el que tenga mono de leer mis gansadas, puede aplacarlo buceando por el archivo.
Muchas gracias a todos por vuestra presencia constante y vuestros comentarios.
Os deseo que disfrutéis del verano tanto como pienso disfrutar yo.
Hasta pronto.

Nota acerca del librito «Amigos a la fuerza»:
La pista sobre cómo conseguirlo la encontraréis en los comentarios de la entrada correspondiente.

jueves, 19 de julio de 2007

Virtudes (3ª parte): Caridad


El cuadro que podéis ver arriba —aunque parezca increíble— lo pintó Picasso. Cierto que aún no era Picasso, sino más bien Pablo Ruiz, un chaval de 17 años, y lo tituló «Ciencia y caridad».
Y ciencia tendrá mucha, pero caridad... resulta que la obra está registrada, protegida y contrachapada por la VEGAP —la SGAE de las artes plásticas—, y lo mismo me estoy jugando un multazo y unos azotes en la plaza pública, por utilizarla sin permiso. Y sin pagar, claro. Aunque bueno, si los herederos de Picasso creen que debo remunerarles por este uso y disfrute de su propiedad, estoy dispuesto a cederles el 10% de los ingresos que me generará este artículo del blog. Para que vean que yo sí soy caritativo, más que nada.

La caridad, que se estiló mucho durante siglos, ya no está de moda. En el Antiguo Régimen se practicaba mucho, por sus reconfortantes efectos sobre la conciencia. No hay más que leer cualquier novela picaresca para entender que España era un imperio de mendigos, encabezado por unos nobles muy caritativos.
Sin embargo, con aquel asunto de La Bastilla y esos revolucionarios cortes modernos, como que a los poderosos se les quitaron las ganas de compartir las migajas. Porque una cosa es tirar monedas a la salida de la iglesia, y otra bien distinta que se te suban a las barbas.
En Santander, por ejemplo, debía de ser muy divertido lo de lanzar cuatro perras al agua, para ver cómo se zambullían a por ellas los raqueros, unos chavalucos desharrapados que deambulaban por la bahía como aprendices de buscavidas.

Y es que, claro, la caridad está muy bien, uno se siente casi un santo compartiendo lo que le sobra, pero la caridad de la época no hacía sino maquillar —y muy levemente— la flagrante injusticia de la sociedad estamental. Como usar una tirita para frenar un hemorragia masiva.

Las cosas cambian, y mucho, en el siglo XIX: la caridad pasa a llamarse "justicia social". Después de mucho derramamiento de sangre, parece claro que algo hay que hacer con las bolsas de pobreza, antes de que los recluten los comunistas o los anarquistas, y lo pongan todo perdido de bombas. Aunque fuese a la fuerza, la situación mejoró sensiblemente: la iglesia promulgó su "doctrina social", e incluso un kaiser germánico, al que le debió de llegar el humo de las barricadas parisinas, inventó lo que hoy conocemos como "seguridad social".
Poco a poco, el propio estado fue haciéndose cargo de la beneficencia, y asumiendo que no se puede depender de la filantropía. Y, como oposición a los experimentos de socialismo real, en el privilegiado mundo occidental conocieron el tan cacareado "estado del bienestar". Cierto que a nosotros poco nos ha tocado —los estertores, no más—, pero hasta el desmoronamiento perestroiko se consiguió avanzar un gran camino, que esperemos no se desande ahora tan rápido como amenaza.

La cuestión es que, últimamente, a la caridad se le llama «solidaridad». Será por lo que el nombre tiene de connotación religiosa, pero a mí me da que ambos conceptos, sospechosamente, se parecen mucho.
La solidaridad consiste en donar un poco de lo que tienes, voluntariamente y a título personal. En apoyar con tu trabajo altruista una causa que consideras justa, pero que el Estado, las multinacionales o el poder establecido no acomete. En dedicar tus veranos, o algunos años de tu vida, a trabajar en los países necesitados. En ayudar, de muchas maneras, a los desfavorecidos de allí y de aquí.
¿Por qué digo que se parece a la caridad? Porque se trata de restañar heridas, pero no de evitarlas. De paliar las tremendas consecuencias de un sistema injusto en el que hay arribas y abajos, nortes y sures, privilegiados y muertos de inanición. Y ayuda, claro que ayuda. Igual que la moneda de la noble piadosa alegraba la semana del mendigo. Pero no soluciona el problema. Y los problemas no son superficiales, sino estructurales. Mucha globalización, mucha solidaridad, mucha foto de políticos y embajadores de buena voluntad, pero todos sabemos los porqués de muchos de estos dramas del mundo. Y no hacemos nada. Bueno, sí: limpiar el polvo. Muy caritativamente, claro.




