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martes, 6 de noviembre de 2007

Cada uno en su sitio

Este trabajo va a acabar conmigo.
Andaba yo ayer corrigiendo las primeras pruebas de un libro —un estudio muy sesudo de Rebeca Arce, historiadora y sin embargo amiga— cuando cometí el mayor error del editor. ¿Cuál? Pues leer un poquito del texto, claro.
Ya me lo habían dicho mis compañeros, sí: hay que "mirar" las líneas, pero no "leerlas". Y ni caso que les hice. ¿Quién me manda a mí tener iniciativa? Porque, al final, siempre te acabas llevando algún disgusto. ¿Que no? Habla el Padre Conejos —y no es chufla: se llamaba así—:


“La casa cristiana es el espectáculo más bello que hay en el mundo (…); desde el marido hasta la última persona del servicio, está todo en la más perfecta armonía. El marido, con su autoridad, dando ejemplo de rectitud; la madre cobijándolo todo, disimulando las flaquezas de los unos y de los otros, atendiendo a todos. Los hijos mirándose en el padre y en la madre y el servicio viendo en sus dueños un dechado de grandes cristianos; todo acorde. ¡Qué bien se vive así!”
La vida en familia, 1922


Claro. Qué bien se vive así.
El marido, padre, señor y amo de su casa... No está mal, no señor. Ya me veo en bata y pantuflas, con un habano en la diestra, una copa de coñá en la siniestra y los pies sobre la mesa del salón, a lo presidente del gobierno.
Y es que 1922 debía de ser la leche: todos decentes y repeinados, comiendo picatostes y criticando las modernidades del extranjero. Los niños persiguiendo a las criadas, las mamás bordando casullas para la parroquia, las niñas a punto de hacerse los votos y el padre esperando la ocasión de sacar el cinto para escuadrar a quien se ponga por delante. Muy bonito 1922 en la meseta, sin charlestón ni más surrealismo que el de la vida cotidiana.
Muy bonito y muy cristiano; todo en su sitio, con esa élite elegida que disfruta de sus privilegios mientras, debajo, el "servicio" se dedica a admirarlos... Claro, claro. Tan cristianos ellos... como democráticos aquellos griegos que inventaron la igualdad y la política... basados en un sistema esclavista.
Señor Conejos: ¿dónde estaba usted en 1922? ¿Y en abril del 31? ¿Y en el verano del 36? Ya, ya, ni se moleste: en su sitio, por supuesto.

8 comentarios:

Mariano dijo...

Como corrector que a veces se pone las otras gafas y le da por leer lo que no debe, no sólo te entiendo, sino que me solidarizo contigo. Leo cosas que, como diría mi amigo Mújol (no es suyo), harían vomitar a una cabra.
En cuanto a lo que dice el padre Conejos, lo que más me preocupa es que alguno lo dice a día de hoy con la misma tranquilidad que en el 22.
Qué bien escribes, jodío.
Besitos/azos.

Desesperada dijo...

joder, joder, pero qué bien vivían los tíos en 1922, ¡no me extraña que muchos aún quieran perpetuar a toda costa su hegemonía! ja ja ja. bicos.,

MAX Y LULA dijo...

Así me gusta, Javi, que destiles toda esa simpática acidez que llevas dentro para solazar a tus lectores :-D Me ha encantado este post!

vitruvia dijo...

Pues me lo ha pisado Mariano, pero eso mismito es lo que he pensado al leer al padre Conejos. Lo peor no es que en 1922 las cosas funcionasen así. Lo realmente malo es que esto, a día de hoy, no está desterrado.

Sergio dijo...

Pues hijo, el zeitgeist de los 40 y los 50, después de la victoria de la iglesia, la misoginia y el general Paco...tenía que ser esto mismo elevado a exponentes con muchos ceros.

Y de allá a acá sólo se han ido restando ceros. Te podría dar ejemplos con nombres y apellidos de la hegemonía económica regional que sigue viviendo así...sumándole el padel, claro.

Por cierto, mi abu también se fué con la división azul, pero porque era anarquista y aquí tenía que esconderse de la ley. Llegado a Rusia desertó y se pasó con los rusos...Nadie sabe muy bien cómo volvió a España a engendrar una de mis causas necesarias pero no suficientes, y se pasó el resto de su vida fumando y bebiendo como un loco...

¡Qué poco sentido del humor tenían estos viejos!

Sergio dijo...

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ANA DE LA ROBLA dijo...

Qué podía esperarse del Padre Conejos: creced y multiplicaos, ¿no?

Iván dijo...

Si la lectura pudiera transmitir sabores ésta sin duda sabría a rancio. Como ese jamón que se queda a medio comer en la cocina. Regusto de otros tiempos.
Lo que vas a tener que leer, Javier.