miércoles, 18 de julio de 2007

Nueva publicación


«Amigos a la fuerza» es un relato breve por el que, el año pasado, recibí un accésit en los premios literarios de la Universidad de Cantabria.
Y esta mañana se han presentado las obras.
Mi texto está en un hermoso librito de apenas tres pliegos, con una edición exquisita que recuerda formatos como tan clásicos como los de Rialp —al parecer, el diseño "retro" es de época, debido al intelectual Manuel Arce—. Me siento realmente contento, casi tanto como si me hubieran publicado la novela... Hace más de diez años que mi nombre no aparecía en ninguna portada, así que ya os podéis imaginar mi estado de ánimo ahora mismo...
Dado que se trata de una edición no venal, el libro no se puede conseguir en librerías, lo que en el fondo no es tan mala noticia: por un lado, os ahorráis un par de euros; por el otro, yo me ahorro el bochorno de estar expuesto a las opiniones ajenas.
La edición corre a cargo del Consejo Social de la Universidad, pero ignoro si ellos distribuyen el libro o pueden hacérselo llegar a algún interesado.
Sobre el texto, se trata de un relato autobiográfico, en el que narro la única pelea que he ganado en la vida: tenía diez años, y fue contra un rival terrorífico: Johnny Peniche, un chico mayor que había llegado a mi clase ya empezado el curso, y era el terror del colegio. En el cuento intento reflejar el mundo como lo veía entonces —aquellos maravillosos años ochenta— y recordar a todos los amigos (y enemigos) de entonces.
Lamentablemente, me han dado tan pocos ejemplares que no puedo regalar todos lo que me gustaría; a duras penas me va a alcanzar para los familiares directos, o sea que, si queréis conseguirlo, os recomiendo que ejercitéis el ingenio.
Así pues, amigos, va por vosotros.

martes, 17 de julio de 2007

Virtudes (2ª parte): Esperanza

Esperanza. Segunda virtud teologal.
En general, es muy complicado diferenciar la esperanza de la fe. En casos así, siempre ayuda utilizar el diccionario de la RAE —en otros casos también puede ser muy útil; por ejemplo, como arma arrojadiza, o para calzar mesas que cojeen mucho, pero mucho, mucho—, así que el que quiera puede echarle un vistazo al particular aquí y aquí.
Para los que no tengan fe en la Academia, ni mucha esperanza de que sus dudas se aclaren, trataré de esbozar mi propia visión sobre el asunto. [Aclaro, por tanto, que es la mía, que puede ser distinta de la de los demás, y que cada uno tenemos nuestro propio ideolecto, que aparte de una palabreja cursi y pomposa viene a decir que el lenguaje de cada cual es personal e intrasferible.]

Tengo para mí que la fe es creer en lo indemostrable. Lo de los notarios y tal son ya derivaciones del lenguaje, pero creer, lo que se dice creer, sólo vale si se hace sin pruebas. Como Santo Tomás, pero al revés: nada de andar metiendo el dedo en las heridas, el «sólo creo en lo que veo» no es fe, sino evidencia de que piensas que no necesitas gafas.
En cambio, la esperanza es el anhelo de que nuestros deseos se cumplan. Con o sin intervención divina, pero que se realicen.

La esperanza es un recurso que guardamos en el cajón, reservado a los imposibles. Si, mientras esperas a que salga la nota, tienes esperanzas de aprobar sintaxis, será que no has estudiado mucho. Si te hubieras aplicado, lo que tendrías sería paciencia. No se puede tener la esperanza de que tu jefe se jubile —porque ese día llegará tarde o temprano—, pero sí puedes esperar que le atropelle un tranvía antes de los sesenta y cinco. Los del Racing podemos tener la esperanza de ganar algún año la liga, y mi hijo tiene la esperanza colectiva más compartida que existe: la del aprobado general —una leyenda urbana que dicen que se dio una vez, allá por los años cincuenta—.

Creo —ojo: sin mucha fe, ¿eh?— que los verdaderos campeones de la esperanza somos los españoles. Mientras en otras latitudes la gente aspira a ser empresario, o un gran profesional, nosotros seguimos la más rancia tradición, y aspiramos a vivir de las rentas. ¿Cuál es nuestro modelo de éxito en la vida? ¿Cuál es nuestro mayor deseo —confeso—? ¡Claro! ¡El de heredar de un tío de América! ¿Cuál si no?

Heredar. Recibir de un plumazo un dineral, y sin despeinarse. Así somos los españoles: hidalgos. El tesón, la dedicación, el esfuerzo y todo eso están muy bien, pero no puede compararse con un golpe de fortuna, un coup de grâce que nos resuelva el porvenir, y sin dar golpe. Porque desde el Siglo de Oro hasta hoy poco ha cambiado la mentalidad: seguimos mirando desde abajo cómo disfrutan de la vida algunos privilegiados, manoseando revistas del corazón o tragando telebasura, mientras nos hundimos en la deshonra social del trabajo.

Cierto que América ya no es lo que era, pero eso ya lo pensó el bueno de Carlos III por nosotros: para eso instituyó la lotería, para que la esperanza siga siendo lo último que se pierde. Claro. Porque primero pierdes lo que has jugado. Pero no la esperanza.

Y es que algún día tiene que llegar, por supuesto. No vas a pasarte la vida trabajando como un burro, y para nada. Qué va... ya acertarás una quiniela o algo, y ese día se van a enterar...

En fin, que la esperanza es un salvavidas muy práctico: nos permite sobreponernos a cualquier adversidad, soportar la travesía por el desierto porque, algún día, seremos recompensados. Además, ¿a quién no le gusta soñar despierto? A mí, el primero. Parafraseando al poeta porteño Raúl Núñez:

si me pagaran un millón de dólares por este artículo...

Dice un hermoso proverbio japonés: «Es mejor viajar lleno de esperanza que llegar». Así que ahora mismo me voy a echar una primitiva, a ver si puedo me pasar de viaje lo que me queda de vida.




lunes, 16 de julio de 2007

Virtudes (1ª parte): La fe

Que durante siglos se haya considerado la fe —antiguamente, «fé»—como una virtud es un hecho absolutamente chocante desde una perspectiva contemporánea.
Desde el siglo de las luces hasta hoy, la lógica, el empirismo y el método científico son nuestras armas para interpretar el mundo y afrontar cualquier reto. Y a la vista está que no nos ha ido tan mal: tenemos satélites orbitando alrededor de un planeta que resultó ser redondo, y podemos utilizarlos para el bien o para el mal —para el espionaje militar o para retransmitir conciertos de radiofórmula: no sabría decir qué es peor—. En los países occidentales comemos todos los días y vamos aprendiendo a tolerar al vecino y a soportar la convivencia con quien piensa diferente. Es decir, que nos rige la razón, y no la fe.
Antiguamente, todo giraba alrededor de la fe. No sólo se trataba de la manifestaciones externas de la espiritualidad, sino que el teocentrismo marcaba la vida en todos los ámbitos: las horas de día, el calendario, la organización de la sociedad... ¡Si hasta la soberanía o la jefatura del Estado se ejercía «por la gracia de Dios» hasta hace nada!
La fe, no obstante, es actualmente un valor depreciado: ¿quién puede, hoy en día, tener fe en el sistema métrico decimal o en la ley de flotación de los cuerpos, de Arquímedes? No confiamos, sino que comprobamos empíricamente si aquello funciona o no. Tampoco acatamos las reglas porque las consideremos emanadas de una instancia superior —en el sentido espacial de la iconografía del ramo, que sitúa a la divinidad arriba y a las fuerzas del mal abajo—, sino por la evidencia del castigo. Pensemos, si no, en las multas de tráfico... no es una cuestión de fe, no: el terror que inspiran está más que fundado.

Y, sin embargo, la fe perdura. A pesar de que la descartamos en casi todos los ámbitos de la actividad humana, en lo más profundo de nuestra vida cotidiana seguimos valiéndonos de ella —más allá de las cuestiones religiosas–, como si los humanos fuéramos una especie necesitada de fe: fe en los noticieros, fe en las promesas de los políticos, fe en la publicidad y los paraísos que promociona. Ahí nos guardamos en el bolsillo nuestro racionalismo y nuestra devoción por la ciencia, y nosotros mismos –cuál dóciles borreguitos— nos encerramos en el feliz redil de la confianza. Como si nada.




jueves, 12 de julio de 2007

Economía para torpes


Hace muchos años, en una escala en el aeropuerto Charles de Gaule, me acerqué al quiosco de prensa ansioso por comprar algún periódico español —a Alemania, entonces, llegaban ya caducados, con tres días de retraso—. Sin embargo, en cuanto vi la portada de El País me quedé paralizado. Decía, literalmente:
«Los gobiernos europeos se comprometen a acabar con los parados.»
Así, como suena. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo: yo era uno de esos "parados europeos" con los que querían terminar. Nada de eliminar el desempleo, no, eso sería demasiado tonto; vamos a apostar por algo mucho más radical: exterminar a los parados.
Ni que decir tiene que ya ni compré el periódico, ni nada: me largué de allí lo antes posible, pensando en cómo encontrar un empleo; es decir, en cómo salvar el pellejo. Lo curioso es que alguna conexión neuronal de mi cerebro debía de andar algo averiada y acoplarse, porque lo que acabé haciendo con todo el asunto fue escribir un poema —que espero que algún día vea la luz de la imprenta—.

Bueno, pues, después de tanto tiempo, por fin me he dado cuenta de lo infundados que eran mis miedos. Este lunes asistí a una conferencia sobre economía, que me aclaró algunas dudas que no tenía y aprendí varias cosas que tampoco quería saber. Genial, ¿verdad? Pues sí, especialmente cuando el ponente —el subdirector de no sé qué importantísimo departamento del importantísimo Banco de Santander— nos explicó, en lenguaje llano, qué pasa con el paro en las economías "avanzadas".

Dijo, así, sin ruborizarse, que era malo que el paro fuera bajo: cuando cae el paro, hay menos trabajadores disponibles y las demandas salariales aumentan. Es decir, que si baja el paro descienden los beneficios. Los beneficios de las empresas, por supuesto. Más claro no se puede ser, ¿verdad?

Por eso, cuando estos días leo las promesas postelectorales de algunos políticos, en especial una que asegura que «en esta legislatura conseguiremos el pleno empleo», no sé si reír o llorar. Porque, después de haberle visto la cara —la de verdad, no la que nos venden en los medios de comunicación— al neoliberalismo, es evidente que, quien promete eso, o es un cándido bienintencionado, o un cínico integral.

O igual soy yo el cándido, como me decía Pilar mientras le contaba todo esto: «Bueno, chico, si eso ya lo sabías... lo único que pasa es que no te gusta oírlo». Y quizá tenga razón: no me gusta oírlo. Casi prefiero vivir engañado.

Pero, al menos, nos queda un consuelo: los parados europeos pueden dormir tranquilos: a la economía mundial le interesa que sigan existiendo. Así que, por el momento, no van a "acabar" con ellos. Algo es algo, ¿no?

miércoles, 11 de julio de 2007

Accidentes "laborales" y "justicia" poética

Existen profesiones en las que se corren riesgos muy altos; también hay otras actividades en las que el peligro es enorme. Ejemplos hay muchos, pero yo siempre me quedo con dos casos paradigmáticos: los soldados y los toreros.

Los soldados, habitualmente, tienen poco que hacer. Su misión es defendernos, pero en tiempos de paz no suele haber mucha bola que rascar y para nuestra economía actual —como bien aclaró el genial Boris Vian— «la guerra es muy mala: elimina al cliente». Y, sin embargo, el soldado cobra regularmente su soldada. ¿Por qué? Porque cuando las cosas pintan feas, les llaman. Y cuando les movilizan, muchos mueren. Así que tampoco están tan bien pagados, en el fondo.

Los toreros, en cambio, ganan un pastón. Luego se pasean en un mercedes por ahí, y se ligan a todas las modelos, y pueden ir por la vida presumiendo de poner faltas de ortografía si les da la gana, pero a cambio tienen que jugarse la vida de tarde en tarde. Hace falta valor, y mucho; yo no he visto tan de cerca a ningún toro, pero visto el tamaño de las vacas... en fin, creo que cierto respeto merecen.

Todas las muertes son desgraciadas. Todas. Sin embargo, las de los soldados y las de los toreros son especiales: los soldados suelen ser muchachos —ahora también muchachas— en plena juventud, que quizá no ha disfrutado de muchas oportunidades, o no supieron aprovecharlas. Y mueren por motivos que, habitualmente, o desconocen, o no les importan en absoluto: patrullar oriente medio, intermediar entre clanes rivales que han cambiado las hondas por lanzagranadas...
Las muertes de los toreros, en cambio, son tragedias. Pero tragedias mediáticas: se explotan hasta la saciedad. Supongo que será por lo que entrañan de burla del destino, que nos demuestra que el exceso de valentía se acaba pagando... con la vida.

Ambas muertes nos conmueven; en otros tiempos, en otras formas de ver la vida, serían muertes gloriosas. Pero ya no entendemos el heroísmo como nuestros antepasados: hoy día vivimos de espaldas a la muerte. Todo eso sucede muy lejos, fuera de nuestro mundo desarrollado y ciberguay. Tan sólo, de cuando en cuando, alguna noticia impactante nos rescata de nuestra burbuja para recordarnos que somos de carne y hueso. Alguna tragedia que nos conmueve, alguna muerte inútil e innecesaria que refuerza el apego a nuestra propia vida.

Y, sin embargo, hay muertes inútiles y estúpidas que no nos impactan de la misma manera. Hace pocas semanas, un tal J.A.V., ejerciendo las labores propias de su oficio, se coló en una fábrica abandonada para recolectar un poco de chatarra y cobre con la que lanzarse luego al libre mercado. Y tan contento andaba el hombre, desmontando un transformador eléctrico, cuando le sobrevino la desgracia en forma de 55.000 voltios de descarga eléctrica. Al parecer, quedó hecho pura carbonilla.
Ésa sí que es una profesión de riesgo: ahí sí que hay peligro de sufrir un accidente laboral. Es todo un sector de nuestra economía el que se encuentra desvalido, siempre bordeando la desgracia, mientras al abrigo de la noche se adueñan de las placas solares de un parque eólico o de unos kilometrillos de cable de cobre.
Pero lo peor no es el riesgo, sino la falta de sensibilidad social: nadie alza la voz, nadie lamenta semejante tragedia...
Como cuando, en contadísimas ocasiones, algo sale mal, y al terrorista que construye una bomba le explota entre las manos.
Entonces nadie habla de tragedia. Si acaso, de justicia poética.


martes, 10 de julio de 2007

Pro remedio anima mea


Seguro que, a los que os las hayáis tenido que ver con documentos antiguos, la fórmula del título os suena y mucho: «pro remedio anima mea», para la salvación de mi alma. Así se justificaba en los diplomas medievales las donaciones —a menudo sustanciosas— que los particulares hacían a la Iglesia.
La paleografía y la diplomática son una de las pesadillas de los estudiantes de letras; ese escrutar en las caligrafías arcaicas, en busca de los datos escondidos entre rebuscados clichés, puede resultar desesperante. Porque la cuestión no sólo dependía de la pericia del escribano —que alguno, a juzgar por los borrones, debía de escribir algo mamao, pero claro, aún no habían inventado los controles de alcoholemia—, sino de que las puñeteras modas a veces se inclinaban por unos tipos de letra que parecían querer ocultar el contenido, más que fijarlo.
¿Por qué esa oscuridad? No es por ser malpensado, pero de todos los documentos que tuve que leer —y fueron varios cientos— en la facultad, la mayoría encajaban en dos clases: los privilegios y las donaciones.
Los privilegios —o confirmaciones de privilegios— eran precisamente eso: favores que el poderoso de turno otorgaba a sus protegidos para. Podía ser una exención de impuestos, una dispensa de servicios militares o la concesión de un título o un territorio, generalmente con unos cuantos siervos incluidos.
Las donaciones, en cambio, eran un acuerdo privado entre una persona física y una institución eclesiástica. En estas transacciones, un convento, monasterio u orden religiosa recibe algún bien de un particular, que lo dona de forma voluntaria y lo hace «pro remedio anima sua», o sea, para salvar su alma.
No vamos a entrar aquí en dimes y diretes —y eso que sería muy fácil, porque mira que hay miga: la formación del patrimonio de la Iglesia, la voluntariedad o no del acto, la venta de bulas e indulgencias... asunto para debatir hay para rato—, pero sí que me ha hecho siempre mucha gracia esa expresión: «para salvar mi alma».

¿Qué terribles pecados tendrían que expiar aquellos hombres y mujeres del medievo? Porque no creáis que las donaciones eran simbólicas, no. Ni mucho menos: pensad, si no, en la inmensa cantidad de propiedades en manos de la Iglesia, que sobrevivió a dos desamortizaciones y aún hoy mantiene un ingente patrimonio. Y todo eso sin realizar ninguna actividad productiva —en el sentido económico, por supuesto—.
¿Qué podrían haber hecho Abamor Eximiz y su mujer, Cendina, para querer donar sus bienes y que con ellos se construyera el monasterio de San Salvador? ¿Encontrarían con su generosidad perdón para sus pecados? Y, lo que es aún más inquietante: si de ese convento surgió la ciudad de La Bañeza, ¿podemos deducir que La Bañeza es fruto del pecado? Porque a algún maledicente sí que he oído asegurar que es "la ciudad del vicio", aunque sospecho que en la idea no había más que márquetin, en un intento de atraer a cualquier precio visitantes para la movida nocturna de la ciudad —que es su verdadera industria—.

¿Qué harían estos pobres pecadores? Porque la lista de pecados no ha debido de variar mucho desde entonces; a fin de cuentas, las maldades están ya todas inventadas hace ya tiempo.
Lo que sí que mejora son las técnicas para conseguirlo: matar es matar, lo hagas con la quijada de un asno, con una cimitarra o apretando un botón. Y los pecados de cintura para abajo tienen poco de tecnológico, por mucho que se empeñe la industria de la consolación.

Hace un par de años circuló la noticia de que el Vaticano condenaba los nuevos "pecados informáticos". Básicamente, consistían en el pirateo y la pornografía. Pero no creo que puedan considerarse "nuevos" pecados, propiamente dichos. Más bien son los mismos pecados de siempre: el robo y el regocijo carnal. Yo más bien los llamaría «pecados asistidos por ordenador», que suena mucho mejor. Y hasta se podrían impartir seminarios sobre el tema, y organizar cursos y talleres on-line.
Claro que también podría aparecer la antítesis: la penitencia tecnológica. No quiero ni pensar en lo que podría ocurrirle al que se pase de la raya. Vigilado, controlado desde todos los ángulos. Con todos tus movimientos documentados... y encima, el pensamiento también peca. Sólo es pensar en un infierno robotizado, en las calderas programadas en java o en los ciber-tridentes y me lleno de candor y voluntad de obrar correctamente.
Vamos, que, mucho antes de haber pecado, ya me estoy planteando qué podría yo donar... pro remedio anima mea.

lunes, 9 de julio de 2007

Sensibilidad masculina

Al final resultó que tenía razón Mariano cuando me advirtió de que hay cosas que es mejor ni nombrar:

Del bloqueo del escritor está prohibido hablar. Es una norma de la Asociación de Escritores Temporalmente Bloqueados, de la que me enorgullece ejercer de forma temporal su secretaría (digo de forma temporal para que no me dé el calambre de escritor, pero no en la mano, sino en el cerebelo...).

Total, que me he pasado cuatro días sumido en una profunda crisis creativa, que me ha impedido escribir hasta la lista de la compra.
Pero curiosamente —como dicen de algunos toros, que «se crecen con el castigo»— ha sido un cariñoso puyazo lo que me ha venido a sacar de la apatía. Y es que u —al respecto de mi sensibilidad al hablar del tema— me hizo este sucinto comentario:

oh, estás sensible
un abracín

Claro que, con ese acentín tan asturiano que le ha salido, se lo perdono todo —porque me toca la fibra "sensible", fíu—, pero no puedo dejar de percibir cierto retintín sarcástico en el tono, que oscila entre el sorprendido candor y la rechufla descarada. Como que no acabara de creérselo, vamos.

¿Qué pasa, que los chicos no podemos estar "sensibles"? No vamos a entrar ahora en honduras léxicas, pero creo que ya va siendo hora de desterrar ese erróneo mito que asegura que los varones concentramos toda nuestra sensibilidad a la altura de la bragueta. Y no es así: los tíos somos mucho más sensibles de lo que parece.


Es una idea falsa que los chicos carezcamos de sensibilidad: cualquier tío, cualquiera, es capaz de emocionarse con una película o una canción. De verdad. ¿A qué hombre de pelo en pecho no se le retuerce el alma cuando Rocky está recibiendo la del pulpo, y ve entre el público la cara de circunstancias de su novia? O en esas pelis de Bruce Lee —tan metódicas que siempre parecían tener el mismo guión—, cuando los malos malísimos secuestraban, pegaban, violaban y mataban a su novia, hermana, madre o lo que tocase. ¿Qué, no es eso sensibilidad?
Lo que pasa es que luego no hay tío que aguante al Ramazotti o al Sergio Dalma, pero a la hora de los "lentos" en las discotecas de la época no veas si no había allí sentimiento, sentido y lo que hiciera falta. A ver quién dice que no nos emocionamos con la música romántica.
Tampoco es cierto que no tengamos sensibilidad para las tendencias y la moda. Ni mucho menos: cada vez que se impone alguna innovación estética interesante, es comentada y aplaudida en todos los círculos masculinos, masivamente. Claro que no toda la moda nos conmueve, pero en cuestiones de marcar, ceñir y mostrar seguro que más de uno podría impartir un máster.
Y es que todo es mala fama: no somos tan duros. La desgracia ajena, las historias de fuerte carga emotiva, también nos conmueven profundamente: de hecho, cualquier milonga bien contada nos sensibiliza, siempre que la narradora entorne bien los ojitos al hacerlo, o sea muy generosa en las formas.
Nuestra relación con el recuerdo y el pasado también es muy intensa: algunos guardan los muñecos de la infancia o siguen leyendo tebeos. Claro que otros prefieren las muñecas —de tamaños desorbitados— y usan la memoria para llevar la cuenta de sus hazañas —porque las muescas, tipo revólver del oeste, resultarían demasiado dolorosas—, pero esto no es óbice para que mantengamos estrechísimas relaciones sociales, llenas de fraternidad y solidaridad, y que seamos capaces de decirle a nuestros amigos, en los momentos oportunos, cuánto les queremos. Aunque haga falta beberse medio bar para eso: si es por la amistad, lo que sea.
Me da la impresión de que todo este malentendido de nuestra falta de sensibilidad, esas infundadas acusaciones de embrutecimiento, se deben a un profundo desconocimiento de nuestro verdadero ser, de nuestra esencia masculina. Los hombres también lloramos. Claro que sí. Tenemos sentimientos, y a veces hasta los exteriorizamos. De verdad. Y, quien lo dude, que nos acompañe cuando quiera al niño y a mí a los Campos de Sport, cualquier día en que haya perdido el Racing. A ver quién dice luego que no somos sensibles.



jueves, 5 de julio de 2007

El calambre del escritor


Ya lo he contado en otra ocasión: durante años fui incapaz de escribir. Y fueron muchos años; diez, para ser exactos.
Supongo que de ahí procede mi actual incontinencia, con este derroche de textos que día tras día vuelco en este blog. Justicia poética, podría decirse: compenso ahora la sequía creativa de una década.
Sin embargo, siempre me preocupó el motivo de mi temporada ágrafa. ¿Había perdido la chispa? ¿No tenía nada que contar? ¿Se me secó el cerebro? Pero claro, visto que lo de la chispa es relativo, que lo de tener o no tener algo que contar no es obstáculo para escribir páginas y más páginas —y, a quien quiera comprobarlo, le remito a los 101 artículos precedentes en este mismo blog—, y que el asunto de las meninges en plan ciruela pasa hubiera sido un estado irreversible, no me quedaban muchas explicaciones para el silencio.
Hasta que, hace unos días, un familiar me hizo llegar un recorte de una revista. Cierto que la fuente no era muy fiable —las páginas de curiosidades de una revista femenina—, pero el contenido me resultó de lo más interesante: hablaban del «calambre del escritor».
Yo ya había oído algo por ahí —como del «codo de tenista», «el pie de atleta» y el «ojo de buen cubero»—, pero no tenía ni idea de que fuera una dolencia identificada, diagnosticable e incluso tratable.
Desde luego, hay que ver qué bien suena: "calambre del escritor". Si es que se me llena la boca al pronunciarlo. No es que yo fuera un vago, no; es que tenía "calambre del escritor", claro. Ahora encaja todo.
Total, que me puse a investigar más y resulta que también tiene un nombre pomposo, de raigambre clásica: "distonía". Y hasta una sociedad de afectados, la Asociación de Lucha contra la Distonía. Le echo un vistazo a su página, y descubro que:

El calambre del escritor es una distonía focal de la mano con contracción de músculos de mano y brazo, durante el acto de la escritura. La mano puede contraerse tan fuertemente que no puede moverse. Tan pronto como se abandona el instrumento de escribir se relaja. Bajo esta denominación se incluyen las distonías en músicos de diferentes instrumentos que requieren delicados movimientos con los dedos.

Perfecto. Así me pasé yo tanto tiempo negado para la literatura: era una imposibilidad física. Recuerdo que me ponía a escribir una crónica periodística o una carta a mi abuelo y no había problema. Pero en cuanto quería emprender un relato, una novela o cualquier asunto creativo... aquello era el fin del mundo: me retorcía sobre mí mismo, la mano se me quedaba rígida, me fallaba el riego cerebral... un desastre, vamos.

Pero ahora la ciencia ha venido en mi auxilio, para demostrar que todos los reproches que tuve que soportar por parte de amigos y familiares eran completamente injustos: no es que no me diera la gana escribir, es que existía una fuerza superior que me lo impedía. Y ellos machacando: que si es una pena, que si no sé cómo no te da vergüenza, que si estás echando a perder tus mejores años. Y ahora, ¿qué? ¿Se van a atrever a criticar a un pobre enfermo.

Claro, yo sufrí un calambre. Un episodio severo de «calambre del escritor», que me tuvo diez años apartado de la literatura. Ahora todo encaja.
Todo encaja, siempre que nadie se entere de que yo no escribo a mano ni la lista de la compra, claro. De que yo escribo a máquina desde los catorce años. Pero bueno, ¿quién va a enterarse?


PS. Del «bloqueo del escritor» y del «miedo a la página en blanco» hablaremos otro día; uno que esté menos sensible.

miércoles, 4 de julio de 2007

Agujeros peligrosos


Lo de los agujeros negros no es nada; mucha libro de ciencia ficción, mucha peli chula de marcianitos, pero en el fondo, na de ná. Si, en realidad, ¡hasta están vacíos! Sin embargo los bolsillos... esos sí que tienen tela que cortar.
Los bolsillos son unos agujeros muy peligrosos. Los míos, por ejemplo, son un campo minado que ríete tú de los tomates de los calcetines del pobre hombre aquel que dirige el Banco Mundial. Y, además, es algo estacional, porque tendríais que verlos a fin de mes, lo mustios que se ponen... Yo no sé si es un defecto de fábrica, o cosas de la globalización y la deslocalización, pero me da que los hicieron en las Bahamas, porque es meter algo en ellos y ya nunca más se supo; como si entrasen en el famoso Triángulo. Y es que, por mucho que entre, nunca hay nada dentro.

Mi abuelo —que cuando quería era un cachondo—, solía decir que sólo le pedía a la vida un bolsillo en el que, al meter la mano, siempre encontrase un billete de mil pesetas. Como aspiración, la verdad, no estaba mal, pero me temo que nunca llegó a encontrarlo. Igual mi otro abuelo, que había sido sastre, podría haberle echado una mano, pero me da que la cosa no era tan sencilla.

Los bolsillos, además, son una de las partes más delicadas de la anatomía humana. Si tocar las narices a alguien —y alguna otra cosilla menos decente— suele producir resultados inmediatos, no te digo nada de tocar el bolsillo: a nadie le deja indiferente.

A mí siempre se me olvidan ahí muchas cosas: papeles con teléfonos anotados, con ideas geniales para novelas que nunca más volveré a tener, con direcciones y con citas...
Lo terrible es que luego echas la ropa a lavar y, un día, metes la mano en el bolsillo y te encuentras una forma dura de papel maché, una pasta solidificada de la que ya es imposible extraer ninguna información. ¡Cuántas novias no se habrán perdido por culpa de un bolsillo malévolo!

Y luego están las monedas y los billetes que se te olvidan; en ocasiones se lavan y quedan algo descoloridos; las monedas, en cambio, da gusto verlas. Pero otras veces te pones una chaqueta y, cuando vas a pagar el café, te encuentras un billetito de 20 euros y te alegra la mañana.
O, aún peor, te encuentras un billete de mil duros, y te pillas un mosqueo del dos, porque ahora ya no vale nada y seguro que cuando lo perdiste te habría alcanzado para una mariscada. Y piensas: coño, igual debía de lavar más a menudo esta cazadora, ¿verdad? Que el euro entró hace ya mucho.

Sin embargo, de todos los bolsillos, los que más me han enternecido siempre son los de infancia. Siempre llenos de arena, claro —como una canción de Manolo García—, pero también de canicas, de briznas de hierba, de chapas y hasta rabos de lagartija. Y eso no cambia, porque ayer, recogiendo la ropa de invierno del niño, me dio por mirar en los bolsillos, y allí estaba el cromo del futbolista, los fósiles de pipas al ketchup, el papelito arrugado y el caramelo de menta sin abrir. Y me atrapó aquel bolsillo, aquel agujero negro, que me trasladó en el tiempo y el espacio a unos años y a unos escenarios en los que aquel tesoro podría haber sido perfectamente el mío.

martes, 3 de julio de 2007

Cien ventanas al mundo



Cien artículos ya... quién lo hubiera predicho, cuando el 25 de marzo publiqué el primer artículo.
Lo cierto es que llevaba años resistiéndome a empezar con el blog; visitaba alguno de cuando en cuando, pero no tenía ninguna intención de empezar uno propio.
«Demasiado trabajo, y total, ¿para qué?», me decía cada vez que alguien me insistía en que sería una buena idea tener una bitácora. Trabajo. Sí, mucho trabajo. Porque yo siempre he sido muy perezoso para escribir, aunque no lo parezca. Soy capaz de hacer cualquier cosa, lo que sea, con tal de posponer un ratito más el momento de sentarme ante la pantalla y empezar a hacer dedos con el teclado.
¿Por qué? Supongo que porque no me gusta escribir: lo que me gusta es haber escrito. Pero la escritura, como acto físico, es demoledora: precisa de una gran concentración intelectual, de un esfuerzo sintético en las ideas, tienes que elegir la estructura idónea, el estilo, el tono, el enfoque... y luego rellenarlo todo con las palabras más adecuadas. Y tener presente que, como si fuera un examen, alguien lo va a leer con espíritu crítico, esperando que tenga un nivel muy alto y dispuesto a detectar el más mínimo fallo.
Luego estaba el ¿para qué? Es evidente que un autor necesita público, pero la red no es el auditorio habitual de los escritores. Porque estamos acostumbrados al papel, o, si no, al paraguas de los grandes medios de comunicación. Hacer un blog en El País mola, pero claro, hacer un blog a pelo ya es otro cantar: nadie te avala. Eres uno más entre setenta millones de blogs; ¿qué vas a ofrecer tú que los demás no den?
Entonces te empequeñeces, y te das cuenta de que no eres gran cosa: sin editor, sin una triste columna en la prensa, sin lectores que te ladren...
Lo realmente paradójico es que fue en ese momento cuando me decidí a empezar con el blog: al constatar que no era nadie. Si no eres nadie, ¿qué más te da que sea un éxito o un fracaso?
Y empecé a lanzar artículos a la red como quien lanza botellas al mar. No, no, no es que estuviera borracho como una cuba, que las botellas no me las bebía. Lo que estaba era solo. Muy solo.
Llegaban los comentarios con cuentagotas, y algunos amigos me enviasteis mensajes de aliento. Tantos ánimos, que me propuse escribir un artículo cada día —laboral, claro, que tampoco hay que pasarse—. Textos que se fueron haciendo más largos, más elaborados; algunos más afortunados que otros, pero siempre pensando en no defraudar a los que entráis cada día buscando un poco de lectura fresca.
Poco a poco, han ido llegando las recompensas: vosotros. No sé si sois muchos o pocos, prefiero no pensar en ello. Lo que sí sé es que hacéis mucho ruido, que completáis y perfeccionáis mis textos con vuestros comentarios, con vuestros enlaces, las invitaciones y con las menciones que me regaláis desde vuestros blogs.
Y, al final, parece que escribir en un blog sí que tenía sentido: tiene valor por sí mismo, el placer de la literatura. Y no uno, sino muchos valores añadidos: vosotros. Gracias a todos, porque, sin vuestro apoyo, seguiría siendo nadie, pero un nadie que ya no escribiría.
Gracias muy especiales a Pilar y a nuestro hijo, que renuncian cada día a un ratito de mi tiempo para que pueda escribir estas líneas. Y gracias de corazón a un lector llamado Jesús Ramos, que vigila para que nunca falte a esta cita, y me azuza cada vez que se me pasa la hora.
Y ojalá que disfrute todavía más con los próximos cien artículos.

lunes, 2 de julio de 2007

Vacunas contra la lectura

Visto el gran interés que ha despertado el asunto de la lectura, me gustaría avivar el debate.
Nada tan grato como ver que tu trabajo, sin entrar en cuestiones cualitativas, encuentra eco, y provoca este aluvión de respuestas tan variadas como sugerentes.
Y es precisamente a partir de un comentario —de Wilde; al César lo que es del César— desde donde me gustaría arrancar. Dice Wilde:

[···] hay que reconocer, que de lo poco que funciona bien en la Educación española es el culto al libro desde pequeño. Aunque el chaval al tomárselo más como una obligación "laboral" que de una aficción, suele rechazarlo. Yo creo que los padres son mas importantes en esta educación por la literatura.

Luego recordé que había leído algo al respecto que me había resultado muy interesante. Después de rebuscar toda la mañana del domingo, lo encontré:

«En los años 60 del pasado siglo XX se extendió como una mancha de aceite por el mundo académico la convicción de que enseñar literatura consistía en poner en contacto a los alumnos con textos literarios: ¡nada de listas de autores y obras, obliguemos a leer literatura! Se suponía que, producida la lectura, nacería la afición y, erre que erre, para controlar que el alumno leyera La Celestina y no simplemente copiara la ficha de un compañero, se le preguntaba… ¡por el color del jubón de Pleberio! ¡Pero La Celestina, leída así NO es literatura! Lejos de haber logrado que el futuro ingeniero, abogado o economista tuviera una experiencia literaria, se les había inducido a la confusión de que “aquello” era leer literatura y, así, se conseguía que aquellas personas juraran odio eterno a los textos literarios. No sólo no habían tenido una experiencia literaria, sino que se les había vacunado contra la posibilidad de que la tuvieran alguna vez. Y así seguimos.»
Miguel Ángel Garrido Gallardo,
Literatura y periodismo, géneros en la frontera.


El texto, pese a lo que pudiera parecer, es muy reciente —del año 2006, exactamente—, aunque Garrido habla con conocimiento de causa, pues ya en los años sesenta estaba inmerso en el sector educativo: investigador del CSIC y antiguo catedrático de la Universidad de Sevilla, parece una voz más que autorizada para opinar en este asunto.
Todos hemos vivido esta misma historia. A mí también me pasó, y eso que siempre he sido un lector voraz. Sin embargo, la mayoría de los libros que me obligaban a leer en el instituto me resultaron pesadísimos, y me costó horrores leerlos. De hecho, desde aquellos años tengo cierta alergia a los clásicos y —con excepción de Quevedo, por quien siento devoción—, debo admitir que me cuesta mucho acercarme a textos anteriores al siglo XIX. Al final lo hago, claro, pero no sin cierto reparo, que seguramente surge de mi experiencia en el bachillerato.
La afición a la lectura, no obstante, no se me quitó. Porque también me obligaron a leer libros contemporáneos, o rabiosamente actuales, que también leí con desagrado. Y no por que me parecieran malos, sino —imagino— porque es muy complicado convencer a alguien por la fuerza. Puedes lograr que haga algo, pero —por mucho que le fastidie al marqués de Sade— no puede conseguir que le guste.
Y es que el gusto por la lectura ya lo traía de casa. Supongo que fue a los siete u ocho años, entre tebeos, historietas, aventuras de piratas y detectives, cuando descubrí el "placer" de leer. Quien lo conoce, no lo pierde, por muy malos que sean sus profesores en el bachillerato.
La gran cuestión sería: ¿es posible infundir en los niños no lectores el gusto por la literatura